¿Crímenes
en
Barranquilla?







Osvaldo Lara Sarabia
robjcole@medscape.com

Un cielo claro, como en enero. La mañana se levantaba mientras Aibarás, con los ojos fijos en el horizonte, meditaba con tranquilidad lo ocurrido en los días anteriores. Otro misterio resuelto. Decir resuelto, no obstante, es un acto de suma arrogancia. Respecto a lo de misterio, los puristas deben estar sufriendo terribles convulsiones ahora que han leído estas líneas (pobres, se amilanan ante nada y pierden los estribos por todo). Aibarás, como es costumbre, previó la solución, no obstante, como también es costumbre, no supo por qué la previó. Antes que inteligente, soy un soñador, le confesó alguna vez a Calipso. Ciertos detalles referentes a los confusos hechos, que de algún modo desentrañó Aibarás,  hacen parte de éste breve relato. Como puede anticiparse, no pretendo explicar qué hizo o por qué lo hizo, es muy probable que ni el mismo Aibarás lo sepa.

Aibarás se levantó de mal genio, lagañudo, con la nariz obstruida por su alergia, los ojos hinchados, la visión borrosa,  marcada pesadez al andar y sin saber la fecha y el lugar en el que se hallaba, es decir, se levantó como todos los días. Tomó el periódico una vez recuperado el sentido de la realidad y sus ojos se estrellaron con ésta breve noticia.

Barranquilla, Enero 28 de 19... El connotado empresario local Julio González cayó desde el balcón de su oficina, ubicada en el penúltimo piso del Edificio García. El espectáculo abominable de su obeso cuerpo aplastado contra el pavimento sólo fue superado por el alarido cinematográfico que profirió Felicia Gómez, su secretaria, al ver a su jefe desde las alturas. "Fue horrible ver su rollizo cuerpo así, era como un ajo destrozado por un mortero". La culinaria comparación, aunque absurdamente exacta, fue tomada por la familia del muerto como un detalle de pésimo gusto."La servidumbre debería tener su bocaza cerrada", afirmaron en coro, como bien lo habrían hecho Los Niños Cantores de Viena .  La señorita Gómez afirmó que su ahora ex-jefe había estado discutiendo de forma más que acalorada con Anton Silas, un joven comerciante de origen eslavo,  y aseguró que  el europeo oriental le debía una astronómica suma de dinero. Éste informativo no descarta que tal deuda haya sido el móvil. Rogamos a las autoridades no seguir en su acostumbrada cadena de desaciertos y atropellos y atrapar con la mayor celeridad a tal pillo.

Se duchó, vistió y corrió a tomar el tranvía en un parpadeo. Se bajó en la estación de la Calle 34 con Avenida Progreso y caminó hasta la Avenida 20 de Julio. Entró en el Departamento de Policía y le dio los buenos días a Ujueta, su compañero, mientras le lanzaba el periódico a las narices.

—Lee, por favor
—Ya lo leí —respondió como usualmente lo hacía.
—Sorprendente, ¿ah?
—¿Qué? —preguntó mecánicamente.
—El malintencionado que escribió eso, da a entender que fue un crimen.
—¿De dónde sacas eso?
—Cito textualmente: "Éste informativo no descarta que tal deuda haya sido el móvil."
—Bueno, sí, es cierto, ¿y?
—¿Y?
—Sí, ¿y? —repuso contrariado.
—No hay que negar ni afirmar que hubo un crimen cuando  no se tienen pruebas sólidas de lo uno o de lo otro.
—¿Seguro?, mira que González era un tipo exitoso, padre de familia modelo, con esposa como pocas hay en éste terruño caliente y el alcalde estaba a punto de nombrarlo "Hijo Ilustre de la Ciudad".
—Lo que intentas decir es que González tenía una "vida perfecta".
—Sí.
—Y que por eso no podía suicidarse.
—Sí.
—De modo que si no fue suicidio, debió ser homicidio.
—No has podido ser más claro.
—¿Acaso esas dos son las únicas formas decentes que tiene un hombre para perder su vida?
—¿Qué insinúas?
—Nada, por ahora. Levántate, debemos ir al Edificio García a ver qué hay.

Se bajaron del tranvía en la Calle Murillo y caminaron en silencio hacia el edificio. Era un magnífico inmueble art-decó, gris e imponente en ése entonces. Subieron al penúltimo piso de forma más que relajada. Entraron a la oficina, buscaron meticulosamente una y otra vez, hasta el cansancio, pero nada de valor aparecía. Luego de dos horas, Aibarás, finalmente dispuesto a retirarse de esa tierra baldía, miró el muro del balcón y se percató que estaba manchado en su parte superior, aparentemente por humedad. Sesenta centímetros de largo y de ancho medía lo mismo que el muro. Usó un apoyapies que había cerca, se sentó sobre la mancha y notó que no alcanzaba a taparla por completo.
—¿Qué hacías? —preguntó Ujueta.
—Imaginaba cosas.
—¿Qué cosas?
—Mira la mancha en el muro, ¿qué puedes decir de ella?.
—Parece humedad.
—Mi madre diría lo mismo y que se produjo cuando alguien puso a secar una toalla ahí, yo, por mi parte, me adhiero a la sospecha que delata el sitio en donde alguien se sentaba.
—Pero, es enorme, sólo alguien muy pesado dejaría una marca así.
—Exacto.

Se despidieron a la salida del edificio, en la Calle 47. Aibarás fue a la Morgue, habló aquí y allá (era difícil ver el cuerpo del empresario, debido a que así lo dispuso el alclade), miró con cara de cordero a una deliciosa recepcionista y tras rogarle con fervorosa constancia, logró entrar a la sala en donde los preparadores de cadáveres intentaban, vale decir que infructuosamente, darle algo de humanidad a lo que quedó de Julio González. Al ser imposible hacerse una idea de cómo lució en vida (el alcalde también dispuso que los agentes de la ley debían evitar cualquier contacto con la parentela de González), Aibarás tomó unas medidas de la ropa del muerto, hizo un dibujo y luego un par de anotaciones en su libreta y con una sonrisa bastante melosa se despidió de la recepcionista, no sin antes prometerle un regalito por la molestia. Se dirigió a la casa de Felicia Gómez, en Lucero. Era típica: techo alto, frente amplio, un guayacán en la entrada, la puerta abierta. Lo atendió una anciana de unos setenta años, arrugada como uva pasa, querendona como abuela y candorosa como pocas.
Le ofreció jugo de naranja y galletas recién horneadas. Felicia Gómez salió al poco tiempo de una habitación. Lucía tranquila, aunque algo sofocada.

—Buenos días, Inspector Aibarás, ¿en qué puedo ayudarle?
—Necesito hacerle unas preguntas.
—Ya fui interrogada, dijo ella.
—Lo sé, leí la indagatoria. Necesito hacerle otras preguntas —y fue enfático cuando pronunció "otras".
—Está bien, empecemos entonces.
—Dígame, ¿el señor González tenía alguna particularidad?
—¿Alguna rareza?
—Sí, algo no muy común.
—Bueno, él solía sentarse en el balcón, es decir, en el muro del balcón. Yo le decía que eso era muy peligroso, pero él respondía "eso son melindres tuyos", ¿me entiende?, melindres míos, le gustaba el viento en la cara y la sensación de libertad, según decía.
—Ya veo. ¿Sufría él de alguna enfermedad?.
—Sí, del corazón.
—¿Por qué lo dice?
—Le dolía el pecho con frecuencia, le faltaba el aire al pobre y se desmayaba a veces. El Dr. Morales, su médico, le dijo que eso era el corazón.
—¿Dónde puedo encontrar al Dr. Morales?
—En París. Hace cinco meses se fue a vivir a Francia.

Aibarás, luego de esgrimir su expresión más decorosa, se despidió, tomó algunas galletas para el camino y volvió al Departamento de Policía.  Cavilaba sobre dos ó tres cosas cuando le dijeron:

—Inspector, debe ir al Caño de la Auyama. Ocurrió un asesinato en el ferry del señor Polanski.

Corrió las dos cuadras que lo separaban de su destino. El cuerpo sin vida de Rita Pérez flotaba patéticamente en el Caño, a escasos metros del ferry y gracias a unos neumáticos que le ataron.  Vestía de blanco y de azul, conservaba sus joyas y su obesidad. Su cara regordeta, abotargada y amarga  fue tapada con un trapo viejo, debido a la incomodidad que ocasionaba en la concurrencia.

Barranquilla, Enero 29 de 19... Al deceso del magnánimo empresario Julio González, se suma el de la caritativa y dadivosa señora Rita Pérez. ¡Qué Dios los tenga en su gloria!. Pareciera , y con ésta aseveración  no pretendemos ser cochinas aves de mal aguero, que una ola de eventos similares inundara las simples y meditativas vidas de todos los nobles habitantes de éste terruño. La Policía ha seguido en su tónica apática y mediocre, sólo eclipsada por las ideas sucias, maledicentes y maquivélicas del Inspector Aibarás. Éste informativo disiente de los métodos, desestima las pruebas y acusa de perversos los resultados obtenidos por el susodicho agente de la ley. ¡Inspector, mis polainas!, declaró un respetable miembro de la clase dirigente de la ciudad. Si el Inspector Aibarás y su séquito de infames pretorianos siguen sometiendo a gente de bien como es el caso de Herr Nichtwar o dejando caer un sentencioso manto de duda sobre damas tan venerables como la señora viuda del Sargento Martínez, la ciudad se verá envuelta en una horrorosa cacería de brujas. Tal panorama apocalíptico debe ser "desconjurado" a la mayor brevedad para evitar que el buen nombre de nuestra naciente urbe se enlode de forma irremediable. De lo contrario, Barranquilla será como Salem, pero con guayabera y ahí sí, ¡qué Dios nos ampare!

—Eres una vulgar caricatura, Aibarás, un gendarme de ultraderecha que comanda a los cuatro jinetes del Apocalipsis.
—En la prensa pueden verse todas las incosistencias humanas —dijo serenamente— y para mí, Ujueta, esas actitudes no son extrañas, yo mismo las he practicado.
—Sí, eso que dices es cierto, pero están deformando las noticias, de todas formas.
—No podemos luchar contra la estupidez, esa es cualidad inherente al hecho de ser humanos.
—Te entiendo, no obstante...
—¿No obstante qué?
—Tú sabes, concuerdo contigo en lo que le paso a González y esos miserables reporteros se merecen, demonios, ya sabes lo que...

Callaron un rato. Un silencio apacible el que se respiraba, apenas lo natural entre dos amigos. En la Morgue les dijeron que Rita Pérez, a quien a diferencia de Julio González sí pudieron hacerle una autopsia, sufrió un hemorragia cerebral masiva y según el forense, el corazón le venía fallando hacía mucho tiempo. Ujueta regresó al Deparatamento de Policía. Antes de salir, Aibarás le entregó a la recepcionista las galletas que tomó de la casa de Felicia Gómez. La recepcionista, con las mejillas como amapolas, sonrió tontamente y Aibarás no pudo sino devolverle una sonrisa igual de tonta, luego ella le entregó un papelito con sus datos personales y volvió a sonreír con esa cara estúpida, propia del enamoramiento. El inspector guardó el papelito en el bolsillo del pantalón y haciendo gala de una caballerosidad inhabitual, besó la mano de la deliciosa repecionista mientras la miraba firmemente a los ojos.

Luego de esas desacostumbradas actitudes, reincidió en su soledad y caminó largo tiempo sin rumbo, amparado por el fresco vespertino y por los súbitos giros de su pensamiento. Al cabo de treinta minutos se decidió a  tomar el tranvía en la Avenida Colombia con Calle Siete de Agosto, se disponía a hacer una visita. Cambió de línea en Murillo con Líbano, después se ensimismó y recuperó el sentido de la realidad en la Calle de la Vacas con la 33. Bajó del tranvía y caminó hasta el Hospital General. Las monjas lo recibieron con agrado y una bandeja llena de galletas de menta y de canela. Tras unos minutos, el jefe de la Clínica Médica salió del cuarto de un paciente a recibirlo. Era un hombre de talla baja, delgado, lentes de graduación media, correctamente afeitado y mirada escéptica. 

—Inspector, ¡qué agradable visita!
—Veo que no cree lo que dice el periódico.
—Si creyera todas las sandeces que se publican en ése diario de pacotilla, hace rato habría tomado la decisión de suicidarme. Unos años atrás publicaron una serie de truculentos reportajes sobre mí, llenos de pifias y de mala intención. Me llamaron "el ángel de la muerte". Por fortuna para mi pellejo, las monjas son testigos cotidianos de mi trabajo, así que el asunto no pasó de ser bazofia escrita,  sin embargo, usted no ha venido a escuchar las ideas de un viejo como yo,  quiere saber algo y yo sé qué es.
—Lo escucho, Doctor Ibensina.
—Rita Pérez y Julio González, ¿cierto?
—Hasta ahora va bien.
—Crímenes, ¿cierto?
—Disiento de esa apreciación.
—Yo también, sólo lo probaba. Merece la información. Sí, en efecto, es como usted ha venido pensando. Esa pudo ser la causa, no me quedan muchas dudas. Sin embargo, hay que obrar con cautela, es decir, para no caer en una trampa circunstancial, ¿me entiende?
—Creo que sí, pero ¿cómo sabe lo que he pensado?, ¿acaso además de médico, es usted capaz de leer la mente?
—Para nada, además leer la mente es un concepto primitivo, fantasías de inteligencias inferiores, ¿me sigue?, creo que algún día lo aprenderá, hoy no, el caso, sin embargo, es que va bien -se alejó y antes de entrar al cuarto de un paciente, dijo- adiós, Inspector, espero, aunque es una espera infructuosa, que el diario publique una disculpa en un futuro cercano; de todos modos, no pierda el aplomo, la estupidez no tardará en inclinarse ante la razón.
—Lo tendré en cuenta, Doctor Ibensina.
—“Mañana iré a redactar el informe” —se dijo Aibarás.

Antes de salir del Hospital General, llamó por teléfono a la recepcionista y le dio unas cuantas indicaciones. Entonces tomó el tranvía en la Calle de las Vacas con la 33, cantó una canción hasta bajarse en la Avenida 20 de Julio con  Siete de Agosto,  caminó serenamente, llegó al punto medio entre Cuartel y Líbano, entró silencioso en su casa, se recostó en  el sofá  y... luego de un tiempo difícil de precisar, de satisfactorias cabriolas e impúdicos gorjeos, abrazó firmemente a la ahora dormida y siempre deliciosa recepcionista  y con la tranquilidad del deber cumplido, cerró los ojos.
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©   Osvaldo Lara Sarabia

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 19
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2004

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN V - NÚMERO 19