Editorial:
Homenaje a Manuel Zapata Olivella
(1920, Lorica – 2004, Bogotá)
Textos de Antonio Mora Vélez, Cristo García Tapia y David Sánchez Juliao













Adiós al Maestro Manuel Zapata

Antonio Mora Vélez
antonio_moravelez@yahoo.com.ar

Hace muchos años, por los tiempos en que apenas iniciaba mis estudios de Derecho, conocí al escritor y maestro Manuel Zapata Olivella. Aceptó a reunirse con nosotros, los integrantes de un grupo de jóvenes escritores, en una tertulia realizada en la cafetería de la Universidad de Cartagena. En ella le mostré mi cuento “Viernes Negro”, uno de mis primeros cuentos, de corte realista y social, que fue publicado por la citada universidad en el folleto “Tres cuentos y tres cuentistas” (Cartagena, 1968). Lo leyó y me dijo: “Este cuento no es auténtico porque está escrito desde afuera. Para que el cuento refleje cabalmente el drama que el autor quiere mostrar, debe ser escrito desde adentro, viviendo la realidad que le sirve de referente”.

Desde entonces conté con su amistad y con sus enseñanzas. Y con su comprensión posterior porque para él, hombre de la tierra, resultaba insólito que un joven del Sinú se dedicara a escribir sobre las galaxias y el futuro, teniendo por delante un presente de miserias, de corrupción y de violencia. Pero me estimuló a que lo continuara haciendo desde su revista Letras Nacionales, con su asistencia al lanzamiento de varios de mis libros y con su palabra sabia, crítica y constructora. Lo importante es la literatura y el mensaje, no el tema. La realidad puede ser también cuestionada desde mundos imaginarios, me decía para que no me sintiera “achicopalado” por no ser un escritor “realista”.

Pero la espina de la realidad y de su primera crítica me quedó en el sentimiento y en el alma. Y me dispuse a escribir sobre lo que he vivido y mamado, como dice Vargas Llosa. A escribir desde adentro, como me aconsejó el maestro Zapata, contando los hechos de la vida que me tocó en suerte vivir, retratando los hombres y mujeres que se cruzaron por mi camino, nutriendo la caracterización e historia de los personajes con las experiencias de esos hombres y mujeres y con las mías propias. El resultado, después de trece años, es la novela “A la hora de las golondrinas”, que cuenta la historia social de Montería de los años sesentas y muestra las causas de la sociedad excluyente que formamos desde esa época.

Manuel fue un maestro y un paradigma de todos los escritores de mi generación. En más de una ocasión le dijimos que era como un papá literario para nosotros, un papá que nos enseñó que la literatura exige sacrificios, lecturas y tiempo. Una buena obra no sale de la mente de un escritor como del magín de un mago. Necesita años de maduración, investigación, lecturas y sobre todo, la suficiente modestia para saber que la perfección de una página necesita la magullada y tirada al cesto de muchas anteriores; la suficiente modestia para mostrar los originales a los amigos, como lo hizo él en el patio de mi casa monteriana, con los capítulos de “Changó...” que nos leyó a sus amigos de El Túnel primigenio de los años 70s. “Changó, el gran putas”, su obra mayor de la que esperaba mucho y que contó con la mala suerte de haber sido precedida de “Raíces”, la historia del negro en USA cuya condición de “best seller” estuvo apoyada por la televisión y el cine.

Muere Manuel Zapata Olivella sin el justo reconocimiento internacional a su grandeza. Sin haber podido vivir holgadamente, al menos, con la venta de sus muchos libros.  Y no fue, como lo dijo un cronista de su muerte, algo más que un activista empecinado en la defensa de los negros. En verdad pocos saben cuán vastos eran sus conocimientos sobre cultura y folclore de Colombia, qué tan importantes fueron sus obras literarias y sus trabajos de investigación, cuál su cosmovisión base y fundamento de su praxis intelectual y política, y cuánta nobleza había en su alma de humanista. Adiós maestro y amigo. ¡Que los dioses yorubas te abran las puertas de su reino! ¡Que el río reciba tu semilla y la siembre, para que sean frutos tus sueños! ¡Que tu espíritu sea, en adelante, la voz de tu raza y de tu pueblo! ¡Que tu palabra rebelde vuele aún más alto y perdure en el corazón del hombre!



Zapata Olivella:
El mito y el hombre

Cristo García Tapia


En Zapata Olivella confluyen mito y hombre.

En él, todo deviene de lo más profundo y sensible de la identidad. De la nervadura y la osatura del ser; de su intimidad más íntima.

Es el suyo, el de la identidad, el alumbramiento de una criatura que se resistía a la luz.

O se negaba, en el peor de los casos, a nacer al universo de las contradicciones de una sociedad clasista y excluyente que la retara en el escenario cenagoso y de tembladeras de la discriminación racial.

Zapata Olivella, sin más armas que la de su vocación libertaria e inteligencia superior, sin más defensas que las de su ancestral autonomía, subió al tinglado, se calzó los guantes de la dialéctica e inició el combate.

Desigual, avasallador, en medio de las adversas circunstancias de ser y no estar. De sentir y no poder expresar; en fin, de saberse con la potencia y la fuerza y no poder derribar la muralla de incesante y agresiva hostilidad que desde las lejanas razzias del África ancestral lo intimidaban.
Y con él, a los de su piel y su rostro; a los de su mismo lenguaje cifrado de señales y símbolos que los libraba de extraviarse en las partituras falsas de una historia en la que la sumisión y la violencia pretendían, como si no bastara con sus cuerpos, despojarlos de aquello que pervive más allá del rostro y de la piel. De la identidad transmutada en dignidad.

De eso, de esa sólida e indoblegable materia que es la dignidad, estaba cocido Manuel Zapata Olivella. De un barro que no lo cuarteaba ni el sol del facilismo ni las lloviznas persistentes del sometimiento. Ni las granjerías del sistema siempre en asechanza.

De otra manera, aquel alumbramiento que engendró Zapata Olivella en provecho de su raza y de su clase, no hubiese pasado de ser el afrentoso y vituperable parto de los montes que cita la leyenda.

Ni el enanismo espiritual, ni la sumisión a cambio del oropel de la fama y los privilegios transitorios para el provecho individual fueron alguna vez, una sola, moneda de curso en la parábola humana y humanizante de este Zapata Olivella nacido en las márgenes del mítico Sinú.

La suya era una textura humana sometida a la prueba del fuego del valor y la altivez desde los orígenes mismos. Desde las primeras cacerías brutales de los colonialistas ingleses en los cotos africanos, a cuyo “amparo y merced” los barcos negreros los “mercadeaban” entre los comerciantes españoles afincados en las colonias americanas.
De modo, entonces, que éste que proclamaba con superior altivez e indomable convicción aquel origen africano, fue un hombre de fuego perpetuo; una llama que ardió siempre en olor de dignidad e inteligencia. De presencia múltiple entre los fragores del combate por la identidad rediviva en cada trazo de su portentosa obra literaria y humanística.

A Zapata Olivella nada le era indiferente en el abigarrado y excluyente mapa de los de su raza, de su clase y su país.

A todos por igual los sentía e interpretaba como la prolongación misma de su ser y su existir. En sus dolores milenarios, en la mitología de las travesías ancestrales, en la simbiosis de la piel con el paisaje y el lenguaje.

En el común destino de la redención humana, fue la suya una circunstancia vital incomparable de cuanto puede alcanzar el hombre desde las duras realidades que lo determinan, a la vez que lo impelen al compromiso de transformarlas en beneficio del colectivo humano.

Signado por el fuego desde su remoto ancestro, nunca dejó que se apagara. Jamás dejó de propagar su lumbre; de rasgar con su potente resplandor las tinieblas de la exclusión y la discriminación.

Por siempre en olor de identidad y dignidad.



En memoria de Manuel Zapata Olivella:
Palabra de Changó

David Sánchez Juliao
dsjuliao@latino.net.co


La química

Una vez, al calor de un café en el legendario Monteblanco de la Carrera Séptima de Bogotá, Manuel me había dicho que la nostalgia podía definirse como un caribe con gabardina. Ambos reímos. Él siempre reía. Yo, quizá, lo aprendí de él. Otra vez, más en serio, le hablé por teléfono a su casa para decirle que la nostalgia me acosaba y que, definitivamente, abandonaría Bogotá y me iría a vivir a la casita de retiro en Lorica. Volvió a soltar la carcajada, aquella esplendorosa carcajada, frondosa como él y como su experiencia vital.

—La nostalgia –me dijo— es un problema de orden químico-biológico–. Hay momentos en que el organismo echa de menos las sustancias que lo nutrieron en la infancia y entonces, en una operación cerebral, transforma esa ausencia en un sentimiento de evocación, de recuerdo, de añoranza. De modo, Davo –así siempre me llamó--, que debes irte a Lorica y comerte tres sancochos preparados con el bocachico de nuestro amado río Sinú, beberte una caja de Kola Román y diez guarapos de panela, degustar cinco motes de ñame con queso salado, seis platos de arroz con coco, siete batidos de níspero con leche y doce empanadas de huevo. El estómago hará que la nostalgia desaparezca.

¡Santa receta de Changó!


El árbol sagrado


Lo recogí una mañana en mi Willys-52 de la posguerra, mi WVM, en casa de su hermano Neftalí. Manuel y yo habíamos convenido visitar a los artesanos de San Sebastián, junto a Lorica. A la vera del camino, de carretera destapada y polvorienta, avistamos una extraña ceiba, de escasa altura, ancho tronco y ramaje disparejo.

—Es la llamada ceiba de agua —comenté.

—No —replicó él con vehemente seguridad—. Es un baobab, árbol sagrado de Senegal. En su copa habitan los ancestros de los esclavos, cumpliendo su función después de la muerte, que es la de cuidar a los vivos. No es gratuito el hecho de que la cumbia se baile en torno a los árboles y que junto a ellos se oficien las ceremonias vudú.

—¿Y cómo llegó hasta aquí?

—Transportada su semilla, Davo, en el único lugar seguro y húmedo de los barcos negreros: la vagina de una esclava. De una hermosa princesa negra que, seguramente, sospechó que hacia donde la traían no existían los baobabs.
Al continuar el camino, murmuró:

—¡Qué hermoso será morar allí algún día!

—Me cuida, ¿no?, maestro.

—Tenlo por seguro, Davo. Más de lo que puedes pensar.


Ave Fénix


—El día que Delia, mi hermana, murió, le dije a Rosa: A mí no me metan en un hueco... a que me pudra. Crémenme, lleven mis cenizas a Lorica y espárzanlas sobre las aguas del río Sinú entre flotantes rosas rojas. El Sinú las llevará al mar y el mar de vuelta al África. Además, quiero encontrarme en el camino con mis ancestros llegados en las naos negreras. Pero, ente todo, quiero saludar a los parientes enfermos que fueron lanzados al mar en mitad de la travesía.

—Pero... no se nos quede allá, maestro, pues acá lo necesitamos —repliqué.

—Volveré, Davo, volveré. Pero, primero, necesito hacer ese viaje. Volveré, como nuestra sangre volvió a vengarse en el jazz y en la cumbia, en Guillén y en Candelario Obeso, en la milonga y en Luther King, en Malcolm X y en Pelé, en Celia Cruz y en tantas otras y tantos otros. Volveré a vivir en aquel baobab de Lorica. Allí me encontrarás.
_________________________________________
©   Antonio Mora Vélez
©   Cristo García Tapias
©   David Sánchez Juliao

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005


DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v5n20edit.html
PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 20