El SOL DESPUNTA EN MAYO

Vivian Astrid De Villeros Ospina
vivianastriddv@hotmail.com


Esta vez no sé por donde empezar, tampoco por donde seguir. Empezar por el principio es una tarea riesgosa, porque nunca sabremos a ciencia cierta cuál ha sido el comienzo de todo. Sólo sabemos que un día cualquiera, vimos el problema delante de nosotros, tocándonos a todos, haciéndonos añicos el corazón. Pero no el corazón de papel ni el de mentirillas ni el de triquiñuelas publicitarias que hace creer a los demás que la cuestión --al menos por esta vez está caminando-- sino el corazón que está diseminado en cualquier parte del cuerpo, que se abruma ante la indolencia y la desidia de los encargados de gestionar los programas de los almuerzos escolares.

Es el quinto mes de un año que pintaba bueno para nosotros. Desde la noche del año nuevo, presentíamos que para esta fecha ya tendríamos parte de nuestro problema resuelto, un poco de nuestra esperanza reanimada, tal vez. Pero no, volvimos a equivocarnos. Creímos en las charlas amenas que nos daba el garitero para que siguiéramos con el ánimo en firme y para que testificáramos ante un puñado de periodistas que el plan  tal y  como estaba diseñado y como nos lo había explicado aquel funcionario de pacotilla, podría arrojar los resultados esperados de los cuales habla el periódico de hoy.  Era de esperarse, a él le pagan para poner la cara y repetir como un loro remojado que este problema los agobia, que se están haciendo ingentes esfuerzos para que, a más tardar en un par de días, óigase bien señores, dos días apenas, solucionar el impase que se ha presentado  con relación al programa en cuestión.

Un par de días que se han convertido en cinco meses de dolorosa tardanza. Es como si llevásemos la pesada carga de un cadáver que lentamente va desintegrándose y regando a su paso los tibios espectros de los gusanos.  Es el sol que se apaga para quienes como yo no podemos salir a mendigar pues todavía nos queda algo de dignidad. Es el sol que no brilla para quienes pretendemos reservar las fuerzas, pensando que llegarán tiempos mejores. Y no se detiene esta inagotable desesperación que viene de un punto claro y conciso, hace mella en tu estómago, luego se ubica en cada parte de tu cuerpo y te pellizca la piel como un aguijón punzante que de tanto puyarte, te tritura las entrañas y se va a tu cabeza en forma de dolor.

Es un padecimiento triste y fecundo que nos agobia, que indefectiblemente nos aleja de los anhelos transitorios, de las ilusiones que, de vez en cuando, nos desvelan. Esta noche, por ejemplo, pienso en lo que me dijiste esta  mañana, antes de que te trajeran desmayada del hambre.

“De la escuela me gustan los juegos y las clases de gimnasia porque después de las dos horas de ejercicios, salimos a correr por el patio y cogemos el primer palo que encontramos y comenzamos a darnos machetazos y los profes dicen que nos tienen miedo, que podemos hacernos un daño, pero qué va, no les paramos bolas porque, entonces, nunca jugaríamos. Miedosos que son. Mamá todavía no ha regresado. Lo supe, porque mi hermanito menor se asomó por la paredilla que da a la calle, y yo, aprovechando un descuido del profe, salí corriendo y le di un mango que cogí del palo que hay en el patio.

Por cierto, de tanto que me asoleé, ahora tengo un dolor que me zumba en la cabeza y que quiere partírmela. A lo mejor se deba a que  esta mañana me vine con un vaso de agua o a que mientras la barriga me hacía chis, jugué a la pelota y a corretear y saltar por todo el patio, con mis amigas y amigos. Ah, porque yo también juego con los chicos que son de mi edad. Mamá me tiene prohibido que lo haga con los otros, con los mayores, es decir, con los hombres hombres porque me puede ir muy mal, como le ha ido a ella con todos los maridos que ha tenido. Creo que mi papá ha sido uno de los que mejorcito se ha portado con ella, porque con el papá de mi hermanito Antonio, ese sí que le pegaba y le daba mala vida, vida de perra, como dice mi mamá, cada vez que le hacemos coger rabia. Con cada palera la dejaba convertida en un trapo, en casi nada, como quien dice.

Entonces, ese día yo no podía ir a clase porque tenía que quedarme en la casa, cuidándola y de remate preparándoles la comida a mis hermanitos y salía tiznada de la cocina, con ganas de tirarme en el catre y dormirme enseguida para esperar un nuevo día.

Pero no. El sueño había que vencerlo a punta de tinto sin endulzar porque ni para el azúcar había. Tocaba hacerlo porque al día siguiente no podía quedar mal delante de mis compañeros ni decirle otra mentira a la profe que ya esté harta de tantas que le he dicho. ¡De veras! Con qué cansancio tan grande hacía las tareas y  seguía las lecturas que según la maestra me harían reflexionar y acercarme más a la vida. A otra, espero yo, porque con esta, ya tenemos bastante”.

Es mayo. Sigue siendo mayo, el mes de las flores. Escuché decir al garitero que dentro de cuatro días recibiremos los alimentos y que el mencionado programa de la entrega de alimentos  va viento en popa, que sólo falta hacerle los respectivos ajustes que no demoran mucho y las firmas de las funcionarias que, por ahora, están incapacitadas o de calamidad doméstica, según escuché decir. Pobrecillas, tienen derecho a enfermarse y a sujetar sus frondosas firmas a la calamidad doméstica que presuponen. Es cuestión de cuatro días, quizás. Lo dijo en la televisión el filibustero y se veía muy sonriente. Estaba vestido de saco y corbata. Habrá que creerle, si lo dijo él, puede ser verdad porque lo repitió dos veces, sin parpadear ni agarrarse la nariz.

Esta vez sí va a arrancar el programa, se repetía para sus adentros con la firmeza de quien quiere aprenderse una canción.  Y aunque sea mayo y  sigamos mirando al sol que aún no despunta, habrá que seguir cantando para atenuar el hambre que se estira en la piel.
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©   Vivian De Villeros Ospina

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 19
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2004

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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VOLUMEN V - NÚMERO 19