EL ÍDOLO MODERNO:
RELECTURA DE EL GATO Y EL RATÓN,
DE GÜNTER GRASS
David Eduardo Zuleta Soriano
Estudiante de Español y Lenguas
Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá
Trabajo presentado en la cátedra de Teoría y Crítica Literaria, III Semestre,
a la profesora Mar Estela Ortega González-Rubio, julio-noviembre de 2004.
INTRODUCCIÓN
El ídolo se revela como un producto de la creación del hombre para venerarlo. Este culto cualificado de irracional por el judeo-cristianismo conduce sin salida a la esclavitud. El hombre pues, es esclavo de su creación. Así, todo producto del hombre: objetos, sistemas económicos, políticos, filosóficos, son perfectos candidatos al estatus ídolo.
La novela El gato y el ratón (EGR) ofrece una mirada panorámica a la anterior problemática. Describe un personaje claramente definido como un idólatra que venera casi mórbidamente cuanta chuchería encuentra. Este irracional culto primitivo no es sino el esbozo de su postrer estado de cautividad en el sistema político vigente de esa época (1939-1945); estado que además ha impulsado al mundo a una pugna bélica detestable. Es de este modo como el ratón es presentado al gato, en la clásica línea de la presa y el cazador. El protagonista, que es objeto de cierta admiración, proyecta su ideal en un modelo de fuga del patrón cultural: ser payaso en una sociedad donde la vida no da para tal. Es su forma de escapar, pero el sistema termina por acapararlo en sus temidas fauces, llevándolo de esta manera a la muerte, propuesta aquí como único mecanismo de escape. Para el desarrollo de la presente hipótesis en EGR, de Günter Grass, se usarán los planteamientos de Rene Girard, en sus libros Mentira Romántica y verdad novelesca, y La violencia y lo sagrado.
1. EL HOMBRE POSEE UN DIOS O UN ÍDOLO
Con el advenimiento de la modernidad, el pensamiento, la atención y el trabajo se volcaron para converger sobre el hombre [1], se suscitó a su vez, lo que se pensaría una emancipación ―que por demás la historia ha mostrado como virtual―. Si alguien ocupó el lugar de Dios, ¿quién ocuparía pues el de su desvirtuación pagana? ¿Quién sino el hombre podría buscar, o mejor, hacerse un reemplazo? En todo caso, el mero sustituto de Dios ya implica al ídolo [2].
Para las generaciones precedentes fue muy fácil definir al ídolo en su inmediata materialización tallada que devenía en objeto de veneración. Pero hoy, ese tallaje resulta sumamente sutil y, en consecuencia, presenta dificultades en su definición: el hombre modela su creación, y justo como lo ilustra la imaginación hollywoodense en su visión apocalíptica, el invento se revela contra su creador ―la maquina contra su hacedor― y lo esclaviza. Fácilmente cualquier producción humana: objetos, políticas económicas, sistemas y doctrinas filosóficas, son candidatos para adquirir el estatus de ídolo. Rene Girard dice:
“Dios ha muerto, el hombre debe ocupar su lugar. Todas las doctrinas filosóficas que se suscitan desde hace tres siglos para acá, llevan impresa la mentira del nuevo evangelio. Cuanto más profundo se graba en nuestros corazones, más violento es el contraste entre la promesa y el mentís brutal que le inflinge la experiencia” (1985:56).
Esta visión luctuosa de la realidad ha sido mejor capturada por los novelistas que por los filósofos, en términos del propio Girard.
Hablamos así de tres siglos en que generaciones han nacido dentro de la tendencia filosófica que domina a Occidente. Nacen esclavos en su libertad virtual, por la dificultad que presenta la definición de su amo. Tres siglos en que una novela de la realidad no dejará de denunciar el mismo patrón por todo lo que implica la mimesis aristotélica. Günter Grass es uno de esos denunciantes, que contra todo paradigma temporal contemporáneo, desenterró el huidizo tema de la guerra que atacó el mundo, teniendo como epicentro la Alemania de comienzos del siglo XIX. El fantasma nazi no deja de aparecer en su narrativa. El depredador y la presa están presentes.
Siguiendo la línea del tópico que venimos tratando, hallamos en el contexto de EGR, la figura y presencia del mentor. No es un secreto que Nietzsche era uno de los escritores favoritos de Hittler. Sin ser así, Hittler y Grass, Mahlke y Pilenz, nacieron en un mundo que deja entrever barrotes.
El nacional-socialismo fue un monstruo que se salió de control. Como muchos otros ideales que se suscitaron tras el humanismo, el nazismo nació del deseo altruista por la felicidad de un pueblo; era un favor para la humanidad, aunque esto significara la depuración de la misma. Pero el sistema creció demasiado, y su mentor terminó sirviéndole como a su señor, por esas cuestiones del compromiso con la doctrina. Si Hittler quería ocupar el lugar de la divinidad, por lo menos robó algo de veneración en la estatuilla tallada de sus manos, aunque eso representara servirle a ella un poco, otra vez por cuestiones de compromiso con la doctrina. La dificultad para definir al ídolo moderno envolvió a Hittller como un esclavo. La creencia en el ídolo, sumada a la dificultad antes mencionada, hizo esclavos [3] a Mahlke, a Pilenz y a cientos de nacidos.
El sistema y el ambiente manipulado donde nacen los miles, parecieran influir en la genética, por así decirlo, de todos los neonatos, y si no en su genética, por lo menos sí en su mentalidad. Esto, teniendo en cuenta que el ambiente donde se viene a nacer, tiene en el aire el smoke [4] de toda la carga ideológica de la que hacía referencia Girard líneas atrás. Así que los individuos parecieran estar predispuestos, como una manifestación de su instinto genético a la veneración, a la búsqueda del ídolo.
Grass lo ilustra, al mostrarnos un personaje con una suerte de compulsión fetichista: “Ahora es cuando me viene a la memoria que además del destornillador, Mahlke llevaba colgando del cuello una cadenita de plata de la que pendía a su vez un objeto católico y de plata así mismo: una medalla de la Virgen” (Grass, 1961: 12) [5]. Al fetichismo religioso, agrega el histórico: “Colgó la Virgen de plata entre el perfil en bronce del mariscal Pilsudski y la foto en tamaño postal del Comodoro Bonte, héroe de Narvik” (23). Verdad era que Mahlke tenia que llenar la ausencia del Dios, que su genética le obligaba a reemplazar, con todo un arsenal de ídolos: “Era una buhardilla llena de los habituales cachivaches juveniles […] entre todo aquello sobresalía un cromo enmarcado de la Madona Sextina […] la medalla de Pilsudski ya mencionada y el piadoso amuleto consagrado de Tschenstachau, al lado de la foto del comandante de cazatorpedos de Narvik” (27).
Su casi mórbida atracción, su instinto de hijo de este raro mundo con barrotes, lo condujeron con frenesí hacia algo que lo cautivaría con más potencia. Mahlke terminó al servicio de ese gran sistema que enredaba al mundo en aquella pugna detestable. El mismo que envolvió a Grass y a Hittler. El mismo que la escurridiza emoción juvenil de Mahlke resistía con cierta indiferencia: “En aquella época agitaban al mundo grandes acontecimientos [refiriéndose a la guerra], sin embargo, por lo que refiere a Mahlke, su cronología no admitía más que dos etapas: antes de aprender a andar y después de aprender a nadar” (35).
La más risible paradoja de todo este embrollo, está en la sustitución del Dios cuya ausencia provoca la posesión de un ídolo. Es sabido que uno de los factores más definitorios de la modernidad es la secularización o desacralización de la sociedad (como lo hace notar Rene Girard en lo que es ya una constante en su obra). El hombre abandona a Dios por el complejo escapista que incuba de la Edad Media. Escapismo que se inicia con la reticencia a la institución religiosa organizada, y que deviene como era previsible en ruptura con todo lo que se llame divino. Dejemos que sea la Historia, los filósofos, o como sugería Girard, los novelistas (Sthendal, Dostoievski o el incisivo Grass), los que nos hablen del reducto de libertad del espíritu que sobrevino al paso de la ya mencionada emancipación virtual.
Hay un pasaje en el que Grass parece percibir con suma agudeza y fina ironía el retrato de todo este suceso de la sustitución: los personajes caminan por un puente que los pasa de lo banal a lo trascendental. Y es el turno de Mahlke en la conversación:
“Por supuesto que no creo en Dios […] la clásica patraña para idiotizar a la gente. La única en quien creo es en la Virgen Maria. Por eso no me casare. La frasecita era demasiado grave y confusa para entenderla como para pronunciarla sobre un puente. Se me quedo grabada. Y ahora donde quiera que un puentecito se tiende sobre un arrollo […] veo a Mahlke […] lo veo inclinarse sobre el pretil, dejando que el gran objeto cuelgue verticalmente de su cuello, como un payaso triunfador por la fe irrefutable del gato y el ratón: por supuesto, no en Dios-. La clásica patraña. No me casaré” [La negrilla es mia] (162).
Las palabras de Mahlke condensan las carcajadas que suscitan su bufonada; es la ingenuidad de uno que quiere ser payaso en un mundo que no da para tal. Y es que cuando Mahlke se sugirió payaso, la ficción superaba toda realidad; y claro, le daba a Mahlke la fe irrefutable del gato y el ratón. ―Por supuesto no en Dios―. La clásica patraña. La sustitución es aquí encantadora: mientras Mahlke dejaba a Dios, le juraba fidelidad a su peculiar ídolo (la Virgen Maria), dejándose seducir, o mejor gusto aquí de esta palabra, idiotizar por lo que en calidad de ratón, le hacía las veces de gato sobre su vulnerable cuello.
El contrasentido no sólo reafirma a Grass como humorista [6], sino que captura la escena donde toda la humanidad se da al cambio y se entrega al servilismo, al pacto, como lo encierra la imagen de la fidelidad declarada por Mahlke.
En todo esto encontramos sin embargo un difuso viso de libertad. No se podría culpar en todo a la ley natural de la prelación que concierne al gato y al ratón, ni a la cruda realidad de nacer en esto, que aquí me daré a llamar el ecosistema [7] moderno con su smoke casi ineludiblemente respirable. No, “elegir significa siempre elegirse un modelo y la auténtica libertad se sitúa en la alternativa fundamental entre el modelo humano y el modelo divino” (Girard, 1985: 58). ¿Y qué es el modelo humano sino aquello que modela el hombre?
Después de la elección del ídolo, el viso de difusa libertad queda acaparado, cedido o involucrado en las reglas del pacto de fidelidad. Este pacto que llevó a Mahlke a no casarse, cedió su derecho, su difuso viso de libertad que le concedía la elección entre el celibato y el matrimonio. Todo queda en ese “por eso”. “Por eso” Hitler, sirvió en lo que aquí repito: el compromiso con la doctrina.
2. EL GATO Y EL RATÓN
“La matriz esta en todo lado, es todo lo que ves, es todo lo que tocas”.
The Matrix, de Andy and Larry Wachowski.
“[...] y ahora yo que mostré tu nuez al gato, y a todos los gatos del mundo, me veo obligado a escribir” (44).
Jacques Derrida ha cuestionado todo el fundamento filosófico sobre el cual se erigió el sistema de pensamiento de Occidente. Más aún, ha declarado, que para acceder a la realidad del mundo, ese mismo sistema tendrá que ser reconstruido. De una u otra forma, era algo que ya se había sugerido con la primera mención de Girard. Pero éste no es un ensayo deconstructivo.
El ecosistema moderno lleva al fatídico y casi ineludible adiestramiento. Es la masificación del pensamiento, donde la línea de ensamblaje produce seres en serie. La influencia es basta y está presente en todo lo que ves, en todo lo que tocas; tal y como le sucedió a Mahlke al recorrer todos lo rincones de la casa y cada lugar donde miraba. Por ahora mencionaré los libros que había en un estante de su casa:”Libros los había en un estante largo y combado” (29). También es significativo el contundente dragaminas que se convertía en un minimundo para el juego de la guerra; la versión loará los pequeñazos de la historia: “[…] supongo que el casco abandonado es de un barco de la clase Cacica, confiero al Báltico el color de vidrio grueso de las botellas de sifón […]” (6-7).
Todo lo que hoy se diga en el nombre de la filosofía y la ciencia, tiene ese carácter profético infalible que se produce al escuchar la voz del dios de este siglo. Todo lo que ves, tiene la figura de un gato que está listo para atacar. Todo en este ecosistema floreció sobre las premisas filosóficas de la modernidad: individualización, secularización, industrialización, burocratización y capitalismo, entre otros.
La metáfora que da inicio a toda la narración de la novela de Grass, es la de un gato que es arrojado sobre la nuez del cuello de Mahlke (en alemán, ratón). Y todavía más cruel la declaración de Pilenz: “y ahora yo que mostré tu nuez al gato, y a todos los gatos del mundo, me veo obligado a escribir” (6). El ratón que se convirtió en la presa de ese sistema político-bélico, gracias a su predisposición idolátrica, es revelado paulatinamente como el Gran Mahlke. Éste tenía el instinto de roedor que lo impulsaba a la huida cuando el gato se le acercaba. Él era algo así como un número par en medio de impares. Con todo, su antagónico felino tenía una armería de captura maravillosa.
Sin ir tan lejos, el propio Pilenz, que se supone amigo, en un acto de crueldad se pone del lado del gato (completándole la armería). Es que Pilenz no era tan escurridizo, no era tan ratón. Él era más normal, más vulgar; algo así como un número impar en un mundo de impares. Y no era el único. Todos esos impares que rodeaban a Mahlke eran alienados. Bastaba verlos sucumbir ante la moda de las borlas que inventó Mahlke. Y sí; no hay nadie más amigo del sistema que el esnobista, entre los cuales figuraba Pilenz como el primero en copiar el boom de las borlas. Pilenz es parte del sistema, estaba de parte del gato. Y Mahlke era todo lo que Pilenz no era: él no inventaba modas, él era impar: producto en serie, snob, mente adiestrable, uno que diría amén a la palabra del dios de este siglo. Y Mahlke, por su lado, un roedor creativo y excéntrico pero idolatra. Y si se continuara viendo de este modo, Pilenz o quien quiera que lo haya hecho, tenía motivos para haberle echado el gato a Mahlke. Además, tendría la crueldad individualista propia de los nacidos en el ecosistema moderno.
La persecución está dada. El sistema está en todo lado, “es todo lo que ves, todo lo que tocas”. La fuerza del felino aparece en el recuerdo del padre de Mahlke, un militar condecorado, un héroe de guerra. Cada objeto que Mahlke rescata lleva la huella del gato: insignias de héroes militares, artefactos bélicos, placas con escritura alusiva a la guerra. En la escuela los juegos consistían en recordar complicados nombres y características de submarinos, aviones y tanques de guerra, además de discursos de héroes militares con vistosas condecoraciones, como esa apetitosa “golosina”, La Cruz de Hierro. El monstruo de la guerra, la creación de Hitler, está persiguiendo en cada página de la historia de Mahlke a ese apabullado ratón.
Mahlke se bebió el deseo de todos los modelos que se le ponían delante. Todos tenían esa condecoración. El padre la tenía: “Mi padre pudo evitar la catástrofe y recibió, con carácter póstumo una medalla” (129). Los héroes en la escuela la tenían también. Era el insipiente premiecillo de la guerra, los niños la admiraban: “Los muchachos practicaban el boxeo […]. Mahlke les volvía la espalda, pero de nada le sirvió. Dos de ellos se nos acercaron con los cuadernos abiertos […] Mahlke escribió en la ultima parte de ambos cuadernos y en la primera línea de arriba, su nombre y grado. Pero los muchachos no se dieron por satisfechos, sino que querían que anotara también el numero de los tanques destruidos” (169). Mahlke, en lo que quizás fue su ultimo acto audaz antes de ser atrapado, robó la golosina, La Cruz de Hierro. Sí, ¿por qué no imitar a esos héroes?
Sin embargo, había más gatos distintos a la guerra. Eran todos los gatos del mundo a los que se refería Pilenz. Más sistemas, más depredadores, más alternativas. Los llamo depredadores porque el horizonte es el mismo. Allí, al final, se dilucidan barrotes. Son sólo un sofisma con muchas puertas, o por lo menos, una puerta ancha que da la impresión de varias entradas (de ahí alternativas), pero convergentes en un mismo final. Es el regalo de la modernidad: el acceso al conocimiento, a muchos tipos de él, a profusos sistemas de pensamiento. Y la humanidad, que tiene tantos caminos (al menos en apariencia), se encuentra ante la crisis existencial del hombre moderno. Allí nace El grito, de Edwar Munch [8], otra alternativa diferente a la novela de ver la realidad.
Con razón Dostoievski recordaba con cierta añoranza a los hombres del pasado, que vivían sin tanto smoke: “En aquel tiempo se era en cierto modo, hombre de una sola idea; nuestros contemporáneos son más nerviosos, más amplios, más sensibles, capaces de seguir dos o tres ideas a la vez. El hombre moderno abarca más; esto le impide, se lo aseguro ser por completo de una sola pieza” (Girard, 1985: 89).
Tal vez Dostoievski hubiera reñido un poco con la tercera metamorfosis del Fausto, de Goethe: la del desarrollista [9] , cuando éste hizo la pregunta filosófica de la modernidad: ¿por qué han de permitir los hombres que las cosas sigan como siempre han sido? Y así el molde gatuno está en todas partes, “donde quiera que mires, donde quiera que toques”.
3. EL DISIDENTE
“No se conformen [la traducción permite: «adapten», «amolden», «encajen» y «mimeticen»,
que es la más precisa] a este mundo (la traducción permite: «siglo», «sociedad», «matriz cultural», «molde»)
sino transfórmense por medio de la renovación de su entendimiento”.
(Romanos 12: 2)
“La sociedad moderna ya no es más que una imitación negativa;
y el esfuerzo por salir de los caminos trajinados, hace andar fatalmente por el mismo carril”
(Girard, 1985: 76).
José Cuestas Novoa habla de la apatía moderna por el disidente. El hombre moderno tiene un cruel repelente por el disidente, similar al de Pilenz por Mahlke cuando le echa al gato. Hay una clara reticencia por los puntos negros en la tela blanca, y acaso tenga algo que ver la masificación, esa producción de pensamiento humano estándar y a escala.
El hombre que llegó por un camino al punto bifurcado de éste, y tomó la vía que nadie tomaba, de estrecha puerta y de angosto camino, es un disidente. Generalmente, son despedidos, rechazados, entregados, fusilados, llevados al suicidio o crucificados por el común, que porta la marquilla estándar de esa línea de ensamblaje. A veces, en el mejor de los casos, son censurados de locos. Y yo como Pilenz, conocí un ratón que, en sus días de gloria, decidía de su predador sistema. Y si la fe fuera a la inversa, lo aplaudiría con más fuerza.
Mahlke proyectó su ideal de ser payaso, y con él, su forma de disidir. Era como la carnavalización de la guerra. ¿A quien se le ocurriría ser payaso sino a ese escurridizo ratón que quería hacer reír a las personas? En la guerra, las risas parecen ser parte del olvido, sólo que Mahlke, de alguna forma, conoció el sedante para ese crudo dolor: el humor. El mismo que Grass usaría en sus caricaturas, para sedar en ellas algo del estigma del conflicto. Pero Mahlke no hacía reír a nadie, al menos no concientemente, y así era como lo percibían sus amigos. Además, Mahlke era un idólatra empedernido; ése era su talón de Aquiles. En su gran oportunidad de escapar y encontrar la libertad, entró en el acto de la más grande bufonada, en la paradoja (la que hace reír) que lo confirmó como payaso... como payaso triunfador. Ese fue el clímax y el fin de su carrera circense. Su talón de Aquiles lo entregó:
“Porque es lo cierto que cuando la guerra estalló en todas partes, no de golpe sino primero en Weterplate, luego en la radio y finalmente en los periódicos, él, aquel estudiante de bachillerato [...] era muy poquita cosa y únicamente el dragaminas de clase Czaika que unos días adelante había de proporcionarte tus primeras oportunidades de exhibición desempeñaba ya su papel bélico” (35).
Todo ese ideal circense tenía su origen en una forma de disidir más profunda y poderosa que, de alguna manera, Grass ya había trabajado también en la primera de esta trilogía, la saga de Danzig con su Tamborilero de Hojalata: el niño que se niega a crecer para evadirse (disidirse) de la guerra. Es que la niñez, por antonomasia, es un estado de disidencia. Es donde la guerra se confunde con un juego, y el gato y el ratón con una ronda simple. Ellos son especiales prófugos. Baste con recordar esta paráfrasis personal de las palabras de alguien en algún lugar: “de los tales es el acceso a la realidad”, la del camino angosto.
Así mismo, el pasaje ofrece otro argumento de una forma de persecución: la publicidad (radio-periódico). Y no sobra recordar el despliegue publicitario en el que Hittler aparecía como mesías para figurar como el Dios de justamente toda una generación de niños.
A pesar de todos los intentos de evasión, este ratón sucumbió. Nuevamente aquí se usa el sarcasmo para referirnos al evento. Esta es la escena donde Mahlke aparece con “el singular objeto, el ábretesésamo, el trébol galvanizado de cuatro hojas, el engendro del buen viejo Schinkel […] el noquierohablar de eso [la golosina para el ratón]”. Esto, refriéndose a la Cruz de Hierro, otorgada a los mejores en combate.
“¿Y el ratón? Dormía, invernaba en pleno junio. Dormitaba debajo de una gruesa manta. Mahlke había engordado. No porque nadie, el destino o algún autor, lo hubiera eliminado o tachado [...] ¿Qué traza tenía? Ya dije, la actividad del frente lo había hecho engordar” (152-153). El ratón ya no contaba con la vital lozanía de su febril juventud, cuando huía para escapar del gato. Mahlke era otro, había crecido y dejado las cosas de niño, y se había atiborrado del deseo de tener esas condecoraciones. En consecuencia, había engordado. Lento ya, el gato lo había atrapado.
Mahlke se había convertido en uno más, en un número impar. Él se había mimetizado en el sistema. El mismo sistema que de niño le robó su niñez abruptamente y lo metió en la guerra. El mismo que le quitó a su padre. Ahora su deseo era coleccionar condecoraciones, y dar conferencias de guerra a una nueva generación. Así, los nuevos amarían lo que no debían amar. Gordo y panzón, el gato lo atrapó. El gato no había engordado.
4. EL MENTÍS BRUTAL
¿Qué hacer cuando de lo que se ha huido toda la vida termina atrapándonos? ¿Quién le escribiera a Pilenz un buen final? El que muchos quisieran oír: que el gran Mahlke no se suicidó, que salió a flote y corrió a trabajar en un circo, para hacer reír a las personas. Para hacerles, aunque sea un momento, olvidar del gato. Comprobarles que su instinto de roedor nunca se enajenó.
Ante la captura, la mimetizacion, Grass propone como única salida la muerte. Para Mahlke también es la misma. Para Pilenz y para nuestra lectura, el final es resistible: hurgar en los circos, y buscar un colega de payaso:
“―Idiota ¿Qué haces aquí parado?- apresúrate a llegar cuanto antes al cuartel de tu unidad en Hochistires. Inventa cualquier cosa para explicar tu retraso. Yo no quiero complicaciones [...] pueden trasladarme a Grass Bochpol como instructor, si quieren. Ahora les toca a otros. No es que tenga miedo, no; lo que pasa es que ya estoy harto” (167).
Cuando Mahlke llegó al camino bifurcado nuevamente, tomó la vía que nadie tomaba (no volver a la guerra). Y caminando en contra del gato, en dirección a la libertad de la guerra, sintió miedo. El miedo del que ha aprendido a amar sus barrotes y ya no sabe qué hacer en libertad. Por eso se suicidó. Fue más fuerte el instinto de hijo del ecosistema moderno que su instinto de ratón. “La sociedad moderna ya no es más que una imitación negativa; y el esfuerzo por salir de los caminos trajinados, hace andar fatalmente por el mismo carril” (Girard, 1985: 76).
Sin bufonada, obstinadamente yo seguiría buscando entre los circos, pero Max Sheller lo dijo: “El hombre posee un Dios o un ídolo”.
NOTAS:
[1] La idea del ídolo implica servilismo —aquí señalado trabajo— desde el mismo momento que se fabrica. Basta con notar el trabajo del artífice. Además, el ídolo es incapaz de movilizarse por sí mismo, necesita ser trasladado, limpiado, adornado. El hombre que lo fabrica ya sirve para él, y la misma realidad opera en todas las manifestaciones idolátricas del hombre.
[2] El pensamiento humano trabajó sobre la sustitución de Dios, pero ignoró la de su desvirtuación pagana. A éste nadie le sustituye. Entonces, si la mera sustitución de Dios ya implica la idea del ídolo, nos encontramos ante una sociedad doblemente idólatra. Este tema quizás requiera de un desarrollo mucho más profundo.
[3] El autor se unió a las Juventudes Hitllerianas en el año de 1930 y participó en el conflicto bélico de la II Guerra Mundial. Esta experiencia deviene un estigma para Grass.
[4] El smoke aquí es manejado bajo la acepción de contaminación. Todo el pensamiento filosófico es impartido a las multitudes de personas en forma de adoctrinamiento y casi todas las manifestaciones culturales del hombre de occidente están mediadas por estas premisas filosóficas. En esa medida y con la mirada negativa que aportaba Rene Girard, el hombre moderno se ve expuesto a lo que el denomina “la mentira del nuevo evangelio” y todo el peligro que el tal implica: el orgullo y el mentís brutal. Es por eso un smoke que carga con sedimentos el contexto cultural del hombre.
[5] La edición de EGR, de Günter Grass, que será citada en este ensayo será la de Bogotá: Oveja Negra, 1961.
[6] Recordemos que el autor alemán fue caricaturista.
[7] Una forma de acercarse a la definición de ecosistema es a través del análisis de la etimología de la palabra. Podemos desglosar la palabra ecosistema en eco y sistema Eco = Oikos = casa, hogar, y sistema, que lo podemos definir como un conjunto de leyes y elementos que gobiernan la casa, el hogar. El eco-sistema es entonces un conjunto de elementos, estructuras, funciones e interacciones que se dan en un espacio físico determinado. Una definición más clásica dice que el ecosistema es un arreglo de componentes bióticos y abióticos que están relacionados de tal manera que actúan o constituyen una unidad o un todo. El termino también se relaciona con el concepto de habitat, ambiente, medio, entorno.
[8] El grito es la obra más famosa del célebre pintor y grabador noruego. En ella recoge el dolor humano y su angustia ante todos los caminos de la modernidad. Está dirigido al hombre: a su tragedia y a las que provoca.
[9] José Cuestas Novoa incluye la tercera transformación del Fausto en su ensayo: “Los U`was: Una rebelión contra el sino trágico desarrollo. En La revista de El Espectador. Septiembre 2. p. 46.
BIBLIOGRAFÍA:
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En: [www.ilustrados.com/publicaciones]
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—IBÁÑEZ, Andrés. “Deseo, violencia, sacrificio”. El secreto del mito según Rene Girard”. En: [www.agapea.com]
—CUESTAS, José. Los U´was: “Una rebelión contra el sino trágico del desarrollo”. En: Revista de El Espectador. Septiembre 2 de 2001.
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© David Eduardo Zuleta Soriano
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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