El Payador

Diomenia Carvajal
diomenia@wanadoo.fr



Nano había nacido en un pueblecito ubicado en las faldas de la cordillera. De cómo transcurrió su infancia tengo pocos elementos. Debe haber sido un niño pálido y medio muerto de hambre, con un alma tierna y terriblemente adolorida.
De este retrato (quizás un poco idealizado), resultó un hombre de talla regular, de andar un poco desgarbado, con una sonrisa triste en un rostro anguloso y dos ojazos negros, inmensos braseros que parecían devorarlo todo: hombres y bestias, paisajes y cosas.

A los quince años, rasgueaba ya la guitarra con precocidad innata. Bastaba para ello que instalara el instrumento en sus rodillas huesudas, para que sus manos acariciaran levemente las cuerdas, y quien lo escuchara tenía un sobresalto asombrado cuando de la guitarra se escapaban lastimeras quejas, canciones salidas de no sé dónde, guiadas por un no sé qué extraño y embrujador.

Nano se abismaba así, durante una tarde, un día o una noche entera, acariciando las cuerdas, torciendo y retorciendo las manos con experta maestría sobre el cuerpo ondulado de la guitarra.

De sus quince años y de su primicia musical y payadora, tengo sólo el relato de la gente que lo había conocido en aquellos tiempos. Pues, cuando vi a Nano por primera vez, éste ya era un hombre de treinta años, que paseaba en sus hombros el peso de una vida ambulante y quimérica, gastado de tanto trasnochar en bares de mala muerte, devorado por una tos aguda en la que pesaba la maldición de un antepasado tuberculoso.

Del quinceañero ardiente, sólo quedaban rastros de una mirada devoradora y ese tono lastimero y nostálgico que solía interpretar a través de las cuerdas de su guitarra.

La reunión familiar se había tornado en velada musical alrededor del brasero. La prima Chalita se había hecho rogar para terminar cantando «La tonada de la enagüita» y «El cantarito». El primo Juan había deshilvanado algunas notas en un acordeón tan viejo y polvoriento como la pieza en la que dormía.

Alguien ofreció ir a buscar a Nano «que sabía dar cosquillas como un verdadero artista». Nadie lo llamaba por su nombre. Si mi recuerdo es exacto, todos le decían «el pueta» o «el payador».

A mis ojos, en aquel tiempo, «el poeta» debía tener el estuche carnal de un Gustavo Adolfo Becquer o de un Lamartine. Y en mis sueños plasmaba yo a la elegante silueta del poeta francés, la cara soñadora y adornada de la romántica barbita del poeta español.

Cuando «el pueta» entró por la boca negra de la cocina, su aspecto físico hizo caer de algunos grados el entusiasmo con el que yo había aplaudido  la idea.

¿Poeta este hombre? ¿Poeta, con esa cara lívida de enfermo, con esa espalda encorvada como un cargador de muelles, esos dientes amarillos de nicotina y esa tos presente como un tambor de ultra-tumba?

¡Ah, Payador, tómate este cacho de chicha y échate un canto! Reía el tío Manuel, dando palmadas en las rodillas del espectro-poeta. Este alargaba ya una mano huesuda, casi transparente y tomaba el cacho de chicha, bebiendo con sed acostumbrada, una sed congénita, de sequía eterna.

El silencio invadió repentinamente el círculo. Las brasas dibujaban figuras cósmicas en las paredes de barro seco. Las mazorcas de maíz, colgadas para el sacrificio del almuerzo mañanero, se hundían en el crepúsculo de un rincón alejado del fuego, y junto a la puerta entreabierta, la silueta ventruda del cántaro de agua fresca, sobresalía como la presencia de una mujer embarazada.

El Payador rasgueó suavemente las cuerdas de la guitarra; atento al sonido, afinó una de ellas y su mano cayó con gesto desmayado sobre las notas de una vieja canción india.

¿De dónde venía esa música? ¿La había inventado el viento? ¿La habían cantado los pájaros, antes, mucho antes de que el hombre supiera caminar diferente al reptil y al cuadrúpedo? ¿La había hecho germinar la tierra, con las flores del alba, en las montañas eternas, allí donde sólo las piedras viven y son respetadas por el pacto que las une al cosmos y al secreto del infinito?

Nano tocaba con una mueca inmóvil de estatua sagrada, y todos escuchábamos embrujados, atentos a que ese elíxir penetrara nuestros huesos, se amparara de nuestro cerebro, guiara el latido del pecho y el correr de la sangre en las venas.

Cuando la última nota caía en el fogón como una gota cristalina, nadie se movía, nadie respiraba. Y la guitarra volvía a elevar su voz gimiente, impulsada por los dedos ágiles, acariciada por el hombre que se fundía en ella cual un amante experto.

Aquella noche, el canto íntimo del tótem sagrado durmió agazapado en un rincón de mi lecho.

Ese año, la canícula de enero había secado a medias el arroyuelo que corría por el lado de la casa. En invierno solía rebasar y hasta inundaba una parte del patio.

Chiquitos, nos turnábamos con la esperanza  de atrapar al hijo pródigo de una familia de patos, que por distracción maternal, huía desde la propiedad vecina con la complicidad del arroyo. Primos y hermanos atisbábamos la llegada del «náufrago» y gritando ―¡Chiquillos, cojan al pato que se va por la corriente!― corríamos dando brincos, cayendo de rodillas en medio del agua, para extender dos manos salvadoras hacia el «naufragado». Y llegaba el momento de ir a ver a Doña Sola con el botín en la mano. Botín que era cambiado contra un canasto de peras, de naranjas o de ciruelas. Cada patito salvado así, costaba a Doña Sola un canasto de algo, que daba sin chistar. Era la recompensa por nuestra valentía, y su tranquilidad asegurada.

En aquel verano, Doña Sola no tenía patos, y yo ya había visto extinguirse la edad de acechar, como antes, a «la sagrada familia».

El arroyo medio seco me permitía caminar por él, con el agua hasta el tobillo. Fue en uno de esos instantes de frescura estival en que volví a ver a Nano. Acurrucado junto al arroyo, miraba pensativamente el baile extraño de un matapiojos. El ruido de mi paso por el agua lo tiró de su meditación, y reconociéndome me hizo una señal con la mano. Yo creí adivinar en aquel ademán, la sonrisa fugitiva de una canción.

Me paré extasiada. Las notas de su guitarra palpitaban aún en mí. Y reuniendo todo el valor que tenía, me acerqué para murmurar torpemente:

―Lo que usted toca, me gusta mucho.

No movió ni una ceja. Tanto era su silencio, que creí que no me había escuchado.

Parada allí, con los pies en el agua y la pollera arremangada, debía tener yo una pose estúpida. No supe si avanzar o retroceder, y una ola de calor me subió a las mejillas. Pero su ensueño pareció disiparse repentinamente y me miró.

―¿ Sabes tocar la guitarra ? ―preguntó. Moví la cabeza negativamente.

―Pero, pero lo que usted toca…

―Ya sé, te gusta mucho.

Petrificada de espanto y de vergüenza, creí adivinar una burla en su réplica.

―Pero , ¿qué haces ahí, chiquilla? Sal del agua o te vas a resfriar.

Y mientras decía esto, me tendía una mano blanca, fina y cálida, a cuyo contacto supe que seríamos amigos. Desde aquel momento, entablamos el diálogo más extraño que se pueda imaginar.

―¿Estudias?

―Sí

―¿Dónde estudias?

―En el liceo.

―¿Muchas cosas estudias en el liceo?

―De todo un poco : física, química, historia, castellano, idiomas…

―¿Y qué has aprendido de todo eso?

Turbada, no supe qué responder. Riendo me dio una palmada en la espalda.

―Ah, todas esas cosas que están en los libros, no se pueden explicar con dos palabras, ¿cierto? Pero la ciencia total es algo que no se puede aprender en los libros. Hay hombres que saben todo, sin saber leer siquiera, y otros que no saben nada, y leen como habla un loro.

Quise preguntar : ―¿ Y qué sabe usted ?

Pero como si hubiese adivinado mis pensamientos, prosiguió:

―Yo no aprendo en los libros. Todo está escrito aquí ―y mostraba las piedras que bordeaban el arroyo. ―Aquí ―y señalaba el agua. ―Y aquí ―y extendiendo el brazo, designaba el paisaje. ―El hombre es el misterio de la creación, chiquilla, las cosas que lo rodean están impregnadas con sus mitos. Y yo soy el que trata de interpretarlos.

Reía, casi con locura, mascando el aire, devorando el paisaje con sus ojos de niño hambriento. El arroyo seguía corriendo lentamente. Y esa tarde calurosa de enero, oyó la más bella lección de filosofía que escuché en mi vida.

«Tengo una araña escondida
en mi casa de madera.
Ella me teje una vida
para que yo no me muera.
Tengo un pensamiento azul,
suspiro de primavera,
y un canario que murmura
en el fondo de mis venas».

Aquello fue tan susurrado que me preguntaba yo si el viento lo había hecho brotar por entre los árboles, o si era el payador el que había hablado. Creo que esa tarde, el aire habló a través del poeta.

Meses después, corrigiendo las composiciones trimestrales de sujeto libre, mi profesora de castellano leyó asombrada uno que empezaba con esta frase : « Los libros no han de enseñarme esa ciencia que pretenden. Todo es murmullo en el aire, en los libros hay silencio».

Terminadas las vacaciones y de regreso a la ciudad, escribía semanalmente a Chalita. Ésta leía con asombro mi correspondencia afiebrada, en la que se entrecruzaban máximas y reflexiones rebuscadas, y con esfuerzo trataba de descifrar esas frases en las que yo trataba de explicarle que el aire, el viento, los pájaros, las bestias, se cuajaban en el hombre. Ella, con su cordura simple de niña del campo, contestaba:

«No aprendái mucho, que el cerebro se te va a calentar. Esas escuelas de la ciudá son peligrosas pá las chiquillas flacas como tú».

Una mañana fría de invierno, la carta de Chalita me anunciaba la noticia, con su prosa pintoresca:

«Y como novedá te cuento quel  pueta se murió la semana pasá. Parrandero y lleno de tos, estaba cada día más flaco el pobre. Vino a tocar pal cumpleaños de Doña Margarita y cantó hartas canciones, pero se tuvo que ir pa costarse. Dijo: “Mañana taré mejor”, pero a la mañana taba tieso. Doña Sola dijo que si hubiera tomao menos, por seguro que toavía taría vivo. Pero se lo comió la tos».

El Payador había dejado escapar su araña.
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©   Diomenia Carvajal

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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VOLUMEN V - NÚMERO 20