Un cierto salón
Guillermo Henríquez Torres
Guillermo Henríquez Torres es cuentista,
dramaturgo, historiador y profesor universitario.
Nació en Ciénaga (Magdalena, Colombia)
1.
—¿Han llamado las de Berástegui? —inquirió el ejecutivo a su secretaria.
Era una tarde cálida y bochornosa, cuando el aire acondicionado se rinde al clima de una ciudad tropical, situada entre la desembocadura de un río y un mar encrespado. Esta cualidad le da a la urbe, una temperatura saturada de humedad y sopor. Paisaje que se observa desde el ventanal de la oficina donde el hombre joven y moreno secaba su rostro con un pañuelo de papel oloroso a colonia fina. Mientras, la mujer de piel dorada y cabellos tinturados en varios tonos de rubio, contestaba accionando el aparato de refrigeración, poniéndolo en su máximo frío.
—Están en la dos, hace un ratico...
—Pásame la llamada y dile a Alberto que me acompañe, dejo los negocios para dedicarme al arte de la pintura. El Presidente cumple años y le vamos a regalar un cuadro. Me comisionaron para que escoja el cuadro, tú sabes que él es buen conocedor de arte.
—Bueno, pero las Berástegui venden cosas de alta calidad
—Y en su propia casa.
—Don Jorge Mario, ¿no deja otras instrucciones?...
—Si llaman de Miami, me pasas la llamada al celular.
—Aló, ¿cómo estas?... Sí, Etelvina, voy esta tarde. ¿Qué tienen como novedad?... Sí, conozco el gusto del jefe, como buen solterón gusta de lo erótico,... nadie va a criticar que los coloque en su cuarto, no hay problemas. Veremos esos cuadros de Morales… Ha cobrado mucha fama, en París.
La tarde prometía una lluvia que no llegaba, y el cielo mostraba nubes viajeras y grises que no se detenían, pero algunos rayos lejanos revertían sobre los vidrios polarizados de aquella estancia, reflejando la gran mole paralela al río, salpicada de bruma y avanzando sobre el mar.
El hombre vestido con traje de lino crudo y corbata azul de seda, miró hacia las piernas de la mujer y se despidió mientras ella salía. Era una habitación moderna y funcional, de corte minimalista, paredes blancas y muebles de oficina en teca natural, un cuadro de Obregón representando un lago en azules, grises y malvas, con leves texturas, y en una mesa Parsons, reposaba una cabeza de arlequín en blanco y azul, de Correa. Flores de bromelias amarillas colocadas en un jarrón de vidrio muy simple, y unos reflectores que dirigen su luz hacia el Obregón, complementan su decoración.
A la oficina ha entrado otro hombre mas joven aún, vestido informalmente de yines y chaqueta del mismo material, es blanco, delgado y su pelo es una melena castaña muy cuidada, recortada caprichosamente en capas.
—Maneja tú, Alberto, estoy cansado.
—¿Vamos en el BMW?
—No, en el Volkswagen —contestó el ejecutivo, aplastando un cigarrillo en un cenicero Barbini.
2.
El sector donde se ha aparcado el pequeño vehículo, es muy elegante, pues se halla en una colina de escasa altura pero de mucho valor comercial, hay unas mansiones de arquitectura contemporánea y algunos edificios post-modernistas. Tanto las casas de baja elevación como los altos edificios están encerrados por cercos de hierro forjado, siempre repintados a causa de la insistente humedad de allí. Y se ven a menudo hombres de overol, pasando la brocha sobre los arabescos y diseños que copian muros regios de castillos y palacetes europeos. A uno de estos cercos, que repinta un obrero, llegan los dos hombres, quienes esperan se abra el gran portalón para entrar a la casa pintada de blanco puro y límpido.
Cuando irrumpen en el salón de exhibición de cuadros, el efecto es sorprendente: un hombre instala en el techo unos ventiladores, en un diseño retro de los treinta, con una pantalla de opalina en el centro del ventilador. Algunos ya están funcionando y otros están detenidos, pero una serie de cuadros colgados en las paredes de níveo color, muestran escenas de provocante erotismo: mujeres desnudas, unas sentadas sobre mecedoras de paja y maderas delgadas de Viena, otras dándose un baño en tinas de roble, acicalándose y en espera de algo que no sabemos.
Una sirvienta de edad indefinida pero algo mayor, vestida con cofia de organdí y traje negro, les solicita a los dos hombres esperar y sentarse:
—Las señoritas ya vienen, se están bañando, a ellas estos calores de abril las agobian —dijo la mujer con un léxico bien construido.
Los muebles del salón no parecen desmentir que aquella casa es un hogar, pese a la evidente disposición momentánea de galería de arte. Sillones frayleros de data antigua y colonial, barroco español y de un lejano origen inglés pero adaptado al medio, son dos piezas de indudable valor, consolas del siglo XIX que soportan espejos venecianos en cristal azul y rojo, con flores y rizos vítreos, jarrones de cristal sin ninguna decoración, un bargueño ecuatoriano y una virgen de Caspicara, llamada "La bailadora", llaman la atención del hombre más joven, que los inspecciona, con agrado. El hombre mayor se ha sentado en un sofá isabelino, y envía su mirada hacia una puerta de roble lisa que se abre:
—¡Vaya, qué alegría verte, Jorge Mario!
—¡Hola, lindo, ¿cómo estás?... Bueno, no nos veas, es que nunca pensamos que ibas a llegar tan rápido!...
Son dos mujeres con grandes toallas blancas que envuelven sus figuras gráciles y olorosas a sales y esencias penetrantes y seductoras. Aunque no tan jóvenes, sus cuerpos no delatan signos de edad madura, pelirrojas y morenas de piel clara, llevan perlas e hilos de diminutos diamantes de Tiffany, ensartados en sus cuellos. Sobre sus cabezas han anudado unas toallas más pequeñas, en forma de turbantes. Con mucho mimo y coquetería, reciben de besos a los jóvenes varones. Luego desaparecen en un largo corredor.
El hombre del overol se ha bajado de una escalera practicable de metal y sin saludar se dirige hacia los caballeros sentados:
—Oye, ¿son españolas?
—Sí, ellas vienen de Madrid. Son muy viajadas... —asegura el ejecutivo.
—Son las mejores, cuando yo trabajaba en los barcos, iba a los cabarets y las pedía españolas, las gallegas son las mejores... Nada de francesas, que tenían la fama, pero las gallegas ¡eran más arrechas!
—(¿Qué dice, Jorge Mario? No entiendo.)
—Después te explico, tú no conociste esa época, ¡yo lo sé por mi papá!
El hombre del overol salió hacia la calle, una vez terminada su labor. Allí lo esperaba un muchacho aindiado, en una moto.
—Tenemos que ahorrar unos pesos para volver aquí como clientes, ¡hay unas gallegas divinas!
La lluvia era inminente pero el calor continuaba, y la moto, con los dos hombres, se perdió en la tarde que fenecía.
Barranquilla, Abril 28 de 2003.
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© Guillermo Henríquez Torres
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 19
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2004
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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