Los ritmos del fuego
Ricardo Kruhaturian
Poeta nacido en las Islas Caimán (Cayman Islands)
“Le recordó que los débiles no entrarán jamás
en el reino del amor,
que es un reino inclemente y mezquino”.
Gabriel García Márquez
I. FUGAS
NÓMADA
1. LA FORMA
El hechicero se aturde en el silencio, se exilia del mundo y de la trampa, se hace enemigo del viento que lleva las cuatro rosas de los rumbos.
Se aparta de las hordas encendidas por la luz de los colmillos en los belfos del bisonte, ahítas en la vendimia de la fruta depredada, enronquecidas por la lujuria de los bosques y la sangre que mana de la carne hecha desgarre.
Se torna solitario en las cavernas oscurecidas por su deseo preciso y va ideando con líneas y pigmentos minerales, sobre la roca de su vida, las formas esbeltas de la presa, los perfiles de la agonía frente a la flecha, los contornos que llenan los terrores de su sed.
2. EL RITO
Frente a las formas de la mujer, grabadas en la sombra de la piedra, el brujo ejecuta su ritual de manos y alaridos, poseído por la telúrica invención de sus abismos.
Las crispaciones de un amor sin cuerpo dominan su instintiva danza. Echa sus manos al contorno sin volumen, en un abrazo de desesperado.
Besa la frialdad del pedernal y se encuentra con la lengua de la pantera que gime en su guarida, tras el musgo.
Acaricia un rostro que no existe: pintura de cejas y procacidad de gestos.
Se vuelve tierno, en el temblor luminoso de la antorcha, frente a los labios que morderán sus dientes, frente a los senos y caderas que serán tambores en sus manos.
3. LA MAGIA
El cazador conoce la mutua dependencia de los seres análogos: de allí la fe en su magia de maderas primitivas, en la crepitación de la fragancia vegetal, en la pureza del fuego.
Ahora se agazapa tras la piedra verde, espía la luz sobre una espalda, el ritmo de un pie contra la hierba, el susurro de una mano tras el agua, el plateado chasquido de la escama.
Tiende el músculo, alerta a la presencia que tiernamente aplacará su hambre brutal, su vacío de amor en la montaña.
La imagen delineada en la profunda cueva, la cintura que baja en el terracota del vientre, son ya la realidad de un cuerpo que lo espera, apto para el ritual de las caricias.
4. LA CAPTURA
Aunque poseedor de unas formas redondas de gacela, el payé, poeta de una luna mordida por el jabalí, es también el poseído.
Crece hondo el gemido en la maleza y ansiosa se tiende la mano sobre el flanco en que la madrugada anuncia sus retoños.
Ahora la piel concuerda con la línea, y la danza que fue fecunda ceremonia, se torna penetración de poros y entrega tumultuosa en los besos que saben al corazón de la tierra.
LOS DEMENTES
Los locos se besan en los parques, invocando el naufragio de sus almas harapientas.
Se incendian a mordiscos como perros que ladran de rabia en las esquinas de la ciudad patibularia.
Se aman sobre bancas polvorientas, frente a la soledad descabezada de una estatua.
Se lamen hasta que el viento les madruga sobre la piel apestosa de su amor.
Se miran con ojos poseídos mientras la noche les deja en la pupila la orfandad de una estrella rezagada.
Los locos exhiben su intimidad de caricias en la ventana pública de los callejones donde tal vez se esconda un asesino.
Se aprietan contra paredes ajenas, perseguidos por la amenaza insomne de unos ojos.
Se insultan hasta el golpe de la piedra para estar seguros de que ningún secreto hará vanas sus demencias.
Se mueven como fantasmas pisoteados por el ritmo de un fuego solo suyo.
No pagan arriendo a la vida: se aman de muerte con el gemido que se arraiga en la caricia.
CALLEJERA
Se van tus pies por los andenes, violando en su indagación el stop de los semáforos.
Tu walking around quizás te lleve hacia ti misma, después de delinear en otros rostros, una distancia en que no te reconoces.
Ciertos hombres, buscando tu ternura, te hablan de la angustia de piel que los enferma.
Cumples los itinerarios de peligro que ofreces a tu cadera errante, y regresas del tumulto y de la ola, cada vez más sola y más fecunda para entregarme tu desesperado racimo de ternuras.
Estoy contigo, vagabunda, mi aliento de perro celoso te persigue, mi zarpa de tigre defiende tus contornos, mi mente te condena a la obsesión.
ABAJO
Nos untamos de sueños y de nieblas, de alegría de hoja y de sopores que nos vuelven grises.
Ilusos hacemos llevadera la tragedia que nos acecha en los rincones.
En realidad descendemos impunemente a la miseria del gusano.
II. ÁMBITOS
RECINTO
En la ciudad abierta a las manías de la angustia, hay una habitación que nos espera: indiferentes paredes donde se asoma un cuadro que tú invertirás jugando a dislocar las cosas y la vida como haces con tu amor de miel y fantasías.
Después de escribir en el libro de citas el nombre del corsario, de un poeta o tal vez de un enemigo, estableceremos nuestros viajes de piel en una penumbra de luces obstruidas por puertas entreabiertas al suspiro.
Posiblemente un intervalo de zona gris se perfile en tus ojos de párpado entornado.
Pero no hay cuidado: un beso de mi boca horadando tus labios me entregará de nuevo tu sonrisa que yo invoco cotidianamente para mi crónica melancolía de demente que fue claudicando hasta la derrota en su alegría.
En la ciudad torcida en su destino, hay un cuarto cerrado que reclama las ondulaciones de cuerpo tibio bajo mis manos torpes de sediento.
GATA
La ciudad nos acecha con sus reflejos de paloma agonizante en la luz color miel de esta tarde de julio que hemos escogido para conversar desnudos, con toda la ternura que nos viene de adentro, sobre nuestras ansias ya sabidas de amor y de contacto.
Nos quedamos inmóviles, simulando la muerte, asidos apenas de la piel y del susurro que nos hace cómplices en la última claridad fosforescente.
Has abierto la ventana sellada y repentinamente me he llevado el susto de tu opalina desnudez a contraluz.
Una idea zarpante ha redondeado tus párpados, y como una gata que simula fuga, te has echado a caminar por la azotea.
Tal vez hubo un asombro en los cristales mientras el gato de la cuadra te miraba lúbrico desde su tejado.
Dulce tarde, mi amor, de felinos impulsos, de manos dilatadas y atroces confidencias.
ABANDONO
La ciudad está ahí, vuelta un zarpazo que invoca amenazas sobre mi soledad de muelle sin rumores, de balandra sin las velas desplegadas.
Te has ido, infame, maldita, buscando comprobar no sé qué certezas en tu vida, no sé qué ternuras y orillas saladas en tus manos de ola.
Voy por las calles, sonámbulo de puertas que se cierran. Hay una multitud de anhelos y de llagas a la entrada de los cines y las catedrales. Llevo el rostro cruzado de castigos. Soy algo turbio que el viento remece con un furor de Apocalipsis, contra esta tarde de asesinos miopes que desprecian mi sangre.
Siento que hasta mis enemigos me han abandonado como a un guijarro sobre un camino que nadie pisará. Me siento un niño solitario sin tus brazos, una sed sin cántaro y sin agua.
Te has marchado, pérfida, para indagar no sé qué oscuros ritos en la ciudad ruinosa donde ojalá te parta la nostalgia, donde ojalá te confundas, infame, con la piedra.
Regresa, no te quedes, vuelve para que de nuevo tus labios me tiren al abismo donde me hundo con un gusto de hoja seca crujiendo entre las llamas.
SEDE
Un día, cuando mi amor y yo atropellábamos el beso en nuestras bocas ebrias, decidimos tomarte, taberna de penumbras horadadas, como sede vespertina de nuestros encuentros tumultuosos de cosas que decirnos.
Míster Brown, el pianista silencioso, estatuario como un ídolo del Congo, ejecuta el aire de una casa sin cimientos.
Taberna, en tu ámbito de barco envejecido, la cerveza y el ron, la piña y el coco nos han puesto al borde del deseo que nos tira a la calle en busca de rincones sin testigos: entonces sus senos alumbran las pesquisas de mis manos y su vientre oscuro concuerda con las formas de mi anhelo.
LA CASA
Un día, alguien se atrevió a pedir albergue: nadie contestó a su súplica, nadie habitaba aquella casa.
La puerta entreabierta fue quizás una silenciosa invitación.
La mujer, posiblemente una vagabunda cansada de golpear dinteles con su súplica, se acomodó en un rincón bajo la frazada de su miedo.
La primera noche, la casa permaneció dormida, silente en su abandono.
Después se fue poblando de ruidos en los que se percibía una alegría recóndita de que alguien desempolvaba su soledad.
LEJOS DE TI
En las calles de la ciudad bastarda, lejos de ti, encuentro la sonrisa y casi la amabilidad en las esquinas, sobre todo hallo la sombra desnuda de una gorda que derrama en bronce sus carnes suculentas.
Sin embargo, latiendo como un protoplasma subterráneo, se palpa un fétido pavor de disparo y de cadáver.
El demente arrastra sus piojos y su hambre infinita, el gamín cala con su frío los andenes de los edificios públicos, y en la mirada de la niña impúber, se insinúa el riesgo de la prostituta.
Aún así, lejos de ti, no me resulta detestable esta ciudad de paisanos y montañas y de río sucio que la taja en dos angustias.
Empiezo a amarla por su llaga y su temor invisible, por los titulares de sangre de su prensa, precisamente porque su grieta y su dolor se vuelven míos y me tocan como una mano helada y por la convicción absoluta de que podría ser una ciudad feliz.
HILO DE ARIADNA
El instinto te orienta en la dirección precisa: no traiciones el latido que conduce tu vida.
Ama las cosas y los seres que te vuelven plena aunque a veces una espina hiera tu ansioso corazón.
Busca al monstruo en la oscuridad del laberinto y cuando lo encuentres, ama su cabeza abominable y encuentra en sus brazos la dulzura de la muerte.
III. PREMIOS
LE ROUGE ET LE NOIR
Roja tu boca de filibustera, rojo el nácar de tus uñas zarpantes, rojo el fuego de la alondra que vuela entre tus sueños.
Roja la blusa que esconde los anillos de greda de tus senos donde ávidos picos de sinsontes preguntan por el agua de mi boca.
Roja la rotunda inclinación pero negro, negro, negro, el feo-inmundo-asqueroso fantasma que persigue tus ojos de esclava herida por el tierno hierro del amor.
DONES
Me has dado la despiadada clave de tus labios, tu piel acelerada sin la vergüenza de la contención.
Te has volcado en mí como una dorada cosecha de amapolas, con todas las luces de tu arco iris azul y rojo y negro.
UN BESO
Un beso con tu lengua, que sabe a raíces maceradas.
Con tus dientes, que muerden mis deseos.
Un beso sin espacio ni tiempo, monstruoso, del tamaño de Dios o del infierno: un beso.
BOCA PERDIDA
En tus besos está creciendo mi agonía: y yo me entrego a esta muerte para indagar las razones de la locura en el fuego homicida de tu lengua.
Palpo tus dientes con mis dientes para morder tu alma.
Busco el rescoldo salado que crece bajo tu piel de maíz como un dulce demonio sin orillas.
Soy este espectro insomne que se pierde por tu boca.
ENCUENTRO
Bebo en tu boca homicida un sabor de sal acrecentado por el fogaje de tu lengua.
Busco en tu piel desparramada las tiras de una angustia que hace deliciosamente abominable el tacto.
Me doblo sobre tu vientre orgásmico y tiránico como un Cristo muerto en éxtasis.
Huelo en tus axilas, pequeña yegua mía, los hondos sudores de tu búsqueda.
Presiento en tus rodillas un hueso que esconde estremecimientos recónditos de gozo.
Miro tus ojos extrañamente poseídos y me calcino en ellos como un mar de resplandores al creyón.
Acaricio la erguida aureola de tus senos para escuchar tu cintura de cobre vibrando con ritmo galopante de campana.
SOSTÉN
Tu amor de pétalos y espinas me protege de los ojos que quizás se burlan de mi búsqueda.
Tu rostro me sostiene con sus fértiles misterios de gata sin tejado.
Tus brazos tenaces me llenan de agonía.
Me hago más elemental porque tiro lejos las preguntas que me sobran en las manos.
CONCORDANCIA
Tú construyes mi andanza cotidiana. Viven mis manos para los recorridos de tu feminidad.
Me arrastro como un perro cojo sobre tu ombligo y tu epidermis. Alcanzo tu boca, ritmo de la vida sin la muerte.
Lamo tus dientes para escrutar la demencia que canta en tus arterias. Voy por tus declives, tras la milagrosa premonición del fruto.
Me llenan las puntas de tus senos. Eres la ola caliente en que yo trepo con mi tabla de ansias y de abismos.
IV. CONTACTOS
EL NÁUFRAGO
Soy un buque herido de naufragios. Navego sin timón ni brújula sobre la fiebre salada de tu cuerpo.
Me espejo en tus ojos de pez sin ataduras para caer en el Malstrom de tu lengua encendida de furores abismales.
Voy de tumbo en tumbo, como el barco borracho de Baudelaire, para por fin anclar desmantelado en la arena salvadora de tus muslos.
CONVENCIMIENTO
Tu voz me impulsa a persistir en un amor que no es mío ni tuyo sino nuestro.
SIN LÍMITES
Para palpar tu piel, he de tocar tu alma de gaviota donde abundan las voces que se duelen cuando la vida es un cántaro cerrado al que le falta el horizonte del agua.
APERTURA
Me has entregado la llave de tu misterio con el santo y seña de un amor definitivo, para que me introduzca, a la hora de tu noche triste, en la soledad de tu misterioso corazón.
Me has dado también la terrible amenaza de que esa llave podrá cerrar de un solo golpe, en un momento de grises territorios, el sésamo que colma mi hambre dilatada.
¿En qué instante cambiarás la clave? ¿En qué minuto quitarás la cerradura que aprendí, para que no pueda hurtar de tu alma la radiación del oro que te colma?
DISTANTE
La vida del valle con su damero distante de techos grises y rojizos, la silueta de las montañas cercando mi empedernida soledad —a pesar de los amigos— llevan mi pensamiento y mi nostalgia a la necesaria memoria de tu rostro que me mira desde un espacio donde también pensarás en mí mientras Cortázar o Neruda, alcahuetes que suplantan mis palabras, van contigo.
Desearás el retorno del pirata como yo caer con toda mi fusilería y mi alarido sobre los bastiones de tu ciudad sombrada de palomas.
VISIÓN
Desde arriba la tierra es tan pequeña que cabe en el cuenco de mi puño.
Mi vida, que pende de precarios hilos, se duele por este territorio donde un dédalo de ríos siembra de verdes los espejos de la llanura y el valle.
Hay un gozo de frutas allá abajo, un portentoso aleteo de escamas y de plumas, un son de mazorcas amarillas, una hinchazón de tierra y de prodigio.
Me vida se duele porque tanta abundancia no puede llenar la boca de los que aprendieron el hambre desde siempre.
Pero no todo es nube arriba ni serpientes de agua en la distancia del abajo: está tu recuerdo que me alcanza como un tibio olor de pétalos abriéndose en la noche.
Vienes toda y completa hasta tan alto: tu boca honda de besos y de vino, tus senos donde el fuego es ritmo, tu cadera ingrávida como una cometa, tus piernas asesinas, tu vientre que me atrapa, tus pies locos de andanzas, tu pelo de aceituna negra, tu mirada.
CALOR
Tus ojos contienen el rescoldo que hace trizas mi desierto frío. Mis manos se transforman en arañas desesperadas que buscan lo que no se ha perdido.
La noche del trópico, cómplice del aroma que florece, me devuelve, en la vibración de tu cintura, la alegría de la vida.
V. SONES
SONORIDADES
Tu cuerpo contiene una campana hecha del bronce moreno que templaron en la tierra con la fragua los latidos.
Toda tú eres bruñido metal de ritmo y resonancias que me llaman a la cita ritual para que yo oficie la íntima magia de tañirte.
RELIEVE Y OCARINA
Anda mi pensamiento en su espiral de caracol sobre una roca, mordiendo la cola de la misma imagen: Tu cuerpo iridiscente en la penumbra de ópalo, armado de combates que no dan tregua a mis manos tribales y ásperas de alfarería.
Tu anatomía es una forma abierta a los caprichos de mis besos, un ánfora que suena con mi boca, una ocarina en la que laten ritmos desconocidos que yo aprendo con una fe de carbonero.
SIEMBRA
Siento en tu piel arborescente el olor de todos los vegetales, el susurrante crujido que es tu placer aleteando bajo la tierra ardiente con una fuerza de semilla que germina.
En el trigo de tus muslos estalla el vaivén del girasol cuando mis caricias riegan los surcos de tu infinita sensualidad.
Hay en ti una vida de tórridos relieves que yo voy recorriendo palmo a palmo, coronando las montañas y los valles donde crecen sus espigas de canela.
TANGO PARA LA VIDA
En las tabernas de esta noche que nos azota con su cola de opio y juerga, se sucede un eco de tangos y milongas que nos hablan de amores y tragedias, de mujeres que se fueron dejando al gaucho con su pena, a Martín Fierro con su puñal y su alazán.
La vida misma, la existencia toda resulta también una noche de arrabal donde somos gauchos o compadritos de poncho que se entregan al beso y a la soledad, al amor y a la muerte.
LA CUERDA TENSA
Vienes a mí, trayendo un eco escondido de guitarra, una sonoridad recóndita de madera templada en el cuenco de tu carne.
Eres una cuerda tensa dispuesta a la vibración total cuando mi mano toca los conciertos que anidan en tus sentidos.
Descubro extrañas partituras en los tersos diapasones de tus senos y trepo por el golpe de tambores africanos que percuten en tus muslos y caderas.
HOJA CORTANTE
Hay en tus ojos dos filos de un solo cuchillo que corta la estabilidad de mi vuelo en día tranquilo.
Con tu mirada crece en mí un deseo inconcluso de mi piel por tus formas donde se hace cadencia un golpe de sensualidad y de gemido.
Yo me oculto, me hago el inocente, el loco, simulo que me evado del huracán que te anima pero tus ojos levitan hacia mí para asirme con su resplandor de implacable ternura, de búsqueda y encuentro.
LÚPULO EN MIEL
Tu piel que se doró en la costa, frente a la sal de nuestro mar, frente a una ola que trae contra la roca, sonidos antiguos de tambores, tu piel, tenso declive hacia el abismo, tiene un sabor recóndito de melocotón y de cerveza, de flor de lúpulo y de miel, que me enerva en el olvido de mí mismo.
Soy un perro ebrio lamiendo tus esquinas, un ansia que se revuelca en tus fogajes, un fragor barrenando tu presencia, un abrazo insatisfecho.
Mi boca busca en tus adentros las razones del gemido. Cada orgasmo tuyo es una espiga que me entrega la tierra convulsiva de tu ángulo colérico.
Caen tus palabras en mi oído con un susurro de penumbra para decirme las certezas de un amor donde ya el olvido es imposible porque dejamos en cada centímetro de piel, en cada conjunción de la memoria, la plenitud de una vida desgarrada hasta los límites de un placer que sabe a muerte.
EL AUTOR:
Ricardo Krahaturian es un poeta nacido en las Islas Caimán (Cayman Islands), en el Caribe, 1952. Vive en George Town, donde enseña español. Krahaturian es él mismo, en su sangre y su cultura, una extraña mezcla sincrética. Su padre, Sergio Kruhaturian, de ascendencia armenia, llegó de Inglaterra a las islas caribeñas como miembro de una Comisión Gubernamental de Asuntos Agrícolas. Allí conoció a la francesa Madeleine Guignaut, quien en esos momentos se encontraba de turismo en las playas caimánicas. El anglo-armenio y la francesa se enamoran, se casan y tienen a Ricardo, quien posee estudios de Maestría y Doctorado de la UNAM de México y habla perfectamente cuatro lenguas: inglés, francés, español y armenio. Aquí, hemos publicado completo, en Ediciones Caribanía, su libro de poemas Los ritmos del fuego.
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© Ricardo Kruhaturian
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 19
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2004
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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