La poesía
como los ojos del cosmos

Rubén López Rodrigué
rdlr@epm.net.co


Para otear el universo, el poeta escoge una buena atalaya ubicada a una mayor altura de la que puede alcanzar un pájaro que se posa en un árbol, a trinar su melodioso canto. Y a pesar del imposible poetizar, emite luces que proyecta a los rincones alejados y oscuros del espíritu.

El poeta, aunque cierre los ojos, ve lo que otros no ven. Y como hombre mira sin ver pues la emoción lo invade, nublando sus ojos. Habiendo presentido la inmensidad, habiendo recibido el pulso de lo infinito, hace esfuerzos sin límite para moldear el río de su sensibilidad al cauce de las palabras poéticas. El poeta es de territorios singulares que no deben confundirse con el anchuroso espacio y los públicos amplios.

Con los radares y antenas avizoras con que la naturaleza lo ha dotado, recibe las imágenes en su amplitud poética. ¡Cuánta luz y cuánto resplandor hay en ese faro de mar! Pero lo que refleja en el poema estará de todas formas desfigurado, deformado por la censura de su alma, puesto que sólo podrá darle albergue a lo que su consistencia de tiza o de roca acepte y alcance. A su pasta sensible y frágil como un cristal, se le ha perdido gran parte de lo reflejado, sus sentidos tienen mojones imperfectos, presentan escapes. Además, no obstante su singularidad y autonomía, la hondura de su visión está enmarcada por la realidad que lo envuelve y le impone la ventana de percepción propia de cada época con sus concepciones, prejuicios y creencias.

La naturaleza y mirares que circundan el alma mediadora del poeta lo conmueven, son captados por sus sentidos como visiones de eternidad, lo incitan y lo conducen a un contenido infinitamente mayor. De ahí que su corriente salga desbordada, a borbotones. Sin embargo, el desbordamiento se ve frenado por órganos limitados como la vista, la traducción de visiones queda restringida por las fronteras de la época en que escribe el poeta. Odón Betanzos Palacios nos dice: «Metámonos en el hombre de sensibilidad, en el poeta. Subamos de su fondo a su creación, de su emoción a la emoción que nos produce, de su fuente al chorro de agua que vemos, de su luz a la luz que nos sobrecoge. No es igual su luz a la luz que nos hace ver. No es su mundo el que vemos. ¿Espejismo? No, no es espejismo. Su luz-alma, al filtrarse, roza con elementos materiales, cuerpos, letras, bastos para acaparar espíritu» [1].

La poesía expresada en obras refleja las luces de los caminos del alma. El poema es una creación visible, con su perfil de destinos, con su visión encerrada y dosificada en el imposible transporte de la palabra. El poeta deja su ojo, su perfil del ojo, y es por ello que rayos y atisbos del gran misterio universal se han manifestado de la pluma al papel.

Según Paul Eluard, «el poema consiste en dar a ver». El poema es un vehículo que se amolda para transportar las visiones del poeta. Cae la luz. Pero sólo unos pocos espíritus sensibles como ala de murciélago, pocos, poquísimos, que han ampliado la visión, visión que se estremece ante la eternidad, captarán esos corpúsculos de eternidad dinámica. Son muchos los que recitan poesía y hacen versos. Pero los poetas son sólo algunos.

¿Qué es entonces lo que ve el poeta? Supuestamente ve la esencia de las cosas. Esencia que se traduce, que se plasma o refleja en palabras. Visión de un contenido medular, visión justa de la savia impalpable, de lo que no se toca ni se ve. Y esa parte de la esencia que le llega al lector se ha desfigurado por el vigilante de la censura para poder así captar el perfume volátil, en emoción. Va de su fondo inconsciente a su creación. El poeta, ¡oh, tragedia! podría terminar por concluir que la esencia de las cosas es la nada. Y no es absurdo decirlo porque en él se combina la filosofía, la ciencia y el arte. La palabra, timorata y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos. La sensación brota como puede, difuminada y opaca, por las censuras del poeta. De ahí que el poema deba ser una fiesta del intelecto, ya que se hace con palabras unidas a la sensibilidad y a la inteligencia. Debe ser una fiesta personal. No un festival social.

Esencia, musicalidad y verbo. Tres elementos que envuelven la poesía y la muestran. Y cuya mezcla o proporción nos definirá el perfil de cada poeta. Nos dará su temperamento. Nos retratará sus alcances. Nos trazará su estilo. Aunque la esencia escape de las palabras (el poeta llega a la esencia de las cosas, pero sólo en su imaginario —no se olvide la irrealidad del mundo poético) y tiemble en el alma. Ya se sabe: a menudo la poesía deja flotando en el espacio una constelación de sueños imposibles. La esencia de la realidad continuará no siendo susceptible de conocerse, lo que no obsta para que la poesía contenga verdades esenciales de la persona.

Ahora bien, si por definición (nos dirán que nada es definible) el poeta es un ser sensible que puede ver lo que otros no ven, para muchos de ellos hace falta ver que no se puede masificar la poesía, que ella no es para hacer populismo, haciendo que proliferen los regueros de tinta y haciendo imprimir con letras de cobre en el libro grande. El hecho de que vivamos en un país donde abundan los desgarres, donde crece el desarraigo, no garantiza que pululen los poetas.

Si el poeta ha saltado los muros de la gramática o de la sintaxis, si ha erosionado la estilística, las normas, si ha roto los ladrillos de las palabras, si ha abierto las paredes del lenguaje, y por entre las aberturas la esencia se ha difuminado, nada tiene que ver esto con las masas. La poesía —tan bella como ignorada— dice aquello que es inaccesible a la lógica del lenguaje común y corriente, si bien lo más importante no es lo que dice sino lo que sugiere. Ya se sabe: la esencia de la poesía no tiene horizontes, o cuando se cree vislumbrarlos éstos se alejan tan vertiginosamente que el contemplador queda alicaído por el escaso alcance de su visión.

Leyendo en público, el poeta puede malbaratar con la voz física su poema o darle una rigurosidad que no tiene. Y en cualquiera de los dos casos, se desvirtúa el poema vertido que corresponde a su verdad. Y la multitud, que es muy influenciada por el poder mágico de las palabras, abriga un sentimiento de omnipotencia.

El poeta habla como un oráculo. Es un visionario que pretende desvelar la entraña del universo. O para ser más escuetos, el poema no es un asunto de Paquita Gallego. Pero al intentar desvelar la entraña del universo, esto no quiere decir que los poetas son seres superiores ni mucho menos dioses encaramados en una pirámide de razones inapelables, sino que son más sensibles y eso hace que perciban en otros lo invisible, los deseos latentes o escondidos. La poesía es visión justa de lo impalpable, envolvente aroma, visión estremecedora. Cuando se alude al malditismo del poeta, es la sociedad la que lo confina a un destino solitario, de rechazado. Su función no es la de ser orientador de pueblos que sólo entienden el lenguaje del intercambio de mercancías, que solo ven con mezquindad la utilidad de sus individuos.

La admirable visión del poeta adquiere todo su valor para nosotros. Cuando alguien se deja fascinar por la mirada de Medusa, queda petrificado o convertido en estatua. Algo parecido ocurre con la poesía cuando su mirada seduce, hechiza, atrapa. Y el lector no sabe cómo salir de ahí ni desea salir de ahí. Es la agudeza del poeta para ver lo invisible como si fuese un nictálope en las sombras.

Sabor y aroma del saber. El poeta tiene un saber inconsciente que lo empuja desde sus pulsiones. Esas verdades esenciales del sujeto contenidas en la poesía son verdades que constituyen el saber de lo no sabido. Los poetas son adelantados a todo saber consciente entre los hombres. Elegidos para plasmar en sus obras la verdad de sí mismos. Señalados para poner en letras de molde fragmentos de verdad de cada sujeto que se acerca y contempla su obra. Resulta, pues, una paradoja lo que dice el poeta Rogelio Echavarría: «Es que los poetas ven lo que no se ve, y lo que se ve casi nunca lo ven».

NOTA:

[1] “A la búsqueda de una interpretación de la poesía”. En: Homenaje a Fredo Arias de la Canal. Por los premios Vasconcelos. USA, 1997. p. 116.
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©   Rubén López Rodrigué

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 21
Abril-Mayo-Junio 2005

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VI - NÚMERO 21