Miami,
esta ciudad tan mía como la otra

Marta Sepúlveda
msepulveda33@yahoo.com


1. Se busca a Marta

Vine a esta ciudad a encontrar un pedazo de mí que anda refundido; por más que busqué entre los trastes de la cocina, en los cajones abandonados, en el naufragio de mis closets, en el polvo de las maletas debajo de la cama, nada. Por ninguna parte apareció. Hice todo lo que cualquiera haría si se le pierde algo importante: Rememoré cada paso dado en los días anteriores, llamé a mis hijas, a los amigos a ver si lo perdí en casa de alguno, todos me dijeron que no, que aquí no hay nada, que no lo he visto, pero déjame mirar y si lo veo te aviso inmediatamente. Hasta reuní el valor de ir a buscar ese amor aún dolorido y tapándole los ojos al miedo le pregunté si él tenía entre los abandonos míos, esa parte urgente de mí que no encontraba. Lo único que obtuve fue un silencio que acabó de romperme por dentro, un silencio sin una gota de compasión por lo que tuvimos.

Ante esto, no me quedó más remedio que empezar a buscarlo donde no se me habia perdido. Bajo los faroles de mi barrio, nada. Un poco mas lejos —pensé— y caminé hasta los parques más cercanos, luego tomé el primer bus que pasó y como si fuera uno de aquellos locos que se trepa a descargarnos su miseria, armé una retahíla que con los días aprendí de memoria y repetí hasta el cansancio, contándoles a todos los pasajeros lo que se me había perdido, preguntándoles si por casualidad me habían visto antes a mí, o a un pedazo de mujer parecida a mí por la calle, quiza al cruzar un semáforo o haciendo una fila eterna en un banco, algunos me miraron interesados y siento que en verdad esculcaron sus cerebros a ver si recordaban algo pero no, en el mejor de los casos, se sintieron tan conmovidos con mi historia que me regalaron monedas para financiar la busqueda.

Luego, se me ocurrió mandar a imprimir unos volantes con mi foto, los repartí en las esquinas, a la entrada del cine, a la salida de las iglesias, los pegué con cola en los postes de luz y hasta ofrecí una recompensa para el que suministrara información valiosa y comprobable que ayudara a dar con mi paradero. Pasaron seis meses y nada. Cada manaña, ante mi desconsuelo, me daba ánimo, al principio me abrazaba y una vocecita adentro me decía: “Tranquila, todo va a estar bien, ya verás que aparece, es cuestion de tiempo y de paciencia”; luego, lloré desesperada, me peleé con Dios y lo maldije, hubo noches en que recé mientras en sanscrito para repetir alguna cosa hasta el cansancio, cualquier cosa que llenara mi mente y no me pareciera una oración, para no sentir que le rezaba a Dios, ese personaje sordo y mudo éstos seis últimos meses, que no se merecía mi devoción. Empecé a mirar con desconfianza a los amigos, ninguno era suficientemente solidario con mi pena. Hice aduana en mi casa, saqué esas otras partes de mí que en el camino de encontrarme ya no me servían, cambié de dieta, recorrí todas las discotecas de la ciudad, hablé con todos los hombres y todos eran sordos, sólo se oían a sí mismos, todos eran narcisso mirándose en su espejito de agua. Finalmente, decidí que esa parte de mí aún no encontrada después de seis meses y una semana, no estaba en la ciudad, ni en el país, y vine a buscarla a Miami, porque ésta ciudad es como mi segunda casa. Quizá alguien conocido la encontrara perdida y sin rumbo y por correo me la hubiera mandado a donde sabe que vengo de vez en cuando.

Apenas estoy descargando el equipaje. Quiero abrir las ventanas de mi alma para recibir la luz, dejar de par en par la puerta para que el sol entre y se haga cargo de las sombras, hay mucha correspondencia por el suelo, paquetes en la puerta con sus etiquetas amarillas y borrosas a la espera de su destinataria, quién quita, a lo mejor entre todo eso esté mi partecita perdida, o mejor, en mi corazón, tengo la secreta esperanza de haberla dejado olvidada aquí mismo en alguno de mis viajes anteriores, es la única parte donde no habia buscado.

Por ahora solo me levanto cada día y camino esta ciudad casi tan mía como la otra, estas calles, esta brisa maravillosa de mar y de sol, este idioma salteado de mezclas y colores en la piel. Lo único que lamento es que los pedazos de pino que arranco en el trayecto y por costumbre mastico mecánicamente, no saben igual a los que hay en la calle del frente de mi casa en Bogotá.

Miami, Marzo 18 de 2005

2. Depresión VIP

Tengo que confesarlo, me vine a la playa a llorar. Tuve toda la intencion de sentarme en la arena y escribir una kilométrica carta a mi madre Yemayá, para que se llevara a lo profundo del mar mi decepción. Pero definitivamente escogí mal el lugar. Compré un vestido de baño, me empeloté en el mismo vestier del almacén, me lo puse y encaminé mis cansados pies hacia la playa a cumplir mi cometido. Compré una botella de agua por si acaso un cuadro intenso de deshidratación a causa de un exceso de sol o de lágrimas y llegué finalmente a South Beach.

Durante el trayecto de mi casa a la playa, pensé y pensé una y mil veces en la rabia, la desilusión, los celos en fin, toda la lista de razones que tenía para venir a ahogar mi pena en el mar. Venía con todo a flor de piel, lista para que al tocar la arena pudiera desatar ese nudo imposible en mi garganta y mi corazón, pero, al llegar, desemboqué con todo y mis ángeles en la playa privada del Ritz Carlton y no pude contener una sensación ridícula de risa al contemplar el espectáculo: ¿Cómo asi? ¿Cómo se supone que voy a dar rienda suelta al llanto con esta italiana de 200 kilos en topless encayada en esa silla azul en medio del paisaje? Y yo preocupada por un par de gorditos insignificantes debajo del ombligo y por mis senos tan pequeños que comparados con los de esta monumental morenaza, son como un par de perlas encima de un gran helado de chocolate. ¿Y cómo concentrarme en el dolor si al lado tengo a una chica sin brassier besando a su compañero español con unas ganas que se me escurren las babas y se me hace agua la boca?

¿Y qué tal esta depre, cuando encuentro esperándome silla, toalla membreteada, mesa, parasol y un par de maricas animadísimos riendo a carcajadas de un chiste que no alcance a oir? Hombres bronceados y recién peluqueados, algunos empeñados en barrer la playa centímetro a centímetro con sus obligatorios lentes Armani, Police y no sé qué otras marcas, en busca de una mujer sola que necesite aplicarse crema para el ocio. Dios, esto es una confabulación, doscientas sombrillas defendiendo del sol a mujeres con velos, sombreros, carteras, deletreando el firmamento en japonés, inglés, francés y hasta en papiamento.

No hay derecho. No es posible concentrarse en el imbécil que se fue para una playa de mi país con la que se levantó apenas nos dejamos. A un hotel de tres estrellas y media, entre el mugre y el turismo de chancleta de nuestra preciosa pero mal cuidada isla de San Andrés, cuando yo estoy en la playa del Ritz de donde sale una música que casi me anuncia a Bob Marley a punto de hacer su aparición para cantarme al oído, entre tanto chic y tanto puppy contagioso, que yo misma he cambiado en una rápida transfusión sanguínea de roja a azul para no desentonar con el paisaje, con el color del mar, del cielo, de la silla y el parasol, con un buenazo que se me acerca con una sonrisa de Cabeza de Jabalí, con limoncito y todo y me pide que le vigile el celular con paso de “¿Por qué no me acompañas, nena?” Y yo le digo que sí, que por supuesto…, le cuido el phone y una avioneta con propaganda flotante que dice: “Best time its right now, enjoy your visit to South Beach” y anuncia para mañana un concierto de Paul Oakenfold.

No me queda más que sonreír para una cámara japonesa inesperada y seguir permitiendo que mi tristeza se diluya en el calor de la tarde y haga maromas en el aire con los paracaídas de colores y los jetskys que  rompen la quietud del mar y resignarme a aceptar la invitación de unos amigos para largarme en yate con ellos el sábado a estrenar su juguete nuevo con otros treinta compañeros de miseria y volver el domingo al asado en Kendall con mis compañeras de colegio con promesa de barra libre y comida hasta para alimentar a los pobres de Nigeria.

Sólo les digo a ustedes y a Dios: Conste que tuve toda la intención. Pero ahora sí, como dicen, “de buenas intenciones está pavimentado el camino hacia el infierno”. Qué pena, debo dejarlos, creo que ha llegado la hora de mi primer topless en Miami.

Alfonsina, mi amiga, a pesar de que hayas ido a lavar tu tristeza a Mar del Plata, si hubieras venido a South Beach, segurito no te habrías suicidado.

South Beach, Marzo 24 de 2005  



3. Dios vive de los cayos para abajo

Aquí, desde donde se ve el bosque sin la nariz pegada al árbol, se da uno cuenta de lo que tenemos en nuestros países “tercermundistas” aunque suene el término un poco arcaico. Nadie, por debajo de los cayos de la Florida, tiene un trabajo seguro, todos vivimos con el santo en la boca, en busca de la oportunidad de construir un futuro para nuestros hijos, pero a cambio de eso, obtenemos sonrisas ambiguas detrás de los escritorios en las oficinas de empleo, mensajes de “lo llamaremos en caso de que se ofrezca algo” y un millón de perlas  parecidas.

Pero, ¿quién dijo que eso nos ha robado la capacidad del gozo latino? Esa posibilidad que el realismo mágico reivindicó para nosotros, de convertir la mierda en abono orgánico y hacer de nuestra tierra hipotecada en dólares, un paraíso portátil que trasladamos a donde la noche y las inclementes condiciones nos lleven. Aquí en Miami, la herencia protestante de los americanos de que el cielo se logra por méritos laborales, se cuela sigilosamente entre todos sus habitantes, sean de donde sean; todo mundo olvida su memoria genética y pelea por los recibos de la estación de servicio, de los supermercados, de los pagos al seguro médico y de los restaurantes a donde van una vez por semana —si no están exhaustos-, a ventilar su nostalgia y a olvidarse de los problemas del trabajo. No hay nada gratis, pagas tax por el derecho a comprar el mercado, a tener una casa, a conservar un trabajo o una pareja que se ajuste a la disciplina de producir para merecer el aire que respiras. Pero la platica se ve, puede que se la roben, pero algo dejan para mantener las calles pavimentadas, la justicia funcionando cuando el delincuente no es famoso o millonario, los hospitales con dotaciones dignas y medicinas disponibles, aunque te atiendan cuatro horas después de la cita.

Todo es posible en esta tierra del sueño americano. Todos tienen carro, celular y DVD, pero no lo disfrutan, time is money; construyen piscinas en los patios de sus casas y solo las usan para decorar las hamburguesas asadas cuando invitan a los vecinos. Si tienes una emergencia médica, amorosa o de cualquier tipo, te vas para el otro mundo sin avisar, desangrado, deprimido o borracho; nadie contesta el teléfono, no está permitido responder llamadas personales en horas laborales y después de ellas, se volvió costumbre. Las ancianas se mueren frente a sus televisores, han venido a esta tierra sureña del norte, a morir como los elefantes, lejos de sus familias pues nadie quiere un estorbo en su casa y las encuentran ocho días después, cuando un vecino reporta un extraño olor en el apartamento de al lado.

En cualquier domicilio de nuestras patrias bobas, ya no hay millonarios, hasta los nuestros se vinieron a vivir aquí, ni empleados de veinte años de antigüedad, pero siempre una puerta abierta, un café, un mate o un abrazo para el que lo necesite; y Dios, en contraprestación, hace sus milagros a manos llenas. No hay empleo, pero si vas a comprar un tiquete aéreo, no hay cupo, ya todo está reservado; los hoteles nacionales están que revientan en alta temporada. Si buscas un carro para reemplazar el que tienes pues ya no te dan ni la mitad de lo que te costó hace un par de años, no hay para entrega inmediata, todos están vendidos; si construyen un edificio frente a tu casa, el valor del metro cuadrado es diez veces mayor que lo que pagaste por el tuyo, pero ya no hay disponibles.

Si vas a matricular a tu hijo en un colegio privado, el bono asciende a 7.000 dólares y ya los niveles están completos. Todos trabajan, pero el dinero no se ve.

Si embargo, cada semana hay un cumpleaños, un partido o un reinado que sirvan de disculpa para la rumba. No te vas a vivir con alguien pensando en que en ocho días te dice: “Cariño, la renta vence el primero”. Un abrazo no se mendiga y cada vez que te saludan te dicen: “Que rico verte” y sabes que no es una simple cortesía verbal. Claro, si Dios tiene una casa en la tierra, ésa queda de los Cayos para abajo, no cabe duda, pero sus negocios los despacha de Miami para arriba. Él, en su infinita sabiduría, es absolutamente feliz con nuestra malicia indígena, pero no hubiera podido usarla para viajar al espacio a pasar vacaciones.

Y si alguien de allá viene para Miami, le pido a mi familia lo que los presos le piden a las suyas: libros y cigarrillos, acá el tiempo es largo y el cáncer sale muy caro.

Marzo, 29 de 2005
_________________________________________
©   Marta Sepúlveda

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 21
Abril-Mayo-Junio 2005

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v6n21miami.html
PORTADA
VOLUMEN VI - NÚMERO 21