Editorial:
La identidad de la propia cultura
frente al rasero de la planetización
Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
Universidad del Atlántico
De hecho, no se trata de encerrarnos en lo típico, en lo particular, desechando las ventajas que nos ofrece el mundo, la aldea global, “en su actitud de entrega”, como diría Neruda. Ni lo uno ni lo otro unilateralmente sino ambos aportes a la vez, sobre todo en una zona de influencias como la región Caribe colombiana, expuesta al contacto permanente de múltiples culturas.
Se trata de enriquecer nuestros particulares modos de ser, hacer, sentir y pensar con los aportes que pueda darnos la planetización presente. En los actuales momentos, para nosotros, los colombianos caribeños, es importante la afirmación de nuestra identidad con el fin de defendernos de las influencias nefastas del neoliberalismo global (macdonalización de la cultura) porque no todo es positivo en este proceso que vive el mundo como aldea global.
Hay dos procesos básicos que instrumentalizan la conversión de los habitantes del planeta en compradores compulsivos de cuanta baratija y cachivache ofertan las transnacionales. Uno de ellos es la economía en que reina el sentido de la cantidad y no la calidad. Todo es desechable, precario, momentáneo, transitorio, hasta los pensamientos. El concepto de moda reina en todos los espacios de la cultura.
Las potencias, en su capitalismo salvaje (léase neoliberalismo) se interesan en convertir el mundo cada día más en ese “arsenal de mercancías” de que hablara Carlos Marx. Y para conseguir transformar a los consumidores en compradores compulsivos, aún a costa de su subsistencia primaria, las transnacionales necesitan de las comunicaciones, que se convierten en el segundo elemento por donde rueda el tren de la cosificación.
Las comunicaciones (radio, prensa escrita, cine, televisión, internet) saturan el espacio y el ciberespacio de mensajes que crean una especie de babelismo donde la verdad y la certeza no existen. Así, mediante la duda que crea y propicia la sobresaturación semiológica publicitaria, se manipula la mente ciudadana que ha dejado de ser conciencia para transformarse en centro pasivo de recepción que solo piensa en consumir.
Hoy en día, hasta los enfermos de sida son utilizados en la publicidad comercial para vender ropa. Si bien un condón o una lata de sardinas se ofertan en múltiples marcas, la cultura, un elemento mucho más proteico dada su fluidez intangible de mercurio, se ofrece tergiversada en múltiples envases, precisamente para que el bastión capitalista de la producción económica aligere su carga en la voracidad de los consumidores que, impulsados por la distinción de que habla Bourdieu, se dedican a complacer sus habitus.
Sin cerrarnos al mundo, a los contactos con los aires positivos de otras culturas y civilizaciones, es ahora más importante que nunca, estudiar y valorar nuestra propia cultura. Y no nos referimos a un concepto solamente erudito de cultura sino a la cultura entendida como todo aquello que eleva y construye al hombre y a la mujer de nuestra región caribe colombiana.
Hemos llegado a la trivialización o banalización del sufrimiento. Ni el mendigo ni el niño hambriento de la calle nos conmueven. Se publicitan los alimentos pero también el hambre. Se vende la medicina pero también la enfermedad. Se vende la vida pero también la muerte: en las guerras impuestas para “desenhuesarse” de las armas de las transnacionales bélicas y en los intereses de la deuda externa para los países tercermundistas o en vías de desarrollo, como dicen paternalistamente los imperios.
El mundo va rodando, al fin y al cabo es una bola. El hombre, lobo para el hombre, busca la guerra, la ganancia, la posesión. En el espacio de la globalización, todo se compra y se vende, con lo que se llega fácilmente a la verificación del gran arsenal de mercancías en que se ha convertido el universo humano. Como dice el poeta José Luis Hereyra en su poema “Flea Market”: “todo tiene precio, todo se trafica. / Se cambia el cariño por la tranquilidad burguesa. / Los padres venden hijas como vacas: el mejor / postor sonríe y el hombre calla, despojado. / La madre Patria vende a los hijos al fuego y a la guerra. / Sí, se vende la fe. / Se vende la esperanza.”
Así, el proyecto moderno ha caducado, aun en países como los latinoamericanos donde ni siquiera son buenas las carreteras. La razón, que según el proyecto cartesiano y el iluminismo, podía conocer el mundo para transformarlo en un paraíso, ha mostrado sus planetarias cesuras: la inteligencia ha llevado a la destrucción de la naturaleza, a la insensibilidad de la condición humana. ¿Qué inteligente puede ser el hombre cuando hoy millones de toneladas de desechos plásticos no bio-degradables y millones de toneladas de porquería nuclear y pilas portátiles contaminan el planeta? “En mi sábana blanca vertieron hollín, han echado basura en mi verde jardín”, se queja Silvio Rodríguez. A los ilusos del planeta, a los poetas de la historia, a los que aún construimos casas para Asterión, nos queda aferrarnos a la cultura propia, a lo que dice “El Von”, en el poema de Hereyra, cuando afirma que en el Flea Market “no venden / a Humberto González, currambero, del Barrio Boston, / nojoda. Ni a Caracol de la Colina, con su perdida / y húmeda estrechez palpitante. Ni tantas cosas.”
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© Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 19
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2004
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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