De El oro de los tigres
al universo de Borges

Iris Estela Longo
ielong@hotmail.com

   La crítica de libros en nuestro país nos venía acostumbrando a un hecho paradójico: cada vez que aparecía uno de Borges, se lo saludaba en general con reservas y se le retaceaba cautamente el elogio, como si se pretendiera que su obra ya había sido cumplida, y fijada su valoración para siempre. Pero sucedía que, a poco de transcurrida esta aparición, ese nuevo libro (léase El Hacedor, Elogio de la Sombra, El Informe de Brodie),  se convertía nomás en un clásico borgesiano. De ahí que a menudo nos deje perplejos, por ardua, la tarea de evaluar la utilidad de la crítica literaria. No obstante, y con todas sus vacilaciones  y desaciertos, apostamos a que ella sigue siendo una función apasionante, por descontar que sus vaticinios se encuentran sometidos a los mismos imponderables que hacen zozobrar las predicciones en cualquier otro campo de la actividad artística, sea éste el de la música, la pintura o la plástica. Cabría aplicar aquí el juicio de Borges incluido en el prólogo a  su Obra Poética: “Toda poesía es misteriosa; nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir”.

   Cuando se publicó  El Oro de los Tigres, en julio de 1972, un poeta y crítico  sostuvo, en lúcido artículo, que ninguno de sus poemas, salvo “El Centinela”, se justificaba por sí mismo  [1], además de hacer hincapié en los ripios que a su parecer abundan en el libro. Después de leer ésta y otras reseñas bibliográficas, fuimos al encuentro de El Oro de los Tigres  bastante preparados para una decepción. Sin embargo, la lectura y la relectura a la que él nos atrajo una y otra vez ( no en vano se afirma que, si no es el escritor más leído, Borges es el más releído), nos permitió acceder a una belleza de ninguna manera confinada en uno solo de los poemas. Porque si “El Centinela” es ponderable, a nuestro juicio no lo son menos “On his blidness”, “Lo perdido”, “H.C.”, “Religio Médici, 1643”, “Tú”, “Al primer poeta de Hungría”, “Tankas”, “El amenazado”, por no citar sino los que nos surgen con algún verso hecho cantinela en la memoria:

    No haber caído,
    Con otros de mi sangre,
    En la batalla.
    Ser en la vana noche
    El que cuenta las sílabas.
                          (“Tankas”).

   Pero adherimos a otra opinión del mismo crítico: “Como se sabe, cada libro de Borges encierra a todo Borges”.  Ya Alba Omil había señalado que todo Borges se encuentra en El Congreso (1971), “como en un juego de ajedrez en el que las piezas son fragmentos conocidos  [2]”. En efecto: la lectura de El Oro de los Tigres  nos introdujo nuevamente en el fantástico universo de los espejos, laberintos, sueños con estructura de cajas chinas, identidad personal, ocasos, anillos mitológicos, multiplicaciones, tigres emblemáticos. Y se nos ocurrió que no sólo cada libro, sino cada poema lo encierra. Entonces elegimos uno, casi al azar, para indagar en aquello proposición: “El oro de los tigres”, que clausura el libro; si no el más bello, acaso el más denso en constantes temáticas.

   Al leerlo, recordamos este pormenor precioso: antes de que la obra apareciera, un colega en el Instituto Nacional Superior del Profesorado de Paraná, Entre Ríos, el profesor Marcos Rosemberg, se encontró por calles de Buenos Aires con Jorge Luis, y sostuvo con él una conversación que no por breve dejó de ser sustanciosa. En un momento dado, éste le dijo, más o menos:

   —¿Sabe por qué voy a llamar a mi nuevo libro El Oro de los Tigres?
    —...
  —Porque ya es tan poco lo que puedo ver, que, de las rayas doradas de los tigres, sólo alcanzo a distinguir su resplandor.

   Claro que ella es sólo una entre las tantas implicancias del título. Porque “El Oro de los Tigres” sugiere mucho más que una alusión al color. El vocablo “resplandor” en Borges resulta viable para asociaciones muy ricas, sus posibilidades de resonancia son amplísimas.

   Éste es el poema:  
                       
                                   EL ORO DE LOS TIGRES
                           
                                    Hasta la hora del ocaso amarillo
                                    Cuántas veces habré mirado
                                    Al poderoso tigre de Bengala
                                    Ir y venir por el predestinado camino
                                    Detrás de los barrotes de hierro
                                    Sin sospechar que eran su cárcel.
                                    Después vendrían otros tigres,
                                    El tigre de fuego de Blake;
                                    Después vendrían otros oros,
                                    El metal amoroso que era Zeus,
                                    El anillo que cada nueve noches
                                    Engendra nueve anillos y éstos, nueve,
                                    Y no hay un fin.
                                    Con los años fueron dejándome
                                    Los otros hermosos colores
                                    Y ahora sólo me quedan
                                    La vaga luz, la inextricable sombra
                                    Y el oro del principio.
                                    Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores
                                    Del mito y de la épica,
                                    Oh un oro más precioso, tu cabello
                                    Que ansían estas manos.
                                         
   El estructuralismo crítico quería que al analizar una obra de arte, se tuvieran presentes las relaciones que las unen a las demás obras del mismo género o a otras del mismo autor y de la misma época. De acuerdo con aquella escuela —ya suficientemente criticada y tal vez olvidada—, podríamos elegir dos parámetros para fijar el área de estudio del poema: considerar la composiciòn como una estructura completa y autónoma, o estudiarla en el conjunto de los poemas que componen el libro. Pero nosotros optamos por un sistema abarcador de toda la obra de Borges que, como se sabe,  se sustenta en tres géneros: la poesía, el cuento, el ensayo. Y nos proponemos señalar en la composición elegida, un buen número de las constantes que caracterizan la producción total. Por otra parte, y a estas alturas, esos temas no suponen ningún misterio para la crítica ni para los lectores. Y como se sabe también, han sido denunciados cíclicamente por el mismo Borges en los prólogos de sus libros. Donde le agrada auto-calificarse de “monótono”. “ Monotonía esencial” dice de El Hacedor; y en el prólogo a su Obra Poética de 1964 sostiene que, a sus años, “las novedades importan menos que la verdad”.

   Lo cierto es que presentó sus libros mejor que nadie. Al hacerlo en Otras Inquisiciones, estimó que el número de fábulas o de metáforas de que capaz la imaginación de los hombres es limitado, pero esas contadas invenciones “pueden ser todo para todos, como el Apóstol”. Y afirmó no haber aceptado la invitación que se le hiciera para ofrecer su estética en el prólogo de Elogio de la Sombra. Sin embargo, esta estética está presente en él. Aparte de que dice haber incluido dos temas nuevos: la vejez y la ética. Que no son tan nuevos, porque si rastreamos en su quehacer anterior, los encontramos a cada vuelta de página. Bien se ha observado que los escritores aman volver sobre sus temas, y  su reelaboración se cifra más en los aspectos formales que en los contenidos. Así, las reelaboraciones implícitas en  “La Tentación” y “1891”, de El Oro de los Tigres.

   
   ATRACCIÓN DEL TIGRE

   Las raíces de esta perseverancia fueron rastreadas una y otra vez por los biógrafos del escritor. Alicia Jurado, por ejemplo, presentó en su Genio y figura el cuadro del niño hipersensible subyugado por esos animales que admiraba, cuando aún no sabía leer, en las revistas inglesas provistas por la abuela paterna; y de los que destacaba, al dibujarlos, los dientes y las rayas. “Esa fiera infantil merodeará después por toda su obra, convertida en imagen y metáfora” [3]. Ilustrativa es otra composición, incluida en El Hacedor, de 1960: “Dreamtigers”, donde confiesa que en su infancia ejerció la adoración del tigre; y no del tigre overo de los camalotes del Paraná o de la confusión amazónica, sino “del tigre asiático, rayado, real, de ese tigre que sólo pueden afrontar los hombres de guerra en un castillo encima de un elefante”. Rememora su contemplación morosa en el Zoológico y el aprecio interesado por los libros de historia natural. Casi adivinamos la perplejidad de nuestro escritor cuando admite que él, que no puede evocar sin error la frente o la sonrisa de una mujer, recuerda todavía aquellas figuras. Pasó su infancia, dice, y con ella la pasión por los tigres, pero ellos permanecen en sus sueños. Y porque, dormido, sabe que sueña, quiere “causar” un tigre. Aunque de inmediato reconoce su incompetencia; nunca pudo engendrarlo en sus sueños. “Aparece el tigre, eso sí, pero disecado o endeble, o con impuras variaciones de forma, de un tamaño inadmisible, o harto fugaz, o tirando a perro o a pájaro”.

  
  IDENTIDAD PERSONAL Y ETERNO RETORNO

   La pareja de representaciones “sueño-tigre” de “Dreamtigers” nos lleva —es inevitable— hacia otras simetrías: la que forman esos sueños con estructura de cajas chinas que padece el protagonista de “El Aleph”; la de “La escritura del Dios” y el tigre en cuya piel el sacerdote de Qaholom que ha perdido la cuenta del tiempo desde que yace en su profunda cárcel,  pudo leer la sentencia mágica para conjurar las desgracias del mundo. Tzinacán entrevió el universo en una rueda altísima que estaba en todas partes y en ninguna, suerte de Aleph donde se daba la infinita concatenación de las causas y los efectos; pero no le interesó la fórmula secreta, porque su yo se había desintegrado.
  
   Como se desintegró Homero, de “El inmortal”; Homero, que era Rufo y todos los hombres, y por eso era nadie. Este tema de la identidad personal fue reelaborado en “Tú”, de  El Oro de los Tigres:

    Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra.
    […]   
   Ese hombre es Ulises, Abel, Caín, el primer hombre que ordenó las constelaciones, el hombre que erigió la primer pirámide   […],  tú y yo.
                                           
    La constante del hombre que quiere soñar un tigre, nos conduce a la del hombre que quiere soñar un hombre. Nos guía, en fin, hacia “Las ruinas circulares” y la filosofía de Berkeley, a la idea como origen del conocimiento. El hombre gris que se arrastró hasta el recinto circular para soñar un hombre e imponerlo a la realidad, consigue animar mágicamente a su fantasma, pero comprueba finalmente que él también es una apariencia, que otro está soñándolo. Experimenta el mismo sentimiento de humillación ( porque el caso nos lleva a otras literaturas) que acongojó a Augusto Pérez, el atribulado protagonista de la “nivola” que Unamuno publicó en 1914:

   Soñar que uno vive... pase, pero que le sueñe otro...
                                                                         (Niebla)

  Así como el forastero de las ruinas comprueba con estupor que es el producto de un sueño, el autor de Niebla  asiste espantado a la especulación vengativa de su ente de ficción, quien le advierte que él puede ser asismismo un producto de la fantasía, sólo una excusa para que la historia de Augusto Pérez se conozca en el mundo:

    Y ahora, que está usted dormido y soñando y que reconoce usted
    estarlo y que yo soy un sueño y reconozco serlo, ahora vuelvo a decirle a
    usted lo que tanto le excitó cuando la otra vez se lo dije: mire usted, mi
    querido don Miguel, no vaya a ser que sea usted el ente de ficción, el
    que no existe en realidad, ni vivo ni muerto...; no vaya a ser que no pase
    usted de un pretexto para que mi historia, y otras historias como la mía
    corran por el mundo. (Cap. XXXIII, p. 162).

    Antes había vaticinado la muerte de su creador:

    ¡Crearme para dejarme morir! ¡Usted también se morirá! El que
    crea se crea y el que se crea se muere! ¡Morirá usted, don Miguel,
    morirá usted, morirán todos los que me piensen! ¡A morir, pues! (Cap. XXXI, p. 154).

   En cambio, el protagonista de “Las ruinas circulares” es inmortal; sabe que el fuego —símbolo del tiempo— lo ha respetado, y sabe por ello que se ha asegurado la terrible inmortalidad.

   Entonces, el camino se bifurca en otras reiteraciones: el tigre y su condición de irreversibilidad, el círculo como signo del eterno retorno. Es justo que pensemos por ello en el ensayo “El tiempo circular” de Historia de la eternidad,  y en el poema “La noche cíclica”, donde “las calles unánimes que engendran el espacio” parecen “corredores de vago miedo y sueño”. “La noche cíclica” se entronca con “La trama”, de El Hacedor, que nos presenta el gusto del destino por las simetrías, en la historia de un gaucho al que matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

  El tiempo circular nos aproxima a otro de los mayores cuentos de Borges, “Los teólogos”, de El Aleph, de ardua pero apasionante lectura, cuyo tono isócrono y sostenido va aumentando en intensidad a medida que se cumple el combate cruento entre los dos teólogos romanos que, luchando contra igual enemigo, componen, pese a ello, una historia espeluznante de celos y villanías; con la idea panteísta de que “todo hombre es dos hombres” en el desconcertante final. Cuando Dios, igualando al ortodoxo y al hereje, y porque se interesa muy poco en disputas teológicas, confunde a Aureliano con Juan de Panonia. Aunque Borges no quiere insinuar la posibilidad de una confusión en la mente divina. “Mas correcto es decir que en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona”.
  
   Y no fue la primera vez ni la única que habló de disputas teológicas ni de confusiones o desinterés en la mente divina. También en “El duelo”, de El Informe de Brodie, intervienen personajes que son antagonistas, pero que se necesitan mutuamente porque no harían nada el uno sin el otro.   Cuando se le hizo notar el parecido entre ambos cuentos [4],  Borges aclaró que se trataba de textos muy disímiles. El duelo de las dos señoras, Clara Glencaire de Figueroa y Marta Pizarro, se da de una manera casi secreta, casi como una forma de amistad; y el ambiente, mundano, no es desagradable sino de cortesía, de indulgencia. En cambio, en “Los teólogos” ha llevado la situación hacia una especie de límite mágico, que él mismo no alcanza a entender. El duelo entre los heresiarcas es feroz; uno llega a causar la muerte en la pira del otro, en mitad de un juego trágico de irónicas acechanzas. Pero  el tono del cuento de El Informe de Brodie es distinto, con toques de un humor amablemente dosificado, como cuando relata las circunstancias en que le fue otorgado un importante premio de pintura a Marta Pizarro (honrosa salida de un jurado que no pudo ponerse de acuerdo sobre dos pintores “a nivel internacional”): “Marta era distinguida, querible, de una moral sin tacha y sabía dar fiestas, que las revistas más costosas fotografiaban en su quinta del Pilar. La cena de homenaje fue ofrecida por Marta... A la demostración asistieron numerosas personas de sociedad, casi todos los miembros del Jurado y uno que otro pintor”.

   La problemática de la identidad personal tiene sólidos antecedentes en su producción de ensayista. A Otras Inquisiciones pertenece “El enigma de Fiztgerald”, donde traza —con la manera atrayente que usó en “El Hacedor”  y en “Everything and nothing” (semblanzas de Homero y Shakespeare)— la biografía de Umar ben Ibrahim, el futuro Omar Khayyam de los “Rubáiyat”, tan amados del padre de nuestro escritor. Fitzgerald, el traductor inglés del poeta persa, estudió además la epopeya mística de los pájaros que buscaban a su rey, el Simurg; cuando finalmente los pájaros arribaron al palacio del rey, que estaba detrás de siete mares, descubrieron que ellos eran el Simurg y que el Simurg era todos y cada uno.

   Entendido que aquí no concluyen sus reflexiones sobre el tema. La versión de Fitzgerald reveló a un extraordinario poeta, que no se parecía a Khayyam ni a Fitzgerald; tanto, que algunos hablaron de los “Rubáiyat” como de un poema inglés con alusiones persas. Ello pudo ser posible, deduce, porque ambos eran esencialmente, “Dios” o caras momentáneas de Dios.

    Volviendo a El Oro de los Tigres, encontramos en “El pasado” a Whitman, que en una redacción de Brooklin,

   Entre el olor a tinta y a tabaco,
    Toma y no dice a nadie la infinita
    Resolución de ser todos los hombres
    Y de escribir un libro que sea todos...

   Así, sin solución de continuidad, nos es dable incursionar en los tres géneros citados. En un movimiento de lanzadera —por usar la metáfora perdurable de Amado Alonso con la que se afanaba por revelarnos el mecanismo del proceso sentimiento-intuición e intuición-sentimiento—, las constantes borgesianas se dan una vez en el cuento, otra vez en el ensayo... y siempre en la poesía.

   Claro que no hemos salido aún del título del poema. Avancemos con el primer verso:

    Hasta la hora del ocaso amarillo...

   Ese adjetivo “amarillo” puede referirse directamente al sol, pero es probable que Borges haya entrevisto las posibilidades que ofrece en la imagen un recurso expresivo grato a su poética: la “hipálage” o desplazamiento calificativo. Entonces, “amarillo” será una calificación para “tigre”, no solamente para “ocaso”, y habrá ido a fijarse a este sustantivo en virtud de un proceso de síntesis que nos permite apreciar simultáneamente la visión del ocaso y los tigres de los que va a tratar en el resto del poema.

   
  LOS OCASOS

   Se vinculan a un tema central. En brillante exégesis, Ana María Barrenechea señaló las características asociaciones de espacio y tiempo, de las cuales los “ocasos”, donde se cumple la unión de un infinitud espacial con una angustia de índole temporal, son una muestra recurrente. También en “El Sur”, el cuento de Ficciones con tantos rasgos autobiográficos que su autor consideró cierta vez el mejor de los que había escrito (aunque sus preferencias se inclinaran después por “La intrusa”), Dahlman marcha despaciosamente hacia su destino cuando se hunde el sol, y Lönrot, el protagonista de “La muerte y la brújula”, camina en el ocaso hacia la muerte que le prepara el gángster Scharlach en una desolada quinta simétrica, mientras “del polvoriento jardín sube el grito inútil de un pájaro”. Martín Fierro, en tanto, muere a manos del moreno en “El fin”, ante la mirada del quieto Recabarren, “en una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música”.

  
    “¿QUÉ DIOS DETRÁS DE DIOS LA TRAMA EMPIEZA?”
 
   Y sigue el poema:

    Cuántas veces habré mirado
    Al poderoso tigre de Bemgala
    Ir y venir por el predestinado camino
    Detrás de los barrotes de hierro                         
    Sin sospechar que eran su cárcel.

    Por este camino anduvo el emprendedor rabino de Praga, Judá León, y el Golem, su mísero engendro, una creación de la que  pronto se arrepiente, ante la tierna contemplación del juez de ambos:

   ¿A quién dirá las cosas que sentía
    Dios, al mirar a su rabino en Praga?

  Pero aquí no finaliza la serie  sostenida de causas y efectos en esta irrealidad que constituye el mundo. En el admirado soneto “Ajedrez”, Borges se pregunta también quién inicia la trama que somete a los trebejos (“tenue rey”, “sesgo alfil”, “encarnizada Reina”, “torre directa” y “peón ladino”) y al jugador que los mueve. Porque los pasos del tigre, como los del hombre, están trazando una figura que supo Dios desde el principio; como supo de la muerte entre ciénagas del señor de los libros y los cánones, don Francisco Narciso de Laprida, antepasado del poeta, héroe del “Poema Conjetural”.
                 
   
  OTROS TIGRES

    Después vendrían otros tigres...

  Amén del perdurable tigre de la niñez, el contacto con ese símbolo decorativo y despiadado se concreta en otros tigres. Hay en El Hacedor una composición que se titula, precisamente, “El otro tigre”. Aquí Borges piensa en un tigre fuerte, inocente, ensangrentado y nuevo; un tigre que marcará su rastro en la margen de un río cuyo nombre ignora. “En su mundo no hay nombres ni pasado/ ni porvenir, sólo un instante cierto”. Si en “Nueva refutación del tiempo” dio forma definitiva a su  preocupación desvelada por el transcurrir “irreversible y de hierro”, casi no hay cuento, poesía o ensayo en que esta preocupación no se manifieste. Tal como la mención a los “laberintos”, otra imagen recurrente cuyo horror intuyó tal vez  en los ambientes de pesadilla a los que era tan afecto Poe. “El otro tigre, dice, “husmeará en el trenzado laberinto/ de los olores el olor del alba”, Y no por repetida deja de ser oportuna la cita de algunos de los numerosos cuentos donde se suceden irreales laberintos mentales o materiales, símbolos del infinito o el caos: “El jardín de senderos que se bifurcan”, “La muerte y la brújula”, “La casa de Asterión”, “Los dos reyes y los dos laberintos”, “El inmortal”, “Parábola del Palacio”, “El Aleph”, “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”, entre otros.

    ...el tigre de fuego de Blake

   Para interiorizarnos de la personalidad sin duda insólita de Blake, nada mejor que hurgar en la síntesis de la literatura inglesa que el propio autor de El Oro de los Tigres ofreció  [5]. Blake fue uno de los grandes místicos de Inglaterra, dueño de un pensamiento original, y en esto Borges se le pareció. “El tonto —decía Blake— no entrará en el Paraíso, por más santo que sea”; opinó que la redención del hombre debe ser también estética y que así lo entendió Jesucristo, enseñando su doctrina en parábolas, es decir, en poemas. Entre otras reflexiones igualmente atrayentes, declaró que prefería la venganza al perdón; razonaba que toda persona injuriada quiere vengarse, y si no lo hace, se enfermará su alma por obra de ese deseo insatisfecho. Siempre lo atormentó el problema del mal, y por esto nos interesa el concepto: se preguntaba en qué yunques y fraguas Dios, que hizo el cordero, forjó el tigre...

   
  MITOLOGÍAS

   Ya en la infancia  atraían a Borges las mitologías. La cita de la transformación de Zeus en “lluvia de oro” para conquistar a Danae, nos pone en contacto con la mitología clásica:

    Después vendrían otros oros,
    El metal amoroso que era Zeus...

  En una nota final del libro, el autor remite al lector curioso al capítulo 49 de la Edda Menor. Las Eddas, esas colecciones de los antiguos pueblos escandinavos que han sido calificadas como primitivas pero de severa belleza, nos están descubriendo el otro venero de su inspiración: la mitología escandinava:

    El anillo que cada nueve noches
    Engendra nueve anillos y éstos, nueve,
    Y no hay un fin.

   Y nos viene en mente  que en Historia de la eternidad había hablado de las metáforas o menciones enigmáticas de la India, las “Kennigar”.

    La más remota, la más íntima, llama a Islandia en “El oro de los tigres”:

   Islandia, te he soñado largamente
    Desde aquella mañana en que mi padre
    Le dio al niño que he sido y que no ha muerto
    Una versión de la Völsunga Saga...

   
  EL CREPÚSCULO DE LOS ESPEJOS

  Estamos entonces frente a la reiteración de las “multiplicaciones infinitas”, que representan en Borges una visión del interminable mundo. Dice en “Los espejos:
                    
   Infinitos los veo, elementales
    Ejecutores de un antiguo pacto,
    Multiplicar el mundo como el acto
    Generativo, insomnes y fatales...
                      
   Los espejos enfrentados nos llevan, claro, a “Tlön, Ucbar, Orbis Tertius” y sus sentencias gnósticas; a “La muerte y la brújula” y a “Mateo XXV, 30”, donde enumera las cosas que oyó de una voz infinita, o mejor dicho, las cosas que fueron su pobre traducción temporal de una sola palabra infinita: ... sombra que olvida, atareados espejos que multiplican..., a “Límites”:  ... hay un espejo que te aguarda en vano,  o a “Arte poética”:
 
    A veces en las tardes una casa
    Nos mira desde el fondo de un espejo:
    El arte debe ser como ese espejo
    Que nos revela nuestra propia cara.

   Entre otras connotaciones: fobias, alarmas, obsesiones, los espejos simbolizan en su poesía “el tramundo secreto de los acontecimientos y las cosas”, dice Edelweiss Serra. [6] En El Oro de los Tigres su presencia se hace notar. “Tamerlán” busca su cara en el espejo y no la encuentra; el ilusorio ayer que describe en “El pasado” es un recinto

   De figuras inmóviles de cera
    O de reminiscencias literarias
    Que el tiempo irá perdiendo en sus espejos.

y en “La busca”, cuando indaga a sus antepasados, al volver al campo de los Acevedo al cabo de tres generaciones, lo hace también en el crepúsculo de los espejos de la casa vieja. Entre las “cosas”, recuerda el espejo que no repite a nadie en las rectas galerías. El otro, de “El Centinela”, el que le im-pone la memoria de cada día, y le obliga a ser su enfermero, a que le lave los pies, lo acecha en los espejos, en los cristales de las tiendas... Hasta para
encontrar el símil del gato recurre a los espejos:

    No son más silenciosos los espejos
    Ni más furtiva el alba aventurera...

y los convierte en punto de referencia para dar su versión del coyote:

    Sea tu vago espejo esta elegía

   
  “LA VEJEZ PUEDE SER EL TIEMPO DE NUESTRA DICHA”

    Incluyó en El Oro de los Tigres el tema de la vejez:

    Con los años fueron dejándome
    Los otros hermosos colores

que dijo haber incorporado en Elogio de la Sombra. Pero si bien en aquel libro de 1969 habló de la vejez familiarmente, como de una amiga que también puede traernos la felicidad, en una actitud afirmativa de la existencia:

   La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)
    puede ser el tiempo de nuestra dicha

ya  “Límites”, poema muy anterior, fue una despedida nostálgica de las cosas, las que iba haciendo por última vez, y las que no lo verían más:

    Creo en el alba oír un atareado
    Rumor de multitudes que se alejan:
    Son lo que me ha querido y olvidado;
    Espacio y tiempo y Borges ya me dejan.

  Ahora se une al paso de los años, una consecuencia personal, la ceguera, que lo va dejando solo con “la vaga luz, la inextricable sombra...” El de la ceguera fue tema en el “Poema de los dones”, donde se comparó con Groussac, ciego y bibliotecario; como él, que se figuraba el Paraíso “bajo la especie de una biblioteca”.

   Y regresamos a “On hiss blidness”, paráfrasis del soneto de Milton. El poeta inglés se había preguntado si Dios puede exigir el trabajo diario cuando ha negado la luz, y se contestaba que él no necesita ni del trabajo del hombre, ni sus propios dones, porque los que mejor soportan su  opresión,  y los que resisten y esperan, lo sirven más. Por su parte, Borges se considera indigno de los astros y del ave que surca el hondo azul, de las rosas invisibles, pero no de las Mil y Una Noches, ni de Walt Whitman:

    Ni de los blancos dones del olvido
    Ni del amor que espero y que no pido.

   
  FULGORES DE LA ÉPICA

    Oh ponientes, oh tigres,, oh fulgores
    Del mito y de la épica.

  La épica es otra asiduidad de este volumen, que se abre con un poema dedicado al conquistador tártaro constructor de un fabuloso imperio desaparecido a su muerte, Tamerlán. Luego son los piratas de Hengist, Erico el Rojo, el soldado que muere en Normandía y el que muere en Galilea, en “El Pasado”. Ya vimos cómo en “Tankas”, versión de esos poemas japoneses de tan delicado lirismo, lamenta no haber caído, como otros de los suyos,  en la batalla. Pululan en los versos de El Oro de los Tigres  las “espadas, lanzas, escudos, hazañas”:

    ¿Dónde estará mi vida, la que pudo
    Haber sido y no fue, la venturosa
    O la del triste horror, esa otra cosa
    Que pudo ser la espada o el escudo
    Y que no fue?...

   Al evocar el primer libro del escritor y médico inglés del siglo XVII, Sir Thomas Browne, en “Religio Medici, 1613”, pide al Señor que lo defienda del hombre que ya ha sido irreparablemente; no de la espada o de la lanza, pero sí de la esperanza. La hazaña de los hijos de Whitman que pisaron el páramo lunar por primera vez, es una hazaña de todos, afirma en “1971”. Entre las “Cosas”, hay una reiteración de las flechas y el acero; entre sus talismanes, enumera en “El Amenazado”, la sombra militar de sus muertos. Al rescatar la figura del gaucho, lo hace sin exotismos, recortándolo en su esencial ámbito épico:

    Fue el matrero, el sargento y la partida.
    Fue el que cruzó la heroica cordillera.
    Fue soldado de Urquiza o de Rivera,
    Lo mismo da. Fue el que mató a Laprida.

   “Al triste”, “El mar”, “El primer poeta de Hungría”, “El advenimiento”, “La tentación” y casi todos los poemas siguientes reiteran esta constante.

   
  INTIMISMO

    El poema finaliza así:

    Oh un oro más precioso, tu cabello
    Que ansían estas manos.

   Este cierre se parece a los de otros poemas del libro. Luego de enumerar, en “El Pasado”, las cosas que pudieron no haber sido y que casi no fueron, recuerda:

    Y esa tarde inasible que fue tuya
    Son en su eternidad, no en la memoria.

    Y en “On his blidness”, concluye:

    Ni del amor que espero y que no pido.

   Cuando en “Lo perdido” se pregunta sobre su vida, la que pudo ser y no fue, la venturosa o la de la espada y el escudo, y sobre sus antepasados persas o noruegos, “¿dónde —interroga— el azar de no quedarme ciego, /dónde el olvido de ser quien soy?:

    Pienso también en esa compañera
    Que me esperaba y que tal vez me espera.

    Su yo íntimo surge con parejo relieve en otro de los cierres:

   Una sola mujer es tu cuidado,  
    Igual a las demás, pero que es ella.
                                      (“Al triste”).

  Sucede como si nuestro escritor hubiese buscado deliberadamente esos finales, por admitir su eficacia lírica; y cabría preguntarse, vista su reiteración, si ellos no son en mayor grado un recurso de su estética que el producto de una real necesidad expresiva.  Aceptada una u otra posibilidad, lo que no podrá negarse es la sinceridad, la humildad con que confiesa sus fracasos amorosos:

    Una y otra mujer lo han rechazado y debo compartir su congoja.
                                                                              (“El Centinela”).

    La cuestión daría pie a todo un tratado: se podría hablar de las escasísimas mujeres de sus versos, desde aquella noviecita de la “Despedida” de Fervor de Buenos Aires:

    Entre el amor y yo han de levantarse
    Trescientas noches como trescientas paredes
    Y el mar será como una magia entre nosotros

hasta la ausente cuyo cabello ansían sus manos en El Oro de los Tigres;  desde las primitivas hembras de los cuentos de “Hombre de la esquina rosada” y “El muerto”, hasta la siniestra Emma Zunz, magro conjunto que hizo exclamar a Alicia Jurado: “Es preciso conceder que las tres mujeres de los cuentos de Borges, no podrían formar un grupo más deprimente”. A ellas podrían sumarse Beatriz Viberbo, aunque actúe por ausencia en “El Aleph”, y “la intrusa” de El Informe de Brodie, tan despreciada como la Lujanera o la pelirroja de Azevedo Bandeira. Pero representando nuevos matices, otras mujeres se incorporaron en ese libro: las dos señoras de “El duelo”, “La señora mayor”  la silenciosa muchacha de la familia Gutre de “El Evangelio según Marcos”. Y no olvidamos a la irreal “Ulrica”, de El Libro de Arena.

   
  EL ORO, RESPLANDOR DEL VERSO

    Ahora, al cabo del entrecruzamiento de los versos del poema con la temática  de la obra general de su autor, podemos volver a las resonancias de que hablábamos al principio. Para constatar que el “oro” ya no se refiere al color exclusivamente. Porque se da en el término una síntesis particular, resultado de una labor in crescendo de enriquecimiento, que lo convierte en significativo de todo aquello que  atrajo a Borges desde la infancia, y lo subyugó de igual o parecida manera.

   En “Otro Poema de los Dones” nos había contado de  su decidido amor por la música verbal de Inglaterra ( recordamos la cita de Blake), por la música verbal de Alemania ( “Al idioma alemán” llamó a una poesía de El Oro de los Tigres), e hizo expresa mención del “oro”, pero esta vez aludido como cualidad esplendente de la poesía. “Gracias”, dice:

    Por el Oro, que relumbra en los versos

   Y aunque en el mismo poema incluya entre las cosas que ama las rayas del tigre, nos interesa más ese “relumbre” del oro en los versos, porque él nos introduce por fin en la más importante de las asociaciones representativas del vocablo. El “oro” es el de los tigres, sí, y el de la mitología, el de la épica y el de la metafísica, y aún el matiz precioso del amor; pero el “oro” es además el de la poesía... Y así como en “Mateo XXV, 30” incluye entre los dones recibidos las bibliotecas orientales y occidentales, los laberintos, espejos, la épica, la mitología (definiendo su manera de ser en este mundo en la fórmula “álgebra-fuego”), y en el “Poema de los Dones” nos recuerda la “magnífica ironía” de Dios, que le dio a la vez los libros y la noche, ahora es como si analizara todos los tesoros que pudo disfrutar y encontrara que ese “oro” vislumbrado en las rayas de los tigres, volvió a vibrar en la música verbal de Inglaterra, en los ocasos, en el mito, en la épica y en el amor, pero sobre todo en el hacer inefable del poeta. Reiterándose la actitud confesional y meditativa en ese final resumen lírico. Por ello creemos que  el libro y el poema que nos ocupa cobran inusitada importancia en el estudio de la obra total de Borges.
                                
    NOTAS:

[1] Horacio Salas. “La sombra del Hacedor”. En  Clarín, Buenos Aires, 20-VII-1972.
[2] Alba Omil. “Reflexiones sobre El Congreso”.  En La Gaceta, Tucumán, 21-XI-1971.
[3] Alicia Jurado. Genio y figura de Jorge Luis Borges,  p.26.
[4] Emilio Jiménez Zapiola. “Informe de sí mismo, por Jorge Luis Borges”. En   Revista Atlántida, Buenos Aires,  Diciembre 1970.
[5] Jorge Luis Borges y María Esther Vásquez. Introducción a la literatura inglesa. Buenos Aires, Columba, Colección Esquemas, No. 64, 1965.
[6] Edelweiss Serra. La vida y la muerte, el tiempo y la eternidad en la poesía de Jorge Luis Borges.

   BIBLIOGRAFÍA:

—BARRENECHEA, Ana María. La expresión de la irrealidad en la obra de Borges. Buenos Aires, Paidós, 1967.
—BORGES, Jorge Luis. El libro de arena. Buenos Aires, Emecé, 1975.
—BORGES, Jorge Luis, VÁSQUEZ, María Esther.Introducción a la literatura inglesa. Buenos Aires, Columba, Colección Esquemas, No. 64, 1965.
—BORGES, Jorge Luis. Obra Poética. Buenos Aires, Emecé, 1969.
—BORGES, Jorge Luis. Obras Completas. Buenos Aires, Emecé, 1974.
—JURADO, Alicia. Genio y figura de Jorge Luis Borges. Buenos Aires, Eudeba, 1964.


    LA AUTORA:

   Iris Estela Longo nació en Paraná (Entre Ríos), Argentina, en cuyo Instituto Nacional del Profesorado obtuvo el título de Profesora de Castellano y Literatura. Ha publicado los ensayos Sobre Pago Chico (Revista Universidad, de la Universidad Nacional del Litoral. Santa Fe, Argentina: 1960); Daniel Elías y la belleza formal de sus sonetos. (Revista Universidad, UNL. Santa Fe, Argentina: 1970); El canto elegíaco de Alfredo Martínez Howard (Paraná (Entre Ríos), Argentina: Dirección de Cultura de Entre Ríos, 1971); Voces de Entre Ríos (Aportes al conocimiento de la literatura regional). Santa Fe, Argentina: Colmegna, 1985; Imagen, Tiempo y Hoguera en la poesía de Horacio Esteban Ratti. (Buenos Aires: “Pliego de Poesía”. Gente de Letras, 1986);  Si álamo pudiera ser... (Aproximación a la poesía de Carlos Alberto Álvarez). Paraná (E.R.), Argentina: Editorial de Entre Ríos, 1992; Entre Ríos evocado por Martiniano Leguizamón  (en colaboración con Teresa Rocha). Paraná (Entre Ríos), Argentina, M.C. Ediciones, 1993; "El fantasma del Palacio" (cuento), en Nueve autores bajo un paraguas,  Asociación Entrerriana “Gral. Urquiza”. Buenos Aires, 1996; El Grillo en el Alba (ensayo).  Editorial de Entre Ríos, Paraná  (E.R.), Argentina, 2.002.

   Obtuvo el Premio “Alvina Van Praet de Sala”, otorgado por la Biblioteca del Consejo de Mujeres de la República Argentina, sendos premios del Ateneo Cultural “Caseros” de la Provincia de Buenos Aires y de la Asociación “Mariano Moreno” de Paraná,  por trabajos de crítica literaria, y  Medalla y Diploma en el Concurso de Ensayos sobre “El universo de Borges” convocado por la Fundación “El Libro” de Buenos Aires, orga-nizadora de la  XIII   Feria Internacional del Libro 1987.  En 2001 ganó el Premio “Fray Mocho”, máxima distinción literaria que otorga el Gobierno de la Provincia de Entre Ríos, en el Concurso “Ensayo 2.000”, por El Grillo en el Alba.

   Ha dictado cursos sobre literatura entrerriana y otros temas de su especialidad en los ámbitos provincial y nacional, integró jurados de nivel universitario, y desarrolló las cátedras de Composición, Lengua Castellana y Literatura Hispanoamericana en el Instituto Nacional de Enseñanza Superior de Paraná, donde reside actualmente, dedicada a la investigación de las letras de su provincia.
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©   Iris Estela Longo

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 21
Abril-Mayo-Junio 2005

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VI - NÚMERO 21