EL ALUCINANTE E INCREÍBLE OFICIO
DE LA ACTUACIÓN
Tania Maza Chamorro
A Gerardo Murcia, quién como actor ha optado por llegar a mundos imposibles.
Tania Maza es docente de Artes Escénicas y Directora del Grupo de Teatro
de la Universidad de San Buenaventura, en Cartagena de Indias.
Dirige la sección de teatro de LA CASA DE ASTERIÓN.
El extraordinario actor Gerardo Murcia,
del Teatro Estudio de la USB,
Universidad de San Buenaventura,
en Cartagena de Indias (Colombia)
El proceso de la formación de los actores, arranca de sí mismos, de la imagen natural. Esa imagen que se tiene de uno mismo es la que la sociedad le obliga a manejar y en la que se utiliza un sinnúmero de máscaras. Por ello hay que quitar la falsa seguridad en la que se tiene a la persona, en la vida cotidiana, e introducirla en un mundo de retos. Este es el mundo de la actuación. Si, por ejemplo, un actor tiene que interpretar un personaje del siglo de oro español ―hablemos de autores como Lope de Vega o Tirso de Molina―, la vida cotidiana no le alcanzará para sumergirse en el mundo de la época a interpretar, esto le implica exigencias y búsqueda de herramientas de las que carece la cotidianidad.
Se teje entonces una reflexión alrededor de que si un actor desea representarse a sí mismo, no es la actuación la mejor elección ya que para ello existen parámetros y verdades dentro de la sociedad, que lo convertirán en un gran actor de su existencia como ente social.
Pero si por el contrario, lo que este actor desea es sumergirse en mundos imaginarios, viajar a otras épocas, otros países, otras culturas, necesita ahondar en el conocimiento, estudiar, no lo logrará con lo que cree que es; tendrá que confluir en él no sólo lo que posee como ser social, sino conocimientos históricos, filosóficos, entre otros, para lograr la gran empresa de una magnífica representación.
Los actores necesitan bañarse con agua del conocimiento que recreará sus interpretaciones y los dotará de seguridad y profesionalismo. Tendrá entonces el actor que volver al Teatro Isabelino, si desea interpretar a Shakespeare, leer y estudiar la época, el espacio escénico utilizado, y todos los elementos necesarios para hacer de su interpretación un acercamiento al autor y al personaje a interpretar.
Un actor no se formaba en una escuela, este es un concepto del siglo XX. Hasta nuestro siglo, un actor se formaba mirando a los otros actores, era un oficio que se transmitía de padre a hijo, como el caso de los artesanos o artistas populares o como en los circos. Era entonces la actuación un oficio que pasaba de generación en generación. El teatro fue enriquecido por la oralidad y el tiempo que hicieron surgir en los hombres y mujeres de teatro, la reflexión alrededor de una formación de actores conducente a un mejor oficio y a una mejor manera de asumirlo.
El concepto de formación de un actor, en una escuela durante 4 años (Escuela de Formación de actores del Teatro libre de Bogotá, por ejemplo), es un concepto joven que no pasa de tener 150 años. El 90% de los actores de nuestra televisión no posee formación actoral. Así, los jóvenes bellos y hermosos son convertidos por los medios de comunicación en actores de la noche a la mañana. “Uno se acuesta bueno y amanece actor” [1].
Actuar es una labor ardua que requiere de tiempo y conocimiento de sí mismo y de la ciencia teatral.
Alrededor de estas reflexiones hechas por el Director del TEATRO LIBRE DE BOGOTA, Ricardo Camacho en el I ENCUENTRO NACIONAL DE ESCUELAS DE TEATRO EN EL PAIS, en 1998, surgen interrogantes como: ¿Es necesaria la formación teatral del actor o es suficiente su talento? ¿Por qué es necesario que el actor reflexione alrededor del arte y trabajo teatral? ¿Acaso no es suficiente con que éste ensaye, practique, actúe y luego interprete? Es indudable que se hace necesario que un actor posea formación, es con ella que podrá desarrollar su talento. ¿De qué le sirve a una actriz tener una gran voz si no sabe cómo utilizarla, cómo proyectarla en el espacio escénico?
Un actor de excelentes movimientos en la escena, es un sabedor de su cuerpo, de sus ires y venires dentro del escenario y de su intuitiva manifestación corporal; es indudable que debió recibir formación a este nivel para poder lograrlo. Con respecto a esta idea, por mucho que un actor rehuya la Teoría, siempre actúa con respecto a una, debe tener un marco de referencia.
"El espontaneísmo puro, la interpretación que parte de cero, la actuación desprovista de todo pensamiento interno, es decir, de una idea correcta sobre la forma de actuar o interpretar, sencillamente no existe, ya que es de su naturaleza la representación y esta surge de los ensayos, y esto no es sólo probar o tantear, sino pensar, discutir y decidir sobre la forma más adecuada de interpretar un texto, encarnar un personaje, adoptar un tono, mover una mano, hacer una pausa... y todo ello siguiendo pautas o criterios que buscan la coherencia, la integración en un espacio y un tiempo concretos, la interacción de todos los elementos que intervienen en la escena" [2].
Un actor debe partir de tres niveles de presencia distintos, desde los cuales es percibido simultánea o alternadamente: Uno, es persona; dos, actúa como actor, y tres, hace de personaje.
EL ACTOR ES PERSONA
En cuanto al primer nivel, el espectador dilucidará, en especial cuando el personaje representado aún no está bien planteado por el actor, señales de indefección artística tales como el de una adecuada aceptación de la presencia del actor en el escenario, o sea un darse cuenta o sentir que aquello que el actor expresa de sí, no le desagrada, distrae o incomoda, sin intervenir en los otros dos niveles.
Aquí no nos interesa el actor en su vida diaria y cotidiana como persona, sólo lo que nos da en el escenario como artista, el desenvolvimiento equilibrado de sus emociones y el control de sí mismas; ello es lo que lo hará bueno, desde el principio hasta el final de su interpretación; por tanto, estar tenso o angustiado, a menos de que haga parte de su caracterización, es nefasto para su actuación.
Es entonces cuando se escudan los actores que creen que por su naturaleza física determinada (edad, condicionamientos vitales) o influencia institucional, pueden actuar de la noche a la mañana: uno se acuesta bueno y amanece actor. Así, se argumenta que es en la Escuela de la vida donde el actor realmente aprende lo que va interpretar en escena. La vida es apenas un mecanismo de apoyo de la escena, pero no debe tomarse este principio en su más última interpretación literal, podríamos de paso acabar con el cuerpo y la mente del actor.
Es en este punto, Grotowsky y su modelo de actor-santo nos apoyan para referirnos también al oficio: en este sentido, llegamos a un actor dedicado de cuerpo y alma a la interpretación como apostolado y bandera existencial; disciplina y dedicación absoluta, monástica del arte de la interpretación. Desde ese punto de vista, todo lo que se hace fuera de escena repercute en el interior de la misma. Cada cual encontrará su modelo como actor-persona, pero es indudable que si hay algo que lo une entre la escena y su vida, es su cuerpo. No importa cuál sea, éste debe poseer por lo menos: agilidad , fuerza y energía.
EL ACTOR ACTUA
Es en este nivel cuando el actor pondrá a prueba su formación: voz (proyección, fonación, sonido, matiz, emoción), cuerpo (manejo, plasticidad, elasticidad, agilidad, equilibrio, desplazamiento, presencia). Su técnica, cualquiera que ésta sea, debe alcanzar un buen nivel interpretativo, combinando los dos elementos anteriores con su aprendizaje del texto dramático a interpretar, fuera de otros condicionamientos como la fuerza dramática, su interacción con el público y su forma de asumir al personaje en la escena .
EL ACTOR HACE DE PERSONAJE
El actor, antes de asumir el reto de la representación de un personaje, debe conocerse a sí mismo, descubrir sus limitaciones, inhibiciones, miedos, bloqueos, para ejercer al ser que va a encarnar en su totalidad: aprender a moverse, saltar, bailar, gesticular, seguramente leer. Formarse intelectualmente es un oficio de compromisos, no se trata de adquirir fama o gloria sino de llevar al escenario las vidas de lo que somos o seremos algún día en ésta o en otras vidas; el público merece respeto y es el más exigente juez.
Tan antiguo como el mundo, el arte de la representación es y sigue siendo admirado por la humanidad; ir al teatro sigue siendo una opción dentro del ramillete de actividades humanas. Desde los tiempos en que se transmitía de generación en generación hasta la no convencionalidad de los espacios y la ausencia de escenografía en la escena, está el telón abriéndose para ese hombre o esa mujer que escogieron ser vistos puros de cuerpo y alma en escena; elegidos por el cosmos para llevar a sus congéneres la historia de la vida del buscón o a Brecht, o la historia de usted, o la del actor que lee este artículo y que trabaja por dilucidar, como diría el dramaturgo brasilero Augusto Boal: "Un estilo de actuación y puesta en escena que active al espectador, que lo invite a una lectura dramatúrgica, a un desciframiento de signos, a una reconstrucción de la fábula y a una comparación de nuestro propio universo con la realidad representada".
NOTAS:
[1] Memorias del I Encuentro Nacional de Escuelas de Teatro en Colombia. Cartagena de Indias, Escuela de Bellas Artes y Música, 1998.
[2] Primer Acto. Cuadernos de Investigación Teatral No.158. Asociación de Revistas Culturales de España.
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© Tania Maza Chamorro
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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