La reinvención continua de los tópicos de la cultura
en el cuento “Mujeres, ¿han dicho mujeres?”,
de Marvel Moreno


Mercedes Ortega González-Rubio
Mariana Jaramillo Fonseca
Merr19@yahoo.com


En el presente trabajo, analizaremos el cuento “Mujeres, ¿han dicho mujeres?” (MM), de la escritora barranquillera Marvel Moreno (1939-1995), dentro del marco del análisis del discurso, es decir, como una situación comunicativa específica. En el desarrollo de la propuesta, surgieron dos tópicos que merecieron una mayor profundización: la construcción de identidad en la intersubjetividad y la interpretación del discurso.

En el cuento MM, como en todo discurso artístico, prima un yo que expresa una posición desestabilizadora frente al mundo; es un yo crítico, que reflexiona, que no se encuentra alienado. Por supuesto, este yo no presenta su posición como única, sino como una posibilidad entre muchas.

Partimos de que todo discurso, al ser expresado, deja, en gran parte, de pertenecerle al autor real, al ser biográfico que lo produjo ―la Marvel Moreno que nació en Barranquilla y murió en París―, y adquiere una autonomía que lo hace explicarse y comprenderse por sí mismo. En el caso de un texto literario, algunas teorías estructuralistas y pos-estructuralistas conceptualizaron este fenómeno en la figura del autor implícito, es decir, el interlocutor en cada proceso específico de comunicación, en este caso, en el cuento “Mujeres, ¿han dicho mujeres?”.

El yo del discurso artístico es profundamente polifónico pues en él convergen distintas posiciones frente al mundo, provenientes tanto de las experiencias personales como de los saberes heredados de la sociedad y la cultura. Este  juego de voces ―que no se presenta para sustentar una afirmación― es propio del discurso narrativo. En el cuento de Marvel Moreno dialogan voces como las del psicoanálisis, las de las clases sociales alta (Pierre, Marie-Andrée) y baja (Lou, Eve) o la mentalidad judía. Por ejemplo, a esta última se hace referencia cuando se cuenta que “sesenta años atrás, cuando nació [Pierre], su padre quiso ahorrarle los pesares de ser un hijo de Abram y le puso el nombre del más importante discípulo de Jesús, «sobre ti reposará mi iglesia», y afrancesó el apellido Epstein para darle la oportunidad de abrirse paso en la vida sin el peso que él había cargado vendiendo telas en el Sentier, el barrio de los judíos parisinos” (Moreno: 2001: 405) . Marie-Andreé es la principal abanderada de la voz del feminismo, por ejemplo, cuando "descubrió que no sentía nada a su lado y lo acusó [a Pierre] de no saberle hacer el amor" (408).

De igual forma, el tú de un discurso artístico no es el interlocutor real, sino una abstracción de la función receptora, del otro que entra en contacto con la obra de arte. Es el lector ideal o implícito. El yo construye a este tú por medio de ciertas marcas en el texto. Pero no hay que olvidar que el tú también influye al yo, puesto que el yo escribe su texto presuponiendo un lector ideal que lo determina o limita en el proceso de construcción del discurso. Por otra parte, el tú, además de ser un elemento que condiciona al yo, es quien recupera el mensaje, pero no de manera autómata, sino con respecto a su propio saber. El tú es quien completa finalmente el sentido del discurso.

El interlocutor dos en MM, de forma general, debe entender que lo narrado en el cuento es ficcional, es decir, que los referentes pertenecen a un mundo re-creado por el autor. Se realiza así un pacto ficcional entre los interlocutores. El lector acepta las reglas del juego que se proponen en el texto, admitiendo que las situaciones presentadas son posibles en el mundo del cuento. Él es quien actualiza las relaciones entre los diferentes elementos del cuento (personajes, lugares, acciones) y las resignifica. Por ejemplo, al final del cuento no se dice explícitamente la razón del suicidio de Pierre; así, el lector puede, no con base en sus propias elucubraciones, sino de las pistas del propio texto, inferir una posible causa.   

El él, por su parte, es una construcción que surge de la relación del yo y el tú, es el mundo referido que comparten y construyen. Este mundo referencial creado  por el  yo y actualizado y resignificado por el tú, permite el encuentro entre los interlocutores. El él es lo que se dice, lo referido, es decir, el contenido, que se puede presentar en forma de texto. No es el mundo como fenómeno, sino la conceptualización que una cultura ha hecho de él. Los referentes son estructuras mentales, no hechos u objetos concretos; son un cúmulo de conocimientos que se van instituyendo, una memoria colectiva. En el caso del cuento, es el mundo en el que están sus personajes que generalmente funciona por medio de oposiciones significativas en la cultura occidental: Europa-Latinoamérica, éxito-fracaso, riqueza-pobreza, judío-cristiano. 

Identificados el yo, el tú y el él, podemos pasar a los niveles del discurso. Se parte del nivel de la historia, en donde se encuentran los conocimientos y valoraciones que el individuo tiene del mundo. Estos referentes se enmarcan siempre en la cultura de la que se hace parte, en este caso, la cultura occidental.

La narración, por su parte, basa su estructura en la relación temporal establecida entre el referente y el yo. En MM, la secuencia cronológica de acontecimientos, que hace parte del nivel de la historia, es la siguiente:

1. Nacimiento de Pierre, hijo de judío.
2. Problemas de adaptación en los estudios básicos y universitarios.
3. Encuentro de un mundo posible en el círculo latinoamericano.
4. Decepción de ese mundo.
5. Conversión en hombre de negocios.
6. Matrimonio con Madeleine y paternidad de Charles.
7. Divorcio de Madeleine.
8. Matrimonio con Marie-Andrée, mujer mucho más joven que él.
9. Abandono de Marie-Andrée por su mal desempeño sexual.
10. Intento y fracaso de solución de su fracaso sexual recurriendo a los consejos de Lou, una amiga prostituta, al cine pornográfico, a la concentración mental a la hora del coito, al psicoanálisis o a la exploración del sexo de Marie-Andrée.
11. Solución del conflicto por medio del alejamiento de las mujeres y dedicación exclusiva al trabajo y a su hijo.
12. Matrimonio a los sesenta, retirado y rico, con una prostituta desinteresada en el sexo.
13. Nueva paternidad.
14. Suicidio.

En esta cronología de acontecimientos, el yo del cuento ha tematizado ciertos referentes. La tematización es el proceso en el que se seleccionan los referentes por parte del autor, de acuerdo con el lector, sus necesidades y la intención que se proponga. En MM se presentan principalmente las relaciones entre individuos: la amistad entre Pierre, los latinoamericanos ―especialmente con Juan Álvarez―, “los condiscípulos del reputado colegio donde su padre lo había hecho estudiar” (406), y Lou, la prostituta; el matrimonio (Pierre-Madeleine, Pierre-Marie-Andrée y Pierre-Eve). También se trata la relación padre-hijo (Pierre y su padre y Pierre con su hijo) y las relaciones laborales en la empresa de publicidad (Pierre y sus subalternos ―especialmente Marie-Andrée― y Pierre y sus clientes).

Por supuesto, todos estos referentes son ficcionales; si bien se relacionan con un mundo real, son resignificados y recreados en el discurso literario del cuento, adquiriendo la autonomía necesaria para encarnar una posición crítica con respecto los discursos de la cotidianidad, cargados de ideologías anquilosadas, de rituales y lugares comunes de la cultura dominante.

Las relaciones maritales son particularmente plasmadas desde una posición crítica y desestabilizadora. Se toma el referente tradicional del matrimonio feliz para revertirlo. Por ejemplo, se dice que Pierre “se casó con Madeleine. No podía decir si habían sido felices, nunca le había interesado lo que sentían las mujeres” (406). El estereotipo del matrimonio es el de la unión de dos seres que están interesados el uno en el otro y se aman; pero aquí se subvierte este presupuesto cultural: Pierre no está interesado en la unión con Madeleine, ella es para él un simple adorno que hace parte de la imagen de hombre de negocios que quiere proyectar.

El modelo del matrimonio se sigue desvirtuando, cuando “contra todo lo esperado, Madeleine no puso la menor resistencia [al divorcio], más aún, pareció feliz de recuperar su libertad. Se cortó los cabellos como un hombre, consiguió trabajo en una agencia de viajes y se puso a vivir con un muchacho muy apuesto, diez años menor que ella [...]. Ni siquiera intentó utilizar a Charles para ejercer una presión sobre él; le dijo que podía ver a su hijo cuántas veces quisiera y aceptó sin discutir la pensión que él mismo fijó” (408). Madeleine no intenta “salvar” su matrimonio, sino que asume con desprendimiento y desapego la separación; sigue adelante con su vida y la reconstruye. El referente así presentado desestabiliza el estereotipo del ser mujer, abnegada y sufriente, y propone, de manera crítica, una nueva manera, otro posible camino de asumir las relaciones.

Otro referente que tiene que ver con los estereotipos de la mujer es Marie-Andrée. Por medio de ella se muestra otra manera de asumirse como mujer y de manejar las relaciones, por supuesto, siempre de manera crítica. Marie-Andrée es la joven exitosa, inteligente y adinerada que debería caracterizarse por su desenvoltura con respecto a otras mujeres (entre ellas Madeleine). Se muestra, sin embargo, una doble faceta de Marie-Andrée. Ella demuestra cierta liberalidad al principio de la relación, pues “nunca le había ocultado [a Pierre] que había tenido aventuras amorosas antes de conocerlo” (410), pero no le había hecho saber, antes del matrimonio, lo importante que era para ella la satisfacción sexual. La acusación durante la luna de miel “de no saberle hacer el amor” (408) aparece entonces como injustificada, pues ella hubiera comprobado su desempeño sexual antes de casarse. El mismo Pierre se da cuenta de esta contradicción, pero la pasa por alto y decide intentar solucionar su fracaso sexual recurriendo al consejo de prostitutas, al cine pornográfico, a la concentración mental a la hora del coito, al psicoanálisis o a la exploración del sexo de Marie-Andrée.

Marie-Andrée no es, entonces, un referente plano, sin matices, como lo es el estereotipo de mujer liberada en la cotidianidad. A través de ella se exploran las complejidades del ser humano y se deja a un lado la simplicidad y superficialidad con que son tratados los caracteres humanos en otros discursos distintos al artístico.     

Pierre es otro de los referentes del nivel de la historia que tampoco se muestra como un estereotipo cerrado. Desde el inicio del cuento se presenta el contraste entre hombre de negocios exitoso con una vida personal desastrosa: “Sentado sobre una montaña de oro duramente adquirido, Pierre Estain, recién jubilado, observaba el mundo con una desconfiada melancolía” (405). En la mentalidad de cultura occidental, si se está sentado en una montaña de oro, no hay razón para una desconfiada melancolía. 

En un principio, Pierre presenta cierta autonomía con respecto al mundo en que se desenvuelve, parece que no casara en él. Era infeliz en el colegio de niños ricos donde estudiaba, luego “se volvió soñador. Estudió Administración de Empresas para darle gusto a su padre, pero apenas salía de la universidad corría a Saint Germain-de-Prés, al barrio frecuentado por sus ídolos, donde a la entrada de un café podía tropezar con un filósofo o un poeta, o ver, sentado a la mesa contigua a la suya, al escritor del momento” (406). Allí conoce al mundo latino, pero siente que no es tratado como un igual; se da la aceptación de la mentalidad burguesa superficial: “Un día comprendió que si quería ser un hombre rico y adquirir una buena posición social, debía alejarse de ese mundo” (406). Vuelve a frecuentar, entonces, a los niños ricos, entra a trabajar en una agencia de publicidad muy conocida, aceptando por completo la ideología de la clase alta.

Las soluciones que Pierre le encuentra a los conflictos que se le presentan en la vida (su fracaso sexual con Marie-Andrée, el deseo de compañía a los sesenta) son facilistas e inauténticas (divorcio, matrimonio con prostituta). Nada lo hace despertar realmente de la alineación en que se encuentra y que ha interiorizado por completo. Pierre termina suicidándose, quizás porque descubre, ya al final de su vida, que todos los caminos que siguió no consiguieron acercarlo siquiera a la felicidad. Entonces, Pierre encarna una manera de ser hombre contradictoria que se cuestiona a lo lago del cuento.

Pasando al nivel del discurso de la enunciación, éste parte del individuo, del yo que mira al mundo. Todo discurso se construye a partir de la perspectiva del sujeto que enuncia. Si bien en el discurso literario también se parte de un yo que narra (narrador), hay un yo que se encuentra tras todas las voces del texto ―no sólo la del narrador―. Esta conciencia múltiple es la vocera de las demás visiones de mundo, es transindividual.

En MM el yo gramatical se encuentra tácito, se desconoce su identidad. No es personaje secundario ni cuenta su propia historia; nos cuenta sobre otros, de los que parece saber todo, lo que sienten, lo que piensan. Esta enunciación se origina en un aquí y un ahora, desde un presente; se relata lo ocurrido antes, en el pasado, cuando Pierre tenía sesenta años. Se sigue con una analepsis, pues se cuenta la niñez y juventud de Pierre, sus dos primeros matrimonios, hasta que se vuelve a Pierre a los sesenta: “Fue entonces cuando aquella melancolía se instaló en su corazón [...]. Pese a sus sesenta años se sentía como un toro de lidia y tenía ganas de llevar una existencia normal: casarse, hacer el amor con su esposa, llevarla de viaje. Quería envejecer al lado de alguien y dejarle a su muerte una parte de su dinero” (411). Se ven así, en la construcción verbal, marcas de espacio-temporalidad, en la conjugación de los verbos (pretérito perfecto) y en los ubicadores temporales como entonces.

Con respecto al espacio, el cuento se mueve principalmente en París; hay un corto desplazamiento de Pierre a Bogotá y la mención de un chalet en los Alpes. No se sabe desde qué lugar está contando la historia el narrador, pero en todo caso, es un lugar neutral, puesto que ambas ciudades son nombradas desde una misma distancia imparcial. Se mencionan sitios en París: Saint Germain-de-Prés, el Sentier, la Avenida de los Inválidos. En cuanto a los núcleos de la construcción nominal, se utilizan ciertos nombres propios generalizados como comunes que se constituyen en marcas de clase, como un Ferrari, un Chagall.

La forma en que un yo valora los referentes se manifiesta a través de ciertos marcadores en la construcción nominal de la enunciación. Por ejemplo, para describir a los latinoamericanos se utilizan adjetivos como “afectuosos” y nombres como “desenvoltura”. 

Con respecto al mundo burgués de Pierre, se habla al principio de “niños ricos y desdeñosos” y de “aparente camaradería”. Sin embargo, Pierre no es lo suficientemente crítico y acepta los imperativos que este mundo le impone; esto se explicita por medio de construcciones nominales como “hombre rico”, “buena posición social”, “sueldo más elevado de Francia” y “gran éxito” (nombre + adjetivo). También se encuentran construcciones verbales como “trabajar intensamente” y “ser célebre” (verbo + adverbio).

En el cuento, como ya se dijo, se presenta un yo axiológico complejo, a veces contradictorio que, si bien la mayoría del tiempo se deja alienar por la ideología burguesa, en ciertos momentos críticos entrevé que esos valores no lo llevan a su realización plena; utiliza, entonces, adjetivos como “desesperado y “humillante”, y nombres como “angustia” y “melancolía”.

Por su parte, el yo tácito ―al parecer vocero de la apreciación de Pierre― expresa una visión sobre Marie-Andrée por medio de modificadores como “bella”, “delgada” (adjetivo), “cabellos dorados” y “aventuras amorosas” (nombre + adjetivo), “caminando como una modelo” (frase) y “talento” e “iniciativa” (nombre) y construcciones verbales como “ella adivinó sus intenciones” (verbo + objeto directo). Esto hace que se presente como un referente altamente valorado. Sin embargo, hay ciertos modificadores ambiguos con respecto a ella como “altanera” (adjetivo) o “aire impertinente” (nombre + adjetivo), o construcciones verbales como “lo acusó de no saberle hacer el amor” (verbo + objeto directo). Se encuentran también otros más abiertamente negativos, como llena de “cólera” e “insolencia” (nombre). Esto hace de  Marie-Andrée un referente que se construye a partir de diferentes valoraciones.

En oposición a Marie-Andrée está Eve, quien, a pesar de que no se habla mucho sobre ella, es descrita en una primera apreciación de Pierre como una mujer con “cabellos color zanahoria, largas piernas enfundadas en unas botas blancas, descotada y maquillada estruendosamente, sosteniendo sobre los hombros un abrigo de falso visón [...] despidiendo un olor de perfume barato” (412). Esta evaluación refuerza el referente estereotipado de la prostituta. Sin embargo, Pierre, al ver más allá del artificio, reconoce en ella a una “bonita mujer de unos treinta años”, abriéndose a la posibilidad de una relación tal como él desea.

Siguiendo con los niveles del discurso, se continúa con la relación yo – tú. Esta se enmarca en una sociedad específica cuyas ideologías y estructuras de poder condicionan a los interlocutores. Oposiciones como las que ya se plantearon (Europa-Latinoamérica, éxito-fracaso, riqueza-pobreza, judío-cristiano) están enmarcadas en el saber heredado de la cultura occidental.

En MM se plasma una diferenciación entre Europa y Latinoamérica ya estereotipada en el mundo: Europa es racional, metódica, ordenada mientras Latinoamérica es la alegría, la diversidad, la vida relajada. Un francés como Pierre busca solucionar sus problemas, un latino como Juan prefiere negar el problema, olvidarse de todo y seguir la vida. Pero con respecto al lugar común del latin-lover, éste se critica, pues el lector se sorprende al descubrir la visión del placer de Juan: le da a Pierre “un consejo de oro: «Evita a las mujeres, le dijo, y conságrate a tu hijo y a tu trabajo»” (411); de un latino, se espera que se tienda más a apoyar la búsqueda del placer. Pero la solución de Juan es anti-erótica, alejada del estereotipo del hombre latinoamericano. 

En cuanto a la oposición éxito-fracaso, en el cuento se presenta una crítica abierta. Si bien Pierre es exitoso, según la definición convencional (dinero y poder), esto no lo lleva a la plenitud vital, pues descuida su lado humano. El fracaso es también relativo, por ejemplo, en el personaje de Madeleine, que aparentemente no logra llevar a cabo un matrimonio feliz; pero el divorcio, en vez de una pérdida, es una ganancia (de libertad, de independencia, de amor). Así, en MM se manifiesta la relatividad de estos conceptos, reformulando la visión tradicional frente a estos paradigmas.

Sin embargo, habría una afirmación de una ideología no explícita en el cuento, sino camuflada o escondida con respecto a la oposición riqueza-pobreza. Es cierto que se desconstruye el paradigma de riqueza igual a felicidad. Pero se da por sentado que la plenitud vital podrá ser alcanzada a través de las posibilidades que brinda el tener dinero. Por ejemplo, Madeleine alcanza la independencia al ponerse a trabajar; si quedara en la inopia económica no podría ser feliz. Por su parte, Marie-Andrée puede ser todo lo crítica y liberada que es pues su nivel económico le permitió acceder a un conocimiento más amplio del mundo. Un personaje pobre como Eve es alienado e incapaz de discernir entre los imperativos sociales (tener dinero es uno de los más importantes) y los que podrían ser auténticamente suyos; por eso acepta casarse con Pierre y asciende socialmente.

En un discurso es clave que el locutor tenga en cuenta al interlocutor, para poder así llegar a un contacto verdadero entre ellos, que es el fin último de toda comunicación. Por eso, esta parte intersubjetiva del proceso es tan importante. En el caso de un discurso verbal escrito, como el cuento escogido, el contacto entre los interlocutores no se da de manera directa sino que se encuentra suspendido; se actualiza en el momento de la lectura, cuando el lector real, siguiendo las marcas del texto, se encuentra con el autor implícito y reconoce las indicaciones para llegar a ser un lector competente o ideal.

Para la producción de un discurso, el individuo cuenta con unas competencias que son la condición obligatoria de saberes que domina el hablante.  Estos saberes son estructurales y obedecen a reglas. Se habla de tres competencias básicas para la producción de discurso: la comunicativa, la cosmovisiva y la ideológica.  La primera se refiere al conocimiento y manejo que tiene el individuo del lenguaje (verbal y no verbal) y la capacidad de realizar acciones de comunicación. La competencia ideológica involucra la ubicación del individuo dentro de un grupo social; es un saber compartido con los otros miembros del grupo. Por su parte, la competencia cosmovisiva, que es totalmente individual, tiene que ver con la construcción mental del individuo sobre el mundo en el que vive y los seres que lo rodean.

Estas competencias son el punto de partida del individuo para comunicarse con otros y producir discursos, pues es a partir de esos saberes que se puede realizar la construcción discursiva. Este proceso recibe el nombre de presuposición; en éste, el locutor ―en el caso del cuento, el autor implícito―, antes de enunciar el discurso, toma en cuenta los conocimientos propios y del lector que se imagina como ideal. MM básicamente propone que su lector comparta con él ciertos saberes sobre la identidad de los géneros (femenino y masculino). También se tratan temas como el ideal de ser humano, los caminos posibles en el mundo, lejanos de la trascedentalidad y más cercanos a la banalidad. El grado de validez de estas posibilidades es una construcción realizada a través del proceso de comunicación que integra múltiples instancias.

Con respecto a los otros procesos que se generan a lo largo de la construcción del discurso, MM propone un tipo especial de focalización, que es la relación del sujeto con respecto al objeto. Si bien desde el punto de vista gramatical siempre se parte del yo, en el nivel del contenido del discurso, pueden ser otros los que perciban. En este cuento, la voz del narrador presenta las otras voces ―la de Pierre, la de Madeleine o la de Marie-Andrée―, pero prevalece la visión de Pierre. Es desde su mirada, principalmente, que se presenta a los referentes en el texto. Por ejemplo, es Pierre ―y no el narrador― quien se refiere a Marie-Andrée en términos de “no sería una muchacha de veinte años quien iría a someterlo a sus caprichos” (407). También es él quien se imagina lo que Madeleine hacía: “En aquel momento se dio cuenta de que en los últimos años de su matrimonio Madeleine pasaba la mayor parte del tiempo fuera de la casa. Probablemente lo engañaba ya y tenía relaciones con el muchacho de la moto” (409).  

La focalización a través de Pierre no es presentada de manera afirmativa sino que se le critica. Esta es la forma o modalidad imperante en el arte: la epistémica. En ella, un yo ―el autor implícito― se centra en sus propios conocimientos y juicios al presentar los objetos. En MM, el yo expresa una posición desestabilizadora de los aspectos ya mencionados de la sociedad y la cultura.

En el cuento también se explicita el proceso de distribución, es decir, la forma en que se organiza la información en el discurso, de acuerdo con lo que se considere más relevante, con lo que quiera enfatizar, con lo que ya se conozca y lo que sea novedoso. MM comienza en la mitad de la historia (in media res), en el instante en que Pierre tiene sesenta años y está viviendo un momento de crisis en el que toma la decisión ―volverse a casar― que marca su fin en suicidio. Se vuelve a este acontecimiento casi al finalizar el cuento; así, al presentarlo dos veces, se está enfatizando su relevancia para la comprensión de la historia.

En el cuento, la información se presenta constantemente de forma que el lector prediga ―de acuerdo con estereotipos― el desarrollo de los acontecimientos. Pero hay siempre un giro en el que las expectativas en la lectura se ven subvertidas. Por ejemplo, se empieza diciendo que Pierre es rico, lo cual haría pensar al lector que muy probablemente es un personaje pleno, feliz. Sin embargo, Pierre se haya sumido en una “desconfiada melancolía”, lo que revierte el paradigma burgués de riqueza igual a felicidad.


La construcción de identidad en la intersubjetividad
y la interpretación del discurso

En un discurso, la identidad se construye a partir de las relaciones entre el yo y el tú, es decir, desde la intersubjetividad. Esta construcción cambia al entrar en el nivel del él, en donde se encuentra la cultura y los referentes, para de nuevo volver al nivel yo-tú y ser reinterpretada. Así, la construcción de identidad se hace posible en este proceso circular. 

La construcción de identidad se da, en un discurso verbal escrito como el cuento MM, en la relación entre autor y lector. Aquí es posible identificar, por ejemplo, esquemas tipificadores con respecto a la mujer, al hombre, al éxito (Berger y Luckmann: 1995).  Esos esquemas son estereotipos creados por la cultura y tomados por el autor del cuento para ser criticados.

En MM, Pierre y Juan Álvarez encarnan esquemas tipificadores con respecto a diferentes formas de ser hombre. Pierre es un hombre metódico, organizado, que descuida su vida personal y sexual pero busca solucionar su problema acudiendo a diferentes medios. Juan, por su parte, es más facilista que Pierre y su solución al problema es la negación de éste. Este antagonismo entre los personajes muestra dos de las posibilidades que existen de ser hombre; cada lector puede resignificarlas según su  construcción  particular.

Con respecto al ser mujer, el cuento plantea una gama un poco más amplia de esquemas femeninos. Madeleine, Marie-Andree, Eve constituyen tres diferentes formas de ser. La primera es una mujer que alcanza su independencia y libertad luego de un matrimonio. Marie-Andrée es una muchacha joven, bella, libre, adinerada que busca la satisfacción sexual pero que conserva ciertas ideas tradicionales. Eve es una prostituta que ve en el matrimonio con un millonario la garantía de una vida estable. Estos esquemas del autor, son empleados para mostrar tres alternativas, criticarlas y cuestionarlas.  De esta forma, se ve una parte del ciclo de construcción de identidad.  Los esquemas son tomados de la cultura y subvertidos, en este caso, por el autor implícito, conciencia crítica propia de los discursos artísticos.

Por su parte, el individuo-lector se interna en el cuento para poner en contacto sus esquemas con los del autor, entrar en diálogo con ellos y tomar una posición frente a esa propuesta. Así, el lector resignifica los esquemas que encuentra, los actualiza y asimila lo que puede ser importante para su construcción individual. 

Esa construcción realizada entre autor y lector, actores sociales, permite que no sólo la construcción de una identidad  diferenciadora  sino también una identidad que se amplía. Esta ampliación es posible cuando seres que poseen características similares se unen y forman un grupo. En ese momento la  identidad que surge resulta homogenizadora porque hace posible la existencia de grupos formados por individuos diferentes cohesionados por características comunes. 

Cada lector real, entonces, puede tomar esos esquemas para predecir futuras actuaciones de otros actores sociales, o para reconstruir a partir de ellas (Bruner: 1991). El individuo entonces puede identificarse con algunos de esos esquemas y distanciarse de otros; esa decisión depende no sólo del sujeto sino de las valoraciones de la cultura en la que vive y las circunstancias históricas. Sin embargo, el texto mismo posee un axiología que valora  de forma positiva y negativa algunas de las propuestas. El lector ideal del cuento debe estar en capacidad de entender que las tipificaciones allí propuestas  no son presentadas como modelos a seguir sino como una crítica a la cultura.

De esta forma, el cuento MM se presenta como una relación intersubjetiva en la que los actores sociales actualizan constantemente su identidad,  por medio de la crítica, el cuestionamiento y la reflexión que se hace de ella, permitiendo a la vez que la construcción de ésta sea coherente.

Por su parte, la interpretación del discurso es un proceso que parte de un texto con sus significados; en este proceso, el sentido es construido entre los dos interlocutores, involucrándose tanto el yo como el tú en relación con el él. En el caso de los discursos literarios, el autor implícito es un lector-intérprete crítico, de literatura, de la sociedad, de su vida, de su época y de la cultura, heredada y en vías de trasformación. En el cuento MM, su autor propone una cierta mirada de temas; se plantean diferentes formas de llevar a cabo las relaciones interpersonales entre individuos de diferentes clases, nacionalidades, entre géneros, y de asumir posiciones frente al psicoanálisis o al feminismo, para alcanzar o alejarse de la plenitud vital anhelada por el hombre. 

Las temáticas tratadas en el cuento hacen parte de ese cúmulo de conocimientos y valoraciones pertenecientes a una cultura específica. Este es el horizonte de expectativa (Jauss: 1976) del que se parte para la construcción de sentido en el discurso. El autor plasma en la obra una posición frente a estos referentes tradicionales o estereotipados. MM desestabiliza paradigmas de la cotidianidad como el dinero o el éxito como sinónimos exclusivos de felicidad.

El texto del cuento MM es apenas un comienzo, una serie de significados, que, por medio del sentido aportado por los interlocutores, vuelve a la vida, deviene discurso. El proceso de interpretación es siempre tentativo, permanente, permitiendo la reinterpretación continua.

Hay, así, varias interpretaciones posibles del cuento. Una de ellas es la de considerar los modelos de ser humano planteados ―los personajes― como vías que no conducen a la auténtica plenitud. Otra sería la de tomar cada modelo como probable, en algunos aspectos. Por ejemplo, la pasividad de Madeleine no es imitable, pero la adquisición de cierta independencia luego del divorcio sí lo es. 

Los procesos de interpretación lectora se pueden rastrear a través de las mismas obras, que son relecturas-reescrituras de los estereotipos culturales imperantes en una época. Así, en MM, por medio del personaje de Marie-Andrée, hay una crítica al feminismo falso, usado, a conveniencia. Esa posición no hubiera sido posible antes de la revolución feminista de los años sesenta; en la actualidad, por su parte, la crítica a este feminismo original pudo haber surtido su efecto produciendo otros tipos de feminismo más auténticos.

Otros de los paradigmas que se cuestionan es el psicoanálisis. En una época, este tipo de método estaba tan extendido que surgió la necesidad de poner en duda su efectividad. Una crítica tan radical no sería necesaria en la actualidad pues el psicoanálisis no es ya un modelo intocable.      

Así las cosas, toda interpretación es parcial, nunca única. El cuento MM es, así, una provocación cuya interpretación, si bien está prevista en parte en su propio proyecto interpretativo, es una construcción dialéctica intersubjetiva.


Bibliografía:

BERGER Y LUCKMANN. La construcción social de la realidad. Buenos Aires, Editorial Amorrortú, 1995.

BRUNER, Jerome. Actos de significado. Más allá de la revolución cognitiva. Madrid, Editorial Alianza, 1991.

JAUSS, Hans Robert. La Literatura como provocación. Barcelona, Península, 1976.

MORENO, Marvel. “Mujeres, ¿han dicho mujeres?”. En: Cuentos completos. Editorial Norma, Bogotá, 2001, págs. 405-412.
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©   Mercedes Ortega González-Rubio
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LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN V - NÚMERO 20