Aproximación socio-histórica
al fenómeno afro-cultural
en el cuento "Barlovento", de Marvel Moreno:
Estereotipos y discriminación
(Parte I)

Dinah Orozco Herrera
dinahorozco@yahoo.es













INTRODUCCIÓN:
LA RECREACIÓN DEL NEGRO EN LA LITERATURA DEL CARIBE

El caribe, por lo general, es símbolo universal de sincretismo, metáfora de viaje infinito a la región de los antepasados, vientre de lo real maravilloso en cuyas entrañas reposa la eterna memoria de los sueños y el sonido colorido de la libertad, danza que se trenza en medio del éxtasis de tambores repicando en sombras nocturnas.

El caribe es magia, fascinación mítica, alma legendaria que aviva de esplendor la muerte. Grandes escritores del torrente sanguíneo de la literatura caribeña le han cantado a su historia, a su cultura y a sus hombres afrocriollizados que aún guardan el atávico recuerdo de su amada Madre África como un eco inmortal que inflama sus venas.

Es el caso de los cubanos Nicolás Guillén (en poesía) y Alejo Carpentier (en narrativa), quienes exploraron las costumbres de origen africano en sus obras maestras. El primer escritor basó su propuesta literaria fijando sus versos en la cadencia y el sentir humano del negro, y el segundo, parece recibir, en su obra El Reino de este mundo (1949), la revelación del lenguaje mítico del rey Christophe en Haití.

Jorge Amado aprovecha la arraigada influencia afrocriolla en el medio ambiente de Bahía (Brasil) para surtir sus obras de legítima identidad negroide. En Colombia, poetas como Candelario Obeso y Jorge Artel estremecen sus versos de alma, sueño y dolor afrocaribe, buscando atar nuevamente los eslabones desprendidos con el pasar del tiempo que unifican al continente negro con la América Latina.

En la novela Pobre Negro, del venezolano Rómulo Gallegos, se hace uso de los elementos subharianos que originaron la cultura barloventeña. Así mismo, la escritora barranquillera Marvel Moreno reanuda los temas afrocaribes, no solo a través de sus cuentos “Oriane, tía Oriane” y “El muñeco”, desarrollados en el marco situacional del Caribe colombiano, sino que más allá, logra expandir su prosa hacia los ambientes afrovenezolanos en Barlovento, región situada en el Estado Miranda, frente el Mar Caribe, en Venezuela, que durante el período colonial esclavista se convirtió en una de las poblaciones más representativas del sincretismo cultural en América.


ESTEREOTIPOS Y PREJUICIOS RACIALES
CONTRA LOS NEGROS EN “BARLOVENTO”

“A la persona negra se le ha desarraigado, perseguido,
confundido y sentenciado a contemplar la disolución
de las verdades que siempre ha atesorado”.

Bantu Stephen Biko
(Líder negro de la resistencia sudafricana)

LA PIEL NEGRA, UN ESTEREOTIPO RACIAL DE INFERIORIDAD

Desde cuando se comenzó a vincular la piel oscura con la esclavitud, los negros han tenido que sufrir un sinnúmero de prejuicios raciales, estereotipos, persecuciones y toda clase de barbaries y vejámenes contra ellos. El viejo mito de la raza superior blanca parece haber sustentado, desde sus orígenes, el concepto de la inferioridad de la raza negra. “En la India la existencia de las Castas, palabra que significa color, tiene una explicación religiosa, y es bien sabido que los brahamanes, por ser blancos, son los jefes, y los sudras, por ser los negros, son los esclavos (los brahamanes salieron de la cabeza de Brahma y los sudras de los pies)” [1].

En Europa, durante la Edad Media (siglos XV y XVI), a partir de los descubrimientos geográficos, se solidifica el concepto de raza, adquiriendo una connotación de índole social, y se comienza a vincular la palabra esclavitud, derivada de los eslavos (hechos prisioneros por los romanos), con las gentes de piel oscura, debido al “famoso esclavus nigrus de Sicilia, en 1430, cuyo significado cultural era “esclavo negro” [2].

Precisamente, con respecto a este tema, el autor G. H. Beardsley, en The   Negro in Greek   and   Roman   Civilization: A study of the Etiopian type, 1929, hace  un estudio  sobre la proveniencia del  término  Negro   y  su   relación  con   la  esclavitud.  Según  sus investigaciones,  esta   palabra  se deriva   del   latinazgo   Níger   usado  en Roma Imperial y  en  el medioevo, y  se   manifiesta  en  la segunda égloga   de   Virgilio   y   en   un       texto de la Iglesia Catalana de Ager, en la cual aparecen diez esclavos de piel negra que son enviados al Papa Alejandro II en 1068.

Es en esta época medieval que los europeos justificaron el sometimiento esclavo del negro en las colonias americanas, basándose en una interpretación distorsionada de la Biblia cuando Noé maldice a Canaán condenándolo a servir eternamente a sus hermanos Sem y Japhet por haberse burlado y mofado de él en momentos en que éste se hallaba ebrio (El Génesis, 9:20-27).

En un libro del año 1956 que está fundamentado en la doctrina católica, publicado con el objeto de enseñar a niños de primaria la Historia Sagrada, se interpreta de modo sugestivo este pasaje bíblico de El Génesis. A propósito del proceder de Canaán (hijo de Cam) la hermenéutica del texto argumenta que toda su descendencia será maldita condenándola a vivir en África: “Desde entonces los descendientes de Sem habitaron el Asia, los de Cam el África, y los de Japhet se establecieron en Europa” [3]. De modo que los habitantes más desafortunados del globo terráqueo son los que viven en el continente africano: los negros. Por eso los blancos sustentaron durante la Edad Media que “los negros habían sido condenados a la esclavitud porque eran hijos de Canaán, Padre de África y debían ser siervos de Japhet, padre de Europa” [4].

En aquel tiempo, la otredad constituida por los indios americanos y los negros era sinónimo de monstruoso, extraño, anormal, degenerado, sin alma, de lengua ininteligible, hombres salvajes de naturaleza inculta que necesitaban domesticarse con la presencia blanca porque según la creencia, los europeos tenían un linaje descendiente de los troyanos por medio de Roma, que les concedía un derecho monárquico de dominación.

En España, a fines del siglo XV y principios del XVI, la formación de los pliegos sueltos sugiere una imagen del negro condicionada a la inferioridad, esclavitud y subordinación ante la superioridad del blanco. “Dos son del castellano Rodrigo de Reinosa, publicadas a finales del siglo XV, y la tercera, aparecida en Sevilla en 1524, de autor anónimo. Se trata de coplas para ser cantadas y bailadas, de tono cómico, en las que lo grotesco es obsceno o lo simplemente extraño empieza a definir a los negros en el arte occidental moderno” [5].

De igual forma, grandes escritores como Lope de Rueda, Lope de Vega, Góngora y el célebre autor anónimo de El Lazarillo de Tormes, con el personaje de Zaide, encajaron al negro en una imagen de gracioso, infantil, sin modales, ladrón, ignorante por ser bozal, que no sabe expresarse bien en castellano y que habla una lengua desconocida ininteligible para la civilización blanca.

En la primera copla de negros escrita por Rodrigo de Reinosa, el dialogo insultante entre dos esclavos africanos —Jorge y Comba (nombre de esclava)— presenta una carga de estereotipación y prejuicios hacia la raza negra.”Comienza ella: Gelofe mandinga te da gran tormento /don puto negro caravayento/. Responde él: tu terra guinea a voz dar lo afrenta,/ doña puta negra caravayenta. Dice ella: A mí llamar comba, de terra guinea/ y en la mi tierra comer buen cangrejo/ y allá en Gelofe, do tu terra fea/ comer con gran hambre carabaju vejo,/ cabeza de can, lagarto vermejo,/ por do tu andar muy muito fambrento,/ don puto negro caravayento [6].

Estos negros se refieren a un África inhóspita en Guinea, Gelofe o la tierra de los Wolof, en la actual Senegal, que por lo que parece, sus habitantes viven en un estado infrahumano, alimentándose de comidas extrañas, exóticas, grotescas y muy poco apeticibles. La presentación burlesca de estos personajes ridiculiza al negro y lo estigmatiza por completo ante el escenario europeo.

El conflicto racial del negro en la historia lo posiciona en un status social estereotipado, lleno de complejidades y ligado a una consideración humana de naturaleza salvaje urgida de domesticación blanca. Esta copla de principios de siglo XVI no está para nada alejada de las caracterizaciones generalizadas que se hacen en etapas posteriores sobre el negro como una persona anormal, vulgar, delincuente, inculta, ocurrente, infantil y cómica, pero servil al mundo de los blancos.


HUELLAS DISCURSIVAS DISCRIMINATORIAS
HACIA LOS NEGROS EN “BARLOVENTO”

Como las obras literarias son reflejo de la realidad circundante, viven en el sueño y el misterio de la vida, y se alimentan de su saliva, de su sangre y de su pus, asimismo  en “Barlovento” se revelan marcas discursivas que manifiestan una lectura, en el pasado histórico, de la figura del negro complejamente estereotipado y lleno de prejuicios raciales.

Razón tenía el gran genio científico Albert Einstein cuando decía que era más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio porque en efecto, la concepción peyorativa que tenían los europeos sobre los negros fue traída intacta hasta las Américas. En las conversaciones que sostienen los personajes europeizados de la historia del cuento, es notable no solamente la ancestral asociación entre negro y esclavo o sirviente, sino que además, se resignifican inevitablemente los conceptos entre negro y salvajismo, negro, música y lujuria, negro, magia negra y demoníaco, negro, vulgar y pecaminoso, negro, ladrón e ignorante, y  negro, misterio y fatalismo.

Obviamente, estos vínculos estigmatizadores del negro en la obra, son utilizados por la autora para ubicar al lector en un contexto donde el lenguaje es el reflejo o exponente principal de la subordinación a un colonialismo matriz de la esclavitud, que sustenta una especie de blancocentrismo, en el cual “el negro pasó a ser la zona del espectro ideológico de la muerte y la maldición, en cambio, los blancos son los símbolos de la pureza del cielo y de Dios” [7].

En el occidente, el negro es el símbolo de las penas y del inframundo; recuérdese que negra es la mala suerte y todo lo oscuro trae supuestamente infelicidad, en contraste con el color blanco cuya representación es la pureza, la virginidad y lo trascendente o la iluminación plena del ser.

En una descripción que realiza el capataz de la hacienda Las Camelias ubicada en la población de Barlovento, acerca de las contagiosas fiestas de San Juan, se expresa una noción degradante sobre esta clase de manifestaciones tradicionales de raigambre africana. Nótese como ciertas palabras de gran carga negativa manipulan el discurso hacia los márgenes de la estereotipación y el perjuicio racial contra el negro: “durante tres días y tres noches se bailaría frenéticamente en las calles del pueblo […]. De esos tambores […] que invocaban a las terribles deidades negras […] la gente giraba y se contorsionaba bajo el hechizo de aquella música endiablada[8] (énfasis agregado).

Las palabras frenético, terrible, contorsión, hechizo y endiablado, surgen del ideal occidental de sublimación blanca, que desde la cosmogonía del cristianismo condena todo lo proveniente del negro al poder de la maleficencia. En El Génesis, se relata que en el principio solo existían los cielos y la tierra y que “las tinieblas estaban sobre la haz del abismo […] y dijo Dios: sea la luz: y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena: y apartó Dios la luz de las tinieblas, y llamó Dios a la luz día y a las tinieblas llamó noche: y fue la tarde y la mañana un día” (El Génesis, 1:1-5).

Como la asociación entre luz-día y tiniebla-noche tiene su fuente primordial en los orígenes del universo, la interpretación de los pueblos medievales, sesgada por sus prejuicios sociales y el atraso cultural, centró su racionalidad en vincular la luz y el día —que son asociaciones ligadas a la divinidad , la creación y la realeza— con el color blanco de la piel, dejando así a los hombres  de piel oscura renegados a un terrible vínculo con la noche, pues esta es sinónimo de misterio y peligro, como además, es el momento en que los espíritus de los muertos regresaban a la tierra y los poderes de la oscuridad (incluido  Satán, el príncipe de las tinieblas) andaban sueltos.

En la Iglesia católica, entre los colores litúrgicos más sobresalientes, están: “El Blanco, color de la alegría y de la pureza, se usa por Navidad, pascua de Resurrección y en otras fiestas del Señor, en las fiestas de la Madre de Dios, de los Ángeles, confesores y Vírgenes […]. El negro, color de luto, se usa el Viernes Santo y en las Misas de los difuntos [9]”.

El negro sería entonces, un ser misterioso, tenebroso, peligroso, terrible, endiablado (el hijo de aquellas tinieblas abismales de la creación universal). Desde ese momento, todo lo que viniera del negro sería visto con odio y desdén; esta idea se traería desde Europa hasta las Américas. De hecho, para los europeos toda forma de sincretismo racial, tanto con negros como con indígenas, fue rechazada, pues ambas razas pertenecen a la categoría de inferiores. Un hombre mestizo para el europeo sería algo así como un café con leche, que aunque tendría aporte de la “pureza” del blanco (leche), estaría “mancillado” por el color “impuro” (café) de estos grupos raciales.

José Joaquín Casas, poeta colombiano de tradición literaria conservadora y arduo defensor del ideal de pureza hispánica, en una redondilla entresacada de sus celebrados Recuerdos de fiesta, en donde la palabra mestizo no sólo rima con castizo, sino que es un opuesto ideológico, escribe con una carga despectiva lo siguiente: “Dirá tal vez un mestizo/ que yo me opongo al progreso,/ porque me causa embeleso/ lo nuestro, sano y castizo”.

En una conferencia  de corte fascista-racista dictada en el teatro Municipal de Bogotá, el día 5 de Junio de 1928, según lo explicara el expresidente conservador Laureno Gómez: “Las mezclas raciales del trópico, donde la raza blanca se mezcla indiscriminatoriamente con «razas inferiores», producen un tipo humano «enfermizo», inepto para el trabajo, para el orden social y la cultura” [10].

En “Barlovento”, la terminología racista usada por los personajes segreguistas, para describir las fiestas de San Juan, se ajusta al patrón de superioridad  eurocentrista que sataniza y rechaza todas las manifestaciones culturales del negro. El análisis, por ejemplo, de la inclusión de la palabra frenético en el discurso, nos llevaría a pensar de inmediato en una posesión corporal de extrema locura.

Necesariamente se plasma aquí, un rechazo a la expresión desinhibida y espontánea de los movimientos corporales humanos, basados en un criterio moralista coercitivo, como si se sugiriera la idea de algo pecaminoso, vulgar y, por ende, repudiable. De igual forma, las tonadas de los tambores, que son relacionadas con las creencias religiosas  africanas, tienen un giro temeroso cuando invocan a un mundo espiritual terrible, es decir, circundado por una extrañeza cercana a lo catastrófico y maligno.

Aquí vale la pena recordar que para el mundo europeo católico o protestante, el Dios que se adora es benigno, en cambio, en las culturas “inferiores” como la africana, los dioses, por ser negros, poseen un carácter infernal y perjudicial para la naturaleza. Nuevamente prima en esta apreciación una visión censuradora y tipificada de los medios de expresión africanos.     

El lenguaje del discurso incrementa su carga censuradora cuando se hacen tres referencias que revisten de desviados, maléficos y demoníacos a estos festejos de origen africano. A través del término contorsionarse, relacionado con los bruscos movimientos de un acto sexual salvaje, se vuelve a llamar la atención sobre las prácticas “inmorales” del público danzante, como si se tratara de bailes lujuriosos de gentes licenciosas, que bajo los efectos de algún encanto producido por el sonido bestial y productor de éxtasis de los tambores, entraran a las puertas del infierno.

Es así como la descripción del escenario de estas festividades parece ser un desfile de almas alucinadas e impúdicas, que debido a la intervención engañosa de los mágicos tambores  africanos, son llevadas poco a poco a la perdición y, de paso, al universo subterráneo —el infernal—.

Estas consideraciones contra los festines afroculturales han venido siendo expresadas por los prelados de la Iglesia Católica, quienes, así como aparece en el cuento, “exhortan a sus feligreses a no participar”, pues según ellos, allí se reserva una notoria presencia pagana, diabólica y dionisíaca. “Así lo manifestaba el obispo de Cartagena en 1781 […] los que concurren son indios, mestizos, mulatos, negros y zambos, y otras gentes de inferior clase: todos se congregan de montón sin orden ni separación de sexos, mezclados los hombres con las mujeres, unos tocan, otros bailan y todos cantan versos lascivos, haciendo indecentes movimientos con su cuerpo” [11].

Mediante las categorizaciones de inferioridad hacia los negros, los blancos se han tomado la osadía de rechazar su acervo cultural. El investigador colombiano Enrique Otero  D’costa, en su afán por negar el origen africano del bambuco, se refiere en términos injuriosos a la música negra: “la música popular negra de nuestras costas, como la cumbia, el currulao y el bunde se distingue por sus alaridos, por su tono selvático, sus arranques de enfurecido dolor”. Frente a estas características, el bambuco es “todo dulcedumbre, dejo suave y cadencioso, reflejo de un espíritu manso y humilde, resignado y dócil cual es el pueblo” [12].

Así, lo que es negro, tal como aparece en cualquier diccionario, es sombrío, temeroso, impuro y carente de luz. De allí parte el término oscurantismo, aplicado al periodo medieval de la historia occidental, precisamente por estar impregnado de contrariedades, barbaries, represiones y falto de  luz (conocimientos), como también, lleno de misterio y de prácticas clandestinas que producían  espanto por estar relacionadas con la brujería.

En El Lazarillo de Tormes, en un pasaje donde se relata que un día en que el negro Zaide (padrastro de Lazarillo) juguetea con su hijito, se pone de manifiesto el imaginario cultural de los blancos, cuando el pequeño e inocente niño relaciona lo negro con lo fantasmal. No obstante, por el carácter picaresco de la obra, Lázaro descubre a través de este suceso cuántas ironías hay en la vida: “y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trabejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y a mí blancos, y a él no, huía de él con miedo para mi madre, y señalando con el dedo decía: —¡madre, coco! Respondió él riendo: ¡Hideputa! Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí: ¡Cuántos deben haber en el mundo que huyen de otro porque no se ven a sí mismos!” [13].

Para los contextos sociales de fuerte influencia blanca, ya sea por naturaleza (España) o por herencia (América), las marcas racistas son manifestadas en el lenguaje-reflejo de la realidad-. En América Latina, es muy común hallar nombres de personas como Blanca, Luz, Alba, Clara, Aurora, Francia, que son sinónimos de palabras como claridad, pureza, limpieza de alma y delicadeza o de aspectos relacionados con la civilización y la sabiduría y, en consecuencia, se acercan al concepto de blancura, pero ¿por qué es muy difícil o casi imposible encontrar nombres de personas que estén relacionadas con lo negro, como por ejemplo, ¿África, Ébano, Benin, Bostwana o Zambia? O incluso, ¿por qué no llamar a alguien Azabache, que ha sido un nombre específicamente relacionado con caballos?

No, esto no es posible y suena repulsivo porque son términos semejantes a la negrura, y en el español la palabra negro —también sus derivados— es utilizada como sustantivo y adjetivo, con una carga discursiva discriminatoria.

Tal es el caso de algunas situaciones discursivas en las cuales los hablantes se sienten incómodos al expresar enunciados como: Aquella negra vende cocada, y optan por transformarlos “suavizando” el sustantivo negra al utilizar negrita o morenita, como si se pretendiera dar un mejor tratamiento. Otros son los casos en los que por el contrario, un hablante hace uso del sustantivo negro, reafirmando la consonante sonora r, buscando ofender. Ejemplo: ¿el negro es tu amigo? En el enunciado, la palabra negro enfatizada toma un carácter de sustantivo adjetivizado que estratifica, menospreciando socialmente a la persona. También hay algunas ocasiones en las que una persona acusa en forma vehemente a otra de ser la oveja negra de la familia, siendo la palabra negra una afirmación de ser descarriado en términos morales.

En “Barlovento”, continuando con la descripción que se hace acerca de las fiestas de San Juan, se manifiesta este tipo de situación discursiva. El narrador culmina su censurador relato, agregando que en la plenitud del jolgorio, “el médico se perdía en busca de negras prietas de cintura fina”. “¿Acaso no es suficiente la adjetivación de negras a estas mujeres?, ¿para qué añadir lo de prietas?

La insistencia en esta doble adjetivación racial lleva a determinar en el lector, que el médico, un hombre aristócrata reconocido en el pueblo, gracias a su oficio, (que además debe ser blanco porque si fuera mestizo —clase social de mayor rango que los negros e indígenas—, no se insistiera en lo escandaloso del asunto), se extravía en el atajo al mezclarse con mujeres de clase inferior, debido a que son negras, doblemente negras porque se califican de prietas.

Lo que en la obra se subraya es el inusual hecho de que participe en el escenario carnavalesco un hombre blanco, que a pesar de su profesión excluyente (no todo mundo es médico), distinguida y ampliamente difundida en el pueblo, se hunde de forma decadente en la pasión del baile con unas mujeres negras, vistas como objeto de rechazo en una sociedad de ley blanca.

Estas mujeres son calificadas de negras porque al hacerse énfasis en el color de la piel se deja claro el prototipo racial de las participantes en aquellos “bacanales”, puesto que unas mujeres blancas, “verdaderas señoritas” mantuanas como las Pietri, no participarían en estas fiestas. Junto a ello, se agrega el adjetivo de prietas, que  en el diccionario significa “muy oscuro y miserable”, para indicar que estas mujeres pertenecen realmente a un círculo inmoral y abismal, circundado de fealdad y podredumbre, digno de repulsión desde la visión inquisidora del blanco.

Según Consuelo Posada, en Colombia, a fines del siglo XIX, en un ensayo sobre la condición social de las repúblicas colombianas (hispano-americanas),

José María Samper, uno de los humanistas más renombrados de entonces, expresaba abiertamente el desprecio no solo por los negros, sino por las derivaciones de su cultura. La definió como la peor raza del país y relacionó su fecundidad con su condición de inferiores: mientras en las razas superiores la reproducción se hace lenta y difícil, como consecuencia  de su alto grado de refinamiento moral e intelectual, entre los negros imperan los rasgos físicos, en detrimento de la inteligencia y moralidad [14].

A partir de estas consideraciones racistas, en “Barlovento”, los personajes blancos continúan menoscabando la figura del negro. En otro pasaje de la narración, cuando Isabel (la joven blanca heredera de la hacienda Las Camelias) llega a la población de Barlovento y conoce a Andrés, el Musiú o Monsieur (señor, en francés), capataz de la hacienda, lo describe físicamente desde un criterio prejuicioso: es “un hombre comedido, que a pesar del mestizaje tenía facciones blancas y ojos muy azules”, y más adelante agrega: “el fatalismo era una enfermedad de negros y por allí se asomaba el mestizaje de musiú” (335-336).

La expresión a pesar podría reemplazar sin ningún problema a la palabra lástima. Es muy común que mujeres de la estirpe burocrática de Isabel, descendientes de españoles, lancen estos juicios racistas y se muestren recelosas con el cruce de razas. Para ellas, el fenómeno socio-biológico humano del mestizaje constituye la degradación de la superioridad de la raza blanca. Por lo tanto, la mezcla racial es significado de desgracia, puesto que aunque el musiú tiene un fenotipo perteneciente a la raza blanca, hay en él un porcentaje de negro, y eso lo “mancha”.

En esta parte es pertinente volver a recordar, a propósito de las marcas discursivas estigmatizantes encontradas en el cuento, que la relación entre negro-fatalismo no deja de ser un vinculo entrañable. Como se ha dicho anteriormente, para el mundo blanco, todo lo negro es sinónimo de nebuloso y de ocultista. Al parecer, el musiú heredó, por las vías de la negritud, su parte sombría y misteriosa, aspecto que según la misma Isabel nunca había entendido en los negros, pues “podían pasar del júbilo a la melancolía en un segundo" (336).

En otro pasaje de la narración, la insistente asociación entre el adjetivo negro, la condición de ladrón e ignorante y la actitud salvaje, se manifiesta de forma directa en las conversaciones de los actores. La pérdida del cadáver de la abuela en el pueblo de Barlovento representa todo un caos. Las hipótesis de Isabel, su nieta, acerca del paradero de doña Josefa se refieren en forma peyorativa a los negros.

De acuerdo con su opinión, probablemente fue un negro ladrón y borracho quien se robó el Land Rover donde se encontraba la abuela, desconociendo que se llevaba de paso un cadáver. Según ella, el tipo desmontaría el carro, vendería sus piezas y se quedaría con las planchas de surf que estaban amarradas al techo del vehículo. La joven Isabel, de esta manera, construye en su mente toda una película de Hollywood al tratar de descubrir el paradero de su querida abuela, aduciendo que el negro “había escondido el Land Rover en el monte y su primer movimiento habría sido apoderarse de las planchas de surf para divertirse un rato con el último invento de los blancos” (331).

Para ella, la tecnología de los blancos resulta atractiva y desconocida en un mundo tan “atrasado” como el de los negros de Barlovento, seguramente basándose en los conceptos teóricos de la equívoca superioridad blanca ante el universo africano ignorante.

Aquí hay tres aspectos que se enuncian en el discurso:

1. La visión blanca sobre el negro como ser perteneciente a un mundo carente de civilización y de información tecnológica moderna.

2. El vínculo estrecho, casi natural, de la personalidad del negro con el infantilismo y la comicidad, características que vienen siendo puntos de encuentro en épocas anteriores con la formación de los Pliegos Sueltos en España. Por lo tanto, no es casual el uso del verbo divertir que se relaciona con situaciones recreativas, alegres, cómicas y de pasatiempo.

El carácter del negro es relacionado con la típica actitud de un niño “incivilizado” y empapado de curiosidad, que al ser inquietado por un aparato (invento de blancos) y desconociendo muy poco sobre su funcionamiento, se ve en la necesidad incontrolable de jugar con este en medio de la grandeza del mar. Las planchas de surf, desde el punto de vista de Isabel, representan en el negro toda una presencia moderna extraña, traída desde afuera, para hacerlo divertir, reír y olvidar de sus ocupaciones. Esta es una visión anticipada porque en realidad, muy poco pueden servirle los inventos de los blancos al mundo cultural de los negros; más bien son sinónimos de perturbación.

3. El último aspecto sobresaliente es la relación prejuiciosa entre negro-ladrón, como si el hecho de ser pobre y negro, fuera un signo evidencial para ser un malhechor. En la historia de la humanidad, grandes dirigentes políticos han sido también grandes ladrones, y no necesariamente son negros. A su vez, ejemplares líderes de raza negra, nacidos del vientre popular, como nuestro Benkos Bioho, han sido personas honorables. En general, la figura del negro ladronzuelo es un aspecto social que viene desde tiempo atrás con El Lazarillo de Tormes, en el que el negro Zaide es también acusado de ladrón, pero para su infortunio y como típico castigo de la época, es torturado y desterrado de aquellas tierras.

Dejando a un lado la percepción sesgada de Isabel sobre los negros y teniendo en cuenta la cosmovisión animista de los africanos, se podría rebatir la hipótesis de un supuesto robo planteada por la joven, si entraran en juego claves interrogantes como: ¿será que la desaparición del Land Rover junto con la abuela es realmente un robo?, ¿no será que el hombre negro pretendía llevarse solamente al cadáver de la abuela para efectuar un ritual? Siendo así, ¿estará la desaparición del cadáver relacionada con alguna práctica religiosa africana?

sabel, sin embargo, no descansa de sus feroces acusaciones y en un diálogo le sugiere a su madre hablar con Gumercindo —un trabajador de ellas— para viajar con él hasta Barlovento. Aquí también vuelven a repetirse las demarcaciones discursivas de racismo hacia los negros:

“—¿Por qué Gumercindo? —alcanzó a balbucir su madre.

—Porque es negro y barloventeño: él sabrá cómo dirigirse a esos salvajes” (331).

De nuevo se observan ofensas y categorizaciones en el lenguaje. Por ser de raza negra —calificativo de inferioridad—   y   por   haber  nacido  en  Barlovento —pueblo de gentes y creencias negroides—, Gumercindo tiene la tarea de tratar con estas personas, que son tildadas de salvajes. Los negros entonces entran a formar parte de una cadena de falsos silogismos deductivos mediados por el criterio racista de un blanco: todos los negros son salvajes, es así como todos los barloventeños son negros; luego los barloventeños son salvajes.           

NOTAS:

1. Juvenal Mejía Córdoba. Apuntes de Sociología. Bogotá, ediciones Tercer Mundo, 1997, p. 116.
2. Michael Zeuske. Estructuras e identidad en la “Segunda Esclavitud”: el caso cubano, 1800 – 1940. En: Historia Crítica, No. 24. Bogotá, Universidad de los Andes, Departamento de la Facultad de Ciencias Sociales, p. 136.
3. Cien lecciones de Historia Sagrada. Obrita destinada para la Enseñanza Primaria. Einsiedeln, Suiza, Establecimientos Benziger, 1956, p. 10.
4. Teresa Martínez Terán. América en la Mitología del siglo XVI. En: Cátedra Julio Enrique Blanco. Barranquilla, Universidad del Atlántico, Teatro Amira de la Rosa, Diciembre 1, 2001.
5. Baltasar Fra-Molinero. La Formación del estereotipo del negro en las letras hispanas: el caso de las tres coplas en pliegos sueltos. En: Romances Languages Annual, N°3. Florida, University of Florida, 1991, p. 438.
6.Ibid, p.p. 439-440.
7. Eduardo Rosenzvaig. Los hechiceros, una variante Colonial americana de los brujos. En: Cuadernos Hispanoamericanos, N° 522. Madrid, diciembre, 1993, p. 48.
8. Marvel Moreno. "Barlovento". En: Cuentos Completos. Bogotá, Norma, 2001. p. 326. En las citas siguientes, simplemente colocaremos el número de la página entre paréntesis.
9. Catecismo Católico. Barcelona, Editorial Herder, 1957, p. 155.
10. David Jiménez. Poesía y Canon. Los Poetas como críticos en la formación del Canon de la poesía moderna en Colombia. Bogotá, Editorial Norma, 2002, p. 51.
11. Dolcey Romero Jaramillo. Pueblos negros en el Caribe Colombiano. En: Revista Dominical El Heraldo. Barranquilla, Junio 18, 2000, p. 10.
12. Consuelo Posada Giraldo. Cultura y Música: Señalamientos contra la Costa Caribe. En: Estudios de Literatura Colombiana, N°3. Medellín, Universidad de Antioquia, Julio–diciembre, 1998, p. 33.
13. Anónimo. El Lazarillo de Tormes. Bogotá, Ediciones Universales, 1994, p. 15.
14. Consuelo Posada Giraldo. Op. Cit., p. 32.

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©  Dinah Orozco Herrera

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 19