Los lunares de Matilde
Jaime Cabrera González
Este mediodía después de la lluvia llegó Matilde. Es viernes. Ella viene todos los viernes a la misma hora de la mañana, pero esta vez ha llegado tarde. Mamá le ha abierto el portoncito del callejón para que no vaya a mojar el piso de la sala con las chancletas de caucho y el plástico que trae en la cabeza.
Encuentro a Matilde ya sentada en la cocina, mete el pan en el café con leche; tiene las piernas cruzadas, mueve una de sus chancletas mientras come. Su figura desgarbada y su nariz torcida y sus cabellos grasosos y su sonrisa sin dientes me reciben con la misma alegría de cada semana. ¡Se parece tanto a mamá, sólo que mamá no tiene lunares!
Nunca he visto a nadie con tantos lunares, y comienzo a contárselos sin que ella diga nada. Casi nunca dice nada en la cocina, sólo hace un ruido de agua que baja por un tubo después que se lleva la taza de café a la boca. Yo sigo el camino de hormigas sobre su piel; uno, dos, tres lunares.
En cambio, cuando plancha el bulto que mamá ha hecho con una sábana que termina en un nudo, se le da por hablar y hablar, alisando la ropa. Dice de su casa y de su soledad y de su barrio. Habla de una historia que no parece que fuera la suya mientras continúo contando sus lunares: siete, ocho, nueve.
Esta vez mamá no dice nada, ni siquiera la corrige cuando llama a abuelo, papá; apenas mueve la cabeza siguiendo cada palabra. Mamá tiene esa cara que pone cuando se queda pensando. Ella a veces se queda pensando por largo rato, es como si no estuviera, como si no me viera. Los ojos se le van para otra parte, las pestañas se le detienen.
Sólo cuando Matilde dice algo del hermano de mi papá, se acaloran un poco, pero sin alzar la voz. De vez en cuando detienen lo que dicen para mirarme. Tengo un dedo en uno de los lunares de sus pies.
Yo no les presto mucha atención, no me intereso en lo que hablan, discuten muy bajito, pienso, y no quiero confundirme con la cuenta de tantos lunares.
Uno, dos, tres.
Por estar pensando he tenido que volver a contar. Ahora que parecen más tranquilas, escucho algunas frases que mamá deja sin terminar: “Aún no se te ve la…”.
De repente mamá dice cuando alcanzo el lunar siete a la altura del tobillo, niño, ya basta, está bueno, te pones tan pesado… En ese momento ya no hay nada por planchar y yo que he perdido mi conteo, me quedo como todos los viernes con las ganas de saber cuántos lunares tiene Matilde.
Mamá despide a Matilde en la puerta con un no vaya a ser que llueva otra vez y tú con esa... Y entonces escucho a Matilde toser con la cabeza baja como si tuviera el plástico, como si se mirara las chancletas de caucho. Se lleva una mano llena de lunares a la barriga y luego parte con una bolsa de mercado en la que mamá ha metido algunos vestidos de mi hermana pequeñita.
Al verla alejarse entre los charcos pienso que la otra semana tendré una nueva oportunidad… pero entonces me doy cuenta que mamá está llorando, llora en silencio como cuando uno no quiere que nadie se entere, llora como nunca. Y eso hace que en alguna parte empiece a dolerme Matilde y lloro con rabia su partida y busco a quien culpar….¡Todo por culpa de sus lunares!
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© Jaime Cabrera González
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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