Dos cuentos argentinos:

La sombra de la palmera

Graciela Gliemmo
gliegra@yahoo.com.ar
Crítica, investigadora y narradora

Escuchar este cuento
en la voz de su propia autora:



Sabrina y yo íbamos todos los martes y jueves a esa casa. No teníamos piano y la señora Cecilia nos prestaba el de su hija. Nunca supe cómo había hecho nuestra madre para llegar a ese arreglo, aunque cuando se refería a nuestras prácticas ella decía “alquilamos un piano”. Nadie lo usaba y hasta el día de hoy es que pienso que por eso sonaba algo desafinado. La cuestión es que permanecíamos unas cuantas horas tocando a cuatro manos en la casa de los Melindo. La gran casa de la profesora Cecilia Melindo.

Ni Sabrina ni yo usábamos reloj. Ningún niño lo usaba si no había cumplido por lo menos los doce o trece años. Al principio, era difícil adivinar hasta qué hora podíamos quedarnos, pero luego apareció Damián y eso nos ayudó a medir nuestro tiempo. Cuando Cecilia le abría la puerta para despedirlo, salíamos nosotras rápidamente por el costadito que quedaba libre. Tan entretenidos estaban agotando los últimos minutos del encuentro que nunca respondían a nuestro saludo.

Cecilia era la mujer de don Julio, famoso en el barrio por sus barquitos de madera y por su irreversible enfermedad. Hacía años que no salía a la calle, que no paseaba ni siquiera por su propia vereda. Tenían solo a Camila, que se dedicaba a leer durante horas y horas encerrada en su habitación. Cecilia era algo cariñosa con su única hija, pero ya no le quedaba ni un resto de paciencia para atender a su esposo. Menos aún amor.

Mientras ensayábamos ilusorias escalas e improvisábamos para ver si alguna vez  salía algo de tanto tocar las teclas, don Julio escuchaba la radio en la otra punta del largo  comedor. Como sintonizaba Radio Nacional, nosotras jugábamos a acompañar la música. En realidad no exagerábamos cuando le decíamos  a nuestra madre “hoy tocamos el concierto para piano número 21 de Mozart o alguna otra cosa por el estilo. Y don Julio sonreía. Yo lo espiaba y sorprendía a veces su triste sonrisa.

Al rato, como a mitad de nuestro increíble concierto, aparecía Cecilia con la bandeja y le dejaba un enorme tazón con leche y unos panes enteros, que don Julio iba mojando de a poco para sorber después el líquido caliente emitiendo unos ruidos bastante desagradables. Él mismo se limpiaba con la servilleta y esperaba largo rato con la bandeja sobre las rodillas, hasta que Cecilia reapareciera otra vez. Ella se la sacaba de mal modo y con mucho fastidio, y lo acomodaba en la silla de ruedas. Lo regañaba como si se tratara de un anciano o de un niño molesto mientras le cambiaba la camisa, la remera o el pulóver, porque ella decía que se había salpicado con leche y que la leche da un pésimo olor cuando se seca.

Había algo de animosidad en esa frase y a mí me molestaba que cerrara la escena con las siguientes palabras: ¡Qué van a pensar las chicas, Julio! Nunca lo hablé con Sabrina y hasta me atrevería a asegurar que ella embriagada por el sueño de ser algún día concertista y convencida de que con esas falsas horas lo lograría, no prestaba atención a nada que se escapara de la reducida superficie del piano. Incluso, yo solía cedérselo con gusto y casi llegué a no tocarlo durante tardes enteras cuando dejé de espiar a don Julio y me dediqué a observar las miradas que se echaban  Cecilia y Damián.

Él era, creo, un compañero de la escuela en la que Cecilia dictaba clases de química. No sé cuántas veces por semana la visitaría, pero cada vez que nosotras íbamos lo cruzábamos. Llegaba a minutos de la escena de la bandeja, así que estaría un poco más de una hora.

Si me dieran la oportunidad de rescatar algo de esos cautivantes momentos, no recuperaría mi niñez ni la sincera y espontánea relación que tenía entonces con mi hermana gemela. Me quedaría con una de esas miradas. Mientras hablaban de planillas, de casos típicos de rebeldía adolescente con los que me sentía absolutamente identificada en esa época, del mal carácter de la rectora y de ese tipo de cuestiones, los ojos dialogaban en un lenguaje simultáneo y hasta contrario al de las palabras. Eran sólo los ojos, porque las manos de ambos permanecían quietas y el cuerpo, fingidamente inexpresivo, reservado. A veces me arriesgaría a precisar que muy pocas veces, se agitaron sus voces y se ruborizaron las mejillas. Yo asistía cada jueves y cada martes a ese diálogo amoroso y sentía cómo se iba construyendo un puente silencioso entre los dos, prometedor, esperanzado.

Ellos se sentaban en dos amplios sillones de algarrobo colocados muy cerca de uno de los grandes ventanales, y yo veía hacia el final de la fragmentaria pero significativa conversación una particular señal, un especial interés en el rostro de Cecilia: cuando la palmera del gran patio proyectaba su sombra sobre el piano y la luz del sol dejaba de iluminar la cabeza de Damián, ella se entristecía de inmediato, como disparada por una cuerda interna, y se ponía de pie mientras se acomodaba hacia abajo el vestido o intentaba borrar las impalpables arrugas de la tela. En ese momento sus ojos se aguaban.

Un día Damián desapareció, quiero decir, dejó de visitar a Cecilia. No hace falta aclarar que nunca supe los motivos de su alejamiento y que los reclamos se hicieron más tenaces a la hora de la merienda. Sabrina necesitó aprender de verdad a tocar el piano y mis padres debieron invertir en clases dictadas por un profesor que guiara la inclinación artística de mi hermana. Yo extrañé durante mucho tiempo esas horas de música clásica mientras jugábamos a tocar el piano. Extrañé también la cercanía amistosa de don Julio. Me hizo falta la frescura inexplicable de ese antiguo comedor. No llegué a comprender nunca los contradictorios sentimientos y sensaciones que me provocaban esas tardes.

En realidad, no es por eso que recuerdo hoy esta historia. Es, pienso, por la gran melancolía que me provocan los altos árboles de esta nueva casa. No hay palmeras, pero un robusto ciruelo cargado de frutos proyecta su sombra sobre el mudo piano de mi hija. Las agujas marcan las seis y media, aunque creo que este reloj atrasa unos minutos. Pronto llegará Ricardo para compartir un café mientras hablamos de nuestros trabajos, de la difícil situación del país, en fin, de cosas de la vida. Pero los ojos de Ricardo se me escapan. No he podido cruzarme ni una sola vez con ellos.

Inicialmente publicado en la Revista Cultural TURIA No. 71-71, Zaragoza, noviembre de 2004.



Mini historia de amor

Graciela Gliemmo

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en la voz de su propia autora:



Él iba a mil por hora. A mil kilómetros, quiero decir. Mientras tanto, ella intentaba reducir la velocidad de su propio tren. Por puro milagro, entonces, coincidirían en alguna estación. Milagro o azar. Depende de quien repita o relea esta historia.

Lo cierto es que los dos trenes avanzaban sin detenerse y a diferente paso. De lejos, sólo uno se divisaba: el más ligero. De cerca sólo uno se dejaba ver: el más lento. Imposible percibirlos juntos, si uno estaba lejos. Imposible que se asomaran simultáneamente si uno los esperaba bien cerca.

Sé que usted puede estar pensando que no coincidieron en ninguna estación y que el que iba más rápido llegó primero. Pero usted se equivoca. Porque quien narra es adicto a los artilugios del azar y apuesta a que el azar logra raras aproximaciones.

Y tal vez por azar, ¿por qué no?, los dos trenes arribaron a tiempo y juntos en la estación “Milagros”. Un ilustre residente del lugar dice que la estación se llamó “Destino” en sus orígenes. Aquí me soplan al oído que algunos la llaman “Cupido”. Mi padre me asegura desde el más allá que sólo un acto de magia juega con los objetos en la tierra logrando vencer las sagradas leyes del tiempo y del espacio. Tal vez fue un ángel, piensa con cierto recato un personaje escondido en la página de uno de los libros de la biblioteca. Vaya a saber al fin cuál será su verdadero nombre. El de la estación, claro.

Inicialmente publicado en Utopías, Año XII, No. 17, Buenos Aires, diciembre de 2004.
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©   Graciela Gliemmo

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282
Narrativa

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 21
Abril-Mayo-Junio 2005

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN VI - NÚMERO 21