La agilidad de las gacelas

Andrea Paola Visbal
andreavisbal@hotmail.com


RETORNO

Repetitiva,
dispersa,
vuelvo a tus murallas encendidas,
dando la espalda al giro de la tierra.
Enajenado y venenoso,
como tiro de lanza,
cristal de agua,
vienes a mis ojos bermejos y frágiles.

Esperaron por mí en la agilidad de las gacelas,
vigilando orillas que fueron mías
después de encontrarte.

Y yo iba al cráter del hastío,
desvariando sin la flama de tu boca.

Hoy regreso para ahondarme en tus antorchas,
amándote mientras me quemo.


HUÉSPEDES
 
En el comedor, bajo la cama,
niños juegan con retazos de ojos en sangre
y labios cohibidos.

Invitados siempre están
al pasillo principal, al balcón, a la terraza,
comensales de tiempo eterno,
discursos, fosas compartidas,
equipaje de amenazados.

Me hablan de deserción y pérdida:
cieno mortal que lamerán mis pies,
buscando el legado de generaciones inmateriales.

Venganza reclaman los huéspedes que sólo yo veo,
cárcel en el fuego para las mariposas negras.


DOS SOLEDADES

Pregón que en mis trenzas va recién nacido,
grito de naranja dulce,
eco que suena a madurez de estrella,
sombrero de lado y dársena fría.

¿Es la historia cierta?,
me decía ayer
el verde tiempo sentado en la esquina
mientras larga y blanca,
una escalera se reclinaba al abedul,
y tu sangre,
grito de sementera,
se derramaba en la tierra.
¿Habías muerto acaso andrajoso, impuro,
antes de ser parido?

Me decía ayer otro tiempo,
en otra esquina,
que tu amarga madre se alejaba de ti.
Pregón de vino tinto y falsa letra,
cisnes aromados, arañas y libélulas,
te trajo el viento al columpio de mis trenzas.

A media tarde,
ligero, mojado,
como la lluvia misma,
haz de tejerme coronas de hierbabuena.

Lamento mío,
pregón de tristes, locos e inclinados,
me decía tu vástago lamiendo las piedras
que allá en la verde esquina parías solitario.


CUMBIA NEGRA

Es mi hombre el que viene
con ventoleras amarradas al pañuelo.
Trae en los pies la tierra,
ecos y cayenas en el sombrero.
Es su carne negra
el mar nocturno que a mi vista se levanta.

Ven,
arrastra a tu paso los eslabones
que yo esconderé mientras bailamos,
con mi pollera abierta.
Dame tu rumor
de besos prohibidos, tabaco, velas y fuego.
Siente el golpe de la mano sobre el cuero,
el bullicio de las maracas
que invocan sin querer a los espíritus.
No tengas miedo,
ya no somos esclavos.

Es mi hombre el que grita de rodillas,
me abraza las caderas sin tocarme,
lleva enterrado en su pecho nuestro puerto,
se cobija con las redes.
El es mi sangre,
suspiro negro que duerme acunado en el bambú.

Ven, valiente,
racimo de lágrimas moradas como uvas,
ven volando desde lejos,
con el hijo de mis uñas y tu fuerza,
que al canto de las lavanderas,
será parido otra vez con estremecimiento de venas,
entre el llamador y la flauta.


AVE CAUTIVA

Guardo un recuerdo de barcos y agua surcada,
guerra, muerte y holocausto,
desastre de tiempo hecho carne
en nombre de la llama.
 
Me vuelve a matar cada triste noche
si efímeras canciones retornan
en la marcha continua de las armas.
Venero el retrato de tus plumas, balas y huesos,
inventando un renacimiento de aves cautivas.

No quiero dejarlo ir
entre la muchedumbre que rasga su vuelo,
fumando un cigarro en los suburbios.


CARTA FINAL

Te quise y quise no atarme
al verbo de tus labios ingratos.
Te quise, como hoy te quiero,
y quiero arrancar de mis ojos
el fantasma de tu cuerpo desconocido.

Profané el cielo
y caí sin pausa al pozo suicida
que lleva colgado tu nombre en el campanario.

Se me metían hebras de cabello en la boca,
rasgaba las vidas de otras gentes,
mas te tuve
y te me fuiste entre las aguas estancadas,
hundiéndote
mientras te daba mi mano
y la tuya se estremecía,
ahogándose quizás, no sé,
agitando de izquierda a derecha
su piel trigueña.
¿Acaso se despedía?

No trizo el borde
donde perdí el equilibrio: lo beso.
Pero te me fuiste
y comprendo ahora que decía adiós tu mano.

Te quise,
mi cauto vagabundo,
como el derrame de mi sangre.
El puñal se clava y no duele.
Te tuve, te me fuiste,
te quise y hoy quiero vencerte.
Hoy, también, yo quiero despedirme.
                                         

TRILOGÍA DE SILENCIOS

Amo la canción muda de tus ojos.
El plenilunio se hace eterno cuando te das a mí,
como al pincel el lienzo.
Me miras desmenuzando
con tan frágil enredadera de acentos
lo que era piel, guarida de verbo rebelde,
fluido inconstante de un cauce de grana.
Sumido en el aire de un topacio en verso,
me llevas bailando en la orilla de tus manos
con el cántaro vacío al hombro.

Parpadeas, corre el agua,
retoñan en el cielo las hortensias.
Amo la ausencia de tus voces bicéfalas
y el vuelo de los alcaravanes.
Te encadenas, callado,
al escarlata de mis venas,
tejiendo ósculos en las saetas del viento.

RENUNCIA

A la retahíla de los caballos ebrios, renuncio,
a tu mirada sucia trepando lianas en mi memoria.
¡Pobre memoria de mordiscos retorcidos,
códigos indescifrables y sexo consumado!

Renuncio a tus dientes y entonación de sabio,
al ímpetu descontrolado
que me encerraba entre tus piernas blancas,
a tu nariz, entonces desdeñada por ti mismo.

Renuncio a tus manos grandes,
violentas, deseadas, caprichosas,
manos ínfimas, torpes, odiadas.

Te largaste en tu miseria,
payaso de función barata.
No vuelvas ni te acerques a un solo poro mío:
podrías clavarte como puñal en el pecho.

No, no subiría telón fino
para tu inmundo disfraz y tu cara pintada.
Frente al público esquinero te cortaría la cabeza…
Danza de buitres hambrientos al mediodía.
¡Aplausos!
¡Aplausos!
¡Aplausos!


LIBERTAD

Me doy a mí, callada.
Afuera, innombrables cosas flotan
con sus látigos de acero y piedra.
Me abro a mí, eterna,
yo que soy rosa nueva,
triste crisálida.

Más allá del umbral,
espinas,
prisioneros estremecidos en sus baúles.

Me levanto en soledad ante mis ojos.
Soy yo,
sin otros ojos ni dedos.
Son trazos simples los del alma dormida
que sueña con música de caracolas,
que se da, se abre y se levanta.


PLAYA

Al mar le pregunto qué beso no te di,
qué palabra o qué caricia,
qué orquídea fue más bella,
qué brote de amatistas,
qué ruta de agua.

De tus antojos,
el azul no sabe nada,
ni su oleaje soberbio,
ni las pestañas altaneras.

Olvidó que nos amamantaba en la barca.
El día de tu partida,
en mi cuerpo cansado de darse, llovía.
Lloraba de pena,
sumido en la urgencia de tocarte.

No sabe el mar qué beso se deshizo,
qué serpenteante hoguera,
qué caricia o qué palabra,
qué estrechez se remueve con tu pálida risa.

Burbujas y golondrinas
tengo de ti en los ojos.
Enjoyada estará la arena
cuando regreses entre las palmas.


TUS MANOS

¿Qué tienen tus manos, pequeño mío?
Dime qué tienen tus manos.
De por qué me vencen, háblame.
Huyen de la luz y de mis ojos,
duermen con los poros abiertos
respirando el olor de mi sexo aderezado.

Locas, me enredan cintas en la espalda,
suben, bajan colinas, tiran de mí.
Me giran la piel con avidez de viento,
atacando sin tregua los pezones tibios.

Me hacen gemido,
temblor, fuente de agua.
Retuercen sus huesos y se adentran
cual raíz en la tierra.
De por qué me enjugan,
de la magia o laberinto,
de por qué me mojan, háblame.

Infinito,
un dedo acalla la voz que cuelga del silencio.
Ausentes razones,
preludio de lunas derramadas.
Ondea como provocando la muerte,
inmerso en el remolino de mi boca.


VENGANZA

Siéntate y encadena tu boca.
No la quiero abierta, así como tu herida.
Es fuerte el varón que con su brazo me cerca,
lame mi instinto, me toma.

Sé espectador de sus erupciones volcánicas
derramadas dentro de mi cuerpo abierto,
así como tu herida.
Él extasía, taladra carne y huesos.
Violento ante tus ojos lo deseo.
Me muerde despacio,
llevándome cautiva de golpe a la pared.

¿Ansías beberme?
Hueles a rabia...
Siento tu dolor en mis piernas,
sus manos diluidas entre las sombras.

Tú, lobo sin manada,
poséeme, hambriento,
tú, que emerges de la luz como los astros,
así como tu herida.


INCIENSO Y GUITARRA

Van y vienen las cuerdas,
inventando antes del cedro los sonidos.
Se enamoran de tus dedos,
de los ojos soberbios que arriba,
muy arriba, parecen cantar.
Se enceguecen las ranuras del silencio.
Callejones —ceniza inmóvil de tiempo—
ondean sobre aguas negras,
danzan ebrios.

Tus manos enhebran estelas de luna
tras una, dos, tres notas.
Vas hilvanando en la música
retazos de nuestras coronas de arena.
¿Qué canción habita en mis ojos
que ahora cantan los tuyos?
Cúspides de piel morena,
tibios botones de incienso,
se asoman a la seda,
esperan el soplo de tus labios
al terminar cada estrofa.

Se me trenzan los besos
en las aristas de tu voz
y pierdo las almas
que me prodigaron los dioses del mar:
de ópalo el alma en mi muerte pasada, la otra,
aquella fugaz comarca de torres y granates,
narcisos e inocencia.
Mástil, madera estrechada…
Allí estoy, sostenida,
brevemente matizada
por los acordes de la guitarra.
No cesen tus espejos de cantar
y tu vientre de empaparme de brillo.
Lava y fruta es tu mujer desnuda
disuelta en el aire que nos trae el coral.
Somos latido y acento,
orfeón, incienso y guitarra.


NO LO SABES

Te quiero
y tú no sabes que te quiero.
Estás lejos, lejos,
nadando en negro, rojo y amarillo.
Estás llorando y no sabes que te lloro.

¿A quién quiere tu boca y buscan tus olores?
¿A quién llama tu voz desesperada, incierta?
Habla, háblales de otra.
Creeré que soy yo misma.

Te beso
pero no conoces el color del beso.
Ah, si supieras que un ángulo de estrella,
noche tras noche,
se me hunde en las entrañas
mientras un pañuelo de luna me cubre los ojos.

Seguiré rendida y abierta,
creyendo que te desgarras las venas
y penetras por un vidrio roto a mi guarida,
que te hundes en mis entrañas
y son tus manos las que me cierran los ojos.


ALAS AUSENTES

No vibras, ni vuelas, ni cantas,
suspendido de los musgos y las cuerdas.
No hay respiro, suspiro ni llanto,
lívido estás como clavel sin sangre.

Añoro el verano de tus costas trémulas,
los pies arrugados después de la lluvia,
danzando en los charcos salpicados de estrellas.

De cuando eras fuego y canto,
viene un recuerdo en arrullo.
¿Es el silencio rumor de mares dormidos?
Quietud y silencio eres,
no vibras, ni vuelas, ni cantas.

Dueles inmóvil y callado,
en madrigueras y nidos,
arreboles y arboledas.
Dueles en el pecho como dardo.
Gritando están los vientos,
masticando está la tierra
los pedazos de tus alas.


MALDICIÓN

Te maldigo en esta cumbre de tiempo,
bestia insomne,
retazo de escudo.

No lloran por ti los estambres
ni bailan los cardos alrededor del fuego.
Maldigo tu boca en los pliegues de mi carne
—después de los jacintos y el trébol en las piedras—,
tu voz aguda de saeta,
feroz  como el deseo mismo.

Cansada estoy de los vitrales donde te hallo,
de las cornisas con trozos de tus ojos,
de la herida entre la puerta y el suelo,
del falaz regreso de tu vientre,
de la incesante algarabía del silencio.

Cansada de revivirte, invocarte,
verterme, emerger de ti,
agobiada,
consumida por los pasos tempranos
que aún no yacen en olvido.

Le debes a mis senos la lucha con los sables,
a mi sombra, las astas y banderas,
borlas y cascabeles, a mi quebradizo andar,
al mosaico viejo, el reflejo de mis pies en el agua.

Te maldigo, ladrón de alas y atajos,
te desmenuzo entre dientes y estigmas
como queriendo anudar tu recuerdo a la muerte
y a tu ausencia, mis lágrimas tercas.


SIN TÍTULO

Voy marcando las páginas vacías
del libro que aún no he comenzado.
Hay tánto espacio absurdo,
tánta podredumbre en las esquinas,
tánto punto disperso en este desierto blanco.

Parece que cada letra —atada a la otra—
fuera menos que pensamiento,
que silencio,
menos que intención.

Vocales crucificadas en tinta negra,
abriéndome los ojos,
respirando mi propio dolor.

Voy marcando las páginas vacías,
una, dos, tres, cuatro,
sin eco ni música,
sin título ni recuerdo,
sin el verbo bailarín que gotea en mis dedos
cuando reposa el cíclope maldito
del miedo al destierro.

Trece, catorce, quince,
veinte páginas, una esclava necia,
una celda vieja, un alma muda.

No basta morder  mi lamento.
Voy marcando las páginas vacías
del libro que aún no he comenzado
mientras en el borde derecho,
los números anclados murmuran
que se me fue el deseo
como agua que va corriendo.


EL CUADRO

De entre sombras multiformes,
se dibuja el segundo inerte que rebordea la lluvia.

Abrazando el barniz,
organizas rosarios que entretejen sus hebras.

Palpitan el llanto ausente de música
y el trueno aromado que se deshizo en luces amarillas.

Se mece la mujer, calladamente,
como la lágrima derecha que huye de la cuenca,
como la tímida gotera en paredes apócrifas.

Dice su voz que la tarde ha muerto,
tan baja su voz, que suena a respiro y a cruces.
Toca la lira en la espalda del capullo
y enjuga su frente empapada de fuego y rocío.

Azotes de acero en el triste tejado
inmolan marionetas,
despedazan espectros.
Serpientes aladas revuelan el cuadro.
El capullo no duerme.
Se mece la mujer llorando.


EL OTOÑO DEL AZAFRÁN

No sé si la noche pueda hablarle.
Tal vez triste esté la noche,
con sus anillos vencidos.
Usted, ojos grandes, cabello cenizo,
páramos, costa vacía.

El retrato y las grietas
son remembranza
de la gama de voces en aquella primavera.
No sé si era de luces o de aguas, no sé.
Nada queda ya.
No hay flama o roce en la sombra,
ninguna cosa,
ni batallas ni victorias.

Renuncio a la caída de las hojas,
sin método preciso para atarlas a las ramas,
para ser armadura contra vientos de estación.
Soy de violetas, verdes y turquesas,
del trópico y su aliento florezco.

Usted,
mi concepto rebelde del azafrán en otoño
y los múltiples fragmentos
de esta inestable sociedad.


MUESTRARIO

Hay un tigre dorado lamiendo el espejo,
quince alondras huyendo del cazador,
dos búhos dementes metidos en los zapatos
y, de papel, una niña desfilando en el salón.

Acuarelas moradas con calcomanías de estrellas,
más doce cuentos de un alma amarilla.

Sí,
una niña desfilando en el salón.
Es pequeña y llora y camina y canta
y a veces se hace la dormida
porque le da miedo estar sola.

Puede usted comprar, además,
esta madeja de lana:
Le enseñé muy bien
a coser sus menudos vestidos.

No mire el triciclo,
señor de buena cara,
porque nunca la muy necia
a pedalear aprendió.

Son tres pesos por la madeja
y seis por la chiquilla,
que aguja trae a cuestas.
Yo le regalo la tijera
cuando la quiera matar.


SENTENCIA

Un espacio en tu espacio
sigue siendo mío.
No es abismo ni gruta,
es vértice,
cactus encarnado en vez de conjuro.

Mi espacio sobre el tuyo se eleva
saboreado por la lengua,
escondido en la garganta.

Es mío, no es de otra.
¿Recuerdas las horas
en que me desplazaste del cielo?
El vástago creciente
palpitará sentenciado a mi portón agitado.
Tus faros rastreros a cualquier cadalso.


IMPÚDICA

Cae un haz de espinas desesperadas
cual río sin lecho manso.
Caen
simplemente
lágrimas.

Atraviesan las pupilas engañosas,
cópula y zarzal descosido.
Plasmo esferas sobre cicatrices de la sombra,
invado todo
y te busco vanamente
y ardes.

Nadie está conmigo.
Poderoso, sonriente tú,
pero tan mortal
—más que las esferas—,
galanteas,
fallas constantemente,
torturas.

Sola,
Sola,
Sola,
impúdica en el surco de la ristra tuya,
desato mis nudos,
me vuelco al grito,
fluyo
violentamente
libre.


ALGÚN ECLIPSE DE LUNA QUE PERDÍ

No, no quiero que me veas
en la maraña de tu vientre,
perdida.
Ligera, vuela la paloma pequeña,
posando sus alas blancas
en las cuencas de tu mirada.
Sucumbe ante tus luces esta hembra morena
de entre níveos linos nacida
como piedra preciosa.
No, no quiero que me veas
con los labios cortados,
con las pupilas dilatadas
como ola huérfana que no golpea la roca,
que se extiende
y borra el rastro de los grilletes en la arena.
No, no quiero que me veas sangrante del alma.

Quiero sólo tu pecho aislado del perpetuo minuto,
de este vasto mundo,
del enredo de las hiedras.
Quiero sólo tierra arada ,
fecunda al calor de mis senos,
abierta a sus semillas
como puerta al forastero.
No, no preguntes si seguiré esperando.

Se adormecerán en tu cayado mis caderas rebosantes
Y te daré un beso largo…
Inquieto,
eclipsarás con huellas mis hombros:
me hallarás virgen, limpia
como el verde de las praderas.
Nos iremos del brazo al balcón de los geranios;
te contaré de sus hojas acorazonadas
o tormentosas
o de su escala de rosas.
Goteará silente su perfume en mi frente
para embriagarte el poro más oculto,
como bautizo secreto al sol de un viñedo.
Tan tuya seré en tus manos
que bastarán cenizas de la primera caricia
para cambiar de piel en cada espasmo.
Deseo ciego y callado,
aferrado a mi cintura,
pídeme que baile
aquel éxodo de violines
desnuda.


HUÍDA

Hueles a angustia en la lejanía de estas letras,
a insomnio sabe tu noche oscura;
vino en la copa, fuego,
ceniza,
tu cuerpo escurrido sobre el diván.
Mi piel se convierte en cáscara fría
retorciendo sus nudos
tras las ruinas del sol.
Soy remedo, aún, en tus lágrimas de mentira
de intocables montañas,
carmesí, sedas
y almíbar.
Hueles a rabia mordiéndome el alma,
a deseo salvaje sabe mi espalda
en el recuerdo furtivo del golpe a la pared.
En la pureza de tus pies descalzos,
Lío refugios inciertos
a la ansiedad loca de tenerte.
Desaparezco como el humo que tu lengua envuelve,
para luego entre tus labios escapar
y subir y subir…
y en la nada desvanecerse.

Huelo a dolor en la huída.
Llegará al diván mi olor de ausencia.

No estoy.


A VECES, OLAS

A veces, en el hastío,
veo, dibujados, soles en la pared.
De color ausente,
son silbidos de un cielo acongojado
ya por tanta neblina.
Dan vueltas,
giran entorchando sus cabellos
y abriendo la boca.

Soy, a veces,
águila vespertina en los andenes de mi vida;
invencible, pura.
Puede una muerte pasada
ser reencarnación en piel ajena:
algún eclipse de luna que perdí
mientras me hacía la dormida.

A veces, hinchado de miedo,
se recuesta a la ventana el limonar;
ve ratas colándose por las rejas
o duendes sordos de botas muy rojas.

Tiemblo, a veces, y dejo de ser dos
para desvestirme en un espejismo
y ser una sola.
Y ser movediza como las arenas amarillas.
A veces estoy marchita
en el tráfico de soles desvaídos en la pared.
Soy pieza de un rompecabezas
con bordes negros y relieves de satín.
Vaivén de sombras en la penumbra:
a veces, yo misma,
a veces, olas.
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©   Andrea Paola Visbal

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 20