Reencuentro

Roberto Aliaga
raliagas@gmail.com

Al momento justo de colgar el auricular tras su conversación con Inés, mucho después de que ella finalizara la comunicación, se instaló en él un poderoso desasosiego. Por fin se había decidido a telefonearla, pasadas dos semanas de la persecución clandestina, para proponer una cita que se llevaría a cabo esa misma tarde a las siete, ella había estado conforme, pero lo que Santos había pasado por alto, y que ahora se revelaba con creciente exasperación, podría modificar en gran medida el buen curso de lo premeditado. La cuestión era dónde esconderlo antes de las siete de la tarde, dónde ocultarlo antes de la llegada de Inés, porque su descubrimiento, así, tan instantáneo y carente de un prólogo estudiado, podría traumatizarla y echar por tierra el reencuentro.

Ella, hacía sólo un instante, tras darse a la interminable búsqueda de un bolígrafo insurrecto, había anotado entusiasmada la dirección que Santos le dictó con mucho decoro, disfrazando su voz de la importancia adecuada. Plaza de Estuarte número ocho. Quinto derecha. Inés incluso le dio las gracias por la citación, por haberse dirigido a ella para ofrecerle una entrevista para un puesto de trabajo que no había solicitado, pero que sin duda precisaba. Su voz es la misma de siempre, pensó Santos, madurada por el tiempo pero con el mismo timbre meloso e impaciente de cuando ambos eran niños. La habría reconocido de inmediato de haber sido ella quien hubiera tomado la iniciativa de telefonearle. Esperó esa llamada, o la visita, durante muchas tardes ocultas y oscuras de cielo encapotado, pero nunca llegó a producirse. Jamás habrían tenido la oportunidad de verse de nuevo, de encontrarse de frente los ojos abiertos esta vez, si Santos no la hubiera hallado en la línea 27 aquel día memorable en que su reloj despertador sucumbió falto de pilas a las tres de la madrugada. Abruma lo absurdo: toda una vida esperando y a causa de media hora de retraso Santos tuvo la oportunidad de volver a toparse con ella, con una cara anónima que debería pasar desapercibida en medio de la multitud soñolienta, en otro tiempo y otro escenario distintos por completo, y en la que, sin embargo, estaban presentes los difusos rasgos de la niñez compartida hacía tanto tiempo. Dame la mano y vámonos a dormir, Santines, que ya es muy tarde. Un retraso de media hora que se transformó en día sabático con la única finalidad de buscar información. Tenía que saberlo todo sobre ella. ¿Cuál sería ahora su nombre?

«¿Cómo consiguió mi curriculum?» le había preguntado Inés durante la conversación. Tenía referencias suyas, me lo proporcionó un colega, soy íntimo del gerente de la academia donde usted trabaja... Cualquier excusa habría valido, pero Santos quedó callado, confundido y temeroso ante la posibilidad de que se descubriera el embuste; porque la mentira siempre aflora, tarde o temprano. Ella se disculpó por la inconveniencia de la pregunta, azorada por el silencio, sin dar importancia a la respuesta omitida y dio las gracias a continuación, tan educada como siempre. Allí estaré, hasta las siete, le dijo.

Inés se levantó del asiento que ocupaba tras el conductor uniformado aquella mañana y se dispuso a bajar del autobús urbano en la parada del Santo Cristo, junto a la Universidad. Santos bajó tras ella al instante, aunque manteniendo la prudente distancia que asegurara su anonimato. La siguió desde allí en el recorrido por la calle de Azorín, atravesaron después en su desfase de quince pasos la plaza del Ángel Custodio, santificada por un cerco de palomas gruesas y torpes, y trasvasada ésta Inés se internó por un estrecho callejón umbrío en el que finalizó ocultándose tras la puerta de un edificio grisáceo y feo, como de oficinas apocalípticas, con el zócalo garabateado de firmas y obscenidades en spray, anuncios desgarrados de algo que se vende, o se vendía, y una colección de diminutas pegatinas de todos los colores con el número telefónico de los cerrajeros de urgencia. Allí, en la segunda planta, había una academia de mecanografía donde después, a través de los cristales, Santos creyó adivinarla impartiendo sus conocimientos a un escaso grupo de adolescentes despeinados y desempleados.

Su jornada era solo de mañanas, por eso Santos la citó para las siete cuando llamó al teléfono del pequeño estudio temporal y compartido, porque la siguió hasta él en el camino de vuelta, el mismo autobús y el recorrido siete paradas más allá de la suya (curiosa la cercanía), donde Santos esperaba cada mañana el cambio en su vida que tanto se había demorado, pero que sin duda se predecía al fin, invocando con su llegada los estertores de la soledad y el abatimiento acostumbrado.

Inés llegó a lo que sería su casa y volvió a salir a las tres horas con pasos desganados, desabridos por alguna preocupación siempre presente. No tengas cargo, todo cambiará para los dos. Allí, una vez ella se hubo alejado tras la larga espera, le informaron de su nombre, teléfono de contacto y otras minuciosidades sin importancia. Pero este tiempo de acecho no estaba fabricado del mismo material inquebrantable que las perpetuas horas de oficina, donde por cierto no había avisado de su repentina enfermedad, un cólico tal vez, una noche en vela acariciando el inodoro en interminables vómitos de soledad y desesperanza. Esa habría sido siempre su vida de no haber llegado a encontrarla.

A las siete estaría en casa, y dónde podría esconderlo para que ella no lo descubriese ahora, luego sí, más tarde se lo mostraría y ella recordaría, y se abrazarían los dos como cuando eran niños y hacían las paces tras una reyerta simulada, y le preguntaría a él cómo fueron los últimos años de la señora del retrato, porque mamá en ese retrato era toda una señora, un retrato de antes, de antes de que ella se fuera, de antes de que se instalara en sus vidas, madre e hijo, la pesadez de la huida repentina e inesperada a la que ninguno de los dos llegó a habituarse.

Esconder un retrato enmarcado de dimensiones modestas no parece ser tarea complicada, pero basta con proponérselo para que a Santos resultara una empresa fastidiosa, desmesurada porque el escondite podría verse burlado de mil formas, y entonces todo se vendría abajo, toda la trama escrita en una libreta de las de la oficina que guardaba en la mesita de noche y que había repasado y vuelto a redactar muchas veces desde el reencuentro.
 
Pasó las últimas horas antes de la cita buscando el lugar adecuado con la imagen en la mano, de acá para allá, sin saber dónde colocarla, dónde ocultarla aunque ella no lo mereciera. A primera vista había muchos sitios donde Inés no llegaría en su primera visita al pequeño quinto piso de la plaza de Estuarte, un quinto sin ascensor, lo cual es reconfortante porque permite tomar la delantera a las visitas, exhaustas por la escalada, y encauzar los actos según el guión estudiado y escrito, sin improvisaciones de última hora. Recorrió todo el piso con el retrato de su madre en la mano, pasando de una a la otra, y como las llevaba húmedas y escurridizas a causa de la tensión, en los trasvases limpiaba el cristal con su camisa, porque ella se lo merecía, tan señora en aquel tiempo.

Ah, qué culpable me he sentido por tener que esconderla, porque podría parecer que me avergüenzo de ella, pero no. Ella y yo lo sabemos, somos conscientes de que no conviene, debemos evitar la sorpresa, evitar que la reconozca antes de argumentar poco a poco los acontecimientos, porque igual le da a Aurora un ataque como los que le daban de niña.

Llevo escuchando su voz toda la tarde: allí estaré, hasta las siete, me repite para que no se me olvide lo de nuestra cita.

Recién encontrado un escondite perfecto en el armario que hay sobre el fregadero, tras el tarro de cacao, me viene a la cabeza que Aurora (o Inés, porque ya da igual) seguirá conservando el gusto exagerado por los dulces. Quizá en una escapada mía para ir a repasar el guión de la mesita de noche ella se dirija hacia la cocina a husmear tras las puertas de melamina para ver si hay algún dulce, porque de modo alguno estará cohibida; se sentirá como en casa. Y muy pronto ésta será su casa. Ella no sabe que yo lo sé todo, en eso mantengo la ventaja, y que compré esta tarde antes de subir media docena de pasteles en el horno de la esquina. No lo sabe pero tal vez le dé por fisgonear, de tan a gusto como se encontrará, como en casa, y puede que vaya a buscar los pasteles en el armario, tras el bote de cacao en vez de en la nevera, y entonces la encontrará allí mirándola fijamente, toda una señora, mostrándole reunidos los innumerables recuerdos borrados por el tiempo transcurrido desde su muerte.

Me levanto del sofá, vuelvo a colocar el paño de ganchillo que está arrugado por la parte de allá y la rescato del fondo del armario para volver a recorrer el estrecho piso en busca del lugar adecuado. Repito la grosera tarea descartando los mismos sitios, andando los mismos pasos e inventando idénticos pensamientos. El tiempo se detiene sumergido yo en un recorrido circular irreverente. 

Bajo la cama. Lo mejor es colocarla bajo la cama, como los aparecidos. Me vuelvo al sofá y ella se queda bajo la cama esperando la llegada de Aurora, que vendrá de un momento a otro porque es muy puntual; ya de niña era muy puntual. Miraba el relojito de su muñeca haciendo cálculos con los dedos de las manos y salía corriendo para no llegar tarde a ningún sitio, a la misa de las doce o a su reunión con Milagros la del relojero, su mejor amiga. Muy puntual. En la escuela siempre era la primera, y hubiera terminado los estudios con las mejores calificaciones de no haberse ido. Se marchó una mañana de invierno. Se fue con los ojos cerrados para que no viésemos sus lágrimas. Pero ya no importa porque ahora la he encontrado, aunque ella no lo sepa. Buena sorpresa te espera, compañera.

La tengo bajo la cama. Allí seguro que no mira Aurora. Espero.

Ya tocan al timbre desde abajo. Debe ser ella.

Está subiendo la escalera. Son las siete en punto. Este pañito tiene la bendita manía de descolocarse solo. ¡Y qué nervios, Dios mío!

Sube despacio, tarda mucho. ¿Se habrá arrepentido o intenta guardar el aliento para la presentación?

Aparece finalmente, pausada en el ascenso. Esgrime una sonrisa y me habla:

—Buenas tardes, soy Inés Vilaplana, estaba citada con el señor Tora para las siete, por lo del puesto de trabajo.

—Adelante, Aurora, estaba esperándote. Estás en tu casa.


—Perdone... soy Inés. Inés Vilaplana.

—A mí no me engañas, Aurora. Pasa, pasa, te estábamos esperando. He comprado pasteles. Aguarda a que saque a mamá de bajo la cama y te vea, tan cambiada como estás.

EL AUTOR:

Roberto Aliaga nació en Argamasilla de Alba (Ciudad Real), en 1976. Licenciado en Biología por la Universidad de Alicante, en 1999. En 2001 fue seleccionado para el II Ciclo de Poesía y Prosas Temáticas, Alicante-Murcia (modalidad narrativa), organizado por el Excmo. Ayuntamiento de Benferri (Alicante). En 2002 fue finalista en el VIII Premio de Narración Breve “Julio Cortázar”, convocado por la Cátedra de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Murcia y Fundación Cajamurcia.

Ver su página web en:
www.robertoaliaga.es

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©   Roberto Aliaga

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 21
Abril-Mayo-Junio 2005

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VI - NÚMERO 21