Un enfoque multicultural
a la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

Miguel Zapata Ferreira, Ph. D.
Universidad de Evansville – Estados Unidos
mz7@evansville.edu
















Originalmente, este ensayo fue publicado en inglés, así: Zapata Ferreira, Miguel.
A Multicultural Approach to Miguel de Cervantes Saavedra. Torre de Papel. Vol. 9. N. 1. Spring, 1999 (71-86).

Miguel Zapata Ferreira es licenciado en Ciencias de la Educación: Especialidad Inglés y Español, 1986. Universidad del Atlántico. Maestría en literatura en español. Universidad de Arkansas, 1995. Maestría en literatura en inglés. Universidad de Arkansas, 1999. Doctorado en Literatura Comparada. Universidad de Arkansas, 2002. Profesor asistente de español.  Universidad de Arkansas 1993-2000. Profesor asistente de redacción en inglés. Universidad de Arkansas, 2000-2001. Profesor titular de español, literatura y cultura [hispánica] y Cultura Universal-redacción en inglés. Universidad de Evansville. 2001-presente. Miembro del Consejo Editorial Internacional de la REVISTA TRIMESTRAL DE ESTUDIOS LITERARIOS LA CASA DE ASTERIÓN. 


Miguel de Cervantes Saavedra ha sido considerado como sinónimo del gran autor universal de todos los tiempos y todas las literaturas. Adversario igual o superior a William Shakespeare, el autor español comparte con el último el privilegio de representar por sí solo toda una cultura, tradición y lengua. En otras palabras, es difícil concebir la totalidad de la literatura española sin Cervantes, de igual manera que no se conciben el teatro ni las letras inglesas sin Shakespeare.  Más aún, el influjo de Cervantes se extiende al plano lingüístico de tal manera que es común la metonimia “la lengua de Cervantes” por el español o castellano.

Si bien es cierto que puede haber bases reales para su fama, es importante anotar que el genio universal de Cervantes es rara vez disputado en la crítica literaria. Sin embargo, los presupuestos básicos de universalidad y obra clásica nunca están desprovistos de motivaciones políticas. Aceptar incuestionablemente la universalidad de la obra de arte es ignorar su relatividad histórica así como también sus usos políticos a favor de una ideología dominante. Atendiendo a ello, el propósito de este trabajo es cuestionar tales lecturas cándidas de Cervantes al revelar su racismo, pensamiento aristocrático, y en última instancia, su anhelo conservador por una España y mundo feudales.  Estos criterios, por supuesto, se oponen a una lectura universal de Cervantes o la obra clásica. El método a utilizar es el del multiculturalismo, y dentro de él los pasajes que se ofrecen como evidencia textual pertenecen a obras como La gitanilla, La ilustre fregona y La fuerza de la sangre —normalmente publicadas bajo el título de Novelas ejemplares— y al celebérrimo Don Quijote de la Mancha.

La crítica sobre Cervantes es voluminosa. Cientos de artículos se publican anualmente en revistas especializadas en literaturas nacionales, hispánicas, universales y comparada en por lo menos todas las lenguas europeas.  A pesar de este hecho, no es exagerado argüir que la mayoría de esas críticas se centran en los siguientes temas: la dualidad realista-idealista del genio de Cervantes, el rol del autor como predecesor de la novela en general y de la novela española en particular, la calidad experimental de sus trabajos individuales, la incursión del autor en los tres géneros mayores lírico, narrativo y dramático, y las contribuciones del artista a la lengua, al estilo y la moral. Es también acertado el mantener que la mayoría de la crítica, tácita o explícitamente, está de acuerdo con que Cervantes es un genio universal, o en otras palabras, que sus obras transcienden el tiempo y las fronteras, y que, por lo tanto, éstas deberían ofrecerse como la quinta de esencia de ejemplos de valores humanos.

Respecto de la dualidad de la mente de Cervantes, en su libro El pensamiento de Cervantes, Américo Castro, para nombrar solamente una de las muchas publicaciones, examina el contraste entre la vida ordinaria y la habilidad inconmensurable del Quijote de fantasear. Edward C. Riley, en un discurso similar, arguye que la interacción entre la literatura y la vida, antes que la preocupación por la teoría literaria, es el tema central de El Quijote. Chandler y Schwartz, en su History of Spanish Literature, junto con Vicente Cantarino en su Civilización española, y Luis Alborg en su monumental History of Spanish Literature, todos mantienen que las características realista-objetivas de El Quijote fusionadas con las subjetivo-románticas son tendencias sempiternas no sólo de la literatura escrita en español sino de toda la cultura del mundo hispano parlante. En otras palabras, según ellos, habría un Sancho Panza en Don Quijote, un Don Quijote en Sancho Panza y un Quijote y Sancho Panza en toda la producción literaria en español y en todos los individuos hispano parlantes.

En cuanto al papel de Cervantes en la génesis de la novela, Lukács entre muchos, en su History of the Novel, brevemente estudia la relación entre El Quijote y la tradición picaresca. Lukács establece, en virtud del poder crítico en contra de las instituciones sociales del género picaresco, la importancia histórica de El Quijote. Aunque haya habido otros precursores de la novela en la literatura universal por lo menos Cervantes es considerado como la figura clave de las letras hispanas.

Muchos también son los trabajos que versan sobre las tendencias experimentales de Cervantes. El Quijote, por ejemplo, combina la lección moral o exempla, el tratado filosófico, el ensayo, el subgénero picaresco, el pastoril —tanto en prosa como en verso— y, obviamente, el narrativo. Las Novelas ejemplares, por su parte, son tratadas como noveletas, cuadro de costumbres, es decir, un conjunto de máximas y apuntes ingeniosos que se refieren especialmente a El licenciado vidriera y varios otros subgéneros. Paralelos a las clasificaciones anteriores hay numerosos estudios sobre la incursión de Cervantes en la poesía, la narrativa propiamente dicha, la narrativa lírica y el teatro [1].

Como se dijo arriba, todas las líneas de investigación mencionadas arriba son un tanto acríticas ya que directa o indirectamente subestiman la transcendencia del tiempo y el espacio de la obra de Cervantes. Tales trabajos excluyen la pertinencia histórica del arte. El arte tiene una motivación política: sirve a las necesidades de las clases dominantes para mantener su hegemonía. El valorar la forma por encima del fondo es fallar en aceptar de lo que se trata realmente la literatura. El estudiar la literatura como artefacto independientemente de su tiempo y espacio es asignar a ésta sólo una coherencia local que tiene poco que ver con una descripción profunda del fenómeno literario  [2].

En este orden de ideas, una crítica de La gitanilla debería incorporar un estudio de ideas racistas. Antes de hacerlo, he aquí un breve argumento de la trama. A las ocho de la mañana, el día de la Ascensión de Jesús del año 1595, una vieja gitana robó a la niña Doña Constanza de Acevedo y Meneses de su noble hogar [3]. La vieja gitana crió a la niña entre gitanos, le enseñó todos sus trucos —como cantar, bailar, recitar y echar la suerte— y la llamó Preciosa. Cuando Preciosa estaba a punto de cumplir quince años, visitó a una  familia de alta alcurnia donde un joven caballero de la nobleza, llamado Juan de Cárcamo, se enamoró de ella. La muchacha, quien no sabía la verdad sobre su origen, exigió, antes de consentir en casarse con él, que éste viviera entre los gitanos por un período de dos años. El período de estudió resultó exitoso ya que el joven caballero, disfrazado de gitano, no sólo aprendió rápidamente todas las destrezas —como juegos, ejercicios y danza— sino que sobrepasó a todos los otros jóvenes. Sin embargo, el período de espera tuvo que acortarse: para defender su “noble honor,” Don Juan de Cárcamo tuvo que matar a alguien que había osado darle una bofetada. El corregidor [4] a cargo del caso felizmente resultó siendo el padre de Don Juan. El joven caballero reveló su amor por la muchacha gitana, y pronto la vieja gitana reveló el secreto de haber sido la secuestradora de la noble bebé. El final es el matrimonio feliz dentro de las dos familias aristocráticas.

No es de sorprender que los críticos se hayan ocupado principalmente del costumbrismo de la obra, de la vívida descripción de Preciosa, de su habilidad para recitar poesía, un hecho que según ellos la hace sospechosamente identificable con Cervantes, y entre otras cosas, sus inclinaciones pastoriles. Sin embargo, una lectura totalmente distinta surge al mirar las serias opiniones racistas de esta obra. Por ejemplo, si se va al mismísimo párrafo de apertura de la obra, el narrador dice:

Parece que los gitanos y gitanas nacieron para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones, y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo, y la gana de hurtar y el hurtar son en ellos como accidentes inseparables, que no se quitan con la muerte. Una, pues, de esta nación, gitana vieja, que podía ser jubilada en la ciencia de Caco...” (73).

La cita anterior se explica por sí sola. No se necesita un esfuerzo de pensamiento para descubrir el racismo del narrador. Los estereotipos sobre las naciones y sus gentes abundan en la historia de la humanidad. Pero, por supuesto, los estereotipos son generalizaciones que carecen de objetividad. En otras palabras, es fácil concebir que haya gitanos ladrones, pero el afirmar que todos, hombres o mujeres, lo sean es una  exageración tal que, por su misma naturaleza, no puede ser cierta.

El error descrito arriba tiene sus orígenes en la ignorancia sobre los valores de otras culturas y en la carencia de una perspectiva histórica. Los gitanos parecen llegar a la península ibérica al principio del siglo dieciséis. En España, vivían en grupos en tiendas, tenían su propia religión, su propia lengua y prácticas culturales muy distintas de las impuestas por la iglesia católica. Por ejemplo, eran aceptadas la poligamia y la unión libre entre hombres y mujeres sin la sanción del matrimonio católico —obviamente, ya que no eran católicos. También lo era el uso del alcohol. Su sentido de la hermandad resultaba envidiable y exasperante para el individualismo español.

Las características que hacían de los gitanos una nación distinta desarrollaron una animadversión en contra de ellos, lo que al fin y al cabo los obligó a robar y alienarse de la nación española. A los gitanos no se les ofrecían trabajos. No se les alquilaban casas. Altos impuestos les eran cobrados por ocupar las tierras comunitarias y la permanencia en esos lotes era fijada por un corto tiempo. De manera que esas condiciones impuestas perpetuaron su diferencia o no les daba más alternativas de asimilación o integración a la cultura española. Es decir que algunas de las características atribuidas a los gitanos son más una consecuencia que una causa.

Bajo estas circunstancia, la pregunta que entonces surge es por qué los principales personajes de la novela son gitanos. La respuesta es que no lo son, y así el argumento de la obra es aún más racista. El lector descubre que aunque Preciosa no tenía ni la más remota idea de que no era gitana, nunca se comportaba como ellos. Nunca le robaba nada a nadie; no vivía en unión libre con ninguno de los jóvenes gitanos de su clan; no bebía alcohol. Por supuesto que se podría argumentar que era demasiado joven para el sexo o el alcohol, pero no para robar. Sin embargo, aún un estudio somero de la cultura y sociedad gitanas revela que éste no es siempre el caso. Parece que los gitanos vivían en unión libre desde una corta edad. Sea como fuere, aún si ella no fuese suficientemente adulta para el sexo, sí lo era para pensar en el matrimonio. Por lo tanto, las únicas características que compartía con su familia gitana adoptiva eran el baile, la recitación de poesía y el leer la suerte, características que no eran tan indeseables para la cultura española de la época. Entonces qué fue lo que la hizo escoger el “camino recto”? Para el narrador la respuesta es obvia: su alta alcurnia. En otras palabras, aún si una persona noble enfrenta toda suerte de dificultades y tentaciones, la naturaleza de su sangre aristocrática —la cual es, según el narrador, en esencia un tipo de sangre distinto, como se verá más adelante— la hará prevalecer.

Un razonamiento similar puede resultar útil para entender el comportamiento de Don Juan. La condición impuesta por Preciosa lo obligó a vivir como gitano. Así aprendió todos los trucos y sobrepasó a todos los gitanos, pero nunca consintió en robar, engañar o llevar una vida promiscua. Su caso es, no obstante, un tanto diferente ya que él sabía muy bien que no era gitano. Su anhelo era sacar a Preciosa de esa clase de vida después de concluido el período de prueba, hecho que sugiere que a él realmente no le gustaban los gitanos. Para impedir ser descubierto por la tribu, solía pretender que había robado para ganar aceptación, pero en secreto, había estado comprando todos los objetos que traía al campamento.

La otra pregunta es ¿cómo pudo un noble cristiano enamorarse de una gitana? La respuesta, una vez más, es que ello fue posible porque ella era gitana solamente en disfraz, ya que era una joven de la nobleza en el fondo de su alma. Hasta lo dicho aquí, es obvio que la novela no se trata verdaderamente de gitanos sino de nobles a quienes se fuerza a prevalecer en un contexto gitano. Por lo tanto, inclusive la aseveración de la crítica en el sentido de que la novela es costumbrista es falsa, ya que ningún gitano real asume roles importantes, y por el contrario, el único personaje gitano resulta siendo nada bueno.

Cambiando ahora a La ilustre fregona,  la novela es un buen ejemplo del pensamiento aristocrático del autor. Dos jóvenes nobles, quienes al mismo tiempo son pícaros, Don Diego de Carriazo y Don Tomás de Avendaño, visitan Toledo durante un receso de sus aventuras. Ahí conocen a la hermosa lavaplatos llamada Constanza, quien trabaja en una posada. A la sazón, su belleza la ha hecho famosa no sólo en Toledo sino por toda España, razón por la cual se gana el apodo de la Ilustre Fregona. Don Tomás de Avendaño se enamora perdidamente de ella poco después de descubrir que no es solamente extremadamente hermosa, sino también extremadamente honesta. En contraste con estas características, el narrador presenta a los supuestos padres de la joven de quince años como horribles, vulgares y estúpidos. Los dos jóvenes caballeros fingen ser pobres y consiguen empleo en la posada sólo para estar cerca de Constanza y seducirla. Sin embargo, ella no acepta fácilmente a Don Avendaño: se comporta como una verdadera aristócrata y no como una campesina corriente. Finalmente, los verdaderos y aristocráticos padres de Constanza llegan a Toledo, reconocen a su buscada y bien amada hija, y se la dan en matrimonio al igualmente noble Don Avendaño. Al mismo tiempo ocurren otros matrimonios aristocráticos en la obra.

El punto de vista del narrador está claramente en favor de la aristocracia. La belleza, perfección, inteligencia y nobleza de carácter son atributos sólo de los aristócratas. La fealdad, vulgaridad y estupidez son propias de los campesinos pobres. Aún si una persona de la nobleza es criada bajo deplorables dificultades económicas, ella mantendría todos sus atributos porque éstos son inherentes a los ricos. La tesis contraria, muy probablemente si la madre adoptiva campesina hubiese sido criada en un hogar rico, habría continuado siendo fea, vulgar y estúpida. A estos padres adoptivos ni siquiera se les dan las gracias por haber cuidado a la niña rica, ya que en la época su obligación era comportarse bien y ayudarla.

Ideas paralelas, o quizá más aristocráticas, se presentan en La fuerza de la sangre. Un joven aristócrata se pone su disfraz para cometer crímenes, uno de los cuales es la violación sexual. Ataca a una familia noble pero menos aristocrática, rapta a la joven hija de la familia, quien se desmaya por un buen rato, la lleva a su casa, la viola y luego la abandona en la calle. La muchacha cuenta con tan mala suerte que queda embarazada del abuso. La retiran de la “sociedad.” Su padre le “hace el favor” de no matarla por haber manchado su honor. Eventualmente, la joven da a luz a un hermoso bebé. Un día, cuando el bebé era ya un niño mayor, lo llevan a una corrida de toros. Hay un accidente y el niño resulta herido. El padre del secuestrador, quien no sabía de los crímenes de su hijo, corre a salvar al niño. Aún antes de saltar al ruedo, el viejo noble había sentido el impulso de salvar al niño. El viejo lleva al niño herido a su noble hogar, y envía recado a los padres de éste. La madre violada de alguna manera reconoce la habitación, ve al violador de quien, secretamente, estaba enamorada. La noble familia nota cómo se parecen el niño, el viejo y su hijo, y todos concluyen que todos están emparentados. La muchacha cuenta su historia, la madre del violador agradece a Dios que su hijo había violado a una muchacha tan hermosa que había engendrado un hijo tan precioso, y la joven pareja se casa.

La novela es el colmo del sexismo y aristocracia. Primero, no hay el menor intento de condenar la violación. La explicación es que los hombres de la nobleza tenían derechos sexuales sobre todas las muchachas campesinas, así que la palabra violación ni siquiera se usaba en la época, mucho menos el concepto. Las muchachas campesinas eran parte de la propiedad privada del noble junto con las ovejas, las vacas o frutas. La complicación de esta novela es que la joven violada pertenece a una aristocracia menor, pero este hecho es descuidado por Cervantes. Es muy apropiado recordar aquí que casi todo el teatro español del Siglo de Oro se centra en el tema del honor. Sólo los aristócratas tenían honor, y su pérdida era pagada con la muerte o el matrimonio: un hombre perdía su honor si era insultado por otro hombre o si su esposa o hija eran engañadas. Fuenteovejuna, de Lope de Vega, una comedia popular de la época, trata exactamente el mismo problema: muchachas campesinas que son asaltadas por un comendador. En esta comedia, sin embargo, el comendador es asesinado, todo el pueblo de Fuenteovejuna asume responsabilidad por ello, y el rey perdona a los asesinos. Todo ello prueba el hecho que el narrador de La fuerza de la sangre es más sexista que cualquiera de sus colegas.

Mucho más aún, existe la creencia que los aristócratas son biológicamente distintos de los campesinos. La sangre aristocrática se reconoce donde sea. Tiene la habilidad de hablar en voz alta y de llamar a otros miembros. La ignorancia y la separación no son obstáculos para el éxito de un aristócrata. No debe sorprender pues que desde la época medieval haya existido la teoría que la familias nobles en verdad tenían sangre azul.

Cambiando ahora al famosoEl Quijote, las críticas le han sido favorables. Predecesor de la novela, despliegue de conocimientos tanto de los trasfondos literarios pasados como presentes, una técnica mágica, caricatura del libro de caballería, tratado filosófico de la psiquis humana son sólo algunos de los ejemplos de la buena recepción de la novela. Los que arguyen la inmortalidad de Cervantes lo hacen basándose especialmente en esta novela y en este último concepto. La mente humana parece ser de un carácter dualista. Una persona puede ser soñadora en un caso y tener los pies en la tierra en otro. El Quijote abarca esa dualidad humana: el protagonista lucha en contra de todas las adversidades para reparar un mal aún cuando sabe que el enemigo es tan duro y estúpido como un molino de viento. Todas esas opiniones suenan muy hermosas, pero examínense en detalle algunas de sus aventuras.

El capítulo veintiuno de El Quijote es probablemente uno de los más famosos y también uno de los más comentados. Aquí Don Quijote libera a un grupo de prisioneros que habían sido sentenciados a remar en las galeras de la corona. Entre los prisioneros hay ladrones, timadores, prevaricadores, violadores e incluso el escritor de una novela picaresca. El argumento de Don Quijote para liberar a los prisioneros es que:

De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vas a padecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas de muy mala gana y muy contra vuestra voluntad... Todo lo cual se me presenta a mí ahora en la memoria, de manera que me está diciendo, persuadiendo y aun forzando, que muestre el efeto para que el Cielo me arrojó al mundo, y me hizo profesar en él la orden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores... Estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el Cielo, que no se descuida de castigar al malo, ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres...” (228-229).

Esta cita es interesante de varias maneras. Primero, significa que Don Quijote cree en el castigo solamente si el castigado lo acepta voluntariamente y de buena gana. En otras palabras, los individuos deberían tener el derecho de aceptar o rehusar el castigo por sus crímenes. Obviamente ésta razón es ridícula: probablemente ningún criminal estaría contento con su castigo, a menos que además sea masoquista. Segundo, el pasaje explica el propósito de Don Quijote en el mundo: una misión divina para proteger y defender a los que lo necesiten; tal es la esencia de su caballería. La pregunta que entonces surge es que si las personas pueden rechazar una condena que nos les guste, entonces para qué se necesita un caballero como Don Quijote. La otra pregunta relacionada es sobre su sentido de justicia. La respuesta está contenida en el mismo pasaje: la única justicia posible es la divina, un sistema administrado por Dios en el que los hombres no tengan ni voz ni voto.

Aún si los autores románticos han interpretado este pasaje como un ejemplo de libre arbitrio, y aún si los de la Generación del 98, especialmente Miguel de Unamuno, lo han visto como prueba de una justicia compasiva, el pasaje es sospechosamente similar a una propuesta de teocracia donde Dios o los dioses son los únicos árbitros de la justicia y destino humanos. En otras palabras, Cervantes parece un partidario retrógrado del sistema judicial antiguo de la esclavitud clásica como las de los imperios romano o griego. La diferencia por supuesto, es que Cervantes era monoteísta. Pero además, su teocracia es incongruente. En una previa conversación, Sancho Panza aconseja a su señor para que se esconda en una iglesia para impedir que los siga la Santa Inquisición luego de una pelea con un alguacil. Don Quijote le responde: “Calla... ¿Y dónde has visto tú o leído jamás, que caballero andante haya sido puesto ante la justicia, por más homicidios que haya cometido?” (106).

Esto significa que aún si Don Quijote cree en Dios como el máximo juez, un caballero como él es igual a Dios porque su misión es divina, y esa condición lo coloca en una posición privilegiada con respecto de todos los hombres incluyendo al rey. También significa que a él no le gusta la monarquía, no porque se oponga al sistema feudal, sino porque él no es el monarca. Le gustaría tener el poder de liberar o castigar —así como castiga a los prisioneros que acababa de liberar porque no querían arrastrar sus cadenas para mostrárselas a Dulcinea— a quien quiera, y parece molestarle sólo el hecho de no ser rey para impartir su propia justicia [5].

Apartándose de las inconsistencias que pueda haber en el modelo judicial de Don Quijote, es muy apropiado recordar tres modos en que el libro ha sido clasificado: como libro de  caballería, como caricatura de los libros de caballería y como libro de la necesidad de la existencia de caballeros como Don Quijote.

La primera clasificación es obviamente una mala lectura del siglo XVII. Los libros de caballería habían sido y probablemente todavía eran populares durante la primera década de ese siglo. Pero las aventuras de Don Quijote tienen un sentido cómico y ficticio; no son realmente aventuras.

La segunda clasificación fue luego ampliamente aceptada. De hecho, las audiencias informadas no continuaron leyendo los libros de caballería con el mismo interés en el género del Romance como lo hacían antes de la publicación de El Quijote. La novela se convirtió en una caricatura divertida cuyo propósito era ridiculizar la tradición del Romance.

La tercera clasificación, una lectura más moderna, ve más allá de lo ridículo y, por el contrario, toma la novela muy en serio. La novela es vista hoy en día como un texto que propone la necesidad de la existencia de caballeros reales. La figura de Don Quijote es hoy un símbolo del luchador abnegado en contra de todas las adversidades. Si alguien inicia un proyecto valioso y benéfico que puede estar condenado al fracaso desde el principio, a tal persona se le dice que es un Quijote.

La falacia del anterior razonamiento es que el famoso personaje no es benévolo. Primero, es un egoísta que busca ganar buena reputación para su propio beneficio, para conquistar a su Dulcinea del Toboso. Segundo, su concepción de justicia es totalmente inconsistente como se sugirió arriba. Y tercero, su visión del mundo señala hacia atrás a una época esclavista donde los gobernantes podían hacer lo que mejor les viniera en gana a nombre de los dioses. Lo que el mundo moderno necesita no es precisamente un caballero demente sino un sistema de justicia equitativo para todos. Un caballero que propone liberar a prisioneros  si no les gusta su sentencia o si los mismos no van a prisión de buena gana, pero inmediatamente después los azota porque no quieren hacer lo que les pide no es necesario en nuestro mundo moderno.

Otro aspecto que sugiere la identificación de Don Quijote con un aristócrata es su promesa de pagar los servicios de su gordo escudero con una isla que éste pueda gobernar. Sancho Panza ha sido propuesto como el modelo de la objetividad, de persona con los pies en la tierra, el que siempre da a su señor buenos consejos sobre lo que haya que hacer, alguien que ve más allá de la demencia de su amo. Sin embargo, los críticos no encuentran contradictorio el que él crea en la posibilidad de recibir una isla. En el fondo, no hay contradicción, ya que Sancho es ignorante pero no demente. Él sabía muy bien que un individuo débil podía dar islas o vastos territorios a otros individuos ignorantes. Después de todo, eso es precisamente lo que los reyes españoles habían estado haciendo por más de un siglo. Es un hecho incuestionable el que casi todos los conquistadores españoles eran soldados analfabetas. La mayoría eran convictos o prófugos, violadores salvajes, ladrones en España o en las colonias, gente sin temor que no tenía nada que perder si se embarcaban en un viaje que duraba meses, bajo condiciones deplorables de sanidad, y en una época en la que, a pesar de la ciencia, el común de la gente seguía pensando que la tierra era plana.

Cristóbal Colón y otros viajeros europeos —entre los cuales sobresalen los navegantes portugueses que habían logrado circunnavegar África— realmente demostraron mediante sus viajes que la tierra era redonda, pero ésa era una verdad sólo para los estudiosos e intelectuales. El común de la gente continuó creyendo que la tierra era plana. De hecho, cuando Colón murió, en 1606, ni sospechaba siquiera que había descubierto un nuevo continente. Los monarcas españoles, a miles de kilómetros de distancia, daban inmensos territorios cuyos habitantes, riquezas y geografía les eran desconocidas. Así que no hay contradicción en que Sancho creyera en la promesa de su amo representada en una isla insignificante. Sin embargo, lo que todo esto prueba es que Don Quijote no tenía nada en contra de la práctica colonial de cambiar los destinos de los pueblos al nombrar gobernantes ignorantes que extrajeran las riquezas de los lugares y que asesinaran poblaciones enteras. En otras palabras, Don Quijote es pro colonialista.

No es ninguna sorpresa, por lo tanto, el comprobar que el libro fue aprobado y firmado por los delegados de censura del rey: Juan Gallo de Andrada y Juan de Amézqueta. El libro está dedicado a al Duque de Béjar. Es importante anotar que otros libros de la época no tuvieron la misma suerte. Ni El Lazarillo de Tormes ni La Celestina pudieron ser firmados por sus respectivos autores. El primero continúa anónimo hasta la presente, mientras que el segundo nunca fue llevado a escena; sin embargo, después de un estudio meticuloso, se la ha asignado como autor al Bachiller Fernando de Rojas, que probablemente era judío. Es posible que la razón por la cual estos libros fueron prohibidos es que eran demasiado críticos de su época. La picaresca de El Lazarillo de Tormes es una diatriba en contra de todas las instituciones y clases sociales: la iglesia, el estado, el caballero feudal, el clérigo e incluso la clase burguesa emergente. La Celestina, el libro más representativo de del renacimiento español, ataca la fe católica, promulga su propio ateísmo, le da preeminencia a los placeres humanos y el placer sexual en vez de la penitencia, el sufrimiento, el ascetismo o misticismo e incluso termina con una aberración para el fervor católico: el suicidio. Estos dos trabajos representaron una fuerte crítica a la sociedad española de la época, pero El Quijote hace alianza con el sistema; no lo critica, sino que por el contrario, acepta y da la bienvenida a sus ideas.

La España de los siglos dieciséis y diecisiete fue predominantemente católica y dualistamente feudal. La conquista y colonización de América y de los reinos de ultramar fueron fenómenos característicos de un capitalismo embrionario, pero el aparato estatal siguió siendo feudal. Cuando el resto de Europa occidental estaba en proceso de convertirse en protestante, y lo que es importante, en proceso de comprometerse con el desarrollo de las ciencias y tecnología, España —junto con los otros países y reinos que juraron alianza a la Santa Sede— firmó el Concilio de Trento [6], un tratado contrarreformista que perpetuaría la supremacía de la fe católica. España no tenía otra alternativa: en el campo de las ciencias y tecnología permaneció retrógrada no porque realmente lo deseara sino porque la Iglesia Católica le había dado el imperio más grande del mundo. El volverse protestante habría significado renunciar a su imperio de ultramar. La colonización de América se efectuó con un pequeño ejército, pero principalmente con la fe católica como instrumento de dominación ideológica. Los íconos de la conquista fueron la espada y la cruz. El Quijote no se opone a esta ideología colonial, de ahí que el manuscrito no haya tenido problemas para publicarse.

Hasta aquí se ha propuesto que los narradores de trabajos tales como La gitanilla, La ilustre fregona, La fuerza de la sangre y de El Quijote de la Mancha son sexistas, aristócratas, pro-colonialistas y retrógrados. Estas acusaciones parecen no tener importancia, ya que no es de esperar que sus autores fuesen feministas, demócratas y anticolonialistas en una época cuando esos términos realmente no existían, por lo menos en las formas como se los conoce hoy en día. Sin embargo, ése es precisamente el punto de este ensayo: esos narradores no pertenecen a obras de arte universales porque las obras en las que aparecen no contienen valores universales, si es que los valores pueden ser universales. La mejor manera de enfocar estas obras es estudiarlas como política e históricamente prejuiciadas, como representantes o voceras de una cultura a la cual se relacionan. Mantener la excelencia de estos trabajos desde los puntos de vista de la forma y estilo es fracasar en concebirlas como fenómenos socio-históricos completos. Quizá estas novelas todavía deben seguir leyéndose pero ya no más como la quinta esencia de valores humanos de todas las épocas y lugares sino todo lo contrario, como ejemplos interesantes y prejuiciados de su propia época.   


NOTAS:

[1] Para un estudio de la poesía de Cervantes, ver Francisco Ayala y Vicente Gaos. Para un tratamiento de la narrativa lírica, ver Avalle-Arce. Para el teatro, ver Eugenio Asensio.

[2] Para todos los conceptos previos, ver la propuesta de Jameson de una nueva hermenéutica. 

[3] Este hecho se revela sólo hacia el final de la novela, pero yo lo pongo aquí por razones cronológicas y porque es esencial para la comprensión del carácter de la pequeña gitana.

[4] Un administrador de justicia con todo el poder.

[5] Estoy consciente de que Miguel de Unamuno y Jorge Luis Borges han visto este pasaje y el anterior como ejemplos de que los pueblos hispano parlantes son ingobernables. Borges ha propuesto que el estado ideal para los hispanoamericanos es uno que gobierne sin meterse en los asuntos privados de los individuos y que no interfiera en las vidas de las personas, un estado que no sea ni esclavista, ni feudal ni democrático porque todos ellos concentran el poder en unas cuantas personas.

[6] El Concilio de Trento, o decimonoveno Concilio Ecuménico, se llevó a cabo en Trento, al norte de Italia, tres veces no consecutivas durante un período de casi tres décadas, a saber: 1545-1547; 1551-1552 y 1562-1563. Su propósito principal fue reforzar la Iglesia Católica, doctrinal y administrativamente, en contra del protestantismo.

BILIOGRAFÍA:

―Asensio, Eugenio.  Itinerario del entremés desde Lope de Rueda a Quiñones de Benavente. Madrid: Gredos, 1965.
―Ayala, Fransciso y Vicente Gaos.  “El soneto ‘Voto a Dios que me espanta esta grandeza’ y ‘El viaje del Parnaso’.” Historia y crítica de la literatura española. Ed. Fransciso Rico. Barcelona: Editorial Crítica, 1980. (660-666).
―Booker, M. Keith.  A Practical Introduction to Literary Theory and Criticism. White Plains: Longmann, 1996.
―Casalduero, Joaquín.  Sentido y forma de las Novelas ejemplares. Buenos Aires: Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, 1943.
―Castro, Américo.  El pensamiento de Cervantes. Barcelona: Centro de Estudios Históricos, 1972.
―Cervantes Saavedra, Miguel de.  Don Quijote de la Mancha. 1ª ed. Barcelona: Planeta, 1980.
―Cervantes Saavedra, Miguel de. La ilustre fregona.  Novelas ejemplares III. Ed. Juan Avalle-Arce. Madrid: Clásicos Costalia, 1982.
―Cervantes Saavedra, Miguel de. La gitanilla. Novelas ejemplares I. Ed. Juan Avalle-Arce. Madrid: Clásicos Costalia, 1982.
―Cervantes Saavedra, Miguel. La fuerza de la sangre. Novelas ejemplares II. Ed. Juan Avalle-Arce. Madrid: Clásicos Costalia, 1982.
―Jameson, Fredric.  The Political Unconscious: Narrative as Socially Symbolic Act. New York: Cornell UP, 1981.
―Riley, Edward C.  “Literatura y vida en El Quijote.” Historia y crítica de la literatura española. Ed. Francisco Rico. Barcelona: Editorial Crítica, 1980. (667-673).
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©   Miguel Zapata Ferreira

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 21
Abril-Mayo-Junio 2005

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN VI - NÚMERO 21