EL CAZADOR DE GAZAPOS
Antonio Mora Vélez
Aquél hombre encontró que en el Larousse del 75 habían escrito jabalina con "v' de vaca y decidió comunicarlo inmediatamente a la Academia de la Lengua. "¿Cómo es posible --exclamó-- que en un diccionario de tanta fama se cuele un gazapo de esa naturaleza?". Muy a pesar de lo avanzado de la noche, escribió la carta. Bien temprano la puso en el correo y durante ese día le mostró la copia a todo el mundo.
Una semana esperó la respuesta, visitando dos veces al día su apartado de correos. La Academia le respondió, por fin, elogiándole su descubrimiento y lo exhortó a que continuara desarrollando tan loable labor en beneficio del idioma. Para él esa exhortación fue definitiva. Siguió en su búsqueda horas enteras todas las noches, por varios meses, hasta que encontró que en un anuario de Selecciones habían escrito Marco Fidel Sánchez en lugar de Marco Fidel Suárez, y esto lo consideró una afrenta para la Patria. Demás está decir que lo comunicó no solo a la Academia de la Lengua sino a la de Historia, y que ambas academias le respondieron resaltándole esa minuciosidad patriótica de que había sido capaz.
Bien pronto, luego de haber acumulado una buena veintena de gazapos célebres, su fama trascendió y fue llamado por el Diario más importante del país para el cargo de cazador de gazapos con un buen sueldo de base y bonificación extra por cada uno que descubriera en las cincuenta páginas de la edición. Puede decirse que modificó totalmente sus costumbres y su nivel de vida. Desde entonces pasó a ser el hombre importante que quiso ser pero no abandonó su inclinación inicial de localizar gazapos en libros, diccionarios y enciclopedias de prestigio. A su decisión inquisidora no escaparon ni el mismo Diccionario de la Lengua editado por la Academia, ni la Enciclopedia Universal de Gazapos Célebres que él mismo había ayudado a redactar.
Su labor desde el Diario le sirvió para escalar la presidencia de la Asociación Internacional de Cazadores de Gazapos y la calidad de miembro honorario de todas las academias del mundo. Era, en efecto, un hombre popular y admirado.
Pero fue en las postrimerías de su carrera, ya entrado en años, cuando obtuvo su más resonante éxito profesional. Descubrió un gazapo en la primera plana del Diario. Apareció en recuadro y en negrilla el aviso del sepelio de Alfonso Sobrino Vital, y no era Vital sino Vidal.
Nuestro personaje leyó un ejemplar de la primera tirada, lo corrigió y lo hizo llegar al director. Éste —al reconocer la letra— dio un salto desde su butaca giratoria y exclamó: "—¡Milagro!... ¡Milagro!...". Todos corrieron a ver de qué se trataba, extrañados porque el director no se caracterizaba precisamente por extroversiones como esa.
—¡Es él!...¡Es él! —repetía a cada interrogante que le formulaban sus inmediatos colaboradores. Y se desmayó.
Ese mismo día fue inhumado el cadáver de Alfonso Sobrino. Al entierro asistieron todos los trabajadores de la prensa capitalina y delegaciones del gremio de gazapos de todos los países. Sin duda, una gran despedida para un hombre sobresaliente. Tan solo el director del periódico no asistió por razones obvias.
A la mañana siguiente, bien temprano, el director recibió en el hospital la visita de sus subalternos de confianza. Estaba bastante repuesto del ataque de nervios del día anterior y manoseaba el ejemplar del gazapo. Al verlos entrar, y sin saludarlos siquiera, les mostró la grafía de Sobrino corrigiendo el Vital. “¿Se convencen?... ¡Lógico, él tenía que saberlo, si ese era su propio nombre!”, les dijo. Todos asintieron con un gesto.
Desde entonces, el ejemplar corregido se conserva en la Sala Museo de la sede de la Asociación Internacional de Cazadores de Gazapos que Sobrino se honrara en presidir.
Montería, febrero de 1978
Nota:
Versión inicial publicada en Lecturas Dominicales de El Tiempo, el 12 de febrero de 1978, página 12. En la actualidad hace parte de mi libro inédito “Cuentos de la tierra y la imaginación”. AMV.
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© Antonio Mora Vélez
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Volumen V – Número 19
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2004
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