SUSANA Y EL UNICORNIO
Marié Rojas
Ese amanecer, cuando fue con su padre a la cuadra, se sorprendió al ver un unicornio... Inconfundible en su blancura, en su reluciente y larga crin, en su cuerno afilado, en el halo que lo envolvía, un unicornio pastaba entre los caballos.
Le gustaba ir bien temprano para escoger el animal de su gusto; le complacía ver cómo los ensillaban y ayudaba a cepillar sus crines. Pero esa mañana se había quedado sin palabras, contemplando el brillo de nube de aquel ser de leyenda, más antiguo que el tiempo, mezclado entre los caballos que se alquilaban para hacer prácticas de equitación.
—A esta niña parece que los ratones le comieron anoche la lengua —le dijo el granjero. —¿A quién te ensillo hoy, al Moro o a Linda?
—Por favor, quiero que me ensille al unicornio.
—¿Qué? —dijeron su padre y el granjero al unísono.
—Aquel blanco, brillante...
Iba a decir “del cuerno en la frente”, pero se percató de que nadie veía lo que ella.
—¿El nuevo? —sonrió el granjero. —No le habíamos puesto nombre; el dueño lo vendió porque no sirve como animal de tiro... las patas muy finas. Le pondremos Unicornio, si te parece bien, aunque no sé si se deje montar por una niña, es un poco rebelde.
Susana corrió junto al unicornio.
—"Lo has visto, ¿verdad?” —le dijo él con voz cantarina, que ella comprendió que nadie más escuchaba.
—Lo he visto —respondió, fascinada —pero, ¿por qué yo?
—“El hombre solamente puede ver aquello en lo que cree, por eso ha dejado de ver ángeles, demonios, hadas y unicornios. Al ser confundidos con criaturas naturales, nos vamos adocenando, terminamos trabajando para él, en cuadras, circos, parques, fiestas, hasta que un día nos llega el olvido. Cada vez somos menos, apenas quedan dos o tres hadas, excelentes niñeras; algún demonio se alquila en fiestas como traga-fuegos, conozco un ángel trapecista... Soy el último de mi especie. A veces, alguien nos ve, humillados bajo la montura, haciendo malabares, ejecutando actos de falsa prestidigitación; en esos momentos, nuestra tristeza aumenta, pues nada ni nadie ha de cambiar el destino, una niña que aún cree en la magia no puede torcer el rumbo de su especie”.
Susana no tenía palabras para expresar su pena. Se acercó al bellísimo animal y le acarició las crines. Él posó mansamente la cabeza en su hombro.
—¿Quién lo diría? —dijo el granjero, acercándose a grandes trancos. –Ayer no se dejaba tocar. ¿Probamos a ensillarlo?
—No sé... —dudó ella, mirando al unicornio.
—“Acéptalo. Mejor que la primera vez sea contigo”.
—¡Claro, que no se diga que soy cobarde!
Toda la jornada, hasta que el sol, cambiando su brillo a tonos rosáceos, le anunció que ya era hora de regresar, cabalgó Susana en el unicornio, sintiendo su leve paso que apenas rozaba la hierba, disfrutando de su voz como música, descansando para verle pastar flores color malva, bebiendo del arroyuelo, sin saber cómo agradecer a la vida aquel regalo que le llegaba en los umbrales de su adolescencia, momento en que sería obligada a incorporarse al mundo de los mayores, mundo que su madre no supo nunca aceptar y que ella tendría que asumir, aunque para ello tuviera que admitir que donde veía unicornios, había caballos; que donde hadas, señoras gordas con sombrero paseando cochecitos de bebés; que donde ángeles, vendedores de globos... “Dales lo que te pidan, amor mío, solo eso”, le parecía escuchar la frase de despedida de su madre antes de emprender el vuelo.
—“No querrás terminar en un manicomio, como ella” —le decía alevosamente la vecina cuando la veía hablarle a las muñecas. Pero ella sabía que su madre no era aquella mujer de expresión ausente que languidecía en un cuarto de hospital, aquello era sólo la cáscara que había quedado cuando voló su alma a reunirse con los seres que poblaban las historias con que siempre la acunó. Su madre, compañera de las hijas del aire como la pequeña sirena de Andersen, disfrutaba al verla cabalgar en un unicornio.
No podía creer la felicidad que estaba experimentando, mezclada con la tristeza de lo irremediable: ella no estaría siempre ahí. Al terminar sus vacaciones, tendría que volver a su rutina y el unicornio sería un simple caballo de alquiler. Éste era un lujo que apenas podía permitirse dos meses al año, y esos dos meses tocaban a su fin.
—Te quiero —le dijo mientras marchaban en trote suave de regreso.
—“Si de veras me amas, hay una cosa que puedes hacer por mí: trae mañana una lima resistente, de las que cortan las más gruesas cadenas”.
No dijo más, se encerró en un triste mutismo mientras era desensillado, llevado a la cuadra y encerrado en su cuartón. Allí quedó resplandeciente, inconfundible entre los caballos.
Susana había comprendido.
—Vendré temprano —le susurró en el oído antes de marcharse.
Una vez en casa, comió apresurada y dijo que tenía sueño; el padre lo entendió, había estado todo el día cabalgando. Era un alivio la afición de su hija por los caballos, así podía adelantar los trabajos de mantenimiento del parque, sabiendo que ella estaba en buena compañía... La de él, a pesar de todo su amor, no era la mejor desde el día en que tomaron la decisión irrevocable.
La niña sintió los pasos alejarse de su cuarto y saltó de la cama, para ir de puntillas hacia la caja de herramientas. Tomó lo que había ido a buscar y regresó a dormir, realmente estaba muy agotada.
Era noche cerrada aún cuando abrió los ojos, sabía que los peones y el granjero llegaban al romper el alba, así que debía apresurarse. Con una linterna en la mano, emprendió el camino, tan conocido que podía haberlo hecho a oscuras.
Al llegar a la cuadra la saludó el perro Guardián, que meneó la cola sin ladrar. Saltó la cerca con facilidad y se encaminó a la puerta por donde asomaba aquella cabeza tan distinta de las otras. No temía a las reprimendas, estaba saldando una antigua deuda del hombre con sus creaciones, se lo debía a ella misma, al unicornio, a su madre...
Sin decir palabra, comenzó a limar la pesada cadena.
—“Susana, ¿recuerdas que nuestra mayor tristeza es ser reconocidos?”
Ella asintió sin dejar de limar. Pronto llegarían los demás, había que darse prisa.
—“Detente y mírame: serás el último ser humano en ver un unicornio”.
Ella obedeció, con lágrimas en los ojos, comprendiendo que la lima no estaba destinada a cadena alguna. Pensando en lo que sucedería si un poeta, un músico, un pintor, un loco, o quizás otro niño que hubiera crecido entre cuentos de hadas, llegara un día a esta cuadra, o a cualquier otra -siempre sería atrapado- y distinguiera aquel unicornio ensillado, cabizbajo, trotando en círculos alrededor de la pista mientras era pateado por un chiquillo al que llevaban en contra de su voluntad a las clases de equitación.
Los sollozos se le agolpaban en la garganta.
—“No se trata de ver unicornios donde corceles” —sentía la voz de su madre, —“sino de ver en cada caballo el sortilegio del unicornio”.
—Entonces... —dijo, conservando aún una gota de esperanza.
—“¿Te importaría cortarme el cuerno?”
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© Marié Rojas
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 19
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2004
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
EL BAÚL DE LOS DISFRACES
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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