Gilgamesh:
El primer héroe en salir del armario
Miguel Zapata Ferreira
Universidad de Evansville - Estados Unidos
Dicen las malas lenguas que la prostitución es el oficio más viejo del mundo. Probablemente tienen razón. Pero el homosexualismo —que dependiendo del lado que se lo mire, puede no ser un oficio— es, si no tan viejo, por lo menos casi contemporáneo. Gilgamesh, el héroe cuyo nombre le da el título al primer poema épico de la humanidad, es no sólo el primer héroe, sino que parece ser el primer gay.
Para que sirva de “champú de cuerda,” como decía la finada Celia Cruz [quizá porque lo de a-cordarse es darse cuerda a la memoria], la mayoría de los poemas pertenecientes al ciclo del Gilgamesh ya habían sido escritos en tablas de barro con escritura cuneiforme durante los primeros siglos del segundo milenio antes de Cristo. Esto hace al poema unos 1500 años más antiguo que La Ilíada. Sin embargo, las historias del poema, al igual que las de La Ilíada, son mucho más viejas. Así que las hazañas, abusos, excesos de poder, fanfarronerías y ositos de peluche del héroe tienen unos cinco mil años. En 1839 y de pura chiripa, el joven inglés Austen Henry Layard que iba para Ceilán, terminó excavando en la antigua Mesopotamia —afortunadamente para la literatura lo hizo antes de la llegada de los soldados de Bush— y descubrió en Niniveh esculturas asirias y la bicoca de más de 25.000 tablas en escritura cuneiforme: toda una biblioteca, la cual fue llevada, como siempre, al Museo Británico.
Igual que Colón, Layard no tenía idea de la magnitud del descubrimiento hasta que de otro chiripazao, Henry Rawlinson encontró el Registro de Darío de Persia, una inscripción en la roca de Behistún, con un texto políglota en antiguo persa, elamita y lenguas babilónicas. Este diccionario multilingüe —conste que todavía no existían los inútiles diccionarios electrónicos de la Internet— le cayó como pedrada en ojo tuerto, porque así se pudo poner a descifrar las tablas sumerias.
Rassam, ayudante de Layard, excavando en la antes descubierta biblioteca, encontró parte de l Poema Épico de Gilgamesh, y como si no hubiera ya muchos chiripazos, se descubrió después que una de las historias del ciclo era sospechosamente similar a la historia del diluvio universal del Génesis, que se escribiría más o menos 1300 años después. La sospecha de que Dios hubiera plagiado al Gilgamesh ocasionó un diluvio arqueológico, bibliotecológico, financiado con 1.000 guineas de premio por el Daily Telegraph, para quien encontrara el poema completo, que al final fue publicado por Campbell Thompson en 1928 y 1930, pero que se sigue expandiendo a medida que se hacen —hacían— más hallazgos en la época pre-Bush Junior.
El poema épico se basa en la figura del legendario rey de Uruk —Erich para el Génesis, Warka para el Irak moderno— y narra una serie de historias un poco inconexas, unidas, a lo Huckleberry Finn, que es El Lazarillo de Tormes gringo, por referirse a un personaje central —quizá a dos, dado el contenido gay de la narración. El tema central es la búsqueda del conocimiento. Como todo héroe futuro que se respete, Gilgamesh también emprende un viaje: es el origen de los tours al oriente. Planea conseguir la inmortalidad [era dos tercios dios y un tercio humano] pero tristemente descubre el agua tibia: que irremediablemente se va a morir. La única manera de ser inmortal radica entonces en hacer grandes obras que queden para las futuras generaciones. Mientras le llega la ganchuda, decide dedicarse a construir murallas, templos, que en esa época todavía no se llamaban “penthouse” sino “zigurat,” a ser un rey justo, disfrutar la vida y parrandear con buen vino. Los resultados de esta búsqueda adquieren entonces un fin ético: ¿cómo vivir la vida? Así que el San Manuel bueno, mártir de Unamuno, en la tradición de La vida es sueño, ya estaba bien trillado.
Hay en el poema épico otros temas secundarios, como la tala de bosques de cedro —nada nuevo en el INDERENA— para construir las ciudades, las luchas contra monstruos-dioses, la rivalidad entre la cultura agrícola de los pueblos y la citadina —ecos de los ánimos entre cachacos y costeños— el tema de la amistad, de la soledad del poder —a lo El otoño del patriarca— y lo más divertido: el tema de la búsqueda de una identidad gay.
¿Quién sospecharía? El joven Gilgamesh era un bandido que se las tiraba de muy machito. No había virgen en la ciudad de Uruk a la que no le pusiera el ojo y un poco más que eso. Valiéndose de su potestad como rey déspota, exigía a matrimonios nobles o plebeyos el derecho de pernada, que los romanos, maestros de la retórica heredada de los griegos, llamaron “prima nocte.” La futura fórmula de los escoceses de consumar el matrimonio antes de casarse para que fuera el esposo el que estrenara esposa con cero millas, tampoco les hubiera valido de nada porque el Gilgameshcito de todas maneras se comía el postre primero. Poco le importaba si los novios o los padres de las muchachonas lo convidaban a las trompadas porque no había macho que le aguantara un “round,” ya que como se dijo, Gilgamesh era más dios —a lo Hércules— que humano.
Pero todo eso era pura pantalla. De lo que más se hace alarde es de lo que más se adolece. Ya lo sabía Hemingway, y miren en lo que terminó tanta caza. En el fondo, Gilgamesh se sentía solo. Anhelaba un compañero que lo secundara en sus aventuras de todo tipo, especialmente las de arquitectura. Un buen día le reveló a su madre, la diosa Ninsun, sus sueños.
"—Mamita —le dijo Gilgamesh, —soñé que caminaba bajo las estrellitas del firmamento, y que un meteorote —no era meteorito por lo que se verá— cayó del cielo; traté de levantarlo pero era muy pesado; y la atracción que yo sentía por él era como el amor que siente una mujer" [1] (66).
Ninsun, que para ello no tenía que haber leído a Freud, y que probablemente sospechaba de su hijo, le interpretó el sueño como que el meteorote era un zamarro de hombre, que lo iba a amar como una mujer ama a un macho, y que al fin le iba a llegar su compañero. Y en efecto le llegó Enkidu.
Le llegó no es exacto. Enkidu, como todo buen corroncho, vivía feliz entre los animales; tenía el cuerpo peludo como un oso; con tanto calor que hacía en la fértil media luna de la civilización, andaba en bolas y tenía un perrenque casi igual al del citadino Gilgamesh. No dice el texto si había burras en su bosque, pero el hecho es que Enkidu no conocía humanos. Enterándose de la existencia de éste, los nobles de Uruk, furiosos por tanto abuso de Gilgamesh, le contrataron a Enkidu una prostituta sumeria —y que no digan las malas lenguas que era francesa, y sí digan que la prostitución es vieja— para que lo sedujera. Una vez seducido como Adán, los animales lo rechazaron, la prostituta lo enseñó a comer —comida cocida, quiero decir— a beber y a vestirse. Ya vestido, se lo llevó de su Edén perdido a Uruk para que le parara el macho a Gilgamesh.
Cuando los dos gallos de pelea se encontraron, efectivamente pelearon, pero cuando Gilgamesh calibró la fuerza de Enkidu, se le fue el enojo y felizmente lo hizo su amigo. ¿Pero por qué tan rápido? Igual que con las obras del Boom, que se constituyen en modelos para armar, al llegar a este punto, el lector debe devolverse para entender por qué tal o cual frase, detalle, descripción, aunque colocados de manera casual, se convierten en pistas bien organizadas para ayudar al lector en su lectura que no puede ser de otra manera sino detectivesca. Así, desde la primera página del relato, el autor, maliciosamente, se pone a dar pistas sobre la verdadera inclinación de Gilgamesh: “Cuando los dioses crearon a Gilgamesh, le dieron un cuerpo perfecto. Shamash, el glorioso, lo dotó de belleza… perfecta” (61). [Todas las traducciones del poema son mías]. También por su parte, Enkidu “había anhelado un camarada, uno que entendiera su corazón” (65). No dice el texto si entre los animales de los que Enkidu vivía rodeado estaban las grandes cigarras o sólo las mariposas.
Además del sueño premonitorio y de las características físicas de Gilgamesh, hay otras claves de su verdadera vocación. Un buen día, el héroe arquitecto necesitaba cedro para la construcción de su ciudad. Sabía dónde encontrar estos árboles, pero también sabía que el bosque estaba custodiado por el monstruo-dios Humbaba, hijo del dios Enlil. Entonces Gilgamesh le pide a Enkidu que lo acompañe, pero antes de partir, se van los dos agarraditos de la mano para pedir a la diosa Ninsun que sirva de intermediaria ante el dios Shamash, que era el jefe de todos los dioses. (74). Ese mismo día la diosa Ninsun, a quien ya no le quedaba más remedio, acepta a Enkidu como su otro hijo [no se sabe si en lengua sumeria yerno se decía como en inglés “son-in-law"] aunque no lo hubiera parido (75).
Pero ése no es el único episodio en que los dos compañeros se toman de manitos. Más adelante, ya en los bosques de cedro, el autor nos dice que antes de que se ponga el sol, Gilgamesh le reza a la montaña para que le envíe un sueño favorable “y entonces los dos se toman de la mano y se acuestan a dormir” (77). Tampoco se sabe qué pasa durante la noche, pero lo cierto es que todavía en los bosques de cedro, Gilgamesh se despierta azorado a media noche y le pregunta a Enkidu: “¿Tú me tocaste? O fue algún dios que pasó, porque mis miembros —las piernas, quiero decir— están entumecidos de miedo” (79).
El contacto físico no sólo les ayuda a los dos amigos a pasar la noche, sino que les da confianza ante el miedo suscitado por la peligrosa aventura. Enkidu, que conoce al terrible Humbaba, le dice a Gilgamesh que tiene mucho miedo y que quiere tirar la toalla. Gilgamesh le contesta: “No hables como un cobarde… pégate a mí y no sentirás el miedo de la muerte; mantente a mi lado y tu debilidad se te pasará, el temblor dejará tu mano” (77).
La única que se da cuenta de la relación entre los dos no es la diosa Ninsun, sino el propio Humbaba. Resulta que al fin y al cabo, Gilgamesh ya está a punto de darle un hachazo a Humbaba, pero éste le pide clemencia, que si quiere se convertirá en su esclavo y lo cuidará. Enkidu le dice a Gilgamesh que abra el ojo, y que no le perdone la vida. Humbaba le responde: “Enkidu, has hablado con maldad… por envidia y miedo de un rival, has pronunciado estas palabras malignas” (83).
Después de haber matado a Humbaba, talar los cedros, enviarlos a Uruk, Gilgamesh lavó sus armas y su largo cabello, y en un ademán sospechoso, sacudió la cabeza lateralmente para echar su cabellera detrás de los hombros (85) y se puso ropita limpia. La diosa Ishtar, símbolo de la fertilidad, no pudo resistirse al verlo tan guapo y le propuso matrimonio: “Vente para acá, Gilgamesh, y sé mi novio; dame la semilla de tu cuerpo, déjame ser tu novia y tú serás mi esposo” (85). Éste la rechazó con una ensarta de insultos de los cuales la razón común era que Ishtar no era una amante constante, y a todos los maridos los convertía en animales —nada nuevo en la historia— antes de abandonarlos. Prefería Gilgamesh seguir soltero en compañía de Enkidu, su compañero constante.
La diosa Ishtar se dio una emberracada terrible. Prometió destruir la ciudad y para ello envió una peste que en aquel entonces se llamaba el toro del cielo. Cuando ya el toro había matado a unos cuantos urukianos, Enkidu, haciendo alarde de tauromaquia, tumbó al toro al suelo, lo desterró del mundo de los vivos, y le tiró, no la oreja sino el muslo, a Ishtar. Ésta, aún más emberracada, prometió matar a uno de los dos, pero como al perro más flaco se le pegan todas las pulgas, la mala suerte le cayó a Enkidu.
Como si los indicios anteriores no fueran ya suficientes, con la muerte de Enkidu se produce el clímax de la transformación de Gilgamesh en Gaylgamesh. El héroe se rasgó las hermosas vestiduras; lloró desconsolado por siete días; se dejó crecer el cabello y la barba; se vistió con cuero de fieras; decretó luto continuo a todo el pueblo; le mandó a hacer a Enkidu una estatua con el pecho de lapislázuli y el cuerpo de oro; y le escribió poemitas tristes que Manrique llamaría elegías, y que más tarde servirían a los barranquilleros de pretexto para tomar ron en el carnaval a nombre de Joselito.

Oídme, magnánimos de Uruk,

Lloro por Enkidu, mi amigo,

Amargamente gimo como lloriquea una mujer.

Lloro por mi hermano.

Oh, Enkidu, mi hermano,

Tú eras el hacha a mi lado,

La fuerza de mi mano, la espada en mi cinto,

El escudo delante de mí,

Un vestido glorioso, mi más hermoso adorno.

Un destino cruel te robó de mí.

El burro salvaje y la gacela

Que eran tu padre y tu madre,

Todas las criaturas de rabo largo que te alimentaron

Lloran por ti… (94).
Si antes Gilgamesh no se preocupaba por ningún peligro, ahora ve la muerte no como una posibilidad remota, como algo que le sucede a los vecinos, sino como una dura realidad, algo que afecta a uno, o a un ser querido. Así que emprende un viaje en busca de la inmortalidad, con el resultado que ya se mencionó arriba. Quizá este aprendizaje, desarrollo, transformación de la conciencia del personaje es lo central en el Gilgamesh. Es el primer antecedente de lo que los alemanes llamarían Bildungsroman. Lo insospechado es que este primer héroe herculeano pero también héroe humano, génesis del Génesis, de la novela psicológica, del Bildungsroman y de varios otros géneros, asume una entidad pero no de cualquiera manera sino una identidad gay.
NOTA:
[1] Todas las citas provienen del texto: The Epic of Gilgamesh. London: Penguin Books, 1972.
EL AUTOR:
Licenciatura en Ciencias de la Educación: Especialidad Inglés y Español, 1986. Universidad del Atlántico. Maestría en literatura en español. Universidad de Arkansas, 1995. Maestría en literatura en inglés. Universidad de Arkansas, 1999. Doctorado en Literatura Comparada. Universidad de Arkansas, 2002. Profesor asistente de español. Universidad de Arkansas 1993-2000. Profesor asistente de redacción en inglés. Universidad de Arkansas, 2000-2001. Profesor titular de español, literatura y cultura [hispánica] y Cultura Universal-redacción en inglés. Universidad de Evansville. 2001-presente. Miembro del Consejo Editorial Internacional de la REVISTA TRIMESTRAL DE ESTUDIOS LITERARIOS LA CASA DE ASTERIÓN.
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© Miguel Zapata Ferreira
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 19
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2004
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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