SIN PRUEBAS
Osvaldo Lara
Médico nacido en Barranquilla.
Cultiva, con humor irónico, el cuento de crimen y misterio.
I
En la mañana del Miércoles de Ceniza del año 19... fue encontrado, en la orilla suroccidental del Lago del Cisne, el cuerpo sin vida de Juan Alberto Martínez, Jefe de Seguridad del Alcalde. El individuo en cuestión fue reconocido de inmediato, dada su calidad de hombre público (y de unas cuantas, aunque recordadas, pilatunas que cometió con vehemencia y constancia). Presentaba equimosis simétricas, en número de cinco a cada lado del cuello, una en la parte delantera y cuatro en la nuca, además de lesiones presuntamente causadas por uñas, lo cual lleva a pensar en estrangulamiento (y en uñas largas). A lo largo y ancho de la espalda, escoriaciones sugerentes de arañazos (más uñas largas). Equimosis circunferenciales en ambas muñecas, compatibles con algún tipo de compresión externa como esposas, sogas u otros. Junto a lo anterior, la hinchazón característica (y por cierto, desagradable) de los ahogados de agua dulce. (Todo esto informado por el periódico local, hace ya un par de décadas.)
II
―Según el forense ―dijo el inspector Aibarás―, Martínez debió morir hace aproximadamente doce horas. Es decir, a eso de diez de la noche del Martes de Carnaval.
―Es muy temprano. El alcalde aún se encontraba en el Baile del Hotel ―acotó la detective Sandra Morgenstern.
―Lo sé. Pero una cosa no excluye la otra. Sé también que dirás que el Jefe de Seguridad no podía abandonar a su protegido. Sin embargo, al alcalde no le agradaba la vigilancia de Martínez y menos cuando se disponía a divertirse con mujeres. Martínez se las "arrebataba".
―El alcalde aparenta ser casi un monaguillo.
―No has podido definirlo mejor: aparenta. Es por ello que resulta un político exitoso, es decir, corrupto. Además, si fuera monaguillo, lo sería de la Orden de los Falócratas. Volviendo a lo nuestro, Martínez pudo haberse ido del hotel y ya que la ciudad estaba de fiesta, ¿por qué no a celebrar también?
―Supones que Martínez murió en medio de una… ―titubeó― ¿celebración?
―El estrangulamiento puede ser tomado como un crimen pasional. Es una demostración de poder. Martínez era un hombre corpulento; no obstante, las señales en su cuello apuntan a que sólo un par de manos hicieron el trabajo. Es factible que le hubiesen atado, lo cual habría facilitado todo.
―¿Por qué accedería una persona tan versada en los bajos fondos a dejarse atar? ¿Un rito sadomasoquista, efectos de alguna droga? Son simplemente posibilidades.
―Hace dos años, Martínez fue hallado en condiciones que no vale la pena describir, dado lo eminentemente enfermizo del asunto. Respecto a las drogas, él era un bebedor. El alcohol desarma a cualquiera. Una mujer pudo hacerlo, sin muchas dudas.
―¿Por qué no un hombre?
―Porque el forense ya descartó vestigios de sodomía, entre otras cosas.
―Eso lo aclara todo ―dijo Sandra, en el tono socarrón que usan los villanos en las películas baratas.
―Además, los hombres, al menos los que yo conozco, no se dejarían las uñas así de largas. Recuerda los presuntos arañazos de la espalda de Martínez.
―Inspector, he visto ciertas escenas.
―Yo también.
III
Sandra Morgenstern y el inspector Aibarás se alejaron del Lago del Cisne una vez finalizaron sus disquisiciones. Ella pensaba, o creía pensar, en Abul Salim. ¿Qué vida dura estaría pasando en Europa, ahora que estaba solo? Lo abandonó sin explicaciones. Fue simplemente un "Hasta aquí. Te aprecio mucho pero debo irme. Necesito tranquilidad". Abul no supo si seguir o detenerse. Al parecer siguió, supuso Sandra, dado que no había recibido malas noticias.
Estuvo callada durante todo el recorrido. El inspector Aibarás cavilaba. Por su mente iban esos temas reincidentes habituales (la fugacidad de la vida, la cruel inmutabilidad del pasado, el sentirse estúpido por pensar en las dos anteriores pendejadas). No obstante, sonrió. Miraba a Sandra como quien mira una pintura de Kandinsky, no la entendía y precisamente por eso, la contemplaba. No pudo seguir en silencio, así que se atrevió a abrir fuego.
―¿Has sabido algo de Abul?
―No ―dijo secamente, con la misma sequedad con que se había habituado a hablar de él.
El inspector Aibarás percibió su propia imprudencia. Estaba en una posición difícil. Abul Salim era casi su hermano y ella, en la práctica, su discípula. Detuvo el automóvil en la acera de enfrente. Cruzaron la calle y entraron al Departamento de Policía. Cada uno se sumergió en una montaña de papeles que debían revisar.
IV
(Pagarás lo que hiciste, maldita. Yo no, fue otra. ¿Cuál? Otra, no sé, otra. Ah no, a mí no vengas con cuentos. Te digo que yo no. Sea como sea, eres un mensaje, así como él perdió la cabeza, así tú.)
V
―¿Inspector?
―Sí.
―Decapitaron a una mujer en inmediaciones de la Ciénaga de Mallorquín. Están el cuerpo y la cabeza. Tiene alrededor de doce horas.
―Sandra, vamos a dar una vuelta.
Una mujer de unos veinte años, facciones árabes, vestiduras rasgadas, ceniza en la cara, algunas joyas, con la cabeza a unos cincuenta centímetros del resto, equimosis múltiples, escoriaciones compatibles con uñas y un cuerpo perfecto si uno obvia el detalle de no tener cabeza.
―Forcejeo entre dos mujeres tal vez. Excluiría robo, dadas las prendas que conserva la occisa. Es, según me informan, Samira Saleh. Vive en la Calle de los Turcos, detrás de la Iglesia de San Roque. Sin antecedentes.
―Corte único, sin titubeos ―dijo Sandra.
―Obra de una mano muy fuerte y segura, con un instrumento filoso y potente.
―¿Demasiada fuerza para una mujer? ¿Eso cree, inspector?
―Creo que la señorita Saleh luchó con una mujer, pero creo que una mujer no la asesinó. Pareciera, como dijo el poeta sobre Luis XVI, "que una ducha de hierro hubiese descendido sobre su cuello".
―Conjeturas, hasta ahora. Hace falta conseguir pruebas.
―Las pruebas son circunstancias o consecuencias que incriminan o liberan. Sin embargo, son falseables. No confíes enteramente en lo que ven tus ojos.
―Soy una buena detective. No me subestimes.
―No lo hago. Sé que eres buena y sé que eres orgullosa.
―Eso es mentira.
―Eso es simplemente lo que es. Verdad o mentira son sólo opiniones.
―Todo eso es palabrería para tontos y yo no soy una tonta, acéptalo.
―Debemos descansar ―dijo de forma intempestiva el inspector Aibarás, mientras ahogaba uno a uno sus demonios.
VI
Barranquilla, primer Viernes de Cuaresma de 19... Mientras la ciudad aún llora la pérdida del Sargento Juan Alberto Martínez, un caballero como los de antaño, otro horrible asesinato corrompe aún más la ya atribulada atmósfera de la ciudad. La muerte abominable, desgarradora y naranja de Samira Saleh (naranja era el color con el que la difunta describía la tristeza) ocurrió ayer y parece no conmover al paquidérmico Departamento de Policía y mucho menos al "Inspector de la Muerte". En vez en atrapar a los culpables de tal barbarie, el Inspector Aibarás decide iniciar una improductiva discusión sobre la falsación de hipótesis de Popper, las Categorías de Aristóteles y a citar poemas que con la mayor seguridad, jamás ha leído. ¡Qué vergüenza! ¡Óigalo bien, Inspector, deje de perder el tiempo con sus acostumbrados gazapos y haga su trabajo, que para eso le pagan! La ciudad no puede venirse a pique sólo por la injuriosa intransigencia de figurines como usted.
VII
(La noche. Un farol solitario en una calle solitaria de un pueblo como la calle y el farol. La oscuridad y unas sombras tras otra sombra. ¿De quién huyes? De nadie. No puedes huir de la muerte, ella nos llega a todos. No sé de qué habla. A Samira Saleh le llegó, sé que lo sabes, sudas, tiemblas, es comprensible. Le repito que no sé de qué habla. Maldita, así como él perdió la cabeza, así tú. Hubo silencio, luego. Ahora a Punta Piedra, debemos llegar pronto).
VIII
El inspector fue a Santo Tomás. Una repetición de lo anterior. Regresó al Departamento de Policía. Pensativo. Ensimismado. Sandra lo esperaba en su oficina. Su expresión era indescifrable. El inspector Aibarás pensaba que, por algún motivo que escapaba a su inteligencia, no le había sido dado el don de entender a las mujeres.
―Fuiste sin mí ―disparó.
―Estabas ocupada.
―No dijiste que ibas. Pude haber dejado lo que estaba haciendo.
―Fue una fiel copia de lo ocurrido en la Ciénaga de Mallorquín.
―No importa. Fuiste sin mí. El periódico tiene razón.
Cerró la puerta. El inspector la abrió. Su expresión era, en verdad, un mensaje cifrado. Era obvia su molestia. Lo no obvio era si había tristeza, decepción o algún otro pozo sin fondo en el que los humanos solemos caer. El inspector Aibarás volvió a cerrar la puerta. Salió del edificio y abatido por sus pensamientos, caminó.
IX
Llegaron a Punta Piedra muy temprano ese domingo. Examinó el suelo fangoso. Extractó de lo confuso tres pares de huellas. Uno era de una persona alta, con zapatos pequeños, sin embargo. Otro de una persona de talla baja, también con zapatos pequeños. El último de una persona alta con zapatos muy grandes. La mujer, en cuestión, era bastante alta para lo acostumbrado en estas latitudes, tenía zapatos de tacón. La técnica utilizada era la misma que en los dos crímenes anteriores. No se encontraron más cadáveres ni más zapatos.
―Aquí estuvieron tres personas. Una, la muerta. Ya tengo su par de huellas. Los otros dos, supongo que son un hombre corpulento y una mujer de talla y complexión usual para estos países.
―¿Insiste en que una mujer no puede cometer estos crímenes por sí sola?
―Sandra, una mujer de talla baja no puede cortarle el cuello de un tajo a una mujer tan alta como la occisa. Al menos no en franca lucha. Una contra la otra. Necesita ayuda.
La detective Morgenstern bufó. Luego se metió en el automóvil y lloró tres lágrimas.
X
Barranquilla, primer Domingo de Cuaresma de 19... Van tres crímenes, y como era de esperarse, no hay respuesta. El Inspector de cafetín, todo un cliché de novelita mediocre, ha salido con un chorro de babas. Siga así, Inspector, la ciudad le hará pagar caro su incompetencia. No crea que la impunidad que usted mismo propicia lo va a cobijar. La justicia bajará de los cielos burocráticos, no en carrozas refulgentes, no con trompetas clericales, ni siquiera con espadas de fuego para cercenar el gaznate de los impíos, sino con una orden de arresto y una dieta de pan y agua, apenas lo que se merece un truhancillo como usted. Este informativo insiste en denunciar cualquier conducta nociva para la moral y el angelical decoro que debiera imperar en nuestra urbe. Por lo tanto, es menester aclarar que no tenemos nada en contra del susodicho inspector, aunque el muy bribón sea de los que se ufanan en su crapulencia.
XI
―Han ocurrido tres crímenes. Los puntos donde ocurrieron estos forman un triángulo isósceles, si esto fuese La muerte y la brújula y yo fuese Lönnrot, esperaría un cuarto asesinato.
―¿Y por qué no hace algo para impedirlo?
―Lönnrot no pudo impedirlo, puede decirse que lo deseó. Yo no puedo esperarlo ni desearlo.
Por primera vez en mucho tiempo, Sandra Morgenstern miró al inspector Aibarás con tierna aceptación. Le resultaba complicado que el inspector se pareciera tanto a Abul Salim. Era el discurso, los gestos, la determinación, esa actitud hermética que con frecuencia lo dominaba. Cierto es que fueron compañeros de estudio en Europa y que su amistad, al menos entonces, fue tan poderosa que ni siquiera una mujer pudo mancillarla. De todas formas, ésa no había sido su intención. Las cosas sólo salieron así.
El inspector caminó desprevenido por la acera occidental de la calle 34, miró el crepúsculo, lo cual le produjo emociones encontradas. Ya no sabía si estar con ella le producía placer o al menos, tranquilidad. Pensaba, luego de serenarse, que no y que por ello amarla era, en el mejor de los casos, imposible porque Aibarás era muchas cosas en la vida pero no masoquista.
El amor es el infierno y el paraíso de las emociones, pensó tan melodramáticamente que se asqueó de su propia cursilería. Entonces lo supo. Por eso lo enrevesado, lo laberíntico. Regresó al Departamento de Policía, hizo unas cuantas llamadas telefónicas y se percató de varios errores.
―Hace dos años, encontré a Martínez desnudo y con un látigo. Lo usaba para apretar el cuello de una muchacha, que encontraba placentera la asfixia. Otras dos mujeres los aceitaban, desnudas también, y realizaban un acto lésbico mientras se golpeaban la una a la otra con una fusta. Hay otros detalles que son materia prima de gran calidad para chismorreos, murmuraciones y chantajes, pero te confieso que las escenas que vi hacen parecer a las del Marqués de Sade tan inocentes como las de una primera comunión.
―¿Y?
―Y luego alguien dijo que Martínez seguía con las tres mujeres, y con su esposa, además.
―¿Entonces qué?
―Las tres mujeres con las que Martínez se divertía son las tres mujeres decapitadas.
―¿Crees que alguna de ellas estranguló a Martínez? Yo no.
―Yo tampoco.
―¿Quién, entonces?
―La esposa. Y creo que también dio cuenta de las otras.
―Visitémosla ―dijo ella.
La viuda de Martínez estaba reclinada en su cama, con los ojos enrojecidos, probablemente de tanto llorar; la ropa estaba arrugada, sucia y un poco mojada. Era una mujer pequeña, lo usual para estas latitudes. Su cuarto tenía un fuerte olor a humedad, como si no hubiese sido limpiado en meses. Las ventanas se hallaban cerradas y las cortinas corridas para que no entrara la más leve luz. Era servida por un mayordomo que bien habría podido entrar a un circo a trabajar como gigante. La viuda sólo pronunciaba monosílabos, luego su vocecilla se quebraba, balbuceaba una o dos incoherencias y se echaba a llorar. El Inspector Aibarás notó algo en el suelo.
―Dígame, mayordomo, ¿para qué es esa palangana?
―¿Palangana dijo, señor?
―Sí, la ponchera, con eso que parece agua.
―Ah, se refiere al bol en el que mi ama vierte las lágrimas que ahogan su corazón.
―Ajá, con que bol, pues a mí me sigue pareciendo palangana.
El mayordomo se enfureció educadamente, como los ingleses, y los invitó a abandonar la casa, ya que su señora se encontraba muy abatida por la reciente pérdida de su señor. Les rogó que entendieran la difícil situación y que le dieran un tiempo para recuperarse de lo ocurrido y de ésta desagradable visita.
Días después, cinco testigos, tres de Santo Tomás y dos de Punta Piedra, afirmaron que un hombre de proporciones escandalosas había cercenado la cabeza de dos mujeres, una en cada pueblo.
El inspector y la detective visitaron de nuevo la casa de la esposa de Martínez. Al interrogar al mayordomo, éste se tornó pálido y sudoroso. No pudo explicar donde había estado las noches de los crímenes. De pronto, derribó de sendos golpes a Aibarás y a la detective Morgenstern, salió por la entrada principal, en donde súbitamente se detuvo ante la presencia de cinco oficiales de la Policía, cada uno preparado para dispararle.
El mayordomo confesó y, por consiguiente, fue acusado de los dos últimos asesinatos. No había testigos ni confesión que lo involucraran al primero ni al de Martínez. Dos meses después murió en su celda. La autopsia reveló un aneurisma de aorta roto.
XII
―Todo esto estuvo viciado.
―¿Qué te hace decir eso, Aibarás? ―preguntó Sandra.
―Sé que es así.
―Es una conjetura nada más.
―No. Te aseguro que no. Puedo sentirlo, aquí hay un error.
(Bailando al ritmo de La Danza de los Mirlitones, la mujer con tutú y zapatillas mostraba para sí misma ―ya que se veía gloriosamente reflejada en el espejo― la precisión de sus movimientos y su exquisita habilidad para fingir emociones. Se sintió complacida. Luego saldría a caminar por ahí, hacía un día espléndido).
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© Osvaldo Lara
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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