Yo soy la resurrección y la vida
José Repiso Moyano
"Yo soy la resurrección y la vida", dijo un ser humano hace mucho tiempo pero, hoy, eso, ante un psiquiatra, es feroz, inoportuno, condenable por los dictadores del equilibrio inventado". En verdad todo el mundo quiere ser la resurrección y la vida, de hecho todo el mundo resucita a la vida cada día, la esperanza [1], la levanta, la abandera al Cosmos; aunque no está tal tesis tan sincera en las agendas, en los protocolos, en los sucios convencionalismos, en los abismos archi-relevantes de la imagen. En verdad pocos de los del poder quieren —por el bien de sus beneficios de control— que un ser humano libere su pensamiento, se sacuda de la herrumbre monocorde, monopolista, astuta, porque no es asunto suyo. La cultura es factible por todos, pero la financia el poder, la proyecta "masivamente" el poder, la manipula el poder. Si debe decir, ha de decir bajo un control de poderes fácticos: de señores de la patria, de señores de la guerra, de señores de la adoración "oficial" de un pueblo, de señores de los medios de comunicación que depuran qué rebeldía, qué sueño, no se debe decir.
El librepensador es, con ello, un gusano por trato, es el resentido, el rebelde sin puertas abiertas, el que debe salvar cada aspecto personal descuidado o inalienable, el que choca, el antipático a la convención, el que —sí— con corazón asusta al lanzar sus latidos a la sociedad.
Y es que, como decía Nietzsche [2], "la cultura es el adiestramiento", la dominación. Y, ante tal muro, la palabra —por su limpidez— es débil, niña malmirada, desgarradora por sus esfuerzos, demasiado libre. La palabra, en el fondo, auténticamente "vive" ante la suciedad, dice, estorba a los que se enriquecen por "nada", por tesituras volátiles de proselitismos..., por los oficiantes de la censura, por los usureros de la dominación.
Quien es libre, es un apartida de la dominación, pues sólo se tiene —per se— a sí mismo: no cuenta con la aprobación del adiestramiento, no cuenta con la protección del adiestramiento. Camina por sí, no manda a nadie, no sabe mandar, no sabe cómo mandar, cómo chantajear con el poder o con la especulación o la promesa publicitaria.
En primer lugar, no sabe cómo especular más que con llanto y con palabras, antiesnob, claro, es diestro de la libertad, es axiológico de su virginidad como el toro firme y límpido ante lo que le espera, ante las aplausos desquiciados mientras se desangra lo puro, ante la especulada... ferocidad.
El sabio sólo es una flamante lágrima en un griterío ordenador sin concierto, una rúbrica propia, un Sísifo inesperado, una irreverencia a la posthisteria y a la exterminación de los prejuzgadores. A más no avanzar, no ha ganado más que su palabra: no ha corrompido su luz para que, a la moda de turno, suponga un atractivo de venta, de elegancia confabulada y negrera. Él es el resentido, ¡ahí va!, el resentido, el huraño, el misántropo de tanto sufrir, la abnegación preclara, el ¡proscrito!; como Heráclito, el padre de la filosofía más sólida, que murió de la sola soledad y del hambre, podrido
de llorar.
Pero el suave puño de la palabra es la rebelión; sale de cualquier recoveco, de cualquier esquina, sale a la vanguardia, sale empujando a muchos desheredados, ajusticiados por el dedo de la sinrazón, sale referenciando a los plebeyos, a los parias de la "poca-cosa", sale abandonando y desacralizando Esfinges.
Porque la palabra no es un embargo del status quo de los dominadores, no es una apropiación de la dignidad de cada cual en tanto que, uno a uno —por menos que sea uno—, los seres humanos cuentan. A ninguno es postergable su dignidad, ninguno no posee dignidad, a ninguno es justificable un maltrato de hecho —sea el que sea— al margen de un juicio justo: a ninguno se le puede condenar a no tener dignidad —a no ser humano—.
Entonces, en la ordenanza de la "prejuzgación" se erige la disconformidad, sí, el reto de la palabra, el pábilo y el acezamiento de la... rebelión. Y no hay trucos ante ella, pues devela, des-manufactura, desenmascara a los truhanes, a los engañabobos, a los viejos y cómodos impostores. Y es que, como decía Nietzsche, "la cultura es el adiestramiento", la dominación. Y, ante tal muro, la palabra —por su limpidez— es débil, niña malmirada, desgarradora por sus esfuerzos, demasiado libre. Pero es la única salida, sólo la palabra libre ajusticia, sólo con el valor honesto en verdad se delata lo mísero, lo tan desmirado, lo indignante, lo que no ha hecho sino, sino negar, enturbiar, prohibir la sangre, prohibir el curso de los ríos. La rebeldía, pues, indoblegable, la rebeldía como el hosanna salvaje sin inhibir nunca el ansia y la.... integridad. Puede presentarse como tal, de improviso, instalándose en los vencidos, pero arrostrando a los acallados, liberta, tibia sed que se levanta como Vallejo a contrarreloj ante el amañado facilismo de los condescendientes.
Puesto que la cicatería termina por cansar, consterna la fe primero y, luego, el intrépido la recupera en seco, por ¡basta!, por contradecir a los enneciados que chiticallando al pronto se arrodillan en el consentimiento. De puro corazón se manifiesta, no le vale truco ya a la rebeldía, desenzarza, embellece con la fluctuación del cielo, desenreda, ¡tanto desnuda!, abre el bullicio enquistado y lo espumea, lo extiende. ¡Oh!, más.
Truco ya no, sino la lluvia.
Puesto que la cicatería termina por cansar, por joder a los menesterosos de la resignación, a esos que, en concreto, en sólo una coyuntura se atreven, pérfidos, a lo limpio: he ahí los camaleones ante la coherencia, los moldeadores sin integridad, he ahí a los hipócritas.
¡Oh!, sólo existen para unos los golpes recibidos y la palabra, sólo existen para unos la opresión recibida y la esperanza, ésa celebración del miedo que no aceptan, que ¡no!, ¿eh?, que no aceptan.
¿Qué libertad acepta la cobardía?, ¿qué libertad se extingue con el valor?, ¿qué libertad se niega ante la vida?
Y esos, sin más, son los resentidos; ése es uno, señálenlo: ¡el resentido! ¡Oh!, ¡cómo desencaja!, ¡cómo afea!, ¡no se vende!, ¡no se detiene a venderse!, ahí va, ¡el resentido!
En cuestión, por supuesto, no se detienen los sueños, no se aplastan las nubes —ni siquiera aposta— ni la delgada —tan sutil— línea de las palabras. Sólo se re-sienten a seguir, a no, a no olvidar que están siguiendo. Sucediendo al beso, al dedo y a la sangre.
En cuestión no se detienen las llamas, los mares, los vientos —¿quién lo ha visto?—, el amor por celebrarse, por ensimismarse, por detenerse. Aquí no se detiene ni el alma, y cada vez se resiste el candor a no detenerse en tanto que, en abrazo a todo el conocimiento, no crucifica la luz, no crucifica la lluvia, no crucifica la tierra, no niega la resurrección de la palabra y del sueño, del dolor suplicante y de la piedad, que cada ser humano, cada niño muerto de hambre, amó sin más bandera que su vida.
NOTAS:
[1] Como verbo.
[2] Aunque no estoy de acuerdo en mucho con su filosofía, esto es lo más lúcido, lo más lúcido que me ha llegado de él.
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© José Repiso Moyano
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 21
Abril-Mayo-Junio 2005
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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