Dar posada al peregrino
Fernando Arrojo-Ramos
Narrador español
Es el año 1118. La primavera ha hecho acto de presencia en los Pirineos Occidentales, asomándose tímida entre la hosquedad de las montañas. El frío del amanecer entumece a los peregrinos que van de camino a Compostela; sus siluetas desaparecen apresuradas entre retazos de niebla. Unos romeros franceses entonan, nostálgicos, canciones de su tierra, Quand nous partîmes de France, nous dîmes adieu à nos femmes... Otros lanzan gritos estentóreos, Roncesvalles... Roncesvalles... valles... valles... Sus voces resuenan por la naturaleza, amparo de comunión entre los bosques de hayas.
Nueve horas de camino. Fin de jornada. Ya se ha oído el toque de las campanas de vísperas. Flaquea la luz del día.
En una casa medio oculta entre los montes se hallan siete personas: el abuelo, un anciano vigoroso de barbas largas, distraídas; su nuera, todavía joven, servicial, callada; sus nietos, un niño y una niña, bulliciosos y preguntones; y tres peregrinos extranjeros —dos franceses y un griego— devotos y hambrientos. Los báculos de los peregrinos descansan en la pared rugosa, a un lado del hogar; los adornan imágenes pintadas y rosarios, cuentas de obligados rezos.
Tres veces al año el abuelo da cobijo a tres peregrinos; tres veces él y su único hijo, muerto en una batalla años atrás, peregrinaron a Compostela y, haciendo voto de pobreza, vivieron de la caridad a lo largo del camino. Los recoge en la iglesia del pueblo. No le importan su origen ni sus motivos; van a Compostela, y eso le basta. Tiene presente las palabras de Cristo en el Evangelio, Quien os recibe, a Mí recibe.
Desde joven el abuelo se había distinguido como guerrero luchando contra moros, primeramente en las huestes de Pedro I y después en las de Alfonso el Batallador, soñando, como su rey, con rescatar los Santos Lugares. Siempre se había repuesto de las muchas heridas recibidas en escaramuzas y batallas, pero no de la que sufrió peleando, en Campdespina, contra la nobleza castellana, cuando una lanzada insospechada le dejó irremediablemente ciego. Tenía entonces cincuenta y dos años. Incapacitado ya para la guerra, se quedó a vivir en Roncesvalles, donde, de algún modo, imagina haber participado en el combate en que murieron el rey Marsilio, Roldán y Oliveros con miles y miles de guerreros cristianos y sarracenos. La vida le hace una ronda apremiante: realidad amarga a veces, maravillosa fantasía otras.
La inmensidad montañosa del Pirineo asombra y amedrenta a los tres peregrinos, que se sienten disminuidos ante tan imponente muestra de la creación divina. El abuelo les habla de las lanzas que clavaron en el suelo las doncellas que acompañaban a los guerreros de Carlomagno, como tributo a sus héroes muertos, y les afirma que los metales florecieron, convirtiéndose en los bosques de hayas que llegan hasta las nubes por los mil senderos que conducen a Hispania.
Todos se sientan en el suelo, en torno de una gran mesa redonda, baja, tosca, y comen ávidamente de la misma olla, con las manos, sin cruzar palabra. Acostumbrados a bodigos y gallofas, los peregrinos agradecen la comida, que les parece digna de reyes o prelados. El peregrino más joven, que aparenta dieciocho o diecinueve años, bien parecido, de pelo ensortijado y ojos codiciosos, roza con sus dedos los de la mujer, en la coincidencia de la olla.
Terminada la cena, los niños piden al abuelo que cuente la historia del señor Sant Yagüe; los peregrinos también se lo ruegan. La mujer se levanta y retira la olla. Algún atractivo hay en sus facciones de honrada lugareña. El brial que lleva, ajustado al talle con cordones, ha perdido el colorido que una vez tuviera; fuera de la casa, cuando va al pueblo, se cubre la cabeza con una toca blanca que publica su viudez. Se pone a avivar el fuego del hogar, chispean los leños, las llamas cobran vida; luego se vuelve a sentar con el grupo. El joven peregrino la observa con disimulada persistencia.
La voz del abuelo es honda, estimulante. Podría haber sido un buen predicador. Lo que cuenta lo oyó de su abuelo y éste de su abuelo. Habla lentamente para que los peregrinos entiendan bien sus palabras.
—Todos sabemos —empieza el abuelo— que el Apóstol Sant Yagüe era uno de los predilectos de Nuestro Señor Jesucristo. Tras la muerte de Nuestro Señor, Sant Yagüe predicó por muchas partes de Hispania, sobre todo en Galicia, y más tarde fue degollado, en Jerusalén, por orden de un traidor romano. Sus discípulos recobraron el cuerpo y la cabeza y los metieron en una talega de piel de ciervo. Dicen que entonces se esparció por el aire un olor exquisito.
—¿Era olor a santo? —quiere saber la niña.
—Pues, claro, hija, ¿qué otro olor podía ser? —responde paciente el abuelo, y continúa—: Pusieron la talega en una barca, y en siete días, guiados por las olas y por los vientos y por un ángel del Señor, llegaron a Galicia.
El abuelo se detiene, sopesando el interés de su auditorio. El silencio es elocuente. Su fino oído percibe el grito apagado de un mochuelo en la lejanía; dentro, sólo se oye el chisporroteo del fuego en el hogar. Los niños querrían repetir casi todas las palabras del abuelo pero callan temerosos de su riña. La mujer se levanta y se desenvuelve por la casa, silenciosa, expectante. Dos o tres veces sus ojos se cruzan con los del peregrino. “Siéntate, mujer”, dice el abuelo, y prosigue:
—Llegaron los discípulos a Galicia y, en Iria Flavia, pusieron el cadáver de Sant Yagüe sobre una piedra grande que absorbió milagrosamente el cuerpo del Apóstol, sirviéndole por el momento de sepultura.
El niño lo interrumpe, porque a veces la historia varía un poco.
—¿Y qué hicieron con la cabeza, abuelo?
—Pues... también la pusieron allí.
El abuelo carraspea.
—Los romanos gobernaban entonces en Hispania. Los discípulos fueron a ver a la reina Lupa, que mandaba en la comarca, para enterarle del milagro y decirle que al cuerpo del Apóstol Sant Yagüe había que darle la sepultura que merecía. Pero la reina Lupa, que como todos los romanos adoraba a muchos dioses, se mofó de ellos y los persiguió con saña. Acontecieron a la sazón varios milagros instigados por Sant Yagüe. La reina quedó entonces convencida, abrazó la religión verdadera y mandó que hicieran una iglesia de su palacio, cediendo a los discípulos cierto lugar para enterrar a Sant Yagüe, cuyos restos mortales, recuperados de donde permanecían, depositaron en un sarcófago de mármol.
El peregrino joven pregunta:
—¿Qué es un sarcófago?
El peregrino griego, adelantándose a la explicación del abuelo, trata de aclarar con alguna dificultad:
—Un sarcófago es la piedra donde se pudre la carne. Es una palabra de mi lengua.
Salvo los niños, todos se santiguan, horrorizados.
—El señor Sant Yagüe jamás se pudre —protesta el abuelo, ofendido, y da un suspiro—. Como iba diciendo, lo pusieron en un sepulcro de mármol. Muchos siglos más tarde, ya después de llegar los moros, ocurrió algo maravilloso que pasmó a toda la cristiandad y también a los infieles. Estamos otra vez en Iria Flavia, un pueblecito abrazado de colinas de verdor bajo un cielo gris y lluvioso (el abuelo dramatiza). Por sus colinas, pasando hambres y penalidades, viven muchos ermitaños. Uno de ellos se llama Pelayo. Una noche, aquel buen anacoreta no pudo creer lo que veía: una estrella de mucho esplendor se presentó en los cielos y parecía concentrar su luz sobre una espesa colina. Algunos pastores habían visto también la misma estrella y luces que se movían entre la espesura. Además, se habían oído cantos religiosos y voces angelicales. No sabiendo qué hacer, contaron el suceso a su obispo, don Teodomiro, que decidió ir en persona al lugar. Los habitantes de la comarca tomaron picos y palas, se pusieron a excavar y...
Al niño se le despierta la curiosidad.
—Abuelo, ¿por qué iban con picos y palas? ¿Por qué querían excavar?
—Pues... porque sí, y no me vuelvas a interrumpir.
El abuelo ha perdido un poco el hilo de la narración:
—Los habitantes, don Teodomiro, no sé, bueno, excavaron, sí, con picos y palas, y hallaron un pequeño altar con un... sarcófago. Al levantar la lápida comprobaron que contenía tres cuerpos, que ciertamente no se habían podrido, uno de ellos decapitado. El señor obispo comprendió en seguida que era el del Apóstol Sant Yagüe, acompañado en su descanso por dos discípulos; lo decía además un pergamino que había en el sarcófago. El pergamino se perdió, seguramente por las malas artes del diablo.
El abuelo se detiene. Se está haciendo tarde. Los niños tienen que acostarse. Refunfuñan, quieren escucharlo todo, aunque sea por enésima vez, pero el abuelo se mantiene firme. “No olvidéis decir vuestras oraciones”.
La mujer y el peregrino se miran intensamente; hay un relámpago de urgencia en sus ojos. Los niños se van obedientes; la mujer con ellos.
El abuelo prosigue entonces con su relato:
—Don Teodomiro fue a la corte a comunicar al rey su descubrimiento. El rey visitó el sitio y mandó construir un monasterio y una pequeña iglesia que albergara la tumba del Apóstol. El lugar se llamó Compostela, que significa Campo de la Estrella, y desde entonces lo visitan peregrinos de todas partes, y sus pecados les son perdonados por la gracia de Dios, pues el señor Sant Yagüe habla con Él.
Los peregrinos suspiran de emoción, cada uno sumergido en el estanque de sus propias esperanzas.
Regresa la mujer y se sienta en el suelo, junto al peregrino joven.
El abuelo va a contar ahora las apariciones del Apóstol, espada en mano, montado sobre un hermoso caballo blanco, para el triunfo de los cristianos sobre los sarracenos, pero se lo impide el tañido de campanas llamando a completas, que llega nítido en la quietud de los bosques. Todos se arrodillan, con la cabeza gacha. Dos de los peregrinos cierran los ojos devotamente. El abuelo dirige los rezos, repetidos por los peregrinos, Te agradecemos, Señor.... Arrodillados al otro lado de la mesa, el peregrino joven y la mujer están apartados de los demás; él detrás de ella, ambos silenciosos. La distancia, la mesa y la escasa luz de los candiles protegen los designios del peregrino. Extiende la mano derecha hacia la mujer sabiendo que no va a encontrar resistencia. Las puntas de sus dedos recorren sobre el brial la espalda de la mujer, descendiendo muy despacio hasta la cintura. Ella dirige la mirada hacia el abuelo y los dos peregrinos, que rezan en voz alta, Padre nuestro que estás en los cielos.... Él la abraza por el talle; posa las manos sobre su vientre terso; después las va ascendiendo hasta abarcar los pechos anhelantes; con las yemas de los dedos le acaricia los pezones. El pan nuestro de cada día.... Ella se muerde los labios, apenas puede contener un grito de años reprimidos, y, urgida por la inevitable brevedad, se alza levemente, dejando suelto el brial aprisionado entre las rodillas. No nos dejes caer en la tentación.... El deseo es ya incontenible. El joven peregrino recorre excitado sendas que lo reciben gratas, ardientes, y la mujer, a tientas, se diligencia en satisfacer el ansia del caminante. Dios te salve, María.... Instantes de placer penosamente silenciados que culminan en un suspiro medio ahogado. Terminan las oraciones. Amén, dice el abuelo. Amén, repiten los demás. Que la paz sea con vosotros, dice él. Y contigo, le responden.
El abuelo contará la historia del Apóstol en un caballo blanco en otra ocasión y a otros peregrinos. Todos se recogen. El abuelo, la mujer y los niños duermen en el mismo aposento; los peregrinos en el establo, entre el olor de las bestias, una mula, una vaca, dos cabras y tres ovejas.
La mujer tarda en atraerse el sueño. Revivirá lo ocurrido cuando esté junto al hogar remendando ropa, cuando ordeñe la vaca con el alba, cuando adobe la comida, cuando trasquile las ovejas, cuando trille la mies con la mula, cuando se consuele de su viudez en el estrecho camastro. Ahoga un sollozo. Piensa que su vida es un sollozo contenido.
Dos de los peregrinos, muy envueltos en sus tabardos, se han dormido rápidamente. El peregrino joven, aún despierto, piensa en la mujer; apenas había hablado con ella, y sin embargo... Piensa en la suavidad de su piel, en sus pechos férvidos, en sus partes secretas. Hubiera querido besarle los labios. No había estado con mujer desde que dejó su aldea, a orillas del Loira, un mes atrás. Allí quedaba su esposa, de dieciséis años, y su hijo, de siete meses. Considera que ha cometido un pecado venial; pedirá perdón a Sant Yagüe cuando llegue a Compostela. Se arropa con el tabardo. Mañana se echará al camino con las campanas de laudes, al rayar el alba. Le espera una jornada larga. Los ojos se le empiezan a cerrar.
Entretanto, el abuelo, que casi siempre está en vela, pide a Sant Yagüe su intercesión para que sea perdonada la ligereza de una mujer todavía joven, débil en su soledad a las tentaciones de la carne. “Discúlpala, señor, que no sabe lo que se hace”.
Sabiéndose incapaz de alterar el curso de las cosas, el abuelo intenta conciliar el sueño, recreando los pormenores heroicos del triunfo aragonés frente a la nobleza castellana. Aquel 26 de octubre de 1110, cuando una lanza rezagada le dejó desfigurado el rostro y lo hundió en la oscuridad para el resto de sus días.
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© Fernando Arrojo-Ramos
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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