LA RAIZ DE LAS BESTIAS
Armando Romero
Del libro de cuentos La raíz de las bestias,
de Armando Romero, publicamos tres relatos.
EL ARQUITECTO
Podríamos llamarlo el Arquitecto, el Cubista, el Geómetra; cualquier apelativo iría bien con Arsecio, el hombre que lo veía todo en líneas. Al levantarse por la mañana Arsecio no veía los pliegues de sus sábanas y cobijas sino una multitud de triángulos escalenos, isósceles, rectangulares y equiláteros; en el cepillo de dientes encontraba la ley de las paralelas y en el dentífrico un día un hexágono, otro un heptágono, todo dependiendo de la marca y el tamaño; sus zapatos eran cubos y sus pies poliedros de cuatro caras. Para llegar a la cocina tomaba una línea mediana y de allí al comedor y a la sala iba en triagonal, aunque al pasar de un cuarto al otro experimentaba ese cambio de dirección que duplicaba su imagen creando una doble refracción donde el rayo incidente y el rayo refracto y la línea normal abandonaban el plano de incidencia logrando así quebrar las imágenes en miles de astillas como rectas que iban de un punto al otro por el camino más corto, y quedaban dentro de la casa cuando Arsecio abría el cuadrilátero de la puerta, que entre base y altura medía las verticales de su cuerpo.
Siguiendo una línea curva con puntos equidistantes a un punto fijo, el cual hacía de foco, y a una recta fija, directriz, Arsecio se las ingeniaba para llegar a las hipérboles paraboloides proyectadas en cinco pisos que era el banco donde trabajaba como vigilante nocturno. Describiendo rombos perfectos en un ala del edificio, que era un paralelogramo, y luego construyendo con fidelidad esa curva sin cerrar que se aleja cada vez más de su centro, Arsecio completaba espirales que por error y necesidad devenían una esfera armilar pero que é1 quería ver, obstinado, como la esfera de Saturno, y que sin embargo no era otra cosa sino una curva cerrada, la cual resultaba al cortar un cono con su ir y venir por el plano del edificio cruzando así todas las directrices.
Era la soledad de sus noches la que lo entretenía; soledad que un día admiraba como un coseno o una cosecante, dada su particularidad de saber moverse en distintas direcciones. Nada pasaba y él hacía su ronda cotidiana suponiendo que eran para siempre los ángulos correspondientes de su vida.
Sin embargo un día oyó un extraño ruido desde los fondos paralelepípedos y arma en mano como escuadra que traza perpendiculares descendió a los planos inferiores. Una luz que lo hizo visible como figura en el espacio le cayó por el cuerpo y a la voz de "no te muevas, quédate quieto o te freímos", levantó el arma. Pero antes de que su dedo índice vertical se encogiera en horizontal y se cerrara en una semicurva sobre el gatillo, una bala vino hacia él en línea recta. En este preciso momento es indispensable tener en cuenta la acción de las fuerzas exteriores que obran sobre el proyectil durante su movimiento, y especialmente la gravedad que lo atrae hacia el suelo. Fue pues necesario, para alcanzar el punto determinado en Arsecio, que el intruso dirigiera el arma según una dirección o línea de tiro sensiblemente elevada sobre la horizontal para compensar la acción de la gravedad sobre el proyectil.
Fue un sólo instanté por lo cual Arsecio perdió la única posibilidad en su vida de saber que la línea de puntería, que unía el ojo del intruso con él, estaba determinada por una recta que pasaba por la cúspide del punto del arma y el fondo de la muesca del alza, y que la bala daría en el centro de su corazón, en el mismo sitio donde dos triángulos equiláteros invertidos se encuentran.
ASÍ COMO ASÍ
Amanecer con una vaca lamiéndole la nariz a uno es cosa digna de atención. La vaca puede estar metida en los sueños, entonces no es sino lavarse la cara con agua fría; o pueden ser las sombras y las formas que crean las cobijas sobre el cuerpo. Una mano rápida resuelve esto. Pero una vaca verdadera, de lengua carrasposa, belfos gruesos y sonidos de rumiante, es algo diferente. Los ojos de una vaca tan cerca a nuestros ojos nos convierten en un punto en la esfera mayor del paisaje y el viento humoso que sale de los huecos profundos de la nariz del bicho mueve nuestro pelo. Es, pues, una sensación digna de recordarse.
Esto fue lo que le pasó a Argemiro, como vino a contárnoslo en medio de las bicicletas. Estábamos todos en el taller de reparación, alquiler y venta de Erdulfo, entre rines y caramañolas, cuando Argerníro contó la historia de la vaca.
Era una historia simple y todos nos reímos a las carcajadas, incluso el mismo Argemiro que no estaba al principio de tan buen humor. Pero no pudo dejar de sonreír entredientes al contarnos que la vaca le lamía la nariz cuando se despertó en la yerba del potrero desocupado, atrás de la estación del ferrocarril, donde la noche anterior se había organizado una feria de barrio.
Esa misma noche, un poco más temprano, cuando llegó a su pieza en la casa de doña Herminia, encontró una nota garrapateada por esa mujercita con la que vivía, y que todo el mundo decía que era más puta que las gallinas de Corinto, que salen a la carretera para que las pisen los carros. La nota decía que estaba harta y se iba a casa de su madre.
"Que se vaya para la misma mierda, esta desmadrada", dijo Argemiro y se fue sin comer para la feria del barrio. Y allá se la encontró, encaramada en los brazos de un tipo que él ni siquiera conocía. Entonces, dice, que se sintió tan feliz de que mañana le doy una patada y la mando pa'l carajo, que se bebió cuanto menjurje estaban dando por allí, y al lado de un árbol se quedó dormido. Por eso la vaca le lamía la nariz cuando se despertó.
Al rato de contarnos esto y de reirnos más se fue Argemiro, y detrás, al momentico, entró la policía buscándolo. A ella la habían encontrado sin sentido y con un brazo y una pierna partidas y al tipo con una zanja en la cabeza. Entonces comentamos que ya se nos hacía raro que Argemiro se hubiera despertado con la lengua de una vaca lamiéndole la nariz, así como así.
EL FILÓSOFO
Ya poco queda del filósofo en la cantina. Pedazos, retazos. Le faltaba un pie, una pierna al filósofo. Un brazo, una mano. Pocas cosas: un cenicero, la huella de su uña en la madera, el rastrillar del zapato. Limitados a verlo de esa forma era como un cristal en la ventana descomponiendo la luz, irritándola, arañando las paredes donde el papel reproducía figuras borrosas, como ahora el filósofo, arriesgándose a no ser, a irse entre volutas.
Las pocas personas que prestaban atención a la presencia del filósofo, a más de nosotros, también desaparecieron. Luzmila, quien una vez le dio con el plato y su sonrisa en plena cara, se limpió las manos en el delantal, esos dedos rojos de lavar loza, y salió del cuadro, y aunque se presumía que estaba allí, ya nunca se la pudo ver. El árabe conocido como el turco, el libanés, el judío, el infiel, el maldito que se lleva la quincena entre las telas, también se fue con los vientos, pero sí pasó el umbral, al sol, y se perdió calle abajo, carreta en mano, nunca volvió. Alonso Aguado, borracho entre las patas de las mesas se convirtió en tres o cuatro tapas de cerveza cuando volteamos a mirar. Asimismo lo vieron al filósofo otras personas que encontraron la nada como un perrito amarrado al poste del alumbrado, y por ello sufrieron y se desvanecieron.
Que el filósofo hubiera perdido las extremidades es una historia singular que uno no puede narrar sin detenerse en el pensamiento como frente a un semáforo. La historia era que a cada idea que tenía el filósofo le apostaba un pedazo del cuerpo. Tan convencido estaba en la verdad de sus argumentos. Así, a la idea de que el viento estaba compuesto de dos partes iguales con distinto peso y volumen, la cual hacía descender de los antiguos helenos, le tiró al azar la suerte de sus dedos y por consiguiente su mano, y la perdió cuando el viento del amor único le traspasó la camisa y le arrulló el corazón. El decía, contento, que esa vez casi apuesta la cabeza.
Un pie por la caida de los cuerpos como razón de la inmanencia del alma; toda una pierna por los negocios turbios de la fe y la esperanza; el hígado por la transubstanciación de los cuerpos; el apéndice por la infalibilidad del Papa. No sabemos a qué extraña razón apostó a Luzmila y a los otros.
Poco queda del filósofo en la cantina: cenizas, los garabatos de su uña en la madera, el rastrillo de un zapato contra el suelo. Afortunadamente no tuvo tiempo de tener una nueva idea por nosotros, o tal vez supuso que no valíamos el hilo de su pensamiento. Y aunque esta reflexión es triste nos permite ahora saborear el gusto de una victoria.
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© Armando Romero
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 21
Abril-Mayo-Junio 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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