Castillos de arena
Miguel Falquez-Certain
Castillos de arena fue escrita en el taller de Ollantay Center for the Arts en la primavera de 1988,
bajo la dirección del dramaturgo chileno Sergio Vodanovic, y resultó finalista en el concurso Letras de Oro
de la Universidad de Miami en 1990. Ediciones CARIBANÍA presenta a sus numerosos lectores en los cinco continentes, una versión electrónica de esta obra teatral del poeta, narrador, dramaturgo
y traductor Miguel Falquez-Certain, escritor colombiano (Barranquilla), residente en Estados Unidos.
Todos los derechos reservados. Esta pieza teatral no puede ser representada, ni reproducida,
ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información
en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético,
electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo, por escrito, del autor.
PERSONAJES:
RAÚL: colombiano moreno, flaco, alto y demacrado, de veinticinco años.
JIMMY: colombiano blanco, corpulento, de treinta y nueve años.
LUGAR DE LA ACCIÓN:
Una estación del metro elevado en Jackson Heights, Nueva York.
ÉPOCA:
1988, una noche primaveral.
LA ESCENA: Una estación elevada del metro No. 7 en Jackson Heights, Nueva York. En primer término, a la derecha, un teléfono público; en el centro, arriba, un bombillo encendido; a la izquierda, un basurero de los utilizados en las estaciones del metro.
RAÚL, colombiano, moreno, de veinticinco años, bastante delgado, más bien enjuto y demacrado, parecería que no se hubiera bañado en los últimos días, entra por la izquierda. Camina lentamente, moviendo rítmicamente la cabeza hacia los lados, algo jorobado, los ojos le brillan. Atraviesa el escenario hasta el teléfono, introduce el índice en el receptáculo adonde se devuelven las monedas, encuentra una moneda de veinticinco centavos, una sonrisa se le esboza en los labios, arroja la moneda al aire como jugando a “cara o sello”, la recibe en la mano, la tapa inmediatamente con un golpe de la palma de la otra mano, la retira, se le esboza una sonrisa en los labios, se guarda la moneda en el bolsillo del pantalón, camina hasta la caneca de la basura, se recuesta contra ella, se deja rodar hasta caer sentado en el suelo de manera que está de perfil al público. Se saca un cigarrillo de “basuco” y una fosforera del bolsillo izquierdo de la camisa, enciende un fósforo, deja que la llama se aquiete, y luego enciende el “basuco”. Lo aspira fuerte y largamente la primera vez; luego en varias chupadas cortas y sucesivas. Lo apaga. Recuesta la cabeza contra el basurero y se queda mirando fijamente el bombillo encendido mientras tararea desganadamente el tango “Volver”. Paulatinamente el tarareo se hace inaudible. Recoge las piernas, les pasa los brazos alrededor y empieza a moverse de atrás para delante, rítmicamente como un mecedor.
JIMMY, colombiano, blanco, de treinta y nueve años, cuerpo musculoso sin ser exagerado, alto, con las libras bien distribuidas, sonrosado, representa el epítome del hombre americano moderno preocupado por las dietas equilibradas y por la apariencia física, vestido con terno al estilo Wall Street, zapatos relucientes, los cabellos cortos y sin patillas, lleva maletín de cuero, entra por la izquierda. Al notar a RAÚL, un gesto de asco se le dibuja en el rostro e, instintivamente, se aleja de él y atraviesa el escenario tratando de ignorarlo hasta situarse al fondo a la izquierda. Se inclina sobre los rieles fingiendo estar pendiente de la llegada del metro pero algo en su conducta le hace parecer extraño y nervioso.
RAÚL deja de mecerse y se queda mirando a JIMMY con curiosidad. A lo lejos se oye el chillido de un tren frenando en seco. JIMMY tiene un sobresalto y se voltea instintivamente; los ojos de ambos se encuentran, pero JIMMY inmediatamente aparta la mirada, se encamina al teléfono, coloca el maletín en el suelo, saca una moneda de veinticinco centavos, marca un número de siete cifras y espera unos segundos. RAÚL se incorpora lentamente y se limpia al desgaire los fondillos del pantalón. JIMMY se voltea a mirarlo, vuelve la cabeza hacia el teléfono, cuelga el auricular y recoge la moneda que ahora cae.
RAÚL: Sir, can you spare a quarter?
JIMMY: Sorry.
RAÚL: Why can’t you? You’ve got a quarter right there.
JIMMY: Don’t you see I need it? I have to make a phone call.
RAÚL: Sure. (Pausa). Tacaño tenías que ser.
JIMMY: What did you just call me?
RAÚL: Nothing. I was talking to myself. (A sotto voce). Puercos veinticinco centavos.
JIMMY: Are you talking to yourself again?
RAÚL: Yeah! (Pausa. Con curiosidad). Say, do you speak Spanish?
JIMMY: No, I don’t.
RAÚL: Yes, you do. (Pausa). I know you do, maricón.
JIMMY: Hey, cut it out! I understood that.
RAÚL: Seguro. ¿Cómo te llamas?
JIMMY: None of your business. Leave me alone. (JIMMY camina hasta el teléfono, pone el maletín en el suelo, se saca del bolsillo una moneda de veinticinco centavos, la introduce en el teléfono, marca un número de siete cifras, espera).
RAÚL: Uy, perdón. Hasta resentido el pobre.
JIMMY: (Tapando la bocina con la mano). El que es pobre es usted. (Quita la mano de la bocina; habla por teléfono). M’hija, le habla Jimmy.
RAÚL: Dizque no habla español.
JIMMY: (Al teléfono). La estoy llamando desde Jackson Heights. (Pausa). La cita de negocios se demoró más de lo que esperaba.
RAÚL: Pobre cachaco farto, tirándoselas de gringo. (Se saca del bolsillo de la camisa la colilla del “basuco” y la prende). Dizque Jimmy.
JIMMY: No, no sé cuándo voy a llegar. Depende de los trenes.
RAÚL: Dígale a la mujercita que no lo espere.
JIMMY: (Tapa la bocina). No se meta en lo que no le importa.
RAÚL: ¡Zafa, gringo!
JIMMY: (Al teléfono). No, m’hija, no es con usted. Un vago aquí en la estación que...
RAÚL: ¡Hey! Yo no soy ningún vago.
JIMMY: (Al teléfono). El tren no viene ni por allí.
RAÚL: Que no soy vago, Jimmy. (Aspira varias veces el “basuco” y lo apaga).
JIMMY: (Al teléfono). Lo que me tome de aquí a Brooklyn Heights.
RAÚL: La mujercita lo espera.
JIMMY: (Al teléfono). No me espere a comer. (Pausa). No se preocupe por mí; comeré cualquier cosa. Sí, sí. Hasta luego. (Cuelga el teléfono).
RAÚL: Ahora sí me puedes dar el cambio que te sobró.
JIMMY: (Saca del bolsillo un menudo y se lo da). Tome y no me moleste más.
RAÚL: (Recibe el menudo haciendo una cuenca con las dos manos, las cierra, y hace sonar la calderilla entre las manos). Huy, thank you, Jimmy.
JIMMY: Usted... como se llame, ¿hace cuánto que no viene el tren?
RAÚL: Raúl.
JIMMY: ¿Cómo dijo?
RAÚL: Raúl. Que me llamo Raúl.
JIMMY: O.K., Raúl. ¿Cuánto hace que no viene el tren?
RAÚL: Y yo qué carajo voy a saber.
JIMMY: Pues cómo no. Usted estaba aquí primero que yo.
RAÚL: No tengo reloj.
JIMMY: Aproximadamente, hombre.
RAÚL: No lo sé.
JIMMY: ¿Cuánto hace que lleva esperando el tren?
RAÚL: No lo estoy esperando.
JIMMY: (Sorprendido). Si no está esperando el tren, ¿qué está haciendo aquí?
RAÚL: Buscando.
JIMMY: (Con curiosidad). ¿Buscando? ¿Buscando a quién?
RAÚL: (Soñando despierto). El tiempo... hay que matar...
JIMMY: (Con un sobresalto, lo interrumpe). ¿A quién hay que matar?
RAÚL: (Mirando fijamente el bombillo, habla como si lo hiciera mientras duerme). Hay que buscarlo... pasar el tiempo... hay que matarlo... el tiempo...
JIMMY: (Lo interrumpe con impaciencia). ¿Pero a quién hay que matar?
RAÚL: (“Despertando”). Te digo que no sé.
JIMMY: ¿Entonces quién lo sabe?
RAÚL: ¿Me viste cara de conductor?
JIMMY: ¿De conductor? ¿Pero qué dice?
RAÚL: Pregúntale al policía.
JIMMY: ¿Qué debo preguntarle?
RAÚL: Pues si no lo sabes tú menos lo sé yo.
JIMMY: ¿A quién hay que matar?
RAÚL: ¡Y yo qué sé! ¿Me viste cara de asesino? Pregúntale al policía.
JIMMY: ¿Pero de qué policía habla? La estación está vacía.
RAÚL: Él siempre viene.
JIMMY: ¿Quién viene?
RAÚL: (Soñando despierto). El policía siempre regresa a este andén. Cada día, cuando las campanas de la iglesia cercana doblan la hora, Mike, el policía joven y rubio, aparece por aquella (señalando hacia la derecha) escalera. (Pausa. JIMMY se le acerca con curiosidad). Y regresa sonriente. Malabarista virtuoso, juega con el bolillo como si fuera el tambor mayor de la banda del colegio. (JIMMY agita la mano frente a los ojos de RAÚL para verificar que está despierto; durante unos segundos RAÚL no reacciona aunque finalmente sale de su estupor). Veinte minutos aproximadamente.
JIMMY: (Despertándolo). ¡Raúl, Raúl! Veinte minutos... ¿a qué se refiere?
RAÚL: O una hora. No estoy seguro.
JIMMY: ¿Seguro de qué?
RAÚL: Bien pudo ser una hora. O tal vez fue ayer. Ya no me acuerdo.
JIMMY: ¿No se acuerda de qué?
RAÚL: Estoy confuso, Jimmy. A esta hora los trenes no funcionan con regularidad. Nunca se sabe a qué atenerse.
JIMMY: (Finalmente comprendiendo). ¿Quiere decir que el último tren pasó hace veinte minutos?
RAÚL: No.
JIMMY: ¿No fue eso lo que dijo?
RAÚL: El más reciente.
JIMMY: Hace veinte minutos aproximadamente que pasó el tren más reciente.
RAÚL: O quizás hace una hora.
(El teléfono empieza a repicar insistentemente. RAÚL y JIMMY se miran por unos instantes. RAÚL se pone de pie desganadamente y se limpia los fondillos. JIMMY camina hasta el borde del andén y se inclina para ver si viene el tren. El teléfono sigue repicando, RAÚL se le acerca y lo contesta).
RAÚL: (Al teléfono) ¿Qué hubo? Ajá, cuadro, le habla Raúl. Nada, todavía nada. ¿Tiene el “perico”? Bien... legal... no se preocupe... ya verá cómo lo consigo. Nada, cuadro, espérese un rato que yo nunca le fallo.
(Pausa. RAÚL se da cuenta que JIMMY ha dejado el maletín en el suelo, lo alza, lo coloca acostado sobre los barrotes debajo del teléfono y trata de abrirlo. JIMMY, durante la conversación telefónica, camina impaciente de izquierda a derecha con ocasionales inclinaciones sobre los rieles tratando de verificar la llegada del metro).
Aquí en la estación... casi vacía... nada más un “mancito” que a lo mejor “funciona”.
(El maletín está cerrado con llave; JIMMY se da cuenta de las maniobras de RAÚL, corre donde él, forcejean).
¡Zafa, Jimmy, zafa!
JIMMY: ¿Cómo se atreve? Preste acá.
RAÚL: (Burlón). Dame la llave, Jimmy... la llave, “llave”.
JIMMY: Deje, vago, déme el maletín.
RAÚL: (Forcejeando, al teléfono). Oiga, viejo man, ahorita le doy un timbrazo en el beeper. (Empuja a JIMMY, pero éste sigue aferrado al maletín; al teléfono). El “mancito” me salió “general”... un problemita... pero todo tiene solución en la vida menos la muerte.
(RAÚL cuelga el teléfono, empuja con fuerza a JIMMY quien logra finalmente arrancarle el maletín y cae de espaldas en el suelo, aferrado al maletín).
JIMMY: ¡Maldita sea!
RAÚL: (De pie, con las piernas abiertas, amenazante, frente a JIMMY quien está aún en el suelo). ¿Te das cuenta lo que pasa por no ser complaciente? A los niños groseros se les da “pampán”.
JIMMY: (Para sí mismo). Está completamente loco.
RAÚL: A ver, dame la mano.
JIMMY: Déjeme, no me moleste más, por favor.
RAÚL: Dame la mano para ayudarte.
JIMMY: (Aferrado al maletín, habla como un niño regañado). Puedo levantarme sin ayuda de nadie.
RAÚL: Pobrecito...
JIMMY: (Interrumpiéndolo con un ataque de histeria). Que no soy pobre... el pobre es usted... déjeme tranquilo... voy a llamar a la policía... usted... usted... usted... huele mal... drogadicto... SIDA... AIDS...
RAÚL: ¡Cálmate, dulce Carlota! ...
JIMMY: (Incorporándose). No me feminice, vago asqueroso... ni más faltaba. (Sacudiéndose el polvo de los pantalones, continúa hablando deshilvanadamente). A lo que tiene uno que someterse... esta ciudad está podrida... por eso pasa lo que basa... Bernhard Goetz...
RAÚL: (Lo coge por el cuello y lo arrastra hasta la caneca de la basura, estrellándole la espalda contra ella). Jimmy, Jimmy, Jimmy... contrólate la lengua que te la van a comer los gusanos.
JIMMY: (Aterrorizado, grita, trata de zafarse) Help! Help! Police!
RAÚL: (Las palabras las pronuncia como si fueran requiebros amorosos). Chito... Chito... papacito, que le despedazo esa carita tan rosadita y tan bonita.
JIMMY: Por favor, por lo que usted más quiera. Déjeme, déjeme, se lo suplico, no me mate.
RAÚL: (Requebrándolo, le pasa las manos por la nuca y lo trae hacia sí de manera que los dos labios casi se rozan). Tranquilízate, baby, tranquilízate. No te voy a hacer daño. (Trata de besarlo, pero JIMMY le empuja, logra soltarse, corre hasta el teléfono, trata de marcar el 911).
JIMMY: Hello, operator, hello, hello. Help!
(RAÚL le arranca la bocina y cuelga).
RAÚL: Serénate, Jimmy. Deja de temblar que no te va a pasar nada. (Como retomando el hilo de una conversación que acabara de interrumpirse, e ignorando lo sucedido). Parece que tu tren nunca va a llegar. Por las noches esta estación está vacía, a veces los trenes siguen de largo sin parar... especialmente en el invierno, aunque ahora no molesta tanto esperar, la temperatura en la primavera es agradable excepto cuando llueve, entonces se parece a Bogotá. (Pausa). Tú eres de Bogotá, ¿no es cierto? (JIMMY no le contesta, sigue aferrado al maletín y arrinconado contra el teléfono, los ojos mirando al vacío). ¡Jimmy! Jimmy, tú eres de Bogotá, ¿no es verdad?
JIMMY: (Volviendo en sí, coloca el maletín en el suelo y se sienta sobre él). Bogotá... sí, nací en Bogotá... me trajeron a este país cuando era pequeño... hace tanto tiempo.
RAÚL: Pero todavía tienes algo del acento.
JIMMY: (Se levanta de improviso y comienza a caminar impacientemente por el escenario, de izquierda a derecha. Con resquemor). ¿Y qué culpa tengo yo? (Rápidamente). No todos nacimos iguales. Por eso me ataca, porque somos diferentes. Sospecha que...
RAÚL: (Sonriente). En absoluto, Jimmy. Cálmate... sólo era una observación sin importancia... No sospecho nada.
JIMMY: (Interrumpiéndolo). No es cierto, ustedes siempre nos han tenido antipatía.
RAÚL: Una generalización como cualquier otra. Ustedes. ¿Qué quieres decir con ustedes? Ustedes es mucha gente.
JIMMY: Ustedes, los costeños, por supuesto. Porque usted es costeño, ¿no es cierto?
RAÚL: Jimmy, ¿qué comes que adivinas? Claro que soy costeño... de Barranquilla para más señas, pero apuesto a que nunca has estado en la costa...
JIMMY: (Interrumpiéndolo). Pues en eso se equivoca. Cuando era niño mis padres me llevaban a la costa durante las vacaciones escolares. Muchos de mis recuerdos infantiles están ligados a la costa. (Soñando despierto). Recuerdo que las brisas de diciembre mecían los neumáticos en el mar. Mis tardes se iban desprevenidas mientras construía castillos de arena en la playa. Al frente, mis padres recibían el atardecer bailando mambos y cha-cha-chás en el entarimado lacustre del Hotel Esperia. No sé por qué, pero había algo triste y fantasmal en ese largo muelle abandonado que ya empezaba a corroerse. La última vez que estuve en Puerto Colombia fue en las navidades del ’58 cuando tenía nueve años. Dos meses después nos vinimos a vivir a Nueva York.
RAÚL: En nada parecido a tu Bogotá lluviosa.
JIMMY: Bogotá es de una hermosura diferente. También recuerdo los paseos por la sabana de hace treinta años. Para mí no había cosa más exquisita que ver el resplandor argénteo de los eucaliptos a lo largo de la carretera. ¡Ah! Y aquellos rumores cantarinos del Salto del Tequendama.
RAÚL: “Cachacos” y costeños, astillas del mismo palo.
JIMMY: (Belicoso). Ya lo ve... prueba de lo que le decía... ustedes siempre nos han tenido tirria.
RAÚL: Ya te dije que ustedes es mucha gente. Como dice el refrán, Jimmy, “en todas partes se cuecen habas”. (Camina hacia la derecha en dirección a JIMMY; trata de agarrarle la barbilla). Tú, por ejemplo, me caes muy bien.
JIMMY: (Retrocediendo hacia el centro, le empuja la mano). Déjeme, no vuelva a comenzar, por favor. No me toque con esas manos...
RAÚL: ¿Tienes miedo? ¿Crees que te voy a pegar piojos?
JIMMY: (Arrepentido). Perdón... no es eso. Es que hoy en día uno nunca sabe...
RAÚL: (Divertido) A mí me parece que lo que tú tienes es miedo de ti mismo...
JIMMY: ¡Absurdo! (Pausa. Sin convicción). Me conozco perfectamente...
RAÚL: ¿De veras? Más bien me parece todo lo contrario.
JIMMY: ¿Qué quiere decir? No entiendo sus insinuaciones. (Nervioso, mira alrededor, luego a los rieles). Esta espera es ridícula. Estos malditos trenes nunca funcionan. Mi mujer...
RAÚL: (Saca un cigarrillo de “basuco”). ...te espera. Ya lo sé. O es ésa una excusa para sentirte más seguro...
JIMMY: (Histérico) ¿Más seguro de qué? ¿Qué quiere decir? No le entiendo.
RAÚL: (Se le acerca y JIMMY retrocede hasta quedar arrinconado al lado del teléfono.) ¿No me entiendes o no quieres darte por enterado?
JIMMY: Déjeme. (Apartándole la mano a manotazos). No me toque. No me arrincone.
RAÚL: Tranquilo como Camilo. Deja el agite que no te va a pasar nada.
JIMMY: (Gritando sin mucha convicción). Police! Help! (Deja caer los brazos a los lados, rindiéndose; RAÚL le abraza; JIMMY empieza a sollozar en el hombro de RAÚL).
RAÚL: (Dándole palmaditas en el hombro). Eso, eso. Llora todo lo que quieras, desahógate. Cuéntame lo primero que se te ocurra... eso te ayudará...
(El teléfono comienza a repicar. Ambos se sobresaltan, JIMMY aparta sin violencia a RAÚL, casi delicadamente, se miran unos instantes en silencio, y al tercer timbrazo RAÚL lo contesta).
RAÚL: De aquí para allá Raúl, ¿de allá para acá quién? Oops! Sorry. Who? ... What? Not that I know of...don’t mention it.
(Cuelga).
JIMMY: ¿Quién era?
RAÚL: Nadie.
(Camina hasta el centro en primer término y enciende el “basuco”. Lo aspira varias veces. En las réplicas que siguen hablará con la mezcla de “energía” y “lucidez” del “basuquero”. Le ofrece el “basuco” a JIMMY).
JIMMY: No, gracias, no fumo. (Recitando). Las drogas bajan la defensa del organismo...
RAÚL: (Sonriéndose). No me digas. (Pausa). Meta basuco, cuadro.
JIMMY: Le dije que no. ¿Quién llamaba?
RAÚL: No sabes de lo que te pierdes. Cuando se te acelera el corazón caes como en un vórtice, un vacío, un agite increíble. El corazón te brinca... (dando vueltas en círculo) y la caída es fenomenal. Te sientes capaz de todo, de absolutamente todo. (En las vueltas ha ido a dar casi al borde del andén. JIMMY le agarra por la camisa justo cuando está por caerse del escenario.)
JIMMY: (Asiéndole, le trae hacia sí hasta que los dos rostros se encuentran.) Cuidado, hombre, que se cae. Esa droga lo va a matar el día menos pensado.
RAÚL: (Sintiendo la cercanía de JIMMY, requebrándole) Ah, gracias, babe. (Le pasa los brazos por los hombros; se desgonza; JIMMY le sostiene.) Qué liviano me siento, parecería que fuera a volar.
JIMMY: Que se cae, hombre. (Le ayuda a caminar hasta el basurero; RAÚL se recuesta y se deja caer sentado en el suelo). Raúl... Raúl... ¿se siente bien? ¿Qué estaba fumando?
RAÚL: (Sonriéndose). Basuco, cuadro. Puro basuco colombiano.
JIMMY: Mire como está de demacrado. Debiera cuidarse. Estoy seguro que terminará mal.
RAÚL: Basta, Jimmy, basta de regaños que me recuerdas a mi mamá. (Sombrío). No queda nada malo por terminar puesto que ya todo ha terminado.
JIMMY: (Repitiendo como un eco). Todo ha terminado. (Pausa. Con curiosidad). ¿Quién llamaba? ¿Su amigo de hace un rato?
RAÚL: No era para mí la llamada.
JIMMY: Un número equivocado, entonces.
RAÚL: (Con una sonrisa ambigua). La llamada era para ti.
JIMMY: (Escéptico). ¿Para mí? ¿Me está tomando el pelo?
RAÚL: De ninguna manera.
JIMMY: Pero si nadie sabe que estoy aquí...
RAÚL: (Burlón). Socorro, mencionaron socorro.
JIMMY: ¿A Socorro? No conozco a nadie que se llame Socorro.
RAÚL: (Sonriéndose). Al parecer ella te conoce a ti. Por algo la llamaste.
JIMMY: Socorro... Socorro no se llama mi mujer.
RAÚL: Te espera...
JIMMY: (Comprendiendo. Sonríe). Ah, ya caigo. Una tomadura de pelo. Help. (Súbitamente belicoso, deshilvanadamente). Pero cómo se atreve... debería haberme pasado... tengo que comunicarme con mi esposa... debo regresar a casa... mi esposa...
JIMMY y RAÚL: (Al unísono). ...me espera...
JIMMY: Basta de bromas, Raúl. Debería haberme pasado a la telefonista; tal vez ella me podría haber comunicado con mi esposa.
RAÚL: ¿Y quién te lo está impidiendo?
JIMMY: (Camina nervioso alrededor del escenario, cargando el maletín; RAÚL le sigue de cerca. Sin oírle). Mi mujer está sola... debe de estar muy preocupada... y este condenado tren que no llega... (Se detiene de improviso. RAÚL, que le sigue, se tropieza con él. JIMMY se voltea asustado y retrocede hasta el teléfono). Deje de seguirme, ya me tiene enzorrado.
RAÚL: ¿Quieres mucho a tu esposa?
JIMMY: (Sin convicción). Mucho... muchísimo... si no, no me hubiera casado con ella, ¿no es cierto? (Coloca el maletín sobre los barrotes debajo del teléfono, se saca el llavero del bolsillo).
RAÚL: No necesariamente.
JIMMY: Le dije que sí la quiero...
RAÚL: ¿Pero te gusta?
JIMMY: (Abre el maletín, busca alrededor, saca una tarjeta de crédito de la compañía telefónica. Ignorando la pregunta). Espero que esté en casa.
RAÚL: Que si te gusta tu mujer, Jimmy.
JIMMY: (Marcando diez cifras). Pues... supongo... supongo que sí... no es ninguna Kim Basinger pero... (Marca cuatro cifras más)
RAÚL: Y qué importa que no sea una belleza despampanante. Lo importante es que te guste. (Pausa. Le mira de frente). Y a ti, Jimmy, ¿verdaderamente te gusta tu mujer?
JIMMY: ¿Qué está insinuando?
RAÚL: Es una simple pregunta, Jimmy. No veo por qué no puedas responderla.
JIMMY: Si ya se lo dije. La quiero muchísimo...
RAÚL: (Interrumpiéndole, alzando la voz). ¿Pero te gusta?
JIMMY: Es la madre de mis hijos... por supuesto que...
RAÚL: Siempre te me vas por la tangente. Ésa no es la pregunta.
JIMMY: Supongo que... (Agresivo). ¿Y a usted qué le importa?
RAÚL: Jimmy, dime una cosa... (A bocajarro). ¿Nunca te has acostado con un hombre?
JIMMY: (Levanta la cabeza sorprendido, le mira con terror, aparta la vista. Al teléfono). Aló, ¿quién habla? ... Magdalena, dígale a la señora Janet que pase al teléfono... sí, sí. Gracias.
RAÚL: Jimmy, ¿estás nervioso?
JIMMY: (Tapando la bocina con la mano, es incapaz de sostenerle la mirada). No, hombre, ¿por qué habría de estarlo?
RAÚL: Pues entonces contéstame.
JIMMY: Perdón, pero no le estaba escuchando con tanto número que tengo que marcar. ¿Qué me preguntaba?
RAÚL: (Con malicia, sonriendo) Que si alguna vez te has acostado con otro hombre.
JIMMY: (Al teléfono). M’hija, gracias a Dios que la encontré en casa. No, no. No ha pasado nada grave... son los trenes que no llegan... por eso la llamaba para que no se preocupara... (RAÚL se le va acercando por la espalda; JIMMY no lo nota). ... ¿y los niños? ¿están bien? Déles besitos de mi parte... Hasta luego, m’hija. (Cuelga el teléfono. RAÚL se apodera del maletín abierto y se aleja con él corriendo hacia el basurero; JIMMY le sigue.)
RAÚL: El Potosí de Jimmy...
(JIMMY trata de arrebatarle el maletín. RAÚL lo alza sobre la cabeza, aún abierto).
RAÚL: (Juguetón). ¿Qué tienes adentro que no quieres que vea? ¿Ah, Jimmy? ¿Por qué tanto agite?
JIMMY: Devuélvame mi maletín... le digo que me lo dé... (Durante esta réplica, juego con el maletín de arriba a abajo). ... que llamo a la policía... maldito ladrón...
RAÚL: A ver si puedes más que yo, Jimmy.
JIMMY: Help! ¿Adónde están los condenados policías cuando de verdad se necesitan? Help! I’m being mugged!
RAÚL: Nadie te está atracando, Jimmy. Acaba la tragedia.
(JIMMY logra finalmente asir el otro extremo del maletín de manera que las dos partes están abiertas en forma de “V” hacia RAÚL..)
JIMMY: Déme el maletín, vago asqueroso. (Lo hala fuertemente pero pierde asidero).
RAÚL: (Con sorna, triunfal) Ahora el maletín es mío, Jimmy.
(JIMMY trata de arrebatárselo; RAÚL lo lanza al aire en forma teatral; el contenido – lápices, bolígrafos, papeles y varias revistas pornográficas de hombres – cae por el suelo).
JIMMY: (Al borde del llanto, se arrodilla y trata de recoger todo rápidamente. Entre dientes). Maldito, desgraciado... ojalá se muera...
RAÚL: (Notando las revistas; socarrón). Ajá... conque ésas tenemos... (JIMMY trata de que no pueda ver las revistas; RAÚL se inclina y velozmente logra arrancarle una) ... revisticas pornográficas...(RAÚL trata de hojearla; JIMMY trata de arrancársela; descubriendo que son de hombres, RAÚL sonríe con malicia.). ...¡epa! ...y nada menos que de hombres ... ¿así es la cosa, Jimmy?
JIMMY: (Confuso). Eh... no son mías... me las dieron a guardar... son de un amigo... se lo juro... (Con rabia) ¿Cómo se atreve? Devuélvamela ya mismo... no tengo por qué darle explicaciones...
RAÚL: (Juego con la revista de arriba a abajo). Ah, Jimmy, ¿entonces te has acostado con hombres?
JIMMY: (Nervioso, se afloja la corbata, se desabotona el cuello, no le hace caso). Devuélvamela, le digo, devuélvamela.
RAÚL: Los hombres, Jimmy, ¿te gustan los hombres?
JIMMY: Esto es inaudito... cómo se atreve a... a... insultarme... yo sólo...
RAÚL: Si no es insulto, Jimmy, es sólo una pregunta...
JIMMY: No estoy obligado a responderle...
RAÚL: Ni estás en el banquillo de los acusados...
JIMMY: Mi reputación como hombre de negocios... cómo osa...
RAÚL: Qué reputación ni qué carajo. A mí no me va ni me viene...
JIMMY: (Ruega gritando). La revista, por favor...
RAÚL: ...lo que hagas en la cama...
JIMMY: (Patéticamente ruega, cae arrodillado). Por favor, devuélvame la revista... (Deja caer el cuello desgonzado, solloza).
RAÚL: Toma, Jimmy, toma. No es para tanto. (JIMMY solloza). Ya, ya, no llores. (JIMMY recibe la revista sin levantar la cabeza, deja caer el brazo sin soltar la revista de la mano. Deja de sollozar). Eso es, babe, no llores más. (Le agarra la barbilla con ternura, forzándole a que le mire). Ya, baby, ya.
JIMMY: (Se sienta sobre los talones, recoge los artículos regados por el suelo y los coloca dentro del maletín). ¿Qué ridículo, no? Seguro que se dirá, ¡pobre tonto!, llorando como un niño. Supongo que no habrá visto cosa semejante...
RAÚL: ¿Y qué autoridad moral tengo yo para juzgarte?
JIMMY: (Termina de recoger los artículos, cierra el maletín). No es eso, es que he hecho el ridículo. Siempre he sido débil... un hazmerreír...
RAÚL: Basta ya de compadecerte de ti mismo. Mírate en el espejo; no me pareces nada débil. Al lado tuyo me parezco a Charles Atlas antes de la tensión dinámica.
JIMMY: (Se sonríe con amargura). Es sólo una fachada.
RAÚL: (Probándole el bíceps) ¡Y qué fachada! Ya quisiera tener estos músculos para un día de fiesta.
JIMMY: (Pone de pie el maletín; trata de levantarse). Otra de mis máscaras... y son tantas que ya paré de contarlas.
RAÚL: Corta el viaje con la tristeza. Vamos, dame la mano. (JIMMY se la da.) Eso. (Le ayuda a incorporarse). Amanecerá y veremos...
JIMMY: A veces pienso que sería mejor que nunca amaneciera...
RAÚL: (Sarcástico). Tengo la vaga sospecha de que tienes una espina enterrada.
JIMMY: (Evasivo). Creo que es mejor dejar las cosas de ese tamaño.
RAÚL: Otra vez con tus misterios... que ojalá sean gozosos...
JIMMY: No es fácil adaptarse después de tanto tiempo...
RAÚL: ¿Y de qué es la espina?
JIMMY: Nadie sabe el dolor que causa la savia detenida...
RAÚL: De guamacho, Jimmy, como decía mi abuela. La espina es de guamacho.
JIMMY: Cortado de raíz.
RAÚL: Jimmy, a la larga nunca me contestaste.
JIMMY: Es mejor seguir de largo.
RAÚL: A veces más vale hacer un alto en el camino.
JIMMY: Es mejor olvidar.
RAÚL: Recordar es conveniente.
JIMMY: (Violento). No... que no quiero acordarme. Me duelen las entrañas...
RAÚL: La luz que hiere y que ilumina...
JIMMY: Olvidar... quiero olvidar lo pasado...
RAÚL: Y volverás a repetirlo.
JIMMY: No me atormente. (Pausa). Déjeme en paz.
RAÚL: (Al centro, en primer término, acercándosele. Con convicción). Esas revistas son tuyas.
JIMMY: No quiero hablarle.
RAÚL: Son tuyas, ¿no es cierto?
JIMMY: Quiero paz...
RAÚL: (Enérgico). ¿Son tuyas? Contéstame.
JIMMY: (Vencido). Está bien, lo confieso... son mías.
RAÚL: Así es mejor. Acéptalo.
JIMMY: Muy fácil para usted decirlo...
RAÚL: Luego... te acuestas con hombres.
JIMMY: (Categórico). ¡No es cierto!
RAÚL: Pero te gustan.
JIMMY: Es difícil de explicar...
RAÚL: De difícil no tiene nada. ¿Te gustan o no?
JIMMY: Sí... me siento atraído... para qué negarlo...
RAÚL: Pero nunca te has acostado con ninguno...
JIMMY: Nunca he dicho eso...
RAÚL: Cómo que no. Ahorita mismo lo negaste.
JIMMY: Lo que dije fue que no me acostaba con hombres... en el presente.
RAÚL: Pero sí te has acostado antes.
JIMMY: Hace bastante tiempo.
RAÚL: Así no más. Un día se te dio por decirte, “De ahora en adelante no voy a ser homosexual” y ¡puf! por arte de magia se te desarrolló el instinto por las mujeres. A otro perro con ese hueso.
JIMMY: Si mal no recuerdo traté de decirle que no fue fácil. Fue una decisión que tomé luego de considerarla por mucho tiempo.
RAÚL: Pero qué sollado que eres tú. Decisión. Pero de qué hablas. Si ya eras un hombre hecho y derecho. Definitivamente estás loco de remate.
JIMMY: (Agresivo). Prefiero estar sollado, como usted dice, a estar muerto.
RAÚL: (Violento) ¡Ah! Ya veo. Por miedo al SIDA de la noche a la mañana te arrancaste tus instintos homosexuales y te “volteaste”. ¡Pero mira qué fenómeno! Borrón y cuenta nueva.
JIMMY: No me gusta nada el tono de su voz. Le dije que era mejor que nos olvidáramos...
RAÚL: Que nos olvidáramos ni que ocho cuartos. Lo que te da rabia es que te das cuenta de que todo es tan estúpido.
JIMMY: No tiene nada de estúpido. Por el contrario...
RAÚL: Sí, ya lo sé, lo he oído mil veces. Es lo sensato. Pero qué absurdo. Como si las mujeres no pudieran transmitirte el SIDA.
JIMMY: Hace seis años se creía que sólo lo era por homosexuales.
RAÚL: Hace seis años era poco lo que se sabía sobre el SIDA.
JIMMY: Hace seis años murieron varias personas que yo conocía.
RAÚL: Hace seis años también murieron muchos de mis amigos. ¿Ésa fue la única opción que te quedaba?
JIMMY: La más prudente.
RAÚL: Prudente, sensata. Pero si no estamos hablando de lo mismo. Es de ti que estamos hablando, de tu vida, de tus emociones, de tus sentimientos, de tus instintos.
JIMMY: No me quedaba otra alternativa.
RAÚL: Pero qué imbécil que eres, parece mentira...
JIMMY: (Con rabia). Imbécil... imbécil me llama cuando no estaba en mí el poder solucionarlo.
RAÚL: Qué equivocado estás. Si eres tú el que tiene que decidirlo. Adaptarse a la normalidad-entre-comillas es la salida más fácil, la línea de menor resistencia.
JIMMY: Le digo que no me fue nada fácil. Difícil renunciar a ser lo que se es.
RAÚL: Precisamente. Si renuncias a lo que eres dejas de ser tú mismo.
JIMMY: Usted no sabe cuántos años luché contra mí mismo, por no aceptar quien era. Mis padres me abandonaron. Lo mismo mis amigos. Un día me vi al borde del suicidio.
RAÚL: Pero no te suicidaste porque sabías que lo más importante era la tranquilidad de tu conciencia. Por eso no te mataste. En cambio tuviste los cojones de asumir tu destino.
JIMMY: Parece mentira. (Pausa. Le mira con ternura). Oyéndolo hablar sentí por un momento que le conocía desde hacía mucho tiempo... Sí, es cierto. Pero el SIDA trajo consigo el horror y la vergüenza que yo creía haber abandonado para siempre. El horror de no saber si mañana un detalle sin importancia – una espinilla o un ganglio inflamado – auguren la maldita enfermedad. Horror de pensar a los 39 años como un hombre de 70, horror de actuar, de comer, de vivir como si la vida estuviera a punto de acabarse, de sentirse un anciano aceptando una muerte natural e inminente.
RAÚL: Jimmy, todos pasamos por esa crisis de conciencia.
JIMMY: (Sin escucharle). Y la vergüenza... la vergüenza de ser homosexual, de que modifiquen la forma en que nos tratan por miedo a ser contagiados. El horror, el estigma, la vergüenza, Raúl, me hicieron vulnerable. Hay tantas cosas por hacer, sitios que visitar, emociones que sentir...
RAÚL: Sí, todos le tenemos miedo a la muerte... sobre todo a una muerte prematura. Lo sabré yo que tengo veinticinco años. Pero forzarte una orientación sexual no resuelve el problema.
JIMMY: Qué otra cosa podía hacer...
RAÚL: ¿No te das cuenta el daño que le has hecho a tu esposa? Al menos le habrás contado...
JIMMY: Mi mujer lo ignora por completo.
RAÚL: Tremenda hipocresía. ¿Cómo sabes que ya no estabas contagiado cuando te casaste?
JIMMY: No lo sé. Mi mujer no sospecha nada y no tuve el coraje de hacerme los exámenes.
RAÚL: Yo sí me los hice y salieron negativos. ¿No te das cuenta, Jimmy? La solución no es casarse, es dejar de ser promiscuo.
JIMMY: Dejé de serlo hace más de nueve años.
RAÚL: Yo vivo con mi amante desde hace ocho. Mi promiscuidad fue corta en mi adolescencia. Entonces conocí a Mike, el policía.
JIMMY: ¿Y cómo sabe que él no le es infiel?
RAÚL: No lo sé a ciencia cierta, pero confío en él. Es más, ayer que tuvimos una pelotera le dije que si el día de mañana me pegaba los cachos que me lo dijera... para que empezáramos a usar condones.
JIMMY: (Dubitativo, confuso). No sé, Raúl. Oyéndolo todo suena muy sencillo. ¿Cómo es posible que sepa tanto, que sea tan maduro?
RAÚL: La calle me enseñó. Aprendí en ella más de lo que estudié en la universidad. Y de sencillo no tiene nada, Jimmy, créemelo.
JIMMY: ¿Y son felices, usted y Mike?
RAÚL: La felicidad es un estado mental y perdóname el cliché. Lo importante es que nos queremos y como en cualquier matrimonio tenemos nuestros altibajos.
JIMMY: Tú... er... usted...
RAÚL: Jimmy, ya era hora de que comenzaras a tutearme. En la costa nos dura el “usted” los cinco primeros minutos de una conversación.
JIMMY: Está bien, Raúl. El haber hablado contigo me ha servido para poner un poco de orden a todos estos sentimientos confusos. (Pausa). ¿No te parece extraño? Nunca antes había hablado de esto con nadie. Y llegaste tú, un perfecto extraño...
RAÚL: Es más fácil quitarse la careta con los desconocidos.
JIMMY: Ya ves que sí.
(A lo lejos se oyen los chirridos de las ruedas del metro en una curva. JIMMY y RAÚL se miran unos instantes y se sonríen).
RAÚL: Parece que allá viene tu tren.
JIMMY: Sí, Raúl, finalmente.
RAÚL: Entonces... hasta la próxima.
JIMMY: ¿Dónde puedo llamarte?
RAÚL: (Señalando al teléfono público). Aquí, al 555-2000, es fácil de recordar. (Le guiña el ojo, sonriéndose). Ésta es mi oficina.
JIMMY: Un día de éstos a lo mejor te llamo. (Se abotona el cuello, se arregla la corbata y recoge el maletín. El tren está por llegar).
RAÚL: Ah... Jimmy.
JIMMY: Dime.
RAÚL: ¿Te acuerdas de lo que me contaste sobre Puerto Colombia?
JIMMY: ¿Sobre el pueblo?
RAÚL: No, los castillos de arena que construías en la playa frente al Hotel Esperia.
JIMMY: ¡Cómo no habría de acordarme!
RAÚL: Entonces, dales un manotazo y túmbalos.
Nueva York, mayo de 1988 / noviembre de 1994.
Miguel Falquez-Certain
Foto por John Saint-Hilaire
Miguel Falquez-Certain nació en Barranquilla, Colombia. Ha publicado cuentos, poemas, piezas de teatro, ensayos, traducciones y críticas literarias, teatrales y cinematográficas en Europa, Latinoamérica y los EE.UU. Su obra poética, dramática y narrativa ha sido distinguida con numerosos galardones. Licenciado en literaturas hispánica y francesa (Hunter College). Cursó estudios de doctorado en literatura comparada en New York University.
Es autor de los poemarios Reflejos de una máscara, Habitación en la palabra, Proemas en cámara ardiente, Doble corona, Usurpaciones y deicidios y Palimpsestos; de la novela corta Bajo el adoquín, la playa (finalista en el Primer Concurso de Novela Breve “Álvaro Cepeda Samudio” de Bucaramanga en 2003 y publicada por Sic Editorial como premio alternativo en febrero de 2004); y de Triacas (narrativa corta).
Ha escrito seis obras de teatro: La pasión (tres actos); Moves Meet Metes Move: A Tragic Farce (musical en dos actos) con Lourdes Blanco y Bobby Sanabria; “Castillos de arena” (un acto); “Allá en el club hay un runrún” (un acto); “Una angustia se abre paso entre los huesos” (un acto), estrenada en el teatrino L.A.T.E.A en marzo de 1996 y publicada en Ollantay Theater Magazine en la primavera de 1.996; y Quemar las naves (dos actos, en colaboración con Francisco Álvarez-Koki en la concepción de los personajes), por la que obtuvo el primer lugar en el concurso de dramaturgia “Nuestras Voces” del Repertorio Español de Nueva York en el 2002 y cuyo estreno mundial fue el 25 de abril de 2003 en la sede del teatro en Manhattan donde se presentó con éxito durante varios meses. La versión al inglés de su cuento “¿Y cómo es parada, Padre Infante?” (premiado en el concurso Carlos Castro Saavedra en 1992) apareció en Bésame mucho: New Gay Latino Fiction (New York: Painted Leaf Press, 1999), fue adaptada al teatro por Francisco González y estrenada en el Cochrane Theatre de Londres en junio de 1999.
Participó en talleres de teatro dictados por Sergio Vodanovic, José Triana y Hugo Argüelles, fue subdirector de Ollantay Theater Magazine (1993-2000) y editor del libro de ensayos Nuevas voces en la literatura latinoamericana / New Voices in Latin American Literature (N.Y.: Ollantay Press, 1993).
Sus memorias sobre el pintor colombiano “Rafael Panizza (1953-1990): A Memoir” salieron publicadas en Latin Lovers (New York: Painted Leaf Press, 1999). Una muestra extensa de sus poemarios apareció en Entre rascacielos: Nueva York en nueve poetas (Riobamba, Ecuador: Casa de la Cultura, 1999) y en Entre rascacielos / Amidst Skyscrapers: doce poetas hispanos en Nueva York / Twelve Hispanic Poets in New York (Riobamba, Ecuador: Casa de la Cultura, 2000). Asimismo fue incluido en Veinte poetas al fin del siglo (Nueva York: Ollantay Press, 1999) y en Veinticinco cuentos barranquilleros (Barranquilla: Ediciones Uninorte, 2000). Ha participado en las Ferias del Libro de Miami, Santo Domingo y Nueva York y como poeta invitado en congresos del Ecuador y de los Estados Unidos.
_________________________________________
© Miguel Falquez-Certain
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v5n20arena.html