Reflexiones sobre la crisis
del hombre contemporáneo y la salida ética,
a partir de la lectura de textos de Ernesto Sábato

Ángela María Lozano González
littlechiqui@hotmail.com


















Estudiante de Español y Lenguas de la Universidad Pedagógica Nacional.
Trabajo presentado a la profesora Mar Estela Ortega González-Rubio,
en la Cátedra de Literatura Hispanoamericana,
V Semestre, julio-noviembre de 2004.

“Actúa de tal modo que trates a la humanidad en tu propia persona
y en la persona de los demás, nunca como un medio sino siempre como un fin”.

Manuel Kant.

Algunas personas hablan de crisis de valores porque están convencidas de que éstos ya no existen, otros simplemente hablan de valores en crisis, refiriéndose a aquéllos que ya no son aceptados por la sociedad y mucho menos por la cultura [1], valores que con el tiempo han dado lugar a lo que se ha llamado antivalores. La perplejidad aumenta porque no existe claridad alguna acerca de si los valores están en crisis, o si lo que ha sucedido es que éstos se han ido transformando. Casi nadie sabe cuáles son los valores transcendentes y del espíritu [2], cómo es su proceso de adquisición y conservación, y mucho menos para qué pueden servir. Por ello, la importancia de realizar un análisis de los problemas del hombre contemporáneo, a partir de la lectura de obras de Ernesto Sábato.  

El mundo está en un proceso de derrumbamiento desde  hace mucho tiempo, comenzando con las guerras mundiales. Sin importar las razones por las cuales se haya iniciado, los participantes, ganadores o perdedores, o el tipo de conflicto, fría o caliente, la guerra siempre va a ser la guerra. El hombre se siente ajeno e impotente ante la hecatombe, no sabe cómo reaccionar ante la pobreza, el terrorismo, las perversiones, el miedo a perder a quien se quiere  o lo que más se quiere, las frustraciones, los traumas, el desempleo, la desigualdad, la añoranza, la desesperación y la intrusión sensorial de televisores, radios, amplificadores y demás tecnologías, por tan solo citar algunos de los problemas que aquejan al hombre contemporáneo.

Todos estos elementos se han convertido en el opio del pensamiento y han invadido la vida cotidiana de los individuos; incluso, espacios que antes eran sagrados como el hogar no se escapan de la problemática. Existe una indudable fulminación de las libertades, cuyo resultado no es otro que un hombre esclavo de la sociedad arbitraria, asesina y consumista que hace desaparecer individuos, que obliga a adoptar modelos ajenos al carácter endógeno [3] de una cultura, que elimina lo que le molesta, y que usa como eslogan “el fin justifica los medios”. Por todo lo anteriormente expuesto, los valores transcendentes y del espíritu se muestran al género humano como un ―por no decir único― camino de salvación ante el terremoto que le amenaza; sólo el estoicismo del hombre ante la adversidad, el desinterés, el sentir aún vergüenza, el coraje, la dignidad y el disfrute de las alegrías simples podrán salvar al ser humano de la crisis y la locura en la que está totalmente inmerso (Sabato: 2000).

Después de exponer las anteriores razones, surge una pregunta: ¿Qué fue lo que pasó en el mundo para que el hombre llegara a este trance? Trance del cual, vale la pena decir, no ha podido salir y sobre el cual existen no solo registros históricos, sino también literarios. Aunque no se ha logrado llegar del todo a la respuesta, sí existen algunos planteamientos bastante aproximados al asunto.

El ser humano fue puesto en un laberinto, construido este para perder y confundir a la gente aunque no existan paredes. Así, el proceso de enmarañar estuvo listo, no obstante, faltaban algunos ingredientes para cocinar la hecatombe: la presión del contexto, las carencias propias del ser, la incertidumbre, el olor de la muerte cercana, la sensación de que mundo le queda grande o que simplemente no cabe en él. Pero no sólo estos escollos se mezclaron, hacía falta el ingrediente que actuaría como la levadura: encontrarse el individuo como tal, enfrentarse a sí mismo; sobre todo, hacer el recorrido hacia el fondo del ser con el fin de hallar algunos hitos y marcas constitutivas de lo que es el hombre hoy en día, para llegar a la conclusión de que la vida no es más que una novela que persigue la verdad, texto en el que existen redes, tramas, laberintos y trochas que varían según la intencionalidad y la historia particular del sujeto.

María Valeria Battista, en su traducción al español de la obra de los franceses Claude Cymerman y Claude Fell, titulada Historia de la literatura hispanoamericana, señala cinco momentos, los cuales, mediados e influidos por el contexto, han marcado las producciones literarias en Hispanoamérica. En especial, describe el proceso en Argentina. Así pues, se retomarán algunos de sus elementos y se procederá a efectuar con ellos un análisis de algunos componentes de la obra de Sábato.

Cymerman y Fell aseveran que en el segundo momento comprendido entre los años 1940 y 1955 ―fechas que anteceden la publicación de Sobre héroes y tumbas (SHT, 1962)―, están muy presentes las secuelas de las guerra, tanto mundiales como la civil española. Hay allí un profundo alejamiento y una ruptura con Europa, que desembocó en un rechazo de los valores propios de Occidente. En este espacio, también tuvo lugar la dictadura peronista que generó una literatura que iba en contra de Perón y una prosa narrativa, cuya característica esencial era lo fantástico, además de la persecución de los intelectuales. Para el tercer momento, de 1955 a 1973, denominado caída del dictador, la literatura ya se hallaba cargada de otros elementos como la exigencia de libertad e independencia, una tendencia al neorrealismo crítico burgués de inspiración histórica y social, la innovación en las estructuras narrativas, la fragmentación y discontinuidad textual, la mezcla de géneros literarios, la indiferenciación entre descripción, dialogo y monologo, la utilización del discurso directo y libre, las prácticas transtextuales, la interferencia de discursos literarios, históricos, políticos, y el uso del periodismo, entre otros (Battista: 2001). Estos son elementos que contiene SHT. Por ello, para muchos es una novela existencial y metafísica que mezcla la historia, la autobiografía, las pesadillas y lo fantasmagórico. Para otros, es un ejercicio muy bien hecho sobre el pensamiento latinoamericano, pero todos comparten la idea de que la obra recoge las convulsiones del siglo XX, los problemas y crisis del hombre, trabajando todo ello desde una perspectiva humanista que se preocupa por la cultura, la cual revela la ideología de un pueblo o por lo menos lo que piensan los ciudadanos del común, en las voces de Martín, Alejandra, Bruno, Fernando, Oscar y Osvaldo, entre otros. Ellos pueden ver, actuar y sentir: fracaso ―el padre―, odio ―la madre de Martín hacia su hijo―, amor ―entre Alejandra y Martín―, pasión y locura ―Alejandra―, miedo ―no volver a ver a la mujer de la banca del parque Lezama―, esperanza, robo, falta de valores, etc. 

Sábato, desde su escritura, habla de la diversidad que somos, de los problemas comunes al género humano, de la existencialidad  y el trascender, pero sobre todo y a pesar de que las novelas constituyen un acto de escribir ficciones y que éstas no tienen una directa relación con la realidad ―la verdad de las mentiras, según, Felix Martinez Bonati y Mario Vargas Llosa, entre otros―, hay una clara unión del texto con el contexto, lo contrario de las novelas modernistas que terminaban siendo, dentro de los parámetros de lo literario y ficcional,  totalmente irreales. Así se demuestra que el genero de la novela no tiene condicionamientos y ataduras, salvo las de afuera, narrando, sobre todo, cómo somos los latinoamericanos.     
            
La palabra valor hoy en día está en desuso y bastante lejos de lo que Peter-Hans Kolvenback identificaba como tal:

[...] valor significa literalmente algo que tiene un precio, que es querido, que es de mucha estima o que vale la pena; consiguientemente, algo por lo que uno está dispuesto a sufrir o a sacrificarse, algo que es una razón para vivir, y  si fuera preciso, para morir. Así los valores aportan la vida la dimensión de significar algo para alguien. Los valores proporcionan motivo, dan identidad a la persona, le ponen facciones, nombre, carácter. Sin valores el hombre andaría como los troncos que van por un río y de repente son atrapados por un remolino. Los valores son algo que ocupa el centro de la propia vida, marcando su extensión y profundidad [...] (Kolvenback: 1989, 584).

Los seres humanos orientamos nuestras vidas y garantizamos nuestro propio carecimiento como personas íntegras, gracias a los valores, por medio de los cuales buscamos la auténtica felicidad y la contribución al bienestar de la sociedad en que interactuamos; de lo contrario, seríamos troncos ―como lo describe Kolvenback― atrapados por un remolino y llevados sin rumbo fijo por la corriente mientras viajamos por el río de la vida. La costumbre de reducir a su máxima expresión relaciones como las que existen entre alma y cuerpo, y cerebro y corazón, unida a la maximización del dinero como signo de prosperidad, ha generado una tendencia a cercenar la condición de persona. Así, los valores ―y las personas que los poseen― ya no tienen precio, o si lo tienen, está dado en términos económicos y/o materiales. La conciencia y la vida se compran como si se tratara de arrobas de papa. La dignidad, la entereza y el coraje con que el hombre afronta las dificultades y las soluciona se han exterminado por completo.

Esto mismo le sucedía a Martín, personaje de la novela SHT, cuya madre no hacía más que maldecir su existencia “[...]volvía a ver la cara pintarrajeada de su madre diciendo «Existís porque me descuide.» Valor, si señor, valor era lo que le había faltado. Que si no, habría terminado en las cloacas [...]” (21). Por ello, Martín la mencionará a lo largo de SHT como la madre cloaca. La progenitora desconoce la alteridad, los problemas psicológicos que puede causar en un niño no deseado para el que no tiene más palabras que las que hacen referencia al reproche y el odio. Sin embargo, ella reconoce el miedo al dolor que pudiera causar al acabar de raíz con el problema del ser indeseable y no planeado. Así pues, esta situación se convierte en una rayuela en la que la meta o límite es jugar con el sentimiento de culpa del otro, o acercarse lo más posible, a las fibras más débiles, al talón de Aquiles del individuo. Gana quien logre afectarlo y desestabilizarlo más, tal como lo confiesa en su autobiografía Mis demonios el francés Edgar Morin, quien comparte algunos rasgos con la historia de Martín, aunque las condiciones de su génesis fueron diferentes.

En Mis demonios, Morin  deja entrever que los métodos abortivos para dar termino a su gestación no funcionaron:

[...] mi padre me reveló muy tarde el secreto de mi nacimiento. No fui un príncipe raptado por los gitanos, sino un embrión condenado por su madre a no nacer. La vida de mi madre exigía mi muerte [...] yo no hubiera debido nacer y nací muerto [...] encinta por primera vez, recurrió a una abortera, pero la segunda vez, puesto que plantas y métodos abortivos no tuvieron éxito, tuvo que exponerse a los riesgos del parto [...] de hecho, nací muerto, en un parto de nalgas estrangulado por el cordón umbilical [...] rechazado antes de ser amado, asesinado antes de ser adorado, debí morir para que ella viviera [...] vivir de muerte, morir de vida, esta formula de Heráclito que no ha dejado de obsesionarme desde que la conocí, expresa la tragedia de este génesis, he aquí el acontecimiento inicial de mi vida: nací en la muerte y fui arrancado de la muerte, fui amando y adorado durante diez años, y luego fui abandonado [...] mucho más tarde supe, y tal vez aquello trabajó también en mi, aunque en la más total inconsciencia, que aun antes de nacer, pero ya fetalmente vivo, había sido condenado a muerte para que viviera mi madre, condenada a muerte, a su vez, por mi nacimiento, nunca hable de ello hasta mis diecinueve años [tal y como hizo Martín] (1995, 51).

Sin querer ahondar mucho en lo freudiano, se debe reconocer que los anteriores sucesos engendran en el niño problemas graves de personalidad, como los ya conocidos rasgos  negativos (histeria, neurosis, paranoia, depresión y fobias), los mecanismos de defensa (represión, negación, sublimación y volver a sí mismo), las perversiones (voyerismo, fetichismo, pedofilia, necrofilia, zoofilia, y genontofilia) y las etapas por las cuales pasa el ser humano (oral, anal, genital y fálica). Todo ello, sin duda, hace parte de la personalidad ―character [4]― y de la manera como los lectores respondemos a medida que nuestros ojos recorren las líneas en las que se plasman en secuencias los acontecimientos ―trama―, las acciones junto con sus motivos, los pensamientos y la responsabilidad que el personaje protagonista muestra frente a las consecuencias de sus actos. 

Los valores del espíritu parecen estar en vía de extinción y vivos sólo gracias a un milagro en aquellas poblaciones alejadas e inhóspitas donde la mano que daña aún no ha podido penetrar del todo. Para la muestra un botón: los dictadores y, para no ir tan lejos, los sicarios, ponen precio a las cabezas de aquellos que estorban, los hacen desaparecer y, como la legislación nunca tiene respuesta para estos sucesos, otros, interesados en que la impunidad no reine más, deciden ponerse a la cabeza de  la tarea titánica de resolver los enigmas, caso de Sábato en el Informe Sábato.

Así pues, los obstáculos humanos son el blanco de los individuos que se creen Dios para decidir sobre la vida de otros, acabando con la existencia, en menos de lo que tarda apretar el gatillo o accionar una bomba, de cientos de inocentes, niños  de todas las nacionalidades que se hallaban en su casas, en un tren o en su escuela. Son seres que, sin tener la culpa y apenas comenzando a vivir, se convierten en occisos y engruesan las no irrisorias cifras de víctimas de la guerra fraticida. La muerte toca a nuestras puertas todos los días, así como la locura que abunda en la cabeza y en los corazones de estos hombres y que no es sólo como la de Alejandra Vidal en SHT.

La esquizofrenia incontrolable está unida a la falta de criterios claros que definan el mapa de navegación de los sujetos, a la ausencia parcial o total de valores, y a la idea fosilizada de la dinamita como único camino para solucionar los escollos que se presentan a lo largo de la vida. Estos elementos son algunos de los muchos que forman al actor intelectual y/o material de muchas acciones bélicas. No me explico cómo un grupo de personas irrumpe en un colegio y toma como rehenes a cientos de niños para después quemarlos vivos, ignorando que en esas caras pueden reflejarse las de sus  sobrinos, primos y hasta hijos. Hay derecho a luchar por aquello que nos ha convencido, incluso, a ser kamikaze, pero se presentan limites dentro de estos mundos propuestos, una clara diferencia entre tomar la decisión de acabar con la propia vida y hacer lo mismo con la de los demás.

Existe una alteridad que no se puede desconocer, una forma de articular y entender que el discurso y las acciones de vida de todos y cada uno de los individuos que habitamos la tierra, no pueden seguir siendo vistos como fragmentos dispersos de un todo. Es necesaria una puesta en marcha para ser consecuente con lo que se piensa, se dice y se hace (tarea difícil para el ser humano); para alejarnos del antropocentrismo, mirándonos con humildad frente al otro, y reconociendo que todos los individuos y entes que habitan la naturaleza coexisten y son necesarios en el mantenimiento del equilibrio. Para ellos, no es negociable la vida porque practican una forma de ver el mundo y de relacionarse, diferente a la que estamos acostumbrados a ejecutar, una forma de vivir en que las acciones curativas se imponen a las punitivas, una forma de ética que puede rotularse como ecosófica de la mente e incluso de la responsabilidad [5]

Tomando como base los párrafos anteriores, sería bastante dispendioso y largo argumentar por qué cada uno de los seis valores transcendentes son la única vía de defensa que tenemos los seres humanos, por ello he escogido dos: la dignidad y el disfrute de las alegrías simples.

Entrados en gastos, es necesario ponerse en la tarea de hacer una búsqueda bibliográfica acerca de qué se entiende por dignidad y disfrute de alegrías simples. Es sorpresivo comprobar por medios propios que en los aproximadamente cincuenta diccionarios de filosofía y psicología consultados, en pocos, estas palabras se encuentran referenciadas. Se formularon entonces dos preguntas: ¿Será que este tipo de diccionarios desconocen la dignidad y la alegría debido al hecho de que muchos individuos no la evidencian en la praxis? ¿Será que estos valores no son propios e inherentes a la dimensión humana? Con las escasas herramientas encontradas, se inició la empresa de reconstruir los conceptos. Ferrarter Mora y Nicolás Abbagnano, en sus diccionarios de filosofía, se apoyan en lo que Kant llamaba principio de dignidad humana: “todo hombre, todo ser racional, posee un valor que se llama dignidad, una manera de obrar y tratar, tanto en la propia persona como en la de otra, siempre como un fin y nunca como un medio [...]” (Ferrater Mora: 2001, 869).

El hombre es por naturaleza sociable, es un “animal político” ―como lo aseveraba Aristóteles―. Al entrar en relación de alteridad, necesita proteger el desarrollo de su personalidad. Este universo hipostático ―término propio de la teología―, unidad indisoluble de espíritu y materia, necesita ser defendido, respetado y protegido, porque los bienes de la libertad que residen en su espíritu: el de la vida, que está en su realidad material, y el del trabajo, que se expresa en su personalidad espiritual y material, se muestran como la cuna y el lugar de nacimiento para la dignidad y los derechos humanos, antes y por encima de las constituciones y las leyes.

La dignidad humana es grandeza; es una calidad o bondad superior por la que algo o alguien goza de especial valor o estima. Ésta se basa en lo que la filosofía e incluso la teología han reflexionado hasta concluir que “el hombre es poseedor de una dignidad superior al resto de los seres vivos [6], debido a dos motivos principales: desde el punto de vista natural, porque está dotado de alma y espíritu, y desde el sobrenatural, porque la dignidad humana es todavía mayor pues Dios se ha hecho hombre”.

La dignidad provee el ambiente necesario para el respeto propio y el de los demás, tolerancia que radica en el respetar la inteligencia propia y ajena, buscando y diciendo siempre la verdad, rechazando odios, burlas y murmuraciones, reconociendo la libertad y la vida espiritual.

Erich Fromm afirmó que la sociedad contemporánea está enferma. Asegura que “[...] una sociedad sana es aquella competente para desarrollar la capacidad del hombre para amar a su prójimo, trabajar creadoramente, desarrollar su razón y su objetividad, y para tener un sentimiento de sí mismo” (Fromm: 1997). A partir de observar la realidad social, y teniendo en cuenta el diagnóstico de Fromm, se podría decir, sin miedo a equivocarse, que nuestra sociedad, desde las élites hasta los ciudadanos del común, sufren quebrantos de salud física y mental, originando en consecuencia, estados de hostilidad y alienación.

En estos últimos años, han abundado los casos de falta de dignidad y deshonestidad, como los robos al herario público. El campo de la política es uno de los que más frutos arroja. Los dirigentes no asumen la responsabilidad que les compete en el manejo de los asuntos públicos. Una de las faltas éticas que se hace más evidente es la falta de dignidad. Ésta involucra, en primer término, el respeto a sí mismo por el nombre y apellido, y por su familia. Es necesario hacerlo por la ciudadanía que confió en ellos y depositó  su voto  en las urnas. En el caso de las dictaduras, al menos los generales debieron hacerlo por los cuerpos militares que los respaldan.

Tal vez nuestras sociedades latinoamericanas no sean expertas en dignidad, o así es como nos lo han vendido otros y lo hemos creído;  sin embrago, lo contrario muestra lo que no debería hacerse, verbigracia, el caso en Argentina de Videla, quien, en su tiempo de poder, disolvió el Congreso, prohibió la actividad de los partidos políticos, comenzó una guerra civil clandestina, emprendió un plan de reorganización nacional, generando inflación y recesión económica, y perdió la batalla por las Malvinas, entre otros datos curiosos. Estas acciones dejan entrever una cultura caótica y unos seres perturbados porque el mundo les queda grande al no hallarse en los espacios que poco propenden por la alteridad.

En medio de la incertidumbre generada por los valores morales del mundo contemporáneo, acrecentada por las guerras mundiales y las crisis del “dios dinero”, la exigencia de la dignidad cobra protagonismo y debe revelarse como una piedra para la aceptación de los ideales y las formas de vida propuestas o instauradas. Ya no pueden seguir imperando las ideologías, los partidos y los regímenes que explícita o implícitamente estuvieron presentes durante muchos capítulos de la historia; éstos se han convertido en ruidosas herramientas, casi inútiles para la construcción de un nuevo mundo donde pueda vivir el hombre que evite las extrañas mezclas entre existencialismo, nadaísmo o pirronismo, propiciando Estados donde nadie cree en nada, donde no existe dialéctica en la manera de obrar y tratarse a sí mismo y a otras personas, donde el fin justifica los medios, o simplemente donde nada importa y tampoco se hace nada.

Con respecto al disfrute por las alegrías simples, este aspecto se abordará desde lo ficcional y lo pragmático. Al encontrarse con las pocas definiciones de esta palabra en los diccionarios de filosofía y psicología, se optó por recurrir a la inmensa sabiduría que poseen los niños. Ante la pregunta: ¿Qué es alegría?, se recibió la siguiente respuesta: “Hacer alegre a alguien”. ¿Cómo? “Haciéndolo reír o contándole un chiste”. Respuesta sencilla pero inteligente y sobre todo pragmática. Para realizar la respectiva comprobación, se recurrió a fuentes bibliográficas. Sigmund Freud define la alegría como una de las emociones fundamentales del ser humano, y Descartes como una emoción placentera del alma, una pasión mediante la cual la mente pasa a un estado de perfección mayor (Dorsh, 1994). Hacer feliz a alguien bien puede proporcionar esa fundamental emoción para el alma y la vida de cualquier hombre. La presencia de Alejandra para Martín, en SHT, representa un alivio a sus problemas.

¿Quién pudiera creer que muchas de las cosas que pasan fácilmente desapercibidas pudieran ser la fuente de la alegría simple? El disfrute por lo sencillo: ver el amanecer y el atardecer, recibiendo su estela de luz; seguir con la mirada, en la calle o el camino, una pareja de abuelitos caminando tomados de las manos; buscar figuras en las nubes; vivir al máximo el día a día como si fuera el último, esperando nada a cambio para recibirlo todo. Allí  puede estar el secreto de la eterna juventud o por lo menos de una vida tranquila y sin miedo a ser atracado, asesinado o secuestrado, cuando se está fuera de casa. Definitivamente las sonrisas ensanchan la existencia y penetran en todos los ámbitos de la psiquis humana. En el estado que proporciona esta emoción, el encuentro con otro ser humano es vivido como un regalo; se ve a los demás de manera distinta a la usual. Alegría es lo que una persona puede sentir cuando toca el estomago de una mujer en estado de embarazo y el bebe da algunas pataditas; es el milagro de la vida hecho carne, no se necesitan construcciones titánicas ni grandes manifestaciones materiales de afecto, en lo sencillo está la esencia.

En suma, la misión del hombre sobre la faz de la tierra es protegerla, cuidarla, conservarla y respetarla. En otras palabras: ser cultor, de ninguna manera devastarla. El ser humano debe edificar su historia dentro de los parámetros de los valores y del desarrollo sostenible: por un lado, cambiar, y si es necesario, reinventar sus prácticas simbólicas, y por el otro, dejar de observar los fenómenos como partes sin conexión. Por el contrario, el hombre debe asumir sus prácticas como un tejido donde se restablecen las relaciones entre el mundo de la vida y su dimensión simbólica, a través de la reconstrucción del dialogo, y la recuperación del carácter sagrado que éstas poseen por sí mismas. De este modo, se alejará del afán por racionalizarlo todo.

La solución a los problemas que aquejan al hombre contemporáneo ya no se encuentra en las instituciones, pues éstas han fallado y caído en la inevitable crisis y en el caos que el hombre muy bien conoce. Se ha comprobado que la solución no se vende en la farmacia de la esquina en forma de gotero mágico. Ante las adversidades por las que atraviesa el individuo durante cualquier etapa de su vida, sólo los que poseen e interactúan en función del respeto por los otros, la humildad, la dignidad, el estoicismo, el coraje y la entereza para afrontar y solucionar los problemas, podrán salir libres de la locura. Hoy más que nunca son necesarios los valores; éstos no sólo se enseñan, también se viven y luego se transmiten a través del ejemplo. Es aquí donde se hace imperativa su transmisión y conservación; así, el hombre no se orientará hacia su destrucción, ni servirá de excusa o plataforma para alienar a otros. Quizás, volver a los inicios, a la sencillez desnuda, explorando otro tipo de saberes, podrá otorgar nuevas formas de abordar y solucionar las dificultades.

NOTAS:

[1] Valores como la dignidad, el respeto,  el no atentar contra la vida del otro, o el disfrute por las alegrías simples.

[2] Este concepto es propuesto por Sábato en su obra La resistencia.

[3] Término utilizado como sinónimo de todo lo que es propio y tradicional en una cultura.

[4] Este término fue tomado de la propuesta de Norman Friedman (1996, 69). Él aclara que se ha traducido la palabra en esta ocasión por personalidad, y lo hace para aplicar el mundo de la trama y del personaje.

[5] Estos tres conceptos apuntan de manera general a un “dar vuelta” a las prácticas de los individuos, a cambiar la actitud frente al otro, la naturaleza, los conflictos, los problemas, los laberintos, etc., a reconocer a los otros, y a articular las “leyes de la casa” con las relaciones de pensamiento y las conceptuales, con el fin de que las ideas confluyan, y, por qué no, sostengan un aparato ideológico que justifique las acciones, y permitan a los sujetos habitar tolerantemente los espacios.  Para ahondar en los conceptos, sugiero al lector dirigirse a los autores Felix Guattari y Hans Jonas, quienes trabajan el concepto de ética de la responsabilidad.  

[6] En este punto quiero aclarar que no me siento muy cómoda hablando desde este concepto ―incluso puede llegar a ser contradictorio de los anteriores planteamientos―, pues he llegado a pensar que es precisamente el creerse superior a los demás seres vivos lo que ha causado el desequilibrio en el ser humano, con respecto al ambiente que lo rodea. Ha sido precisamente el creerse amo y poseedor del mundo lo que ha ocasionado las grandes hecatombes y desastres, cuando en realidad es un habitante más sobre la tierra.   


BIBLIOGRAFÍA:

―ABBAGANO, Nicolás. Diccionario de Filosofía. México: FCE, 1963.
―BATTISTA, María Valeria.  Historia de la literatura hispanoamericana desde 1940 a la actualidad. Buenos Aires: Edicial, 2001.
―DORSH, Friedrich. Diccionario de psicología. Barcelona: Herder, 1994.
―FERRATER MORA, J. Diccionario de filosofía. Barcelona: Ariel, 2001.
―FRIEDMAN, Norman. “Tipos de trama”. En: SULLA, Enric (comp.) Teoría de la novela. Antología de textos del siglo XX. Barcelona: Grijalbo Mondadori, 1996. pp. 68-79.
―FROMM, Erich. Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Barcelona: Anagrama, 1997.
―KOLVENBACK, Peter-Hans. The Worthes. Washington: University of Georgetown, 1989.
―MARTÍNEZ BONATI, Félix. “El acto de escribir ficciones”. En: SULLA, Enric (comp.) Teoría de la novela. Antología de textos del siglo XX. Barcelona: Grijalbo Mondadori, 1996. pp. 213-220.
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―PÉREZ, Miguel A. “Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato”. En: [http.://www.sgci.mec.es/au/sabato.htm]
―SÁBATO, Ernesto. La resistencia. Buenos Aires: Seix Barral, 2000.
―SÁBATO, Ernesto. Sobre héroes y tumbas. Buenos Aires: Sudamericana, 1962.
―VARGAS LLOSA, Mario. “El arte de mentir”. En: SULLA, Enric (comp.) Teoría de la novela. Antología de textos del siglo XX. Barcelona: Grijalbo Mondadoil, 1996. pp. 269-275.
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©   Ángela María Lozano González

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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