Tocayo,
un patizambo más
Ernesto Andrade Peña
Llegaste como llegan las malas noticias. De sopetón. Los viejos fueron los primeros encantados con tu labia de riquito nuevo porque nosotras lo que sentimos al verte fue ese miedo que escaló por la espina, se alojó en la nunca y nos costó dificultad desprender. Hace rato, los otros estaban en tu bolsillo cuando por primera vez llegaste al pueblo en el auto de modelo reciente y recorriste las calles empedradas de muertes frescas, acompañado del séquito de envalentonados a sueldo y detrás de estos una montonera de aduladores que terminaron siendo unos físicos lava-perros.
Llegaste con la seguridad de conocer el poder de la plata y el efecto que causa en la gente. Días enteros atendías muchedumbres, en la casona fortificada construida para tu santa madre Saturia, para que no le faltara un techo donde pasar los últimos días de su santa existencia. Llegaban y no había problema que tú no pudieras solucionar: un favorcito para pagar los servicios o esta formulita necesaria para mi hijo que tiene tosferina, o el amigo de infancia pintor de carros, que pedía con vergüenza de pobre, un compresor de lo más barato para rebuscarse el billete. Después regresaban a la semana siguiente con los argumentos cambiados y tú a sabiendas de que abusaban de tu buen corazón, seguías pagando las necesidades trocadas y todo esto lo sé como lo saben las otras, porque eran palabras salidas de tu propia boca después de joder toda la noche y terminar pidiendo que te dijéramos al oído qué buen catre es usted, Tocayo de nuestros desvelos. Después te echabas para el rincón, dando la espalda para que reventáramos los barros del tamaño de pepas de quenepo que tanto te molestaban y en confidencia con nosotras, decías: la gente me cree pendejo pero más pendejos son ellos por creer que yo les hago un bien cuando en verdad estoy haciéndoles un mal, porque es tanta la alcahuetería fomentada que el día que muera y no tengan quién les pague sus necesidades de mierda, ahí se van a dar cuenta que yo soy el último de los mojicanos.
Creíste deslumbrar a los viejos con tu verborrea de muellero, con poses de hombre importante y pensaste que los tenías en la mano cuando en verdad solo esperaban que dieras la espalda y salieras con tu figurita de cánula rodeada de luces, sonidos de celulares y beeper, como un carrusel ambulante, y ellos se codearan y se dijeran entre murmullos de encías desdentadas: mira en lo que quedó el hijo de la Saturia, creyendo en pajaritos preñados, y ahí fue cuando por primera vez nos vimos las caras y se nos pegó el miedo en el espinazo, creyendo tú que nos habías conquistado con tu carcajada de trueno repentino y los visos de las prendas de oropel colgadas del pescuezo, cuando la purísima verdad, lo que nos trastornó fue el poder emanador de la plata, el ver cómo con una orden tuya se celebraba la navidad en el mes de julio, se realizaban cabalgatas cada ocho días por los caminos empedrados de muertes recientes. Desviaste el curso del río para tener a la mano el Charco del Pajarito y poder disfrutar de los recuerdos de tu pobre niñez, cuando ibas en horas de escuela a bañarte y a pescar sardinas, o cuando llegabas al baile de cuota, haciéndolo cerrar y ordenando gozar a puerta trancada la música de tu gusto y a quien no le guste que vaya desocupando el amarradero y a todo el mundo le gustaba porque era muy honroso bailar al lado y con la música que le gusta al duro.
Cuando llegó la noche del sábado, perdimos la vergüenza y se resbaló la poca dignidad que teníamos y el miedo terminó por estrangularnos. Cuando le metiste dos plomazos a Lázaro, el que tocaba la música en El Picapiedra, gritaste a todo pulmón: a este Lázaro no lo resucita ni el putas, y después soltaste la carcajada de trueno repentino que quedó vagando a lo largo y ancho del camino real.
Después de tu muerte, nos dimos cuenta de que tu fin comenzó el día en que citaste al santero de Panamá, que llego en vuelo expreso, a la casona fortificada construida a tu santa madre Saturia, y diste la orden de lanzar los caracoles y los caracoles lo dijeron tan claro como el canto del gallo: ojo, patrón, con una mujer atravesada en su camino y que usted no podrá conquistar, y tú, con el vozarrón de poder, le contestaste que los caracoles se equivocaban, porque para tí, Tocayo, el enterrador de la comarca, no había mujer que se resistiera, porque donde Tocayo pisaba, en esos campos no quedaba ni una flor, y con un madrazo despachaste de vuelta, a Panamá, al santero, sin darle la oportunidad de enmendar el error de los caracoles, y preciso, a la semana siguiente, llegó al pueblo la Negraclara, la mujer mas preciosa que nuestros ojos jamás habían visto, y en verdad fue la única hembra que se plantó en mínimas porque tú, autor de nuestro miedo, hiciste lo habido y por haber para cortejarla para que por lo menos te ofreciera una sonrisa y lo único que conseguiste fue que te humillara cuando te dijo que ella llegaba de la capital donde sí se encontraban los duros y reduros, para que yo, la Negraclara, ponga mis castos ojos en un traqueto de esquina como usted, Tocayo, que hasta mal catre debe ser y ¿para qué fue eso?, en ese instante nos cambió la vida a todos, a ella, porque a partir de ese momento, no tuvo un minuto de sosiego, por la persecución militar montada por ti, Tocayo, porque donde se encontraba, la acosabas con halagos, le enviabas todos los días un ramo de rosas rojas que, según tú, autor de nuestro miedo, eran las flores de San Valentín, y el día de su cumpleaños trajiste desde la misma plaza Garibaldi los mejores mariachis para que le cantaran las mañanitas del rey David, prometiéndole el oro y el moro a cambio de una simple amistad, mire, negrita de mi corazón, por usted soy capaz de despeñar la Piedra de Panduro a punta de barretón, y mandaste a aplanar la Loma de la Cruz, y lo más verraco, mandaste a empedrar el camino Real, con piedras de la época de los Virreyes, es más, cambiaste todo ese traqueteo de mierda que lo único que me ha dejado es una larga lista de concubinas, y otra más larga de aduladores de ocasión por un negocio decente y autorizado por la Constitución, pero qué va, la Negraclara no comió de esas y una noche de tormenta en seco se fue por donde había llegado, y el único rastro que dejó fue la diástole y sístole descuadrada de tu corazón, Tocayo, y a nosotras nos dio la oportunidad de seguir viviendo sin este miedo estrangulador, devueltas a la dignidad que este hijuetantas nos había quitado desde el momento en que lo vimos por primera vez, con sus adornos de oropel y la carcajada de trueno repentino, para terminar todas siendo tus concubinas, amigas entrañables, y mire no más hoy, en el día de tu entierro, cómo disfrutamos del jolgorio más grande que se ha organizado con los mariachis importados, con la certeza de que al enterrarte, enterramos también nuestras penas, con la satisfacción de verte convencido de que eras el último de los mojicanos, cuando en verdad solo eras un indio patizambo más en este país del júbilo inmortal.
EL AUTOR:
Ernesto Andrade Peña nació en Buga (Colombia, 1957). Es marinero de profesión, aventurero por convicción y amigo de las buenas lecturas.
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© Ernesto Andrade Peña
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 19
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2004
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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