Editorial:
In Memoriam:
Antonio Benítez Rojo
y las lecciones del Caribe al mundo

Ángel G. Quintero Rivera 
aquinte@yahoo.com

El destacado escritor cubano Antonio Benítez Rojo, admirado colega y querido amigo, falleció el pasado día 6 de enero (2005). Fue —ironías del destino— el Día de Reyes, tan importante en nuestra créolité caribeña, que Antonio tanto nos ayudó a comprender. Con su muerte, el Caribe pierde a uno de sus más incisivos analistas y pensadores. Aunque se consideraba a sí mismo fundamentalmente un narrador —recuerdo que hace unos dos años me dijo que ya no presentaría más ponencias en Congresos académicos, sino sólo asistiría a aquellos donde pudiera leer algún cuento—, sus análisis y ensayos interpretativos son para muchos de nosotros tan importantes como sus escritos de ficción. Me doy cuenta, de repente, que estoy dividiendo artificialmente su obra (resabios de prurito académico, tal vez). Pues para Antonio Benítez Rojo, como para José Luis González o Edgardo Rodríguez Juliá, las distintas formas de escritura fueron, en realidad, diversos vehículos para aproximarse, describir e intentar comprender a ese “Caribe que se repite”. Es decir, comprender una realidad vivencial que es una, pero a su vez múltiple, y que requiere, por tanto, de las diversas aproximaciones que distintos “géneros” de escritura conllevan. En su caso, esto fue absolutamente meditado y premeditado. Por más de dos décadas, estuvo elucubrando y trabajando en una trilogía interpretativa del Caribe. Esta trilogía se inició con una novela El mar de las lentejas de 1979; le siguió un libro de ensayos La isla que se repite de 1989; y finalmente, no sin antes reeditar el anterior (1999), un libro de cuentos El Paso de los vientos publicado en el año 2000. Fíjense, que completar la trilogía con la fragmentación en cuentos —contundente cada uno y entrelazados, pero azarosamente—, reforzaba la tesis central del “orden discontinuo en el caos” de su libro de ensayos.

Representaba también la vuelta a sus inicios en la escritura profesional: Tute de Reyes, su libro de cuentos premiado por Casa de las Américas en 1967. Vuelta no meramente cíclica, sino además dialéctica, pues volvió a la carga con otra novela, Mujer en traje de batalla (2002) y quizá nos hubiera sorprendido con otro libro de ensayos si la parca no le hubiese ganado tan pronto esa partida de “tute”. (“Tan pronto” es un decir, pues había cumplido hace ya unos tres años sus 70, aunque su espíritu jovial y su goce de vivir y convivir nos hicieran visualizarlo más joven). Puedo, tan vívidamente, imaginarme la expresión tan cubana de su rostro ante “esa mala jugada”; esa manera de enfrentar la adversidad con el “choteo”, con la alegría de un humor que nos permite “pasar el trago” y seguir “inventando”. La realidad de un “segundo gran libro de ensayos” que quedó sin completar, no es mero producto de mi deseo e imaginación. Aunque un tanto “clandestinamente”, pues insistía en que se le identificara como narrador, tuvimos largas conversaciones al respecto. Más aún, en las memorias del IV Seminario Internacional de Estudios del Caribe (1999, editado por Alfonso Múnera) Antonio adelanta por escrito (esquemáticamente) su plan, en el ensayo “El Caribe en el siglo XXI: un proyecto de trabajo”. En esas mismas Memorias aparece mi ponencia “Comunidad y sociedad en la expresión musical del Caribe hispano: el desafío salsero a la cultura global”. Se publican allí también ensayos de Yasmina Tipenhauer, Doris Sommer, Emilio Pantojas, Oscar Collazos, Ramón Illán Bacca, Marienne de Tolentino y Antonio Martorell, entre otros. Evoco esa diversidad regional y de enfoques para los cuales el ensayo de Benítez Rojo sirve de “introducción” —Haití, la diáspora caribeña en Nueva York, el “Caribe” colombiano del Pacífico, el Caribe de su costa Atlántica, Santo Domingo, Puerto Rico… Historia, Análisis cultural desde las frases idiomáticas, Economía política, Literatura, Artes plásticas, Sociología, Música—, pues en ese enriquecedor intercambio que propiciaban esos inolvidables encuentros en Cartagena de Indias, fuimos afinando un tipo de análisis abarcador —trans o ínter disciplinario— ya en ciernes en La isla que se repite.

Aquel primer libro de ensayos sorprendió a muchos que lo conocían sólo como literato. Pocos conocen su larga y variada vinculación con Puerto Rico, en su calidad incluso de especialista en la ingeniería de la comunicación telefónica.  En esos seminarios caribeños interdisciplinarios fuimos, con su solapado liderato, afinando una aproximación caribeña a los espacios y tiempos que vivimos, que bien podría considerarse punta de lanza en nuevas maneras de entender el caos, la hibridez e incertidumbre que caracterizan al mundo —físico y cultural— hoy y en el futuro previsible.

Rumiando entre “ficciones” ese segundo libro de ensayos tan prometedor y en diálogo con Poetique de la rélation de Edouard Glissant (1989), Eloge de la créolité de Bernabé, Chamoiseau y Confiant (1989), Islands and Exiles: The Creole Identities of Post/Colonial Literature de Chris Bongie (1998), El arte de bregar de Arcadio Díaz Quiñones (2000) y —¡por qué no mencionarlo! ¡qué honor!— Vírgenes, Magos y Escapularios de este servidor (1999 y 2004), entre otros, quedaron seguramente muchos borradores muy valiosos. Le ofrezco a Hilda ser parte de un equipo que pueda organizarlos para que no queden inéditos, para que no quede engavetado todo ese arsenal de apuntes que apuntaban (reiteración adrede) hacia una superación dialéctica de La isla que se repite.

Quisiera destacar, al respecto, un ensayo germinal de Benítez Rojo, que bien “apuntaba” hacia esa “superación”: “Significación del ritmo en la estética caribeña”. Este fue presentado como ponencia en otro de esos encuentros similares a los de Cartagena, celebrado en San Juan  y recogido en Lowell Fiet y Janette Becerra, eds., Caribe 2000: Definiciones, identidades y culturas regionales y/o nacionales, 1997, donde adelanté argumentos de mi ¡Salsa, sabor y control! (1999) en la ponencia “La gran fuga: las identidades socio-culturales y la concepción del tiempo en la música tropical”.  Ambas ponencias parecerían complementarias, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo para, lo que él bien llamaba, nuestros “performances académicos”. La mía, con un mayor rigor metodológico que exige mi entrenamiento y herramientas de las Ciencias Sociales; la de él, con la maravillosa síntesis metafórica del gran fabulador o físico (sin menospreciar al fino analista e historiador o antropólogo innato, que también fue). Ambos ensayos parten de nuestra compartida pasión por la música caribeña, y el intento de evidenciar por qué ha sido nuestra música tan importante para la cultura universal, sobre todo a partir del resquebrajamiento de la modernidad iluminista desde las primeras décadas del siglo XX.

Su ensayo argumenta que el ritmo en el Caribe —que mi ensayo presenta como una manera distinta (no lineal ni continua) de experimentar sonoramente el tiempo—, es fundamento de toda una estética que va mucho más allá de lo sonoro, de la música: fundamento de las artes visuales, la literatura, las maneras de mover el cuerpo (no sólo en el baile, sino también en el mero caminar “con swing”), en la cocina, en el boxeo y otras formas de practicar deportes (como agudamente ha analizado para el béisbol otro de sus compañeros de tertulia, Edgardo Rodríguez Juliá, en Peloteros, 1997). Por las conversaciones posteriores que tuve el privilegio de compartir con él, seguramente que en sus apuntes para la superación ensayística de La isla que se repite aparecerán sus atisbos hacia “el mejor modo de posicionarse en el mundo del próximo por-venir” (¡cubano, al fin!… aunque bien asumiendo la identidad histórica de toda la región): una centralidad en la cultura, y ésta como créolité sincopada para vivir y convivir con el ritmo (raíz ancestral) que va preñando de sentidos el aparente caos de la discontinuidad, la arbitrariedad del poder y el azar.

Ya señalaba en La isla que se repite —analizando ese otro clásico ensayo caribeño que atisbaba la importancia del ritmo sincopado, El contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar del gran antropólogo y etnomusicólogo Fernando Ortiz— “todo caribeño sabe de modo más o menos intuitivo que, en último análisis, la única posesión segura que la resaca de la historia le ha dejado es su paradójica cultura” (p. 172 de la 1ra edición). En su segundo gran libro de ensayos —que necesariamente podremos ver sólo (y ¡ojalá¡) iniciado y fragmentado—, esa “paradójica cultura” se expresará y recreará sobre todo en esos ritmos sincopados que en La isla que se repite sólo pudo definir tan ambiguamente como “de una cierta manera”.

Aunque podamos acusarlo –como se ha hecho, de hecho– de ciertas gríngolas cubanas, La isla que se repite fue (¡y sigue siendo!) para el análisis del Caribe entero ¡y de las múltiples posibles lecciones del Caribe al mundo!, un libro equivalente a lo que en la historia intelectual puertorriqueña representó  El país de cuatro pisos de José Luis González algunos años antes. Ambos, ensayistas cuenteros; que algunos “han seguido”, pero con los cuales la mayoría ha, más bien, polemizado. Pero todos nos hemos visto obligados a considerarlos: así de fuerte, su provocación. Como “científicos” de la sociedad, la historia y la cultura, podemos someterlos a numerosas críticas. Pero queda incólume lo que el compañero —también narrador y analista— Kalman Barsy llama “la estética de la verdad”. Más que por sus argumentos —sumamente ricos y provocadores, por cierto—, estos libros marcan un hito por las estupendas metáforas que sintetizaron los argumentos, y por la profunda concepción analítica y filosófica (en su mejor sentido) que cada una de estas respectivas metáforas recoge. Aunque me reconozco en mi Sociología (no en otros menesteres, afortunadamente) bastante parejero, ¡me quito el sombrero ante ustedes —fabuladores— mis maestros!

La última vez que compartimos algunos meses atrás, mientras Hilda y Margarita hablaban de cosas mucho más concretas e importantes, Antonio me pedía que “le contara” mi próxima investigación. Le “relaté” el ensayo que trabajaba sobre el primer “arte público” puertorriqueño del muralista Rafael Ríos Rey en mis nuevas indagaciones sobre “la sociología de la mirada”, que le parecieron a él —así me lo expresó— “una fabulosa novela”. Mientras, le pedía yo que “me explicara” la novela en ciernes que lo desvelaba. ¡Era tremendo cuentista; tanto por escrito como oralmente (en eso, también se parecía mucho a nuestro José Luis)! Sin embargo, no recuerdo casi nada la trama, sino su espacio y su tiempo. Se trataba de una novela con el triple eje de las ciudades de La Habana, Nueva York y París en los años 30 del siglo XX, cuando la música popular cubano caribeña empezó a causar furor en “occidente” y a influenciar marcadamente (subrepticiamente, lo había hecho antes) tanto el jazz como toda la música del entonces presente y porvenir —tanto erudita, como pop. Esa novela, que yo ahora recuerdo sólo como, tal vez, su más fabuloso ensayo, relataba esas preciosas combinaciones “de esas ciertas maneras” fraguadas en ese “triangulo Atlántico” creativamente ante las adversidades (algún tipo de hundimiento “a lo Titanic” recuerdo vagamente que aparecía en la trama) que caracterizan —¡hicieron, formaron y rehacen!— nuestra créolité sincopada. Y desde entonces estamos, como decía el también recientemente fallecido sociólogo haitiano Gerard Pierre Charles, dándole lecciones de alegría al mundo, bien en el choteo como en “el arte de bregar”.

Antonio Benítez Rojo solamente descansará en paz, si en todo cuanto hagamos nos mantenemos —figurativamente, cuanto menos—  ¿verdad, Hilda? bailando.
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©   Ángel G. Quintero Rivera 

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 21
Abril-Mayo-Junio 2005

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VI - NÚMERO 21