Hallazgos en la jungla:
La rueda de Chicago

Germán Patiño
Consejero de la revista GACETA

La reciente obra del caleño Armando Romero, ‘La rueda de Chicago’,
es una historia bien contada, como debe serlo toda novela legible.
Tiene técnica narrativa impecable, desarrolla una trama compleja
y elementos esenciales de la condición humana.

Universo peculiar del escritor

Elipsio, un joven intelectual caleño, atribulado por diversas incomprensiones, víctima de cárcel por razones políticas, emprende un viaje de búsqueda tras los pasos de su amada, quien se le pierde de vista en medio del desorden de las luchas estudiantiles de comienzos de los años 70 en Colombia. Lamia, “bella como siempre”, lo arrastra tras su huella hasta Chicago, a través de un laberinto de pistas confusas que casi nunca llevan a ninguna parte. Esta historia de amor perdido es el cimiento de la nueva novela de Armando Romero.

El lector asistirá a un apasionante viaje de descubrimientos. Indagar por una desaparecida tiene todos los ingredientes de la investigación detectivesca, lo que permite mantener la expectativa de principio a fin. Pero, como sucede con toda exploración, otros descubrimientos, diferentes a los buscados, terminan reemplazándolos, y se convierten en hallazgos inesperados, aún más valiosos que aquello que se pretendía encontrar.

Colón descubrió América cuando buscaba otras tierras. Marie Curie encontró el radio mientras indagaba por otros elementos. Elipsio hará también sus propios descubrimientos en el proceso de encontrar a Lamia.

Primero que todo descubre Chicago. El universo peculiar, abigarrado, contradictorio, la vorágine social de esta gran ciudad se le revela tanto en su esplendor como en su miseria: “Elipsio, caminando en su primera mañana de Chicago por la calle North Wells que lo llevaba al centro, pensaba en esto, en Ezra Pound, y en la distancia que a cada uno de sus pasos se acumulaba con respecto a esos rostros encendidos por el fragor de la máquina, lámparas votivas apareciendo y desapareciendo entre puertas y corredores y calles y avenidas, más en sus carros, su ruido interno vomitando un silencio lamido por el orden y la compostura: los seres adentro de la ciudad, y él afuera desde ya, aunque pisara el mismo cemento, tocara las mismas piedras artificiales, el mismo mármol plástico, y respirara ese aire común del hollín y la gasolina con plomo”.

Su Chicago se expresa con el poder de una prosa hiriente, que combina con maestría tiempos verbales, referencias eruditas, observaciones cotidianas y la ira contenida del exilado. Para Armando Romero, Chicago “es la mano abierta con el ojo del dios del dinero en su centro, presta a cerrarse para atraparnos en los antros de la usura, la corrupción, el robo, la peste de las necesidades del cuerpo convertidas en valores de la bolsa, mientras nos vigila para que nunca podamos escapar”. Y en verdad Elipsio no podrá escapar, aunque encuentre una esperanza de vida en sus varios hallazgos.

El desenfado latinoamericano

Descubre a los escritores de palabras inflamadas que cantaron -¿o maldijeron?- a Chicago. Dreiser, Sandburg, Pound, William Carlos Williams, Nelson Algren y, en el trasfondo de la novela, la diatriba maravillosa de Upton Sinclair. La prosa de Armando Romero se eleva sobre aquellos versos y narraciones, estallando con vigor en cada página cuando la ciudad se vuelve protagonista --casi siempre lo es, al final lo es--. Algo más: la alegría y el desenfado latinoamericano están presentes, tanto en los diálogos como en la capacidad para apreciar el absurdo de las situaciones en que la ciudad mecanizada coloca a sus habitantes.

Descubre el mundo de los inmigrantes. Los viejos y enormes mataderos abandonados. Las barriadas negras y la rara belleza de sus ‘blues’. El universo de la protesta contra la guerra en Vietnam. Los ‘beatniks’, los jipis, los surrealistas y toda la colmena de desadaptados. Los revolucionarios y los terroristas. El inicio de las bandas mafiosas que comienzan a pasar del tráfico de marihuana al de cocaína. Y las extrañas mezclas entre unos y otros.

Por sobre todas las cosas, el autor, llegado de una tierra donde aún resuenan los tambores y los cantos nostálgicos que vivió “entre negras buenas como miel y leche”, resulta atrapado por la música de la noche en la ciudad estadounidense. El vio de cerca “la noche negra en los barrios negros con sus luces, tumultos, radiopatrullas, gritos desde los andenes, avisos, grafitos. Y esa era la Chicago que ahora iba entre ruedas: ‘soul’, alma, espíritu, ‘spirituals’, ‘gospels’, evangelios, ‘blues’, ninguna traducción posible porque esta palabra lo resumía todo. Decir ‘blues’ con los labios que se abren para dejar salir una burbuja que va por las calles, por los callejones, se mete en las alcobas, se desliza por la piel de los hombres y mujeres para hacerlos más humanos, tal vez demasiado humanos porque en su encanto lleva el rostro del rito y la miseria, canto de libertad que hace hasta de la ira poesía”. En ‘La rueda de Chicago’ la música negra alcanza la dimensión de un personaje, que no sólo participa como telón de fondo, sino que interviene decidiendo acciones y provocando emociones diversas en los caracteres de la novela.

Elpsio descubre otros amigos, amigas y personajes de distinta índole que son retratados por Armando Romero con maestría. Gretchen, la lesbiana que lo ama ocasionalmente. Marty, su rival en el amor de Lamia. El siniestro ‘Mono’ González. Livio, el intelectual de sagaces juicios literarios. Johnny Young, el mandolinista negro. El ‘Iluminado’ su compañero de cuarto, una especie de fantasma siempre presente. Marta Ester, la poeta revolucionaria. Y Sheng Hung “hecha de bambú, cimbreando”, que es el amor que finalmente descubre. Por la riqueza, complejidad y vida interior de estos personajes, la novela de Romero alcanza una altura clásica, sin renunciar a la modernidad literaria. Es uno de sus mayores aciertos.

‘La rueda de Chicago’ es una historia bien contada, como debe serlo toda novela legible. Pero esto no basta para que se convierta en buena literatura. Así son, sin alcanzar significación literaria, los ‘best-sellers’ o las buenas narraciones orales. ‘La rueda de Chicago’, además de esa condición, alcanza la dimensión de gran literatura porque tiene técnica narrativa impecable, desarrolla consecuentemente una trama compleja, crea una realidad imaginaria que da cuenta más verídica de lo real y revela con profundidad elementos esenciales de la condición humana. Es una de las buenas novelas urbanas de este tiempo, destacable entre las letras latinoamericanas y también entre las estadounidenses. Es otra visión de Chicago, que puede colocarse al lado, sin desentonar en una sola nota, de ‘La jungla’ de Upton Sinclair y ‘Chicago poems’ de Carl Sandburg.

No sobra resaltar la limpia edición de Benjamín Villegas. El tamaño de la caja y de la letra, la selección de la portada, el cuidado en la corrección de los textos y la calidad del papel, son muestra del avance de la industria editorial colombiana, que se corresponde con una novela de calidad universal.
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©   Germán Patiño

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 20
Enero-Febrero-Marzo de 2005

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 20