LA LECCIÓN DE HISTORIA DE NINA

Diomenia Carvajal
diomenia@wanadoo.fr



HERNÁN CORTÉS

Don Hernán Cortés fue quien conquistó Méjico. Cuando recién llegó allá los indios no sabían hablar castellano; no habían charros ni mariachis, ni tampoco sabían bailar la raspa como ahora. Las señoritas mejicanas no andaban con vestidos escotados, ni se escondían detrás de los visillos como cuando los mariachis les cantan la serenata. Todo eso lo introdujeron los españoles.

Antes de que Don Hernán llegara a Méjico, los indios habían construído pirámides y se entretenían haciendo sacrificios humanos. Tenían también un rey indio mejicano que se llamaba Majestad Moctezuma.

De vez en cuando al rey Moctezuma se le ocurría que tenía ganas de beber sangre y mandaba a buscar a alguien para sacrificarlo. Entonces Don Hernán lo fue a ver para decirle:

-¡Lo que haces es muy malo, no se debe sacrificar a su prójimo!

Pero el rey se burló de Don Hernán Cortés y mandó a quemar todos los barcos de los españoles para que así no pudieran escaparse y empezaron a guerrear.

Los españoles eran muy pocos, pero tenían escopetas y cañones, mientras que los indios sólo tenían flechas y lanzas de oro. Y poquito a poco los españoles mataron a los indios a escopetazos y a cañonazos.

Después de matarlos a todos se ampararon de las lanzas y de las flechas, y cuando penetraron en el palacio del rey Moctezuma (que también se había muerto de un cañonazo), se dieron cuenta que allí todo era de oro: las paredes, las puertas, las ventanas, la vajilla, los muebles, en fín todo. Hasta el trono, la capa de armiño y la corona del rey Moctezuma eran de oro puro, de oro de ley.

Después Don Hernán se sentó en el trono, se puso la capa de armiño y la corona, ordenó que le dieran de beber y mandó a buscar a los mariachis para que le cantaran una serenata y así fue como celebró la conquista.


FRANCISCO PIZARRO

Francisco Pizarro llegó galopando en un caballo negro y detrás le seguían los demás conquistadores. Habían dado cita al rey del Perú, que se llamaba Atahualpa, en una ciudad que se llama Cajamarca y todos estaban muy contentos porque al fin verían al rey-dios-sol Atahualpa.

Cuando los españoles llegaron a Cajamarca, no había nadie todavía y tuvieron que ponerse a esperar. Hasta que Don Francisco Pizarro empezó a ponerse nervioso y ahí en medio de la plaza se puso a dar trancadas de arriba para abajo y de abajo para arriba. Entonces decidió mandar a alguien para que buscara al rey Atahualpa, que también era el Hijo del Sol.

El español que mandó Don Francisco, era su propio hermano, y es por eso que ahora que la señora Gutiérrez nos enseñó esta página de la historia, pensamos que hay que creer lo que contó el hermano de Don Francisco, porque el que cuenta lo que pasó en su propia familia, es el que mejor sabe lo que está contando.

Entonces, el hermano de Don Francisco Pizarro se fue a buscar al Hijo del Sol y lo encontró muy sentado en un cojín de plumas, esperando que cayera la noche para ir a acostarse, y le dijo:

-Oiga, ¿usted sabe que lo estamos esperando? Venga, por favor, no sea tan mal educado.

Pero el rey Atahualpa ni siquiera lo miró, hizo como si no lo escuchara. Además tenía la cara escondida detrás de un velo, como ésos que se ponen las mujeres allá en Arabia, así es que el hermano de Don Francisco no sabía si el rey Atahualpa lo estaba mirando o no, pero después dijo que estaba más que seguro que lo estaba observando. Y de repente, de detrás del velo, se oyó un trueno que dijo:

-Si quieren que acepte su invitación, tienen que devolver primero todo lo que han robado desde que llegaron a mi país.

Y el hermano de Don Francisco le respondió:

-Por supuesto que le devolveremos todo lo que quiera, hasta lo que no hemos robado sino que nos han ofrecido como regalo, pero por favor, háganos el honor de venir a comer con nosotros.

Y el rey Atahualpa aceptó la invitación.

Al día siguiente, el rey Atahualpa con toda su corte se fue a visitar a los españoles que estaban acampando en la plaza de Cajamarca. Y al verlo llegar, los españoles se pusieron a barrer, apresuradamente, la basura que se había acumulado después de la parranda, y corrieron a despertar a Don Francisco que todavía estaba roncando, pero yo digo que no pudieron recoger todo, porque si no ¿cómo es que todavía hay tanto papel y tantas botellas de Inca Cola por todas partes?
Cuando El Hijo del sol, que era Atahualpa, llegó sentado en su litera de oro como un verdadero rey, al ver este desparpajo, se ofendió tanto que ordenó a su séquito que diera media vuelta y en marcha. Pero justo ahí Don Francisco salía de su carpa y le dijo:

-¡Sed bienvenido, oh rey todopoderoso, te esperábamos!

El rey que, pese a todo lo que creyeran los españoles, era muy bien educado, pensó que Don Francisco era un mentiroso, porque aunque tuviera un velo que le escondía la cara, no era ni tuerto, ni ciego y pese a todas sus zalamerías no lo iba a convencer de lo contrario. Entonces Don Francisco gritó a sus soldados

-¡Terminad de barrer y después poneos en fila y presentad armas!

Y empezó la entrevista.

El cura dominicano que venía con Don Francisco Pizarro, para enseñarles el catecismo a los indios peruanos, se puso a contarle que venía de parte de otro rey más poderoso que todos los reyes conocidos y por conocer, y que le ordenaba que se sometiera. Pero el rey Atahualpa, que no quería que ningún rey lo sometiera, que ni ganas tenía de conocer a otro rey, porque con lo desordenados que eran los españoles le bastaba y le sobraba, le respondió que no quería. Y el cura dominicano, que se llamaba Fray Valverde perdió paciencia y le gritó:

-¡Os ordeno que os sometais, pues tal es la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, cuya palabra está aquí dicha! -Y le pasó la biblia.

El séquito del rey Atahualpa empezó a pasarse el libro, que les resultaba extraño, y lo movían, lo sacudían, lo hojeaban patas para arriba, pero como no sabían ni leer ni escribir, no entendieron nada, hasta que llegó a las manos del rey Atahualpa, quien también lo miró, lo sacudió y se lo puso en la oreja para escuchar lo que quería decirle, pero no oyó nada, entonces gritó:

-¡No me extraña que ustedes sean unos ladrones y unos mentirosos, este libro no sabe hablar!

Y diciendo eso lo tiró al suelo. Entonces los españoles que se habían puesto en fila para presentar las armas, se pusieron a disparar a diestra y siniestra, hasta que ningún indio quedó vivo, y capturaron al rey Atahualpa.

Después de capturarlo lo metieron preso en una enorme pieza en su propio palacio. Allí lo tuvieron encerrado durante muchos meses y pidieron un rescate para que los indios incas se apuraran en entregarles todo el oro que tenían.

Y los indios incas llegaron de todas partes, con las mulas, los burros, las llamas, cargados hasta más no poder. Hasta se trajeron un jardín de tamaño natural, todo entero fabricado de oro purito, con hojas de plata, flores de plata y piedras preciosas.

Cuando don Francisco Pizarro llenó la pieza en la que tenía capturado al rey Atahualpa, se le complicó la vida pensando en qué era lo que iba a hacer con ese rey raptado. Entonces, Fray Valverde, quien era un hombre muy piadoso y le tenía terror al pecado mortal, le dijo:

   -Hay que quemarlo, porque se casó con su propia hermana, ¡y eso no se hace!

Mientras tanto, el rey Atahualpa ya se había hecho amigo con el hermano de Don Francisco y éste fue muy apenado a decirle la sentencia. Pero el Hijo del Sol, que también era un rey muy valiente, le contestó:

-No se preocupe usted, porque yo también soy muy piadoso, así es que necesito hablar con ese sacerdote, porque tengo que pedirle un favor. Y Fray Valverde lo fue a ver y Atahualpa le dijo:

-Sería un pecado mortal que ustedes me mataran quemándome; mátenme si quieren, pero sobre todo no me quemen, porque entonces mi cuerpo va a desaparecer y no volveré a ver más a mis antepasados.

Los españoles cuchichearon mucho para ponerse de acuerdo, hasta que por fin encontraron la solución.

-Bueno, no te vamos a quemar, sólo te vamos a descabezar, pero para obtener este gran favor tienes que convertirte al catolicismo.

Y así fue como lo bautizaron y le pusieron por nombre Francisco. Después hicieron una gran fiesta para celebrar el bautizo, y cuando terminó la fiesta, bueno, se lo llevaron hasta el patio del palacio y ¡plaf!, le cortaron la cabeza.


DON PEDRO DE VALDIVIA

Pedro de Valdivia también llegó montado en un caballo y toda su tropa lo seguía galopando detrás.

Todos los conquistadores tenían esa manía de montar y de apearse cada vez que iban a alguna parte, como los huasitos nuestros.

La señora Gutierrez nos dijo que fueron los españoles los que introdujeron los caballos en América, y también trajeron unos perros grandotes, que después se casaron con otros animaluchos y tuvieron hijos. Es por eso que ahora hay tantos perros raros que vagabundean por las calles.

Don Pedro de Valdivia, por primera vez en la historia, había traído a su mujer que se llamaba Doña Inés y que era muy marimacha, no le tenía temor a nadie ni a nada.

Cuando llegaron se fueron a Concepción, porque querían visitar la selva de Arauco, el volcán Villarrica, el Salto del Laja, en fin, todos los lugares bonitos que hay por aquí. Cuando llegaron al río Bío-Bío no pudieron atravesar, porque los indios mapuches no quisieron dejarlos pasar. Entonces, don Pedro y doña Inés se pusieron a acampar a las orillas del río, para ver si los mapuches se decidían y los autorizaban a visitarlos.

Pasaron allí muchos días y muchas noches, hasta que doña Inés, que ya estaba harta de seguir acampando sin poder ver nada, le dijo a don Pedro que atravesaran de noche y que se escondieran. Cuando ya estuvieron al otro lado del río, muy disimuladamente se pusieron detrás de unos matorrales, después los hombres de la tropa, haciéndose los lesos, empezaron también a atravesar. Entonces, un mapuche que se había extraviado por ahí los vio y se fue a dar la alerta.

Los indios decidieron unirse para elegir un Toqui, así se llaman los jefes guerreros indios, para que pudiera mandarlos en la guerra que querían declarar a los conquistadores.

Hubo muchos candidatos para el cargo, pero como los mapuches no sabían ni leer ni escribir, no pudieron votar, y como tampoco conocían el voto a mano alzada, decidieron imponer una prueba para elegir al más robusto de todos. Y así fue como impusieron que tendrían que caminar un día y una noche entera con un tronco de árbol en el hombro. El que salió ganando fue Caupolicán.

Caupolicán tendió muchas trampas a los españoles, mató a un montón de conquistadores hasta que don Pedro de Valdivia terminó capturándolo.

Los conquistadores convocaron a todos los mapuches para que escucharan la sentencia de condenación a muerte para su Toqui y para que después se quedaran tranquilos. Y delante de todos, los españoles lo empalaron sentándolo en una pica.

La señora Gutierrez cuenta que cuando los españoles llevaron a Caupolicán para sentarlo en la pica, su señora, que se llamaba Fresia, vino corriendo hacia él y le dijo: «¿No eras tú el que pretendía vencer a los españoles ? Toma a tu hijo, que no quiero seguir siendo la madre del hijo de un derrotado», y diciendo esto, le tiró la guagüita a los pies.

Los españoles sentaron a Caupolicán en la pica y se lavaron las orejas para escuchar mejor cómo gritaba, pero como el Toqui era un hombre muy valiente y soberbio, no quiso darles gusto y se murió sin mover una ceja.

Pasó el tiempo y los mapuches se quedaron tranquilitos por unos añitos. Hasta que de repente se iban de vez en cuando a robar rebaños de cabras, a incendiar haciendas y latifundios, a degollar y a destripar a los españoles que encontraban pajareando por las orillas del río. Entonces, don Pedro de Valdivia se puso a pensar que a lo mejor los indios habían elegido a otro Toqui. Envió espías para indagar y los espías llegaron contando que era cierto, que los mapuches tenían ahora a otro Toqui y que se llamaba Lautaro. Y don Pedro reunió a todo su ejército y los arengó diciendo que esta vez tenían que capturar al nuevo Toqui y que se matara a todos «estos araucanos» (los llamó así porque vivían en la selva de Arauco), que impedían, que se acampara en las orillas del río, que plantaran cosechas y que construyeran sus torres y sus casas. Entonces, todos se pusieron sus corazas y cargaron sus fusiles y cañones y se fueron a hacer la guerra.

Pero Lautaro, que era un Toqui muy valiente, batallador y astuto, les tendió muchas trampas. Los acechó noche y día. Los indios se colgaban de las ramas de los árboles y se tiraban encima de los españoles, excavaban hoyos que disimulaban con hojas secas para que se cayeran adentro, aserruchaban los árboles para que los aplastaran cuando dormían la siesta, hasta que al final, don Pedro, que ya estaba harto de andar persiguiendo sombras que se escondían en las enredaderas, debajo de las piedras y en la copa de los árboles, decidió volverse a su casa, del otro lado del río, para ir a ver a doña Inés que bordaba sábanas y amasaba pan para cuando regresara.

Pero el Toqui Lautaro había decidido capturarlo, porque los españoles cada vez que decían que se iban a quedar tranquilos, apenas los mapuches les daban vuelta la espalda, plantaban cebollas y zanahorias, construían casas blanquitas con un patio redondo en el interior, y cuando menos pensaban, surgía una señora bordando al lado de una ventana y aparecían mozos y mozuelas bailando fandangos y taconeando en el salón.

Y así fue como el Toqui Lautaro decidió matar a toda la tropa y capturar a don Pedro.

Cuando lo aprisionó, se lo llevó al interior de la selva y allí todos los indios le hicieron un juicio por «crimen contra la humanidad araucana». Como los araucanos tenían una religión que mandaba que se acapararan las cualidades combatientes de los vencidos, lo despedazaron y se lo comieron en una tremenda cazuela.

Don Pedro de Valdivia terminó su carrera en el estómago de los mapuches y doña Inés se quedó viuda.
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©   Diomenia Carvajal

LA CASA DE ASTERIÓN
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Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 19
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2004

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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