Carta a Jacques
o reflexiones sobre las putas tristes,
Marvel y la vida
Ariel Castillo Mier
Jacques, de nuevo leí tu correo el viernes antes de salir para el aeropuerto. La incertidumbre finaciera de la Universidad, sus retrasos trimestrales en el pago, me han obligado a aceptar invitaciones a cursos y conferencias, para cumplir con los compromisos económicos. EAFIT de Medellín me invitó a un curso en el posgrado en Hermenéutica literaria sobre Bajtín. Fueron cuatro viernes-sábados consecutivos de 8 horas cada uno, que se cruzaron además con eventos en Ciénaga y en la Universidad del Norte, y mis clases en la Uni-Atlántico. La verdad es que he empezado a sentir el agotamiento, pero uno está en lo suyo. Yo me apoyo en la perspectiva histórica de Bajtin sobre la carnavalización de la literatura para compartir un paseo literario por la antigüedad y la literatura regional de Luciano de Samosata a Ramón Bacca, pasando por Platón, Petronio, Séneca, Rabelais, Cervantes, Voltaire, Dostoieski y José Féliz Fuenmayor, Julio Garmendia, Borges, Cabrera Infante, García Márquez, Cepeda Samudio. Más que un curso teórico, se trata del conocimiento directo de una tradición literaria antigua, pero vigente que ha sido soslayada por los historiadores tradicionales de la literatura, pese a que su lectura representa una garantía de placer. Sin planearlo como tal, el curso parece un propedéutico para la lectura de ese cuento que se sale del canon, “Los funerales de la Mamá Grande”, en el que las huellas fecundas de Luciano, Historia verdadera; Séneca, La transformación en calabaza; y Rabelais, además del Fuenmayor de “Con el doctor afuera” son casi contundentes. Y luego esa reescritura de Ramón Bacca en “Nadie diga ser más que García” completa el cuadro. Para el trabajo final, tienen como opción Los cuentos de Juana y "La noche feliz de Mme. Yvonne", entre otras. Es intereseante ponerlos a leer en voz alta “Con el doctor afuera” y “Josefina, atiende a los señores” y comprobar la universalidad de ese humor que parecería tan local. Fuenmayor se convierte para ellos en una revelación. Gracias a la generosidad de Tita, les proyecté la película Un carnaval para toda la vida, con la voz de Germán, y así pudieron algunos alcanzar una imagen mucho más concreta de la fiesta. En el curso, había una paisa bella, exreina de belleza de Colombia, absolutamente arrepentida de su pasado y con ambiciones escriturales. Le recomendé la lectura de Marvel, sugiriéndole que contara el reinado desde dentro, poniendo el mundo al revés. Ella me prometió que lo haría y me anticipó que la primera imagen del texto sería la reina frente al espejo. Esperemos.
He vuelto a leer la mitad de las Memorias de mis putas tristes y la verdad es que no hallo sino la gran sabiduría del maestro que hilvana con la habilidad de la experiencia y del genio una historia inverosímil en su apariencia, pero en realidad muy bien fundamentada. ¿Será que uno quiere interiormente la caída estrepitosa del maestro porque es humanamente insoportable tanto éxito? ¿O mostrarse más exigente y crítico que todo el mundo, pese a tratarse de una historia que espacialmente nos incumbre? No hay en la literatura barranquillera un texto sobre la ciudad más amoroso que el de Gabo, exceptuando “Taumaturgia de un cochecito”. Y es sorpredentente la franqueza al asumir el diálogo con Kawabata, pero para mostrar su conocimiento del Caribe y sus diferencias encarnadas en Rosa Cabarcas y en el viejo que, sentimental como un bolero, termina enamorándose de manera casi póstuma, casi quevediana: del acantilado inmortal al río enfermo y sus buques, de los viejos casados y con dinero al solterón limpio, pero poeta o declamador; de los suicidas a los esperanzados, de las mujeres múltiples a la monogamia virtual, y, en ambos, el tiempo ahí tintineando con sus años nuevos, cada vez más cerca de la tumba. El texto es para mí una lección de lenguaje y un poner sobre la mesa las cartas de un arte de la novela que no tiene misterios, como ciertos platos típicos, pero no todo el mundo sabe prepararlos con la suficiente sazón. Me llama la atención la forma minuciosa como va aprovechando todos los elementos para construir la historia: la fecha del cumpleaños, las diferentes cuelgas ―desde los calzoncillos hasta el gato de Angora―, el oficio de columnista, las características de su casa invadida por el sol, en fin. Y por supuesto, la nota de la esperanza presente en todas las obras posteriores a Cien años de soledad, en las que siempre se da una salida positiva, la posible resurreccón de Joselito Carnaval. Creo que Vivir para contarla desconcertó porque se tenían expectativas muy particulares sobre lo que debía revelar García Márquez: cómo llegar a ser García Márquez en veinte lecciones, cómo el hombre se convirtió en un gigante. De seguro ni el propio Gabo lo sabe. Pero en las nuevas memorias está el Gabo de siempre con sus dosis de romanticismo o de neoplatonismo y de heroico amor cortés y su vieja disposición a la denuncia política y social, la perfección polémica de sus títulos que se quedan en la memoria como un dicho nuevo que se incorpora al baúl del lenguaje, la presencia del cuerpo grotesco, la vejez juvenil; la nominación de los personajes ambiguos, los casi cien años o campos de soledad de Mustio Collado (en realidad tiene los 92 de la Mamá Grande), el intelectual del antro, hombre en ruinas para quien no todo está perdido nunca, pues siempre se puede comenzar y aún en la degradación física es posible el encumbramiento espiritual; la puta virgen; la celestina caribe, alegre y de luto. Mustio recuerda a esos académicos caducos e invernales de France y Fuenmayor, alejados de la vida y sus afectos, aislados en el universo verbal de sus columnas hebdomadarias y anacrónicas, muertos en vida como tantos letrados nacionales. Pero Mustio es capaz de volver a florecer como el cielo del carnaval y burlarse de las leyes y de la autoridad y reencontrarse con lo profundamente humano y asumirlo sin atender barreras y expandirse como las voces que lleva y trae la brisa por las noches de La Arenosa. Y creo que tienes razón: Recuerdos del porvenir, como el título del libro que le cambió la escritura a Cien años, según Rodríguez Monegal, Memorias es una fantasía interesante, llevada hasta los extremos de la imaginación que intenta reconstruir lo que hubiera sido la vida triste del periodista aferrado a la sola alegría de las palabras como botellas de náufrago en tierra en medio de una digna pobreza, en la sola compañía del sol milagroso del trópico, si se queda en la Barranquilla (la muerte temprana de Cepeda, Cecilia y Figurita) de las putas, los pitos de los buques y los bravos vientos alisios y los pésimos sueldos.
Ahora me toca viajar mañana a Bogotá a una charla sobre Marvel con motivo de los 35 años de su primer cuento. Pienso volver a su primer libro, como en la epístola a Jacques Gilard, reescribiéndola ahora como ensayo, aunque me parece que va a ser una mesa redonda con Cristo Figueroa. Releo “El muñeco” y me sigue impresionando la perfección del primer párrafo, la verraquera del arranque, porque el final es un tanto flojo (un tanto forzado e inverosímil: cómo pudo saberlo Julia con tanta certeza), aunque justo, porque era el momento de rematar. Y veo más, aunque inofensivo, el influjo inevitable de Gabo con sus octubres implacables, los duendes y los fantasmas, la casa cayéndose polvorienta, la cotidianidad consumada, y las curas de burro para los males, pero la verdad es que se trata de la misma región. Pero Marvel nunca pierde su voz singular, con cuarto propio, aún en ciernes, presente en el lenguaje de Julia, revelador de una visión del mundo impotente ante la calamidad . Es magistral la ironía del tono de aquí-no-pasa-nada como en Kafka o Cortázar, yuxtapuesta a la férrea fatalidad de los hechos, a la lectura incorrecta de los signos, ese mínimo error que arrancando desde la brutal despedida de Eulalia hasta la pérfida permanencia en el mecedor de paja (la pereza asesina de Julia por su cansancio acumulado), esas dramáticas distracciones dolorosas que desatan la vertiginosa cascada de casualidades que confluyen en la consumación final del suicidio. ¿Nunca apareció ningún texto anterior en los archivos? ¿Salió Marvel Minerva morena y madura de la sien de Zeus? ¿Cuándo se reeditará con carta y notas tu gran entrevista con la autora?
No he vuelto a saber nada de Nadia, pero supongo que debe estar en los enredos de final de semestre con sus trabajos y evaluaciones.
No había caído en la cuenta de la mención de los cuentos de Cepeda que le vienen como anillo al dedo a la nueva edición. Es como si las aguas fuesen encontrando su cauce. Las obras de Cepeda y Fuenmayor, como pedía Stendhal, encontrarán sus lectores afectuosos casi cincuenta años después, pero los encontrarán para siempre. Con lo que quedará demostrado que la existencia del grupo de Barranquilla no es una invención ilusoria. En estos días se me acercó un "filósofo" barranquillero, en busca de una beca para demostrar que Enrique Restrepo era el verdadero eje de Voces, a partir de unas cartas no sé si con el venerable Julio Enrique Blanco: la perenne paranoia provinciana, nada currambera, ante el colonialismo cultural. Sólo le pregunté por la obra de Enrique Restrepo, cuyos textos eficaces aunque escasos admiro, lo cual contrasta con las constantes columnas de Vinyes sobre el movimiento cultural que no sólo permiten reconstruir la época, sino que constituyen el testimonio irrefutable de un minucioso magisterio.
Un abrazo,
Ariel
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© Ariel Castillo Mier
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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