EL DIFUNTO CUBANO
CABRERA INFANTE
Ariel Castillo Mier
Universidad del Atlántico
El hombre miope y rechoncho, con cara de chino y pelo plateado, descendiente de campesinos comunistas cubanos, quedó tendido como un triste tigre en la helada cama del hospital Chelsea y Westminster, al lado de su ángel guardián, la actriz Miriam Gómez, mientras afuera caía una indiferente nieve londinense.
El guerrero cubiche del verbo yacía al fin vencido por la sevicia singular de la septicemia que se cebó en su cuerpo debilitado y decrépito después del by pass del último agosto de la mala salud, que lo tuvo convaleciente varias semanas, y de los dolores y malestares de una fractura de cadera por una caída en el baño la semana anterior, y de una neumonía y de los atentados demoledores de la diabetes y varios episodios de insuficiencias cardíacas y renales,.tras haber sobrevivido a punta de risas y letras libres a un exilio europeo de cuarenta años de soledad, condenado a no volver a ver el amanecer en el trópico tras sus críticas destructivas a un tal Castro, de origen gallego, hijo bastardo como Batista, fiel a su insular dictadura semisecular de país caliente y cañero, cuyo aporte a la historia universal de la revolución ha sido —Cabrera dixit— la pronunciación “marsimoleninimo”.
Caín, como rubricaba el chino, cuando era joven y feo, sus notas de cine, para protegerse de la fulgente censura de los esbirros de Batista, tenía al morir 75 años, de los cuales más de la mitad los había vivido bajo las nieblas dickensianas y la flema famosa de la tierra de los hijos de Albión, lejos de los cuerpos divinos de las habaneras oxigenadas o morenas, ninfas inconstantes y cantoras de boleros. No obstante, en su exilio nada tropical, Cabrera había escrito una variada obra compuesta de ensayos, cuentos, novelas, artículos periodísticos, reseñas de cine, crónicas y memorias que constituyen una auténtica aventura del y en el lenguaje, ámbito virtual de la libertad.
Irreverente a morir había sido ante todo un desmitificador, un disidente decidido. Cuando los escritores latinoamericanos herederos de Sartre se llenaban la boca (y los bolsillos) con el cuento del compromiso político de la literatura, Cabrera no dudó en cometer el sacrilegio de afirmar que la literatura ara ante todo “Palabras, palabras, palabras” y que el escritor no tenía que convertirse en misionero. Después de Borges; Cabrera Infante ha sido quizá el máximo manejador del castellano, el maestro en el juego de los vocablos que podía sacrificar incluso un amigo con tal de no rebajar la agudeza del ingenio. Numerosas son sus frases que pueden sonar como banales boutades pero en el fondo constituyen cuestionamientos de los clichés y de todo lo establecido para que nada de lo humano deviniese divino. Por esta razón su pluma, en un ejemplo de libertad y de independencia que le costó carísimo en rencores y exclusiones, no dejó títere con cabeza. Ninguna de las celebridades mayores y menores de la política y la cultura caribeña, en particular, —los Castro Ruz, García Márquez, Carpentier, Lezama Lima, Nicolás Guillén, Reinaldo Arenas, mayor o menor, se salvó del zarandeo de su humor y de sus impertinencias cabreras y del ácido corrosivo de sus letras aliterantes que eran capaces, asimsimo, si se lo proponía, de un intenso lirismo memorioso, nada nostálgico, que quería ver el mundo a la luz de una vela que se apaga.
Con la de Julio Cortázar, la obra de Cabrera Infante llegó a constituirse en modelo de una literatura transgresora de los cánones, nutrida de las rebeldías de la vanguardia, que ponía en la picota reverendos mitos hispánicos como la letra limpia, pulida y esplendorosa de los almidonados académicos de cartón de la lengua. Años después el enano de Gibara terminó distanciándose del gigante belgargentinofrancés criado en Bánfield, quien en sus últimos años cayó en la tentación de santón de tomarse en serio a sí mismo por sinrazones politiqueras perdiendo parte de su heroico humor y de sus ímpetus renovadores que habían hecho de su vida y de su obra un continente de la eterna juventud. Hoy los dos distanciados finados son vidas para leerlas y, como decía el propio Cabrera, cortar al azar.
Nacida de la parodia violenta al grave y grandilocuente folclorismo del Asturias novel de El Señor Presidente y su lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre sobre la podredumbre, la narrativa de Cabrera Cabrera, pacifista impenitente, fue la de un subversivo francotirador desde la fortaleza del humor, heredera de las lecciones de levedad de Petronio y las iconoclastas de Joyce y las maravillosas de Alicia la de Carroll y las elípticas del iceberg de Hemingway y las de las fábulas infames de Borges, el vidente, y las sonrientes de las greguerías y goyescas de Gómez de la Serna. Literatura urgentemente urbana, la ficción de Cabrera se propuso (y lo consiguió) la mitificación de su ciudad amada, La Habana de los infantes difuntos, cuyas noches y barrios y calles y personajes y jergas y ambiente musical y bachatas verbales, permanecen con promesas de perennidad en la patria portátil de sus páginas poderosas. Apartándose de la escritura del buen gusto y bebiendo en las fuentes frescas de la cultura callejera, Cabrera Infante revitalizó la lengua literaria con los venenos y las vitaminas de la vena popular y de las minas verdes de los medios masivos –el bolero y el cine, la moda londinense y la novela rosa, la ensalada de la salsa neorriqueña y los sones genuinos de los cantantes que son de la loma y cantan en llano-, el humor y el erotismo lingüístico, y la incorporación al texto del habla viva de los habaneros. Tales rasgos que singularizan su obra, han creado una vasta escuela de seguidores dispersos por las capitales y las ciudades de provincia de los países latinoamericanos, incluyendo las de Cuba donde sus obras prohibidas se compran en bolsa negra y circulan secretamente en las manos celestinas de la clandestinidad. Entre nosotros es más que evidente la irradiación de su cantidad hechizada en las obras primeras de Oscar Collazos y Umberto Valverde, de Alberto Duque López y Roberto Burgos Cantor, aunque son asimismo numerosos los autores que por heterodoxia política se excusaron de su lectura fecunda (y quedaron excusados).
Ahora sólo se espera que antes de que el frasco de las cenizas de Caín regrese a la larga isla iinfeliz del caimán barbudo, el sano humor de sus obras literarias y la indignación de las prosas de prisa de su periodismo panfletario sean accesibles a los lectores de su tierra natal.
ALGUNAS FRASES DE CABRERA INFANTE
—"Borges no es sólo un gran escritor, sino el escritor más importante de la literatura en español desde la muerte de Calderón en 1681. Además, siempre estuvo en lo cierto, hasta en sus errores. Como lo vio bien Adolfo Bioy Casares, es el único ejemplo posible".
—"Nunca formé parte del Club Boom porque era una institución creada en Londres a semejanza de los clubes de caballeros. Esta vez literarios; esta vez no demasiado numerosos; esta vez, como un club más, cerrado a todas las admisiones, léase misiones, que no estuvieran de moda: la literatura latinomericana, la revolución cubana, la hagiografía de los nombres".
—"Las generaciones van y vienen, pero la literatura siempre permanece".
—"No soy un ciudadano de América latina porque ese continente no tiene contenido. Es, como Erewhon, el anagrama de nowhere, o como Utopía, ambos conceptos inventados en Inglaterra, que literalmente nombran el lugar que no existe. América latina no ha existido nunca. Se trata de un continente (y medio) donde no se hablan solamente lenguas romances, como en las regiones de América donde se habla guaraní, quechua y hasta papiamento. Este desdichado mote, Latinoamérica, sólo crea confusión, ignorancia y racismo. Las pretensiones de ser latinoamericano (latin, en Estados Unidos) corren parejas con la usurpación de identidad. Aunque concedo renuente que abundan los «latinoamericanos profesionales»".
—"Nicolás Guillén y Alejo Carpentier, los dos, escritores cubanos, nativo uno, adoptivo el otro. Algún día se verá que a Nicolás Guillén le hizo un daño irreparable hacerse comunista. Hasta entonces había sido un poeta de "vuelo popular". A partir de entonces fue un escritor al servicio del Partido Socialista Popular. Carpentier en sus últimos años, no sólo era un funcionario acomodaticio en sus últimas novelas se hizo un oportunista literario. Pero sus primeras novelas hasta El siglo de las luces, a pesar del lenguaje elitista y rancio, son obras maestras, sobre todo Los pasos perdidos".
_________________________________________
© Ariel Castillo Mier
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 21
Abril-Mayo-Junio 2005
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v6n21cabr.html