VANITAS
Jesús Jiménez Reinaldo
I
Con su túnica talar hasta los pies,
que le cubre incluso la cabeza, dejando ver tan sólo
sus manos, descuidadamente relajadas,
y su cara, morena, ladeada a la izquierda,
barba y bigote muy negros, descansa el monje.
Duerme en la silla dura de madera la siesta
de los inocentes. Y sueña...
II
Vanidad del mundo. A media tarde,
en la lucidez de la duermevela, todo habla de la eterna
compañera: sobre la mesa, el tiempo huye en un reloj
junto a una vela apagada, gastada. Y una calavera,
¿será la de Yorik?, se mezcla en confusión con treinta
monedas delatoras, un solitario dejado a medias,
una guitarra muda, un libro cerrado,
las hojas secas del otoño, rosas casi marchitas
en un jarrón de cristal –antaño un mundo de agua-,
calabazas como mapamundis de deseos muertos.
Un rosario, ya no acariciado ni contado.
Muerte de los objetos, síntoma fatal de la fugacidad.
III
El amado viene hollando suave, imperceptible,
alfombras blandas. Es blanco inmaculado
y acecha al alma en un rincón insospechado del sueño.
Reclama su atención sutilmente, como cómplice,
con una burbuja frágil de amor
llena de aires celestes. Amado adolescente,
Eterno, rey de un imperio de almas.
IV
Despierta el alma, mira al amado
y lo desea puro y dichoso, en el juego de amor
de la tarde de estío. Pían los pájaros
en los patios interiores y la luz de la siesta
dora las toronjas en sus ramas. Se enlazan de amor
dos deseos que vienen de los inicios del mundo,
y agarrados por la cintura del aire y del agua
estallan la tarde del monasterio
en una fragancia de crisantemos y malvas.
JAVERIANA
Si no consigo barco, iré nadando.
Estas palabras tan simples,
de sintaxis castellana incorrecta
(le falta el artículo indeterminado
al sustantivo de la prótasis condicional),
me las imagino dichas hoy en día
(veintinueve de agosto, dos mil cuatro)
por cualquier inmigrante del norte de Marruecos
que espera la fortuna de arribar a las arenas
de la tierra de España, dejando atrás
un mundo de polvo e injusticia.
Pero no son palabras de los desfavorecidos
por la suerte, ni de inmigrantes que no dominan
nuestra lengua; son las palabras resueltas
de San Francisco Javier, deseando ir a Japón
para predicar la palabra de Cristo entre sus gentes.
Y, después de emprender el viaje azaroso,
sorteando los peligros, las enfermedades,
esquivando la muerte que acecha artera
tras cada isla que dibuja el horizonte,
¿qué deparó el periplo para quien se aventuró
tan generosamente al polvo del camino?
San Francisco Javier, peregrino,
inmigrante tenaz, despreciado en Japón
por sus ropas miserables, su indigencia,
por quienes no percibían la felicidad
de la renuncia a las cosas del mundo,
la alegría de hacer camino en la pobreza,
alentando el amor y la justicia.
Tuvo que regresar con ricas ropas,
haciendo valer el título de Embajador,
ante quienes, horrorizados, le despreciaron.
Y, entonces, aun siendo el mismo
en el corazón y en el espíritu,
le recibieron con admiración, con júbilo,
pues venía cargado de papeles oficiales
y el lujo adornaba su misión.
Así, si hoy el santo viniera a nuestra tierra,
superviviente a la muerte en el Estrecho
y a una patera que apenas resistiera
al embate furioso de las olas,
superviviente al hambre, a la sed,
al frío, mas con su alegría a cuestas,
su esperanza tenaz,
¿no es posible que también lo despreciáramos?
¿Tendría que volver rico, orgulloso,
con todo el papeleo en regla,
para que le hiciésemos un hueco
en nuestras vidas?
El mundo no es de nadie.
Y es de todos.
¿Es posible poner puertas al campo,
cerrar el horizonte,
alzar fronteras contra la voluntad más decidida?
¿Alguien sabe cómo se mide la pobreza?
¿Para qué sirve cada muerte injusta?
La historia solo es útil
cuando nadie repite los fracasos.
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© Jesús Jiménez Reinaldo
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 21
Abril-Mayo-Junio 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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