El guardacasas
Fernando Arrojo-Ramos
Sentado delante del ordenador, la mirada perdida en un rincón del cuarto, Ronstadt andaba repasando mentalmente una incómoda serie de causas y efectos. Aquella mañana, como tantas otras, el estudio sobre las metáforas en la obra de Pavese iba a paso de tortuga, y no se necesitaba ser ningún Stephen Hawking para comprender que la plaza de investigador en la Fundación Pisanelli, dependiente de la publicación del trabajo, peligraba hundirse en un agujero negro del cual surgía el pavoroso espectro del desempleo, que parecía hacerle guiños de complicidad desde la pantalla del ordenador. Y, para colmo, el cielo, desmintiendo todos los pronósticos, había empezado a tomar un color ominosamente plomizo que dejaba el apartamento como pasmado en una sigilosa y poco inspiradora penumbra. Sonó el teléfono pero Ronstadt no lo contestó. Se puso a planear el menú de la cena, que sería muy simple —los platos suculentos los saboreaba en casa de Susan—, y sus cálculos se hicieron spaghetti, al fin y al cabo una metáfora italiana, una metáfora que, claro, ¿qué hubiera dicho Pavese?
Algo después volvió a sonar el teléfono y esta vez lo contestó.
—Te llamé hace un rato, pero debías estar fuera— dijo Susan de buenas a primeras.
Se le podía detectar un leve tono de reproche.
—Estaba dándole vueltas a una idea, si hubiera sabido que eras tú...— repuso Ronstadt, que prefería eludir las explicaciones enojosas.
—La fiesta del sábado tendrá que quedar para mejor ocasión, después de tanto planearla. No me será fácil contar otra vez con los Gryszko ni los Miller. Y a Ed Gryszko tengo que cultivarle para el negocio de los pisos en Palm Beach, tú ya sabes cuánto dinero se pone en juego— dijo Susan, malhumorada.
Hizo una pausa, y Ronstadt tecleó una frase evasiva.
—¿Ronstadt?
—Aquí me tienes.
Susan le puso al corriente de la situación:
—Los gerifaltes de aquí han decidido despedir al jefe de ventas del norte de California, pues desde hace tiempo su cuota de pedidos viene presentándose muy baja, sospechan que bebe, sabes, y me han designado a mí para dar el hachazo y contratar a otro. Claro, a fin de cuentas, soy la directora del departamento de Recursos Humanos. El hombre lleva diez años con la compañía, tiene mujer, hijos, y ahora, de la noche a la mañana, lo ponen en mitad del arroyo. Imagínate. Pero los negocios son los negocios.
Ronstadt carraspeó.
Le llamaba desde la casa. Estaría en San Francisco hasta el domingo; dejaba el Mercedes fuera del garaje, algunas luces encendidas, la radio puesta, para dar señales de vida.
—Con los robos que he tenido, debería instalar un sistema de alarma. Pero no tengo tiempo para nada— dijo, encorajinada.
Ronstadt creyó percibir otra vez una nota de censura.
Había informado a la policía de su ausencia; rondarían la casa dos veces al día.
La espaciosa y ultramoderna mansión de Susan Goldman delataba riquezas interiores. Diseñada por su ex-marido, un arquitecto de renombre, parecía descomponer y a la vez recomponer el espacio por medio de hábiles superposiciones, fragmentaciones y desarmonías. Se hallaba en un lugar recóndito, rodeada de bosques que protegían su singularidad y también a los ladrones, quienes recientemente, en dos ocasiones, habían visto en ella un paraíso nada perdido. La segunda visita ocurrió en Navidades mientras Susan y Ronstadt se hartaban de sol en la Martinica, un regalo de ella. El caco debía estar de compras estacionales y sólo arrambló con tres artículos, pero eso sí, muy selectos: una pulsera de brillantes, un reloj de oro y un abrigo de visón de Nueva Escocia, lo que denotaba cierta delicadeza y buen gusto. "A tal mansión, tal honor", había comentado Ronstadt tratando de dar un toque de humor a la cosa, pero Susan no vio ninguna gracia en ello.
Cuando Susan dijo: —Cariño, ¿por qué no te quedas guardando la casa mientras estoy en San Francisco?— su voz destilaba melaza.
—Ya sabes que en tu casa me costaría un montón de tiempo crear un ambiente de trabajo— respondió Ronstadt. Él tenía todos sus papeles, sus notas, en su apartamento, y además la biblioteca de la universidad se hallaba muy a mano; estaba habituado al desorden del apartamento, a sus olores, a su propia suciedad.
Susan no insistió, no estaba para regateos: el avión salía a las doce, tenía que colgar. Prometió llamarle desde San Francisco y le despachó un beso telefónico.
Ronstadt volvió a enfrentarse con el ordenador. Pasaron dos, tres horas; las palabras se estremecían como temerosas de agruparse en frases, y ni hablar de formular ideas; de modo que, aunque lloviznaba, decidió ir a Mike's, el pub de la esquina, para consumir un abultado sandwich de corned beef, que Mike Coogan preparaba como en los delicatessens neoyorquinos. Estaba ya para salir cuando de golpe se puso a llover con fuerza. Ronstadt se asomó a la ventana y atisbó el mundo exterior: las acostumbradas ringleras de coches ajenos estacionados en la parte trasera del edificio; sus otras dos ventanas se encaraban con las de los vecinos, formando todas, en ese momento, una colección de ojos rectangulares y como lacrimosos. La temperatura dio un bajón, y entonces Ronstadt presenció la mágica conversión en copos gruesos, concienzudos, de las gotas de lluvia. Cuando se volvió a asomar quince minutos después, todo era ya una sucesión de capas blancas, y se alegró de no tener que estar fuera, a la deriva, desafiando la hostilidad del tiempo. Susan ya estaría a muchos miles de metros sobre la superficie del planeta, en la comodidad de la primera clase, ingiriendo un tonificante Bloody Mary, repasando notas de lo que usaría para despedir al jefe de ventas con tacto profesional. Era la una, el estómago protestó. Rondstadt se puso el abrigo, se arrolló la bufanda roja, regalo navideño de Susan, y fue al pub de Mike.
El tiempo dictaba que el local estuviera casi desierto. Ronstadt se acomodó en la barra, y Mike, disponible para la conversación, se puso a perorar sobre su tema predilecto, la independencia de Irlanda, describiendo con emocionada elocuencia el insufrible tormento de la opresión, el agobio de vivir de prestado en casa propia, la incómoda vecindad con los protestantes; aunque él, en cierto modo, los aceptaba, porque a pesar de ser católico le corría una veta librepensadora. Ronstadt no veía muy justificadas las tribulaciones de Mike; a fin de cuentas, no vivía en Irlanda. Pero nada realmente importaba, sólo que la conversación no decayera. Charlando, poniendo y quitando, todo rociado con abundante cerveza irlandesa, se les fueron las horas.
Cuando Ronstadt regresó al apartamento ya todo se sumía en el estupor del atardecer invernal. La conversación con Mike le bailaba en la cabeza como una giga irlandesa y le resultaba un poco trabajoso enfocar las ideas. Pensó en su opresión personal, de momento inevitable, pero si llegara la inspiración, tendría posibilidades de mejoramiento; pensó que, aunque algo desastrada, tenía su propia vivienda, su propio territorio; pensó en Susan, su amante, a la vez posesiva, generosa y materialista, que podía ser irascible a veces, tierna otras, que también podía ser cruel. Siempre mandona. Desde luego no se la podía comparar con el Gobierno inglés ni con los protestantes de Irlanda, bueno, era judía. Ni él, por su parte, era católico, aunque sí, decididamente, librepensador, nada de vetas. En cuanto al amor, ahí estaba, de alguna forma, aunque ya no con el impulso ciego de los años jóvenes. Ronstadt se avergonzó, o creyó avergonzarse, de su modo de proceder con ella; le había negado un favor que a él, realmente, no le costaba mucho hacer. Serían sólo unos días. Cuando Susan llamó esa noche, Ronstadt le prometió guardar la casa. Ella estaba encantada. A su regreso prepararía una cena suculenta, y brindarían con buen champán francés. "Celebraremos tu generosidad", dijo.
Al día siguiente Ronstadt tomó un taxi para ir a casa de Susan. Había dejado de nevar pero hacía un viento terrible, y el cielo, enlutado de un gris plomizo, predecía otra tormenta. Con toda la nieve que había caído, el largo camino de entrada estaría inaccesible; ya se veía maniobrando la máquina quitanieves para despejarlo. Sin embargo, al llegar lo encontró franqueado, apartada la nieve en grandes montones a los lados; hasta el coche estaba como una patena. Alguien de la oficina de Susan habría comisionado aquel arduo trabajo.
La mansión se alzaba como un islote rodeado de un mar de blancura, y a la vez parecía estar enjaulada tras la multitud de carámbanos que se descolgaban del tejado, como inmensas, afiladas lágrimas de hielo. Ronstadt no recordaba haberla visto nunca tan fantasmal, paradójicamente sombría en su desenfadada modernidad. No le extrañó, pues, al entrar en ella, la sensación de soledad, de inevitable y morosa vigilia, echando de menos, en el espacioso y elegante recibidor, las acogidas calurosas de Susan; sus labios, su sonrisa, siempre prometedores. Se despojó del abrigo y lo colgó maquinalmente en el vetusto perchero que Susan había comprado el mismo día que la conoció. Le llegó la música de la radio, gritos agónicos de un conjunto rockero entrelazados con una suerte de crujidos que achacó a la inexorable envoltura del hielo. Se dirigió al salón, lentamente, sin ganas de permanencia, y nada más entrar en él algo inesperadamente absurdo le sobresaltó: un individuo canoso y de mal aspecto, sin afeitar, medio arrebujado con una manta, dormía a pierna suelta en uno de los sofás, emitiendo penosos, agrietados ronquidos; a su lado, en el suelo, una botella de vino bastante terciada. Ronstadt, olvidando su melancolía, más precavido que heroico, decidió un rápido curso de acción, que consistía en ir a la cocina, armarse dudosamente de un cuchillo, agarrar la llave del coche, salir pitando de la casa, meterse en el vehículo, conducir al teléfono más cercano, llamar a la policía, y aparcar después a una distancia prudente de la mansión hasta que llegaran los agentes, si es que llegaban, porque era evidente que con la policía no se podía contar para mucho. Hacerse con el cuchillo no le resultó difícil, pero la maldita llave no aparecía por ningún sitio. En ese momento el intruso apareció en la puerta.
—Buenos días, señor. El cuchillo no es necesario— dijo, en una voz que vacilaba entre el sueño, la cortesía y el alcohol.
Era un viejo de edad indefinida y talla insignificante que a ojos vistas vivía de milagro. De la fragilidad de su cuerpo parecían colgar inertes los pantalones y la chaqueta, que en otros tiempos debieron conocer el beige y el marrón pero ahora se veían igualados por un indefinido color mugriento; el uso y la suciedad habían desvaído también el negro de su camisa. Más que de ladrón, tenía facha de espantapájaros.
—¿Qué hace usted aquí?— acertó a decir Ronstadt.
El hombre replicó, confusamente, que no tenía donde vivir, que la nevadona, porque el frío, pues no había más solución que la ventana, el vino fue una alegría, y que ya un día en la casa.
—La tienen ustedes muy bien puesta— comentó con amabilidad de invitado.
Parecía haberse espabilado un poco. Ronstadt estaba estupefacto.
—Señor, nada he tocado y nada he fisgado, de veras, sólo el vino, una manta, la ventana y algunas cosillas del refrigerador, sopas en polvo que he comido directamente para no molestar— dijo el viejo lentamente, precisando cada cosa como para disipar cualquier sospecha.
Había dormido en el suelo, a los pies de una cama, en el piso de arriba.
—La alfombra es muy mullida— observó, complacido.
Ronstadt no salía de su asombro.
—He sido muy cuidadoso, se lo juro, como anoche cuando vomité, que lo hice afuera. Si quiere se lo muestro, porque con este frío todo se congela— dijo, como cumpliendo una obligación.
Y, haciendo un ademán de conformidad ante lo inevitable, agregó:
—Ahora, si usted desea llamar a la policía, comprendo que está en su perfecto derecho.
El hombre se expresaba con una naturalidad pasmosa. Ronstadt hubiera querido decir algo apropiado, autoritativo, pero no se le ocurría nada. El viejo tomó una vez más la iniciativa y, llevándose la mano a la frente en ademán de olvido imperdonable, dijo:
—Soy Jack. Jack Cagliostro.
Ronstadt estuvo a punto de responder: "Soy Ronstadt", pero se contuvo a tiempo, y en cambio se oyó decir, vacilante:
—Sería mejor que se marchase—. Pensó que no estaba actuando con la firmeza que la situación requería. Debería haber dicho: "Lárguese de aquí, inmediatamente". Pero aquel hombre le desarmaba.
En ese momento, como si el destino jugara sus bazas al azar, sucedieron varias cosas a la vez: empezó a nevar fuerte —el viento arremolinaba los copos—, sonó el timbre del teléfono, el viejo hizo ademán de retirarse. Ronstadt salió con un "Espere", sin saber bien por qué. La llamada era de Susan, para comprobar si todo estaba en orden, y Ronstadt, sin tiempo ni planes, dijo que sí, entendiendo de inmediato que su respuesta le ponía del otro lado. Acortó la conversación con unos "perdona, acabo de llegar, hace un frío terrible, voy a inspeccionar el coche". El hombre, su figura aun más disminuida por el marco de la puerta, cuadrado como un recluta, lo miraba con extrañeza.
—¿Ha sido usted quien ha paleado la nieve en el camino de entrada?— quiso saber Ronstadt, deseando con toda su alma que así fuera.
—Sí, señor. Lo hice para corresponder y hacer ejercicio. Le quité también la nieve del coche con una escobilla que encontré en el garaje. Aquí donde me ve usted, de apariencia un poco enclenque, nervio no me falta— explicó el viejo, muy ufano.
Ronstadt, más aliviado, concedió:
—Bueno, de momento, quédese. No le voy a dejar morirse de frío ahí fuera; no soy ningún monstruo. Pero en cuanto el tiempo mejore, usted se marcha. ¿Está eso claro? Ahora estoy yo aquí—. Nada más decir sus últimas palabras, las encontró, ya tardíamente, idiotas.
—Lo que usted mande— dijo el viejo bajando la cabeza. Su humildad era irreprochable.
Pero el tiempo no iba a mejorar. Dijeron por la radio que la temperatura iría descendiendo hasta probablemente registrar, durante varios días, mínimas inauditas. Rondstadt decidió tomar las cosas con calma, capear el temporal decorosamente. "No le voy a dejar morirse de frío ahí fuera; no soy ningún monstruo", había dicho. Resolvió mostrarse adusto y decir siempre usted cuando se dirigiera al vagabundo, y sólo cuando no hubiera otra solución, sólo entonces, diría Jack. Habría preferido usar el apellido para guardar las distancias, pero Cagliostro le sugería algo tenebroso y además era difícil de pronunciar.
El viejo le seguía silencioso por la casa, siempre a una distancia respetuosa, observándolo, acechando sus movimientos, apostado a veces tras el discreto resquicio de una puerta. Todo fuera del orden de las cosas, como si Ronstadt fuera el intruso y el vagabundo, el vigilante dueño de la mansión.
Ronstadt se sentó en uno de los sofás del salón y Jack se mantuvo de pie en un rincón, como esperando algo, en actitud canina.
—Siéntese, hombre, no se quede ahí como un pasmarote— dijo Ronstadt, enérgico, pensando que así ganaba terreno.
—Ah, muchas gracias, señor— respondió Jack como si le hubieran ofrecido un trono celestial.
Se sentó en una butaca alejada en la inmensidad del salón. Ronstadt no sabía decir si tanta cortesía era sincera o si el hombre le tomaba el pelo. Decidió cambiar de táctica.
—¿Tiene hambre?— inquirió, indiferente, aunque en realidad expresaba sus propias apetencias.
—Pues un poquillo— dijo el viejo, en un tono de urgencia mitigada que a Ronstadt le pareció una orden.
No tenía la menor intención de ponerse a cocinar. Encontraba la situación absolutamente ridícula, pero algo tenían que comer. Pensó entonces que encargar una pizza se avenía con las circunstancias. Llamó a la pizzería del pueblo, pero el empleado le informó que a causa del tiempo no hacían repartos. Eso significaba que él tendría que ir por la pizza y dejar al hombre solo en la mansión, porque no era cosa de que los vieran juntos en el pueblo. Como leyendo sus pensamientos, Jack le aseguró que al regreso todo seguiría igual. Cuando puso el coche en marcha, Ronstadt tuvo la sospecha de haber sucumbido, quizá sin remedio, a las necesidades del otro.
Volvió con la pizza y unas cervezas. Se había gastado todo el dinero de que disponía. "La semana que viene, afortunadamente, recibiré mi paga provisional", pensó. Ambos se sentaron en la cocina, y entre bocados y tragos, con la camaradería que despierta el hambre satisfecha, se entregaron a la charla, primero cautelosa, después abierta. El hombre se mostraba muy locuaz.
Entre las aspiraciones predominantes de Jack Cagliostro, figuraban un jergón y techo y unos tragos de lo que fuese cuando las circunstancias lo permitían. Los vagabundos viejos, como él, se inclinaban por el vino, mientras que los más jóvenes literalmente se morían por las drogas, dispuestos a todo por conseguirlas. Los rasgos más importantes de su vida podían resumirse con la brevedad del canto de un gallo: adolescencia, matrimonio, viudez; luego todo se disolvía con la última nota del quiquiriquí. Cuando lo soltaron del correccional el día antes (el Estado le cobijaba a menudo por pernoctar en sitios prohibidos), muy temprano por la mañana, tras un mes de hospedaje no del todo desdeñable, se forzó por ahuyentar de su mente las mareas de la existencia, el temor a la inconstancia de la libertad. Soplaba un vientecillo casi templado; el sol se asomaba pálido, indeciso. El guardia de la entrada comentó que habían anunciado buen tiempo. "Te vas con suerte", le dijo, y Jack no supo interpretar si sus palabras encerraban esperanza o ironía. Días infinitamente peores había conocido, sobre todo muchas noches en que, arropado en periódicos de tendencia republicana, hubiera podido jurar que el amanecer sería inalcanzable. Se puso a caminar ligero por carreteras angostas —siempre andaba de prisa aunque no siempre supiera adónde iba—, en dirección a la autopista, sin prestar atención a los coches que le pasaban, indiferentes. Por experiencia sabía que sólo algún camionero musculoso y soñoliento, deseoso de conversación en su confinada soledad, se atrevería a recogerlo. Efectivamente, uno le llevó hasta la ciudad y desde allí se lanzó a caminar sin rumbo fijo; para cuando quiso darse cuenta ya estaba en las afueras. Anduvo unas millas, no hacía mucho frío, aquello era casi un paseo. A los lados de la carretera todo era bosque; de vez en cuando surgía alguna casa. Pasaría la noche en algún pajar arruinado. Mas, poco a poco, el cielo se fue cubriendo de nubarrones nada halagüeños; bajó la temperatura; después empezó a lloviznar. Llovía ya fuerte cuando llegó a la altura de la impresionante mansión que divisó desde la carretera, y se dirigió a ella sólo con ánimo de resguardarse de la lluvia. El coche, las luces y la radio indicaban que alguien habría en la casa; pero pasaba el tiempo, quince, treinta minutos —él nunca estaba consciente de su transcurso—, y nadie salía a despedirle con cajas destempladas. Concluyó que los dueños estaban de viaje y habían dejado aquellas señales para despistar. Aterido de frío, vio las gotas de lluvia convertirse, como por magia, en gruesos copos de nieve. Todo ello le convenció de pasar la noche en aquella magnífica casa, no sólo ya porque no veía otra solución, sino también impulsado por una fuerte curiosidad. La casa era, al menos desde fuera, la más hermosa de todas las que había ocupado. ¡Menuda experiencia! Que de improviso volvieran sus dueños no le preocupaba, no sería la primera vez. Total, cuestión de retornar a una celda, siempre preferible a congelarse de frío en un callejón o en un sembrado. Además, como siempre se decía, mejor él, serio y fiable, que un ladrón desaprensivo. Rompió los cristales de una ventana trasera y se coló en la mansión.
Cuando Susan le llamó esa noche, Ronstadt mostró quizá demasiada curiosidad por la suerte del jefe de ventas. Ella no comprendía su interés por un perfecto desconocido. De todos modos le dijo que el hombre estaba deshecho. Se había enterado, sin embargo, de que sus problemas no se debían a la bebida sino a líos familiares, pero eso no era de la incumbencia de la compañía, que sólo se guiaba por los resultados. Susan sabía de un puesto, en Seattle, que sería ideal para él. Curiosamente, al mismo tiempo que le despedía, quizá pudiera ayudarlo. Sus palabras llenaron a Ronstadt de algo que se parecía a la felicidad, y sintió una oleada de agradecimiento. Se durmió en seguida.
Le despertaron unos ruidos agrios que procedían de afuera. Eran casi las siete. Se asomó a la ventana y vio al vagabundo paleando la nieve; ya había despejado casi todo el camino. "¡Eh", le gritó desde la ventana, pero el otro no le oía. Se puso el batín, bajó a la puerta y salió al exterior. Hacía un frío horroroso. "¡Jack!", llamó al hombre, haciéndole señas de que volviera a la casa.
Se sentaron en la cocina. Jack se había despertado con el alba, como siempre, y se había puesto a quitar la nieve porque, a su modo de ver las cosas, ésa era su obligación. Tenía la cara amoratada del frío.
—¿Por qué no usó la máquina?
—Yo no sé de máquinas, señor; la pala es lo que me va. Voy a seguir.
—Después. Ahora le voy a preparar el desayuno. Un café caliente le caerá bien.
—Lo que usted diga.
Los días que quedaban hasta el regreso de Susan siguieron un curso apacible. Las tareas de los dos hombres se definieron sin palabras: Jack, que efectivamente tenía mucha energía, quedó a cargo de quitar la nieve del camino y cortar leños para la chimenea; Ronstadt se dedicaba a preparar las comidas que, aun cuando no le salieran muy inspiradas, Jack celebraba comiéndose hasta la última migaja. Apenas hablaban en la mesa.
Ronstadt tenía prendas de vestir en la casa y le dio a Jack una chaqueta, unos pantalones, una camisa y un abrigo viejo. Todo le venía grande, pero era preferible a su atuendo anterior. Jack tenía ahora pinta de espantapájaros aseado, porque Ronstadt estipuló que se duchara y se afeitara todos los días. Fuera de la casa usaba su antigua vestimenta; dentro, se ponía las nuevas prendas.
Ronstadt llamó a la policía, con el fin de anular sus posibles rondas, y también a un vidriero, para reemplazar el cristal roto de la ventana trasera. Tenía que borrar, a fuer de criminal, todo rastro revelador de su delito: la estancia de Jack en la casa.
Jack se pasaba las horas muertas viendo la televisión, sin que los programas parecieran importarle mucho; el caso era mirar. Ronstadt leía y tomaba notas para su trabajo sobre la obra de Pavese.
Después de la cena, sentados los dos ante el fuego evocador de la chimenea, Jack se emborrachaba suavemente con Chivas Reegal, la única marca de whisky que había en la casa, que para él era como haber descubierto El Dorado. Entonces refería historias de vagabundos: unas divertidas, otras terribles, todas tristes. Ronstadt revivía su propia niñez, cuando su abuelo le leía libros de aventuras o le contaba historias también graciosas o inquietantes. Escuchaba pero nunca contaba nada, imaginando que su vida y sus problemas no podían interesarle al vagabundo. Hacia el fin de la velada las anécdotas se le embarullaban al viejo, y cuando el fuego de la chimenea empezaba a languidecer, como si eso le señalara el término de la jornada, se iba a la cama. Ahora dormía en una. A Ronstadt no le parecía bien que lo hiciera en el suelo; no en la casa.
Susan llamaba todas las noches, mostrándose muy cariñosa, haciendo toda clase de planes para su regreso. Ronstadt tenía que hacer muchos esfuerzos para concentrarse en la conversación y borrar de su mente la figura de Jack, desde el momento en que lo vio por primera vez, roncando en el sofá, hasta una hora antes, acaso contando, con sugerentes aspavientos, alguna versión vagabunda del cuento de la lechera. Le remordía estar disponiendo de cosas que no eran suyas. El viejo creía que Susan era su mujer y Ronstadt, esquivando aclaraciones fastidiosas, no le sacó de su error. De este modo, cuando Jack agradecía su generosidad, Ronstadt no podía decirle que, en realidad, no era la suya sino la de Susan, quien, a su vez, no tenía la menor idea de su propia liberalidad ni jamás la tendría. Se sentía espectador y actor, traidor y héroe, en una comedia de enredos, en un mundo en el que los hechos parecían repetir las semejanzas.
Llegó el domingo. El frío había disminuido un poco. Ronstadt tenía que ir por Susan al aeropuerto. Los dos hombres, desde temprano, se afanaron en arreglar la casa, en lavarlo todo a conciencia, como emparejados por una muda complicidad. Ronstadt se ofreció a llevar a Jack adónde quisiera, pero éste rehusó: iba en otra dirección, alguien le recogería. Ronstadt le apretó fuertemente la mano. Se preguntaba cómo terminaría la jornada para el viejo.
—Buena suerte, Jack. Deseo que...— pero no supo terminar la frase.
—Adiós, Mr. Ronstadt, muchas gracias por todo. Cuando cuente a mis compañeros todo esto, ninguno se la va a creer. Sólo yo.
Ronstadt puso el coche en marcha y retrocedió hasta la carretera. Jack Cagliostro ondeaba la mano desde el final del camino.
Dos horas después Susan y Ronstadt retornaban a la mansión. Cuando Ronstadt dobló con el Mercedes la esquina del camino de entrada, se toparon con la inesperada presencia de un coche policial, estacionado a la puerta de la mansión, cuyos juegos de luces multicolores, en el techo, proclamaban un acto de servicio que ambos podían adivinar. Ronstadt, presintiendo cosas en las que prefería no pensar, se quedó mudo; Susan profirió una maldición. Salieron del coche. Las sospechas de Ronstadt se vieron confirmadas: Jack estaba sentado en el asiento trasero del coche de la policía, los brazos ocultos tras la espalda; no llevaba la ropa que Ronstadt le había dado, sino su propio atuendo. Sus miradas se cruzaron. Por unos instantes, los gestos de cada uno, imperceptibles para los demás, cambiaron interrogaciones, inquietudes, conformidades, excusas. Mas lo agentes, uno joven y otro viejo, interrumpieron, inconscientes, su sordo diálogo: querían informar a Susan y Ronstadt de lo ocurrido. Entraron los cuatro en la mansión. El policía joven, un tipo fornido, inexpresivo, describió los hechos con rigidez y puntualidad oficiales. El forzamiento fue denunciado mediante llamada anónima a la comisaría. Cuando se personaron en la vivienda, la puerta de entrada estaba entreabierta, si bien pudo comprobarse después que el detenido había forzado su entrada rompiendo una ventana trasera. Cuando lo prendieron, el sujeto estaba sentado frente a la chimenea, con una botella de whisky en la mano, presentando síntomas de embriaguez. Tenía antecedentes penales, los cargos siempre por forzamiento. Hacía siete días que había salido de un correccional.
Susan estaba furiosa. El policía viejo explicó:
—Estamos casi seguros de que él mismo hizo la llamada, como si quisiera que lo arrestáramos. Se llama Jack Cagliostro y es sólo un pobre diablo.
Parecía tener una percepción algo más humana de las cosas.
—Cagliostro— repitió Susan—. ¡Vaya nombre! Y pensar que una persona de tal calaña se ha metido en mi casa y se ha bebido mi whisky.
Estaba muy alterada.
El policía joven, quizá pensando que era conveniente mencionar el castigo del detenido, conjeturó que en vista de sus antecedentes penales estaría por lo menos dos meses en la cárcel.
—Eso nunca se sabe, las cárceles están muy llenas, y ahora los jueces dictan sentencias cortas— advirtió el policía viejo.
—O sea que dentro de unos días este individuo me hará otra visita— dijo Susan, fuera de sí, sus palabras ya eran gritos.
Nadie dijo nada.
El policía joven quería comprobar todos los datos antes de presentar su informe a la jefatura. "Domicilio de Mr. y Mrs. Ronstadt", leyó. Susan le corrigió, impaciente:
—No, no; la casa es mía y mi nombre es Goldman. Mr. Ronstadt es sólo un buen amigo.
El policía joven insistía en que la persona que había hecho la denuncia dijo Mr. y Mrs. Ronstadt, no había duda. Agregó, lanzando una mirada inquisitiva a Ronstadt:
—Todo esto es muy extraño. Interrogaremos al detenido.
Susan se quedó pensativa, mirándolo también, sin verlo. Ronstadt guardó silencio: le tenían ya sin cuidado las posibles sospechas de los otros; se sentía fuera del tiempo, de los sucesos. Y entonces Susan, como surgiendo de un abismo:
—Mr. Ronstadt ha estado cuidando de la casa en mi ausencia. Quizá ese tipo vio su nombre en algún papel y pensó que sería el del dueño—. Pero Ronstadt sabía que sólo era un intervalo, un oportuno y absurdo rescate.
Los agentes se marcharon. Susan miró de frente a Ronstadt; toda su cólera había desaparecido.
—Algo ha sucedido aquí que exige una explicación inmediata y satisfactoria. ¿Qué tienes tú que ver con ese asqueroso? Vamos, habla— dijo con la frialdad de un fiscal.
Permaneció inmóvil, esperando. Ronstadt no respondió nada. Ella entonces se dio media vuelta y abandonó el salón, escaleras arriba. Bajó unos momentos después, se metió en la cocina y, por los ruidos que hacía, Ronstandt supuso que debía estar preparando un sandwich.
De la cocina le llegó su voz, en un tono alto y desabrido: "Yo ya tengo suficientes problemas sin que tú encima me vengas con más. Si no estás conmigo, estás en contra, y si es así, lo que tienes que hacer es largarte".
Ronstadt se quedó contemplando la chimenea, con los leños apilados para crear un fuego alegre, y la botella de Chivas, medio llena, en la repisa, junto a una foto de Susan y él. Se miraban sonrientes, brindando con champán; alguien la sacó durante una fiesta en casa de los Gryszko organizada para atraer compradores de propiedad horizontal en Palm Beach. Jack estaría ya en la comisaría, por lo menos no se moriría de frío a la intemperie. Susana tenía razón, era su propia casa, él se había tomado una libertad que no le correspondía. Y sin embargo...
—Adiós— dijo, resolutamente, desde la puerta de la calle antes de cerrarla.
Una vez fuera respiró con fuerza. Sin dinero, tendría que acogerse a la amabilidad de algún motorista que le quisiera llevar. Según iba caminando por la carretera, su dedo pulgar, medio congelado, señalaba la ciudad.
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© Fernando Arrojo-Ramos
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 19
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2004
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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