Ejercicios de calentamiento
para el delirante novicio:
Reflexiones sobre la novela Delirio
Ernesto Gómez Mendoza
Laura Restrepo
Para el redactor de esta nota ―que por estos días se asoma al Ensayo sobre la lucidez y siente el poderoso influjo de la palabra de José Saramago, reciente y lusitano Nobel―, no es la más feliz de las circunstancias encontrarse en desacuerdo con lo que este señor de las letras dijo sobre Delirio, de Laura Restrepo. Y pese a que entre Saramago y yo hay una distancia insalvable en cuanto a perspicacia y sabiduría, para no agregar a mis defectos el de la falsedad en documento público, debo consignar mis reparos a este trabajo de la joven escritora bogotana.
Igual que otros escritores de relativa juventud, Laura Restrepo asume el difícil compromiso de componer una novela sin apoyarse en un enfoque o marco novelístico, desplante igual al de construir un edificio sin cimientos o un cohete en contra de las leyes de la aerodinámica y que ya constituye un patrón típico de la literatura colombiana a partir de José María Vargas Vila por lo menos.
El marco novelístico implica para el escritor la tensión creativa frente a los procedimientos narrativos, la “insatisfacción” con los límites del cuento. El novelista surge en un espíritu para el cual la invención cuentística, la narración pura, deja de ser suficiente; es un impulso en dirección a una totalidad y una organicidad más amplia y compleja.
Laura Restrepo no trasciende en Delirio las fronteras del relato y una de las consecuencias es que su libro carece de un elemento clave de la obra novelesca, el personaje. Ninguno de los “actantes” que propone alcanza las dimensiones de actor novelesco; más bien cada uno es el eje de cuatro o cinco cuentos cuyo entretejerse puede verse como un don o como una práctica solución a la carencia de una estructura más comprometida.
Es curioso que no pocos escritores colombianos sean incapaces de ir más allá del relato o cuento, y que se pretenda disimular tal fijación reconociendo carácter novelesco a la amalgama más o menos ingeniosa de varios cuentos. El recurso es sencillamente superfluo: da lo mismo leer cuatro cuentos autónomos que leerlos dentro de un contexto o camisa de fuerza poco convincente.
Los cuentos de Delirio se le sirven al lector en fragmentos intercalados mecánicamente, y no descartaría yo que la autora piense que gracias a este proceder le concede al lector un papel más activo y participativo (para tranquilidad de su conciencia). La alternancia de narraciones no logra, sin embargo, convencer de que lo opuesto, narrar hasta el final, sin cortes mecánicos, sea menos meritorio y demostrativo del arte de narrar.
La falta de una opción clara por la novela o el relato termina por confirmarse en un texto que al fin se estanca en la reiteración de su no-desarrollo. El lector se siente leyendo en círculos viciosos, lerdos y monótonos sin la menor oportunidad de tropezar con aquello que es el meollo del arte de narrar, la identificación con los elementos inventados.
Este último proceso, que es de lo más universal, propósito del aprendizaje de todo escritor, no parece estar entre las prioridades de Laura Restrepo. La identificación no se produce además porque el texto suena como escrito sin ser sentido o sufrido, por alguien que no se identifica particularmente con los motivos que maneja. Uno de esos motivos, prestado de sus verdaderos descubridores, sería la demencia como una presencia insidiosa en todos los pliegues de la experiencia cotidiana. Encontrar en la demencia una metáfora de la condición humana, sin embargo, no parece posible cuando se obvia la locura de la literatura misma, la delirante obsesión de que el texto se construya sobre sus propias certezas, sobre el universo pulido de las palabras. Delirio carece de la demencia de fundir en palabras autosuficientes un cosmos de verosimilitud y coherencia tan convincente como la totalidad en que vivimos. Este libro es más bien pragmático en su opción por un lenguaje sin brillo, denotativo, populista, pretendidamente coloquial y en su vulgar aproximación a la locura, sobre la cual no sabe sino repetir los tópicos de revistas y del periodismo “light”.
No podemos más que preguntarnos si se trata del mismo texto del cual José Saramago afirma que “es una expresión de todo lo que Colombia tiene de fascinante. Y cuando el nivel de la escritura llega hasta donde lo llevó Laura Restrepo, hay que quitarse el sombrero”.
EL AUTOR:
Ernesto Gómez Mendoza estudió producción de cine en Estados Unidos y Filosofía en la Universidad Metropolitana de esta ciudad. Escribió por cerca de veinte años crítica de cine en periódicos y revistas como El Heraldo, Diario del Caribe, El Nacional, El Espectador y Cinemateca, y paulatinamente fue pasando de la crítica de cine a la crítica literaria, ocupación a la que actualmente dedica gran parte de su tiempo. Artículos suyos sobre Cepeda Samudio, José Félix Fuenmayor, Jorge Isaacs, Germán Espinosa y Alfredo Bryce Echenique, por ejemplo, han aparecido recientemente en El Heraldo. Su trabajo se caracteriza por el rigor intelectual de su indagación y su escritura y por contar con una amplio mundo de referencias culturales que tocan los intereses de lo popular y lo culto desde diversas expresiones artísticas y de la filosofía.
Entre los años de 1987 y 1990 fue redactor cultural de la revista Hoy x Hoy, en Bogotá y luego colaboró semanalmente en la revista Nueva Frontera con artículos sobre libros, teatro, cine y arte. Ha sido colaborador eventual del Boletín de la Biblioteca Luis Angel Arango y de las revistas Quimera, Avianca, Huellas, Suburbia, Viacuarenta así como de sitios web literarios como crítica.cl y Resonancias.org. Vive y trabaja actualmente en Bogotá.
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© Ernesto Gómez Mendoza
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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