LAS DÁDIVAS DEL DIABLO
A propósito de “Un viejo cuento de escopeta”,
relato carnavalesco de José Félix Fuenmayor

Antonio Silvera Arenas
ansilar@hotmail.com


El para-dador

Cada vez que en una historia aparece el diablo, no puedo evitar remitirme a la vieja historia del Paraíso. Este personaje que se tiró todo, que embarró con sus argucias el perfecto trabajo de seis memorables días de inspiración, fue, entonces, el primer transgresor del orden y desde aquel momento se convirtió en el gestor e indiscutible soberano del carnaval.
Así, el diablo es el gran parodiante, el que todo lo descompone y lo cuestiona. Recuerdo, en este sentido, una versión popular que escuché en mi niñez, según la cual los "engendros" de la creación son, precisamente, los frutos de ese carácter remedador del diablo, que al imitar, por pura envidia, los seres perfectos que surgían al conjuro de las palabras del Creador, creaba paralelamente a los monstruos: en vez de aves canoras, águilas o palomas, concebía murciélagos y gallinazos; en vez de mariposas y libélulas multicolores, oscuros sapos y cucarachas.
Lo extraño del caso es que a este personaje, más bromista que subversivo, se le teme. Pues se le achacan todos los males que acechan a nuestra frágil carne: la locura, el desenfreno, la enfermedad y la muerte. Y así, desde luego, aparece también en este cuento de José Félix Fuenmayor, con sus atributos cómicos y macabros.

El cambalache

Martín y Petrona, los protagonistas de "Un viejo cuento de escopeta" son desde el comienzo personajes del desorden carnavalesco, diabólico. Primero, él mismo —el diablo— se encarga de llevarles la escopeta, el objeto deseado, fálico, tentador, que sacará de quicio sus vidas monótonas. Hay una gran similitud en relación con el objeto en torno al cual se desarrolla el episodio bíblico: como la escopeta, garante de vida e instrumento de muerte al mismo tiempo, el fruto prohibido abre los ojos a la primera pareja humana: le da la conciencia sobre el bien y el mal, lo cual es en sí un bien, una liberación que los sustrae de la tutela divina; pero también un mal, un castigo, porque esa conciencia les revela, además, su mortalidad.
En el objeto están así plenamente confundidos, como en el carnaval, la vida y la muerte, borrándose los límites entre estos dos opuestos. De ahí la respuesta del viejo Martín a la pregunta de su esposa, Petrona, acerca de la razón del cambalache que éste realizara con un aparecido, cambalache consistente en cambiar un bulto de sustanciosa yuca por una inútil escopeta: la escopeta tiene algo malo, destructor, pero, también, su parte buena, vital, entonces, responde Martín: "No sé".

Los reyes

Enseguida aparecen las cortes de la vida y de la muerte, es decir, las comparsas, los representantes de la Danza de los Pájaros que inducen a Martín y a Petrona a la excentricidad (Bajtín). Aunque dicha excentricidad se presenta en el texto desde el principio, pues, cuando los personajes entran a la ciudad, abandonando su lugar natural —el campo o, si se quiere, el Paraíso—, ya son un disfraz: son ajenos a este espacio, están desubicados.

Además, no debe olvidarse que una ciudad, por muy subdesarrollada que sea, como la que se manifiesta en este cuento, es en sí misma un sitio carnavalesco. El primer símbolo de la perdición, del infierno, escenario de los siete pecados capitales, según la Biblia, era la ciudad (recordemos a Sodoma y Gomorra, a la misma Babel o a Babilonia). La ciudad implica la con-fusión de las lenguas, la zona de contacto familiar (Bajtín) en la que los seres pierden poco a poco su identidad, en donde se aprenden a usar máscaras y vestimentas y en donde todos los días hay un nuevo rey falso y una nueva reina, también falsa.
Por eso el narrador, con su lenguaje irónico, mamagallista, pone en escena a Petrona y a Martín, al entrar a la ciudad, como si hicieran parte de un desfile carnavalesco. Nosotros, desde luego, como lectores, somos los espectadores y, así, podemos ver a estos corronchos como los miembros de una danza. Ella, por ejemplo, puede ser la misma parodia de la reina del carnaval, que encabeza el desfile carnavalesco con sus dos pajes, sus motetes y su burra acuciada, como ella misma, por un punzante garabato:

Petrona, la mujer de Martín, llegaba a la ciudad —el poblado con sus moradores, anticipándose a la realidad que un día debía ser la llamaban ya ciudad—. Llegaba Petrona montada en burra. Un cajón a lado y lado del sillón, el espacio entre ellos rellenado con esterillas, mantas y almohadas. Encima, Petrona. Dos mozos la escoltaban, a pie, el uno adelantado como guía y el otro detrás, empuñando un garabato y la burra los sabía[1].

Y luego aparece el rey, flaco, viejo, quijotesco, con su escopeta y su caballo:

"Más tarde se presentó Martín a caballo. Traía atravesada en la silla vaquera una herrumbrosa escopeta [..].  Bajó del caballo y lo amarró a la reja de una ventana. Era huesudo, delgado y tan alto que, al lado de su mujer, daba la impresión de que podría metérsela en el bolsillo de su chaquetón" [2].

El sacrilegio

Pero el caso es que Petrona y Martín aún no tienen conciencia, aun no entienden que desde que adquirieron la escopeta perdieron para siempre el sosiego. Ellos no saben reír. Por eso las bromas de Martín son siempre un sacrilegio. No han comido aún el fruto prohibido, pero ha sido su posesión la que los ha arrastrado a la ciudad, al desorden. No es en la contrición, no es con la manda de Martín, sugerida por Petrona un viernes santo para que él recupere la salud perdida, manifestada en su inapetencia por las chucherías que acostumbraba a embucharse entre comidas, que se restablecerá el equilibrio. La escopeta debe matar a alguien para que a su dueño se lo lleve definitivamente el diablo, para que recobre el hambre natural.

Un indicio

El anciano don Sabas, (¿Satán?) el mismo diablo acaso, se lamenta de que los hombres le hayan cogido tanto miedo al demonio que sus danzas ya no hacen parte del carnaval [3]. El viejo destaca la crisis del carnaval, que se ha solemnizado, que ha reemplazado los puñales y hojalatas mortales —con los que los danzantes, los vivos, se acercan verdaderamente al filo de la muerte—, por danzas importadas y zonzas: los Doce Pares, los pájaros cucharos.

La farsa

"Soy la palomita blanca,
tengo el piquito rosado
y aunque llena de ternura
todavía no he empollado" [4].

En el carnaval todo pasa. Y es precisamente en un carnaval, en la plenitud de la vida que se ríe de la muerte (entre la farsa, entre la celebración de los pájaros), cuando ocurre la muerte verdadera, la que pide Sabas. Muerte que, en este caso, es llevada a cabo por un cazador disfrazado con la escopeta de Martín, quien acude en defensa de la palomita —también disfrazada— a punto de sucumbir a las urgencias de un embriagado gavilán.

Y con la muerte, como con el fruto prohibido, otra vez se da la revelación, el saber. Petrona y Martín, ahora sí liberados, podrán participar en el carnaval, en el desorden, en la ciudad. El diablo ya no necesita estar presente entre ellos (por eso se va). Ya ellos saben. La muerte que libera, es decir, la muerte del gavilán hambriento que no se pudo comer a la tímida y temeraria paloma, como Martín enfermo que no podía comerse los dulces, es la resurrección para la pareja. Así, la muerte es una mentira verdadera, igual que la vida, verdad mentirosa.

Sí. En la plenitud de la vida, en el carnaval, todo pasa, pero de mentira. Esta es una de las moralejas que late en el fondo del carnaval: todo es una mascarada, desde lo más trascendental, hasta lo más irrisorio y, el diablo, el cuestionador, el parodiante por antonomasia, el paradador, es esa fuerza superior que nos induce a dudar de todo, a profanar incluso a la más bella inocencia, a las tiernas palomitas que en el fondo esperan anhelantes el zarpazo del gavilán:

"Paloma, mi Palomita
ya no puedo aguantar más
las ganitas que te tengo,
y voy a comerte ya".

NOTAS:

[1] José Félix Fuenmayor, “Un viejo cuento de escopeta”. En: Veinticinco cuentos barranquilleros. Ramón Illán Bacca (compilador). Barranquilla, Ediciones Uninorte, 2000. p. 17.
[2] Ibíd. p. 19.
[3] Ibíd. p. 27.
[4] Ibíd. p. 28.
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©   Antonio Silvera Arenas

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 21
Abril-Mayo-Junio 2005

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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