Del género narrativo testimonial

Yubis Córdova:
Muchas intemperies, soledades
y sueños en el alma

Libardo Barros Escorcia*
libardo_barros@hotmail.com
                                                                     

Mi gracia, Yubis Córdova. Nacida en Itsmina, hace 43 años, pero me crié en Quibdó. Mi educación fue casi toda en la calle y bajo mi propia ley. Y para que lo sepa, no me gusta que me digan indigente ni nada parecido, quiero que me llamen por mi nombre. Son más indigentes esos que pasan bien vestiditos y de corbata o los que andan montaditos en sus carros. Mejor dicho, la propia indigencia no se ve, se lleva por dentro.

Ojos negros que más de una vez se han desorbitado. Manos ágiles y fuertes “¡para lo que sea,  papá!” Una piel matrera, endurecida, no se sabe por cuántas intemperies acumuladas. Y un cuerpo macizo, firme como el caucho, y un rostro amable o cruel, según sea el caso. Con una lucidez verbal avasalladora que se impone por sí sola.

Me abrí de la casa cuando tenía doce años. Comencé a trabajar en casas de familia y en lo que fuera. De niña llevaba una vida normal, como toda campesina. Pero cuando salí a la civilización, digamos, a la ciudad, entonces ya cambié, ¿no?

Hace una pausa para que la risa represada en su rostro pueda explotar sin ninguna solemnidad. ¡Qué risa!

Mi abuela me quería tener bajo una estricta disciplina, ¿no?, creo que así es la palabra. No estudié, pero me enseñaron a leer y a escribir en mi casa. Por indisciplinada en el primer año de estudio, la maestra me sacó de la escuela. En todo iba normal, pero la indisciplina fue lo que me dañó. Eso era así porque yo siempre he sido mal geniada. Se me daña el genio por nada.

Sus manos se aprietan fuerte como deseando reventar una diminuta pelota inexistente, cosa que la sorprende al mirárselas.

Ahora que ya he madurado bastante puedo decir que todo eso era porque me crié sola. Yo no tuve la vigilancia de mi papá ni de mi mamá. No tuve un hogar estable donde mi papá y mi mamá convivieran. Yo me digo que soy una persona prepotente porque nací como por un accidente. Mis papás no sé si se enamoraron, fueron novios, tropezaron, y ¡chupundum¡ me hicieron a mí. Yo no siento amor por ninguno de ellos. Si estuvieran aquí enfrente no los trataría con respeto.

Ahora sí va a llorar esta mujer que parecía muy dura. Esconde la mirada, baja la cabeza como si buscara algo en el suelo que de principio sabe que no va encontrar, pero no levanta el rostro. Su respiración honda aspira las lágrimas que aún no alcanzaron a brotar. Mira hacia arriba y prosigue.

Para uno crecer y madurar tiene que dar muchas vueltas, tropezar bastante, sobre todo cuando se cría sola como yo. Pero sí me he sabido respetar a mí misma. Hago sólo lo que me gusta. Aunque estuve en las drogas, me cuidé bastante porque no me gané ninguna enfermedad mala. Yo he tenido mis vacilones, como se le dice, porque alguno me ha llamado la atención, me ha gustado. Le doy gracias a Dios, porque la droga lo coge a uno, lo envuelve tanto, que para salir es difícil, pero yo sí pude.

Según va hablando, acaricia con pudor las viejas cicatrices de su piel. Por más que lo quisiera, no podrá hacer desaparecer esas tres costuras de su brazo derecho y las otras cuatro del izquierdo. Mucho menos la que tiene en el rostro, sobre el ojo derecho. Agradece no tener qué contar cómo las recibió y esto le da cierto alivio.

Cuando estaba en la droga me puse a cantar para comprarla. A la gente le gustó la voz mía. Después me llamaban para que les cantara música norteña y vallenatos de Diomedes y los Diablitos. El tema ese Experiencias vividas la gente me lo pide mucho. Me subía a los buses, iba al mercado y hasta en las calles me llamaban para que cantara. Diariamente me ganaba mi platica entre 8.000 y 15.000 pesos. A todo lo que hago le digo terapia ocupacional porque me lo paso caminando de allá para acá. No es nada fácil ahora que ya me salí de las drogas. Mejor dicho, sí es más fácil porque no tengo que estar corriendo para poder ganarme algo y soplármelo todo como antes.

La mujer se reacomoda en la silla. Adquiere un aire de altivez como deseando que no se dude un ápice de lo que está diciendo. Se quita del cuello un collar azul de perlas plásticas. Juega con él entre sus manos. Otra vez adquiere la postura segura y no duda en continuar.

Con lo que me gano compro una vajilla, un abanico o lo que necesite. Mis clientes me chantajean. Me llaman: “Ven acá, te voy a comprar un numerito, pero me cantas un disco”. Bueno y me toca cantarles ahí mismo. (Risas). Ay, no, yo que he sido tan dura porque no me crié con una familia que me orientara. Yo me crié a mi propia voluntad, haciendo en la calle lo que me daba la gana. Otra cosa hubiera sido si hubiera estado mi mamá y mi papá, que me hubieran dicho “esto no se puede hacer, eso está malo”. Eso lo marca a uno porque mire, ahora que voy a dormir al Hogar de paso, allá tiene unas reglas y casi siempre me meto en problemas. Lo que pasa es que a mí me cuesta que me digan las cosas o que haya normas. ¿A qué se debe eso? A lo que le dije. Menos mal que allí no me paran mucha bola, porque me conocen un poquito.

Arriba el sol de verano exprime el abatido vapor de las aguas del caño cercano. El viento eleva bolsas plásticas de los numerosos montoncitos de basura colocados como por encargo. La mujer los mira con tristeza como un espectáculo indolente.

Yo me enamoré. Bueno, creo que eso era amor. Aunque no sabía qué era eso. Lo cierto es que el muchacho me agradaba y me ponía nerviosa cuando lo veía; se llamaba Felipe Aragón. Me gustaba todo de él: su cuerpo, su forma de vestir. Salíamos a bailar y sentía muchas cosas nuevas. Le fui tomando cariño y me le entregué. Pero supe que aquello era amor fue ahora, cuando maduré, porque hasta entonces nadie me lo había enseñado. Seguimos siendo novios, pero no llegamos a tener un hogar concreto. Después lo dejé y me enamoré de otro, y así. Luego me aburrí en Quibdó y me fui en barco para Cartagena, eso fue en el 70. Enseguida empecé a trabajar en una casa de familia hasta que una amiga me ayudó a conseguir un trabajo mejor.

Yubis no disimula ningún sentimiento, es plena en cada uno de ellos. Si toca reír, ríe sin tapujos. Es un ser entregado a lo que sus glándulas le ordenen, estas le dan la intensidad y el énfasis cuando tiene que ser ruda o descarada o triste o cruel. Ahora desea hablar sólo ella, sin que la interrumpa con alguna pregunta.

Entonces me dieron trabajo en un grill. Me pagaban bien y como era una negrita a lo bien picante, ya sabes. Sólo atendía las mesas. Tenía mi propio apartamento en la parte de arriba donde no me cobraban nada. Mi sueldo era no más para comprarme ropa, que para ese tiempo la compraba barata. No había mucha maldad ni se veía la droga. Sólo la marihuana. Yo me daba mis borracheras y de paso me conseguía uno que otro vacilón. Me conseguí un tipo que me llevó a vivir a otro apartamento y me compró mis vainas. Estuve con él un tiempo, dos años, creo. Uno se enamora, pero como todo, el amor también se acaba y uno no puede hacer nada. Abrí también a ese man y me conseguí una chamba más vacana. Trabajaba en los barcos que llegaban al muelle. Íbamos en busca de gringos o cualquier marinero. Vacilábamos con ellos y también los tumbábamos. Llevábamos unos maletines bien grandes para llenarlos de cuanta cosa encontrábamos. Eso sí, yo me acostaba con el que a mí me gustaba. Claro, si me pagaba. Cuando cualquier gringo de esos quería estar conmigo y a mí no me gustaba a veces, me iba para su camarote con él, pero era para desocupárselo. Con los griegos me iba siempre bien porque ellos son muy amables y les gustan las mujeres negras. Vuelvo y le digo que sólo pasaba algo si me gustaba porque yo no sacrifico mi cuerpo por plata.

¿Cómo te fuiste metiendo en el consumo de las droga?

En el ochenta conocí el bazuco. Pensé después que esa droga no me convenía. Me fui para Maicao entonces; allí vendía comida a los indios y a los que descargaban barcos. Ayudaba también a hacer los cruces. Destapaba las botellas de vino para que todos tomaran. Todos salíamos con tremendas borracheras. Cuando venían barcos de Panamá, esos que traían ropa, me tocaba de cada caja romper una y salir a cada rato a descargar un pantalón que se lo debía dar a cada bultero. Nunca me pillaron en eso, yo era bastante viva. Al final todo el mundo me tenía que pagar lo que se había comido. Me enamoré con un indio, hijo de una señora muy conocida, era el mayor de tres hermanos a los que les decían los “Chicos Malos”. Ellos eran los putas de Portete. Yo a él le daba la lista de los que me debían y cada uno iba cazando en seguida. Los que no tenían mucha plata, me pagaban con ropa o cualquier mercancía. Ganaba buen billete y en el ochenta y dos me fui para el Chocó una semana. Y como en Quibdó estaba la fiebre del bazuco, me envicié otra vez. Todo lo que tenía lo vendí y me quedé sin nada, estaba emperrada. Me metieron presa porque me robé un abanico en una casa; a mi tío, que trabajaba en la policía, le dio pena que yo estuviera en eso y me ayudó a salir de la cárcel. De ahí me regresé para Cartagena. Volví a piratear en los barcos, pero como la enfermedad del sida estaba en su apogeo, nos abrimos de los barcos. Me salvé de milagro.

Yubis ahora habla como si esta conversación fuera una especie de terapia que le fuera a ayudar en algo. No quiere dejar de hablar. Por ningún motivo del mundo se cambiaría por otra. Sólo quiere afianzarse en su ferviente deseo de no volver a la droga; con cada palabra siente que se aleja más de su consumo. Está convencida de que su vicio hubiera sido cualquiera, sin importar qué fuera bebible, comestible, inyectable o de cualquier otra clase. Se apena no tanto de la clase de droga sino del estado al que el vicio la llevó. Por eso no para de hablar.

Pero como no tenía cómo sobrevivir, me puse a lavar ropa. Me iba para la casa de las jíbaras (vendedoras de drogas) y les trabajaba como empleada del servicio y ellas me pagaban con droga. De ahí decidí venirme para Barranquilla y echarme una paseadita. Me acuerdo que traía un maletín con pocas cosas y dolor de muela. Fui a caer a una parte donde vendían madera, cerca al caño. Una señora me vio y me dijo que me fuera para su casa como empleada, y que se quedaba conmigo si me portaba bien. A los pocos días me consiguió un trabajo mejor en la casa de otra señora dueña de un colegio de aquí. Seguí con la droga, pero cuando me pagaban. Cuando recibía la quincena, me iba para Cartagena a fumar mi vaina; después, como si nada, regresaba a trabajar. Yo le aguanté todo lo que pude a la dueña de la casa porque necesitaba el billete para sostener mi vicio. Un día me dije que ya no más; yo aguanté nada en mi casa y ahora le voy a aguantar nada a esta vieja. Y me fui. Me fui para un hotelito que estaba cerca de lo que eran las Empresas Públicas y le lavaba a la administradora todo lo que allí se ensuciaba, pero seguía yendo a Cartagena a fumar. Un día en mi pieza, sentí un olor y era de bazuco. Empujé la puerta del cuarto de donde salía el olor y dije: “Ajá, vecino, ¿y qué?”. El man escondió el tabaquito y le volví a decir: “Tranquilo que yo también fumo” (risas). El tipo me brindó y después me llevó a una caleta donde vendían. Cuando se acabaron las fumadas, enseguida me fui con él para Barlovento a comprar. Me presentó con una gente para que no fueran a pensar que yo era policía o sapa. Así que el man me dejó bien recomendada para que me atendieran bien. De ahí en adelante se me olvidó Cartagena. Todo lo que ganaba era para fumar. Vivía para eso no más. Volví otra vez a vender lo que tenía y empecé a deteriorarme. Una de las jíbaras estaba lavando un día y yo la ayudé a terminar. Me preguntó que si yo también sabía planchar y le dije que sí. Todo lo que trabajaba me lo pagaban con bazuco. No salía del barrio, vivía en la propia caleta. Le lavaba a la una y a la otra; al final me pusieron a vender. Mejor dicho, ahí comenzó el espeluque. Un día estuve presa, pero salí enseguida porque sólo llevaba marihuana. Cuando recién salí de la cárcel, conocí a una señora que me propuso irme con ella para Venezuela y yo le cogí la caña. Antes había pensado que si yo tuviera para donde irme, a lo mejor dejaba ese vicio por un tiempo. Por eso no lo pensé tanto y me fui.

Durante su monólogo, Yubis no ha descuidado sus enfáticos gestos. Se expresa con todos los miembros de su cuerpo. Los ojos se le desorbitan y es tanto su empeño que de pronto, sin darse cuenta, hasta uno de sus brazos podría ser lanzado por los aires. Mas a ella, eso le tiene sin cuidado, porque igual tampoco se callaría.

Un amigo que no me creía, me acompañó para ver si era cierto que me iba. Se fue conmigo hasta Maicao para que no me arrepintiera en el camino si me acordaba del vicio. Eso fue como en el noventa. Duré por allá un año. Tenía unos sueños más vacanos en los que estaba frente a un plato de bazuco fumando bien chévere. Como yo no tenía cédula ni nada, inventé que me venía a sacar la cédula. Y la señora me dio el pasaje de vuelta y una platica para que sacara mis papeles. Porque ¿para qué?, yo sé hacer bien las cosas. Aquí volví otra vez con esas ganas; me lo fumé todo y vendí todo lo que tenía. Me demoré un mes. Después me regresé y me preguntaron por qué estaba tan flaca y yo les dije que me había enfermado. Volví a mi trabajo y al año nuevamente hice planes de viaje. Esta vez una amiga de mi patrona quería que le llevara una amiga así de trabajadora como yo. Me dieron la plata de los pasajes, el mío y el de la amiga. Así que cuando llegué, ¡qué va!, todo me lo soplé en bazuco. Vendí todo. Hice lo mismo y otra vez me fui. Cuando iba en el carro, pensaba en lo que iba a decir. Así que cuando me preguntaron por lo flaca, dije que estaba haciendo dieta; y que la muchacha que se venía conmigo me dejó esperándola en el transporte, por eso me tocó venirme sola. Me metí en un lío con ellas allá y al día siguiente me vine. Lo que traje me lo soplé todo, vendí la ropa y caí en lo de siempre.

De ahí en adelante, ¿cómo empezaste a vivir?

Como ya la cosa en Barlovento no era fácil, me fui para un sitio cercano: Las colmenas. Lavando esas pilas de ropa, me ponía a cantar para que el tiempo se pasara rápido. Y varias personas me decían que yo sí cantaba vacano. Yo me lo tomé en serio y me aprendí varias canciones de moda. Me iba para el mercado a buscar gorditos y guineos para vender chicharrones en la tarde. Entonces los vendedores me decían: “Cántate una canción y te doy estos gorditos que tengo aquí”, y yo enseguida pra pra pra y lo cantaba. Uno de “Los diablitos” o cualquiera de Diomedes. Otros me llamaban y me ofrecían $500 y yo ahí mismo, pra pra pra. Y otro y otro más. Cuando se juntaba el poco de gente, me hacían una recolecta. Entonces, cuando salió una terapia, me la aprendí con la mímica y todo, eso sí fue el espeluque, la gente gozaba y yo cobraba. Cuando llegaba a donde descargan los guineos, me ponía a cantar mientras recogía los que se caían. Pero varios ya sabían que yo cantaba y me ofrecían llenarme la bolsa a cambio de que les cantara. Ellos echaban guineos en la bolsa y yo cantaba. Si yo me callaba, me preguntaban que si no más hasta ahí, entonces yo les respondía y la bolsa “¿qué?, ¿ya la llenaron? Como era un negocio, ellos escuchaban sus discos y yo me iba con la bolsa llena. Eso sí, con la promesa de volver al día siguiente. De regreso a Las colmenas, conseguía una olla y armaba mi fritanguería para venderles a los jíbaros y a los coletos, chicharrones y patacones. Eso era rapidito que se vendía. Porque como cocinera, eso sí, yo soy especial. Con eso y el lavado de ropa, sostenía mi vicio. No tenía necesidad de irme a acostar con ninguno. Aunque algunos coletos me venían a ofrecer que lo hiciera. Yo me fui con varios de ellos para donde Carlos, un tipo que alquilaba un cuartico. Entonces entraba con el coleto y me daba para comprar las pencas (dosis de bazuco). Cuando regresaba al cuarto, cobraba lo que íbamos a hacer por adelantado: Cinco o diez mil pesos. Me pedían que me quitara la ropa. Pero yo sabía lo que había que hacer. Les decía, primero vamos a fumar y después lo demás. Armábamos el tabaco y tan tan. Al final cambiaba los papelitos llenos donde vienen las pencas por papelitos vacíos y les decía que ya no quería hacer nada, que me iba para la casa. Cuando el coleto me pedía que le devolviera la plata de la acostada, le respondía que yo no había ido a soplar detrás de nada y que una tocadita, aunque fuera mínima tenía su precio. (Risas). Y me iba de ahí. Entonces fui cogiendo mala fama hasta que ningún coleto quería ir conmigo a donde Carlos. A los negocios que tenía le agregué otro más; entonces, cuando podía, me iba para “La zona negra”, a comprar marihuana para venderla por tabaquitos. Pero a pesar de eso, yo seguía en mi cabeza con eso de dejar el vicio. Siempre lo estaba dejando y no podía. Ya le voy a decir cómo lo hice.

Rebelarse contra las costumbres. No contra algunas, sino contra todas. Ni tener un código por el cual regirse y vivir sin miedo. Quien sobrevive en la calle, lo sabe mejor. No cabe una descripción más. Escuchar lo que Yubis tiene que contar hasta donde ella quiera, parece ser lo mejor.

El vicio es algo tenaz. No sólo el de las drogas. Hay gente que tiene un vicio y lo tiene tan metido que cree que lo sea. A la final, cualquier cosa puede volverse un vicio, ¿o no? Yo andaba con esa idea de dejar la droga. Fue entonces que un día me dio una fiebre bien grande. Y me fui para donde Alejo, un jíbaro donde yo compraba y fumaba. Le pedí que me diera cien pesos para una aspirina y se negó. Eso me ofendió tanto. Yo me dije, tanta plata que uno le deja y me niega cien pesos. Ese día juré que a partir de ese momento, ningún jíbaro de parte mía se tomaría más un tinto. Me fui con mi fiebre a sudármela en el parque de la treinta. Estaba asustada y me puse a pedirle a Dios, hasta ese momento Dios no había existido para mí, pero yo estaba mal y llorando le dije: “Si es verdad que tu existes, dame fuerza de voluntad para yo dejar este vicio. Dame una muestra, dame una señal”. La mañana estaba quietecita y el cielo brillante, no había brisa ni nada. En eso, una brisa me arropó todo el cuerpo. Era suavecita y me puse a llorar más. No me quise levantar ni nada. Para ese tiempo ya no vendía nada, ni me rebuscaba con ningún negocio. Robaba lo que podía y de eso vivía. La gente me tenía miedo por el aspecto gaminoso. Ese día no hice nada de eso, sólo le pedí a Dios. Por la tarde me levanté y me fui a cantar a los buses,con la idea de que no iba a fumar más bazuco. En unas dos horas me gané ocho mil pesos. Me compré unas sopas y media panela, dos limones y una cubeta de hielo. Me conseguí unos carones y me fui para el parque otra vez. Comí y me tomé mi guarapo hasta la noche. Me compré un bareto de marihuana sola, pero de la buena. Me lo fumé y me puse a ver televisión donde un man que tiene una chaza. El hombre se sorprendió porque yo estaba ahí. Le dije que ya yo había dejado el vicio. El man se echó a reír. Yo le dije: “Ya verás tú”. Al día siguiente, hice otros siete mil en los buses. Fui a una droguería y compré una cola granulada y unas vitaminas. Me metí mi buen almuerzo con lo que compré en la farmacia. Y hasta ahí llegó el vicio. Ni marihuana ni más nada.

Un fuerte suspiro fortalece más las entrañas de Yubis. Está serena. No gesticula. Su voz es más baja, pero con mayor decisión. La sombra de los árboles y la pared que circunda el “Hogar de paso”, en donde vive hace nueve meses, es más perpendicular. Tiene dos horas de estar hablando, pero ha empezado a mirar más allá del lugar de donde estamos, como si quisiera saltárselo con mucha suavidad, sin que nadie lo note, aunque todavía no quiere hacerlo.

Así me fui poniendo vacana otra vez. Cantaba en los buses y guardaba lo que me ganaba. Compraba ropa y cuando me la medía, sentía que ya iba pa lante. Andaba sola, ni con hembra ni con macho. Como siempre, sola me he caído y sola me ha tocado levantarme. Después saqué mis papeles porque toda la vida había andado indocumentada. Bueno, aquí en el Hogar he seguido comprando mis cosas. Ahora vendo rifas en el mercado. Si paso por donde están todos esos jíbaros y coletos, cuando me ven, se admiran. Me sorprendo mucho porque me dan consejos: “Negra, cuidado vas a volver al vicio otra vez. Sigue así como estás. Así estás muy vacana”.

Yo me siento bien ahora. ¿Acaso no se me nota? (Risas). Bien gorda, bien elegante, bien vestida, bien olorosa y bien chévere, como toda una señora decente de Barranquilla.

¿Quieres vivir con un hombre?

Sí. Con uno que me respete, me quiera y me haga valer por lo que soy. Así puedo fácilmente quedarme con él toda la vida. Aunque no puedo tener hijos por la edad y también por un degrado que me hicieron en el hospital que casi me muero, puedo adoptar un niño y educarlo con todas las de la ley: amor, comprensión, cariño, para que no vaya a coger la misma ruta que cogí yo. Porque a mi lo que me faltó fue eso, un hogar verdadero. Yo envidio la casa donde vive una familia unida porque yo jamás la tuve.

Si te dieran un millón de pesos por fumarte un bazuco, ¿qué harías?

Prefiero vivir (risas). Yo paso todos los días por donde lo venden y nada. Como te dije, esos manes, cuando me ven, lo que hacen es felicitarme y darme ánimo. Los carniceros, los del plátano y todos los vendedores que me conocieron, se dicen: “A esta negra hay que ayudarla”. “Sigue con esa fuerza de voluntad”. Yo los oigo. Todos los que pueden me compran la rifa.

¿Ahora  a que aspiras ser?

No mucho. Sueño con ser una cantante famosa. Mejor que Shakira. (Risas). Y vacilármela, sin necesitar nada más que las ganas.

Cuando salgas de aquí del Hogar, ¿para dónde piensas ir?

Voy a alquilar una pieza para esperar mi príncipe azul. Pero como te digo, tiene que ser un man piloso y trabajador porque yo no voy a mantener a nadie.

La mujer se ha incorporado de su silla. No tiene necesidad de decir que ya no desea hablar más. Se aclara la vista, frotándose los ojos, y como quien se despertara de un sueñ,o da unos cortos pasos y se despide. Al instante hace un giro preciso y advierte.

Cuando escriba todo eso que le dije, no se le olvide decir también que ya maduré. ¡Que ya maduré!, ¿oyó? Me sonríe y entonces se aleja cantando:

Mi color moreno no destiñe
pero perdona la equivocación.

EL AUTOR:

LIBARDO BARROS E. (Soplaviento, Bolívar, 1961) es licenciado en Idiomas de la Universidad del Atlántico, magíster en Desarrollo Cultural en el Instituto Superior de Arte de la Habana, Cuba. Profesor de Humanidades en el Centro de Comercio Jorge N. Abello. Fue profesor de Redacción en la Universidad del Norte y la Universidad del Atlántico. Tuvo a su cargo la dirección de la Escuela del Resguardo Indígena del Alto Andágueda (Chocó) y de la Escuela Distrital de Arte de Barranquilla. Publicó el libro de crónicas: “Río arriba hacia Altos del Rosario”.
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©   Libardo Barros Escorcia

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 18