Caballo blanco

Martiniano Acosta Acosta
rocamadur7@yahoo.es

“El príncipe de la baraja juega los últimos ases
en la mesa de los rufianes”

Javier Moscarella







El hombre recién llegado se empinó siete cervezas y las vació de un  sorbo.  Supuse que  la sed lo estaba matando, pero no era así porque la noche no se encontraba metida en calor,  al contrario, soplaba una brisa tan helada como si viniera revoloteando desde tierras nórdicas.

Imité  la voz del cantante que salía de la estación de radio como para apartar el nerviosismo que atacó mi cuerpo. La canción  la había sintonizado el dueño del establecimiento  en donde nos habíamos encontrado por obra del destino y de los juegos de azar, el nuevo visitante y yo.

Hubo un instante de silencio —ese silencio tan particular en el que no hay nada qué agregar ni mencionar—, yo me quedé mirando la carretera a esas horas de la noche porque me pareció vislumbrar a lo lejos un punto blanquísimo en movimiento. Las  voces  de los concurrentes  parecían taponarme los oídos. Afuera, un cerco de vendedores de chorizos, de arepas asadas, de chuzos, de salchipapas rodeaba al gran salón, y hasta Johny, el conocido jibarito, había montado su puesto de venta de “perros calientes”. El humo de las fritangas envolvía el recinto y el olor fastidioso de los chorizos humeantes impregnaba hasta el alma de los jugadores.

El recién aparecido no era un hombre de carnes abandonadas ni rotundamente arrugado; daba la impresión de que se había pasado  realizando ejercicios gimnásticos cada minuto de su vida.  Un hombre preocupado tánto por su estado físico  que se le notaba la musculatura a través de las mangas de la camisa. El largo cabello negro caía sobre los hombros y sobre una capa de un color azul profundo. Cuando entró  en confianza por la bebida, dijo llamarse El Príncipe de la Baraja y luego se refirió de manera despreciativa a los afiches que  adornaban las paredes: una Reina de Bastos, un Rey de Oros, un As de Copas,  el Diez de Espadas. Después,  creo que abrió los ojos y la boca y exclamó:

—¡Uy, qué pationonón, como para llenarlo de caballos blancos voladores sin cabeza!

Dije “creo” porque en realidad su rostro no había podido distinguírselo, estaba encubierto por el sombrero y una especie de sombra sospechosa que no sabía definírsela. Muy pocos escucharon el comentario que él hizo porque estaban pendientes de la habilidad de sus manos para manejar las barajas y de saber quién era aquel extraño y misterioso hombre “sin rostro”.

Más tarde, al sitio empezaron a llegar hombres rudos de manos curtidas por la faena diaria a la tierra. Algunos  de lengua expresiva y finos modales se sentaron alrededor de nuestra mesa. Los jóvenes, guiados por el olor  de ganar dinero fácil, se enloquecían con el whisky y con la cerveza, bebiéndoselos al mismo tiempo. Las autoridades del pueblo perdían la investidura durante el juego. Incluso, desde las poblaciones aledañas se venían otros para apostar como atraídos por el olor de la fortuna, a lomo de mula y en carros. Ni siquiera se percataban del momento en que los gallos les anunciaban la luz del día.

Le dirigí la palabra al Príncipe de la Baraja para apuntarle que la baraja es  juego del demonio, que son tan traicioneras y tan sutiles que se comparan con la mujer, que las cartas envician tanto a la gente que muchas veces han llegado al punto de dilapidarlo todo, todo. El movió la cabeza afirmativamente y se tomó tres cervezas de una chupada. No me di cuenta si arrugó el rostro. La luz de la lámpara central del salón caía plena sobre su sombrero negro alado. Intenté de nuevo observar sus gestos faciales, pero me encontré con un rostro difuso. De todas maneras, concluí que él se sentía incómodo cuando  los jugadores de  nuestra mesa y los de al lado se quedaban mirándolo fijamente como tratando  de escudriñarlo y de saber más acerca de su inesperada aparición. Aquella noche  muchos lloraron sobre su propia  ruina, algunos perdieron  casa y la paga de todo un año. Otros, su  finca, y llegaron hasta el extremo de apostar a la mujer y a la suegra, hecho que no  sonaba insólito. El hombre de la capa azul profundo les había ganado casi a todos, advertencia que fue formando corrillo entre los mejores jugadores.

Ya era sábado por la madrugada —el lugar  empezaba a atiborrarse desde el jueves— y algunos, al ver perdidos todos sus ahorros, armaban una balacera sin piedad. Las botellas volaban como palomas de vidrio por encima de la cabeza de los apostadores hasta que, de pronto,  el caos se transformaba en una calma aparente cuando sobre el piso la gente aterrorizada observaba a  un jugador herido de muerte, empapado por las   rosas de sangre extendidas en su cuerpo y en el piso.

Justo, en ese momento, el Príncipe de la Baraja de capa azul y de sombrero negro dio varios silbidos y, al instante,  apareció un caballo que irrumpió en el salón de juego. Un animal hermoso, de pelaje blanco,  avanzó trotando en el aire con  paso fino,  cerca de la víctima, dejando escuchar sus relinchos y el sonido de sus cascos. Ninguna silla, ninguna mesa fueron estropeadas por los cascos del corcel. El dueño del salón se mostró atónito y alterado por la presencia de la bestia que había surgido de las sombras. El hombre de la capa azul de un salto  montó al caballo. En la mano sostenía  una copa grande de amarillo reluciente. El sombrero negro alado seguía ensombreciendo el rostro del caballero que calzaba botas antiguas y llevaba al cinto una espada larga,  refulgente y afilada dispuesta a dar la batalla.

—Déme once cervezas.

El caballo  permanecía quieto como agua en aljibe. En realidad, levitaba ante la incredulidad de los tahúres, de los traficantes. El tendero tembloroso  colocó las bebidas   sobre el mostrador. El Príncipe le alargó un billete y de inmediato  desenfundó la espada y destapó las once botellas con agilidad increíble, así mismo, de un solo tajo apartó la cabeza del cuerpo del jugador más envalentonado. El espanto se había clavado en los ojos y en la boca de los apostadores. Nadie se atrevía a dar un paso.

Canté mentalmente una canción ranchera aprendida en mis años juveniles, tal vez para espantar mi terror. Miré el cielo sin luna y sin estrellas como patio vacío y pensé que ojalá llegara pronto el amanecer para que terminara el pavor de aquella noche insólita. La sola presencia del Príncipe nos horrorizaba. En la mano izquierda una copa de oro. Y en la derecha, la espada hambrienta de pelea. Nadie le miraba de frente, todos con los ojos hundidos en el piso. Yo armaba tantas conjeturas sobre la figura del jinete “sin rostro”, que la  zozobra me aumentaba. Los minutos pasaban y la desesperación, la angustia o el miedo empezaban a caminarme por las piernas y los brazos. Volví a   cantar mentalmente  la misma canción: “Por la lejana montaña, va cabalgando un jinete, vaga solito en el mundo y va deseando la muerte, lleva en su pecho una herida, va con su alma destrozada, quisiera perder la vida y reunirse con su amada”

Me encontraba bastante consternado y me sentía como perdido en una inmensa ciudad sin nomenclaturas. Esperaba ansioso que el jinete  desapareciera pronto;  escuché el canto triste de un pájaro a esa altura de la  madrugada y, al poco rato,  el relincho de un caballo aguijoneado casi a mis espaldas como si intentara emprender la carrera.

Mecánicamente, tamborileé con los dedos en el aire. De repente, caí en la cuenta de que ese tamborileo era igual al galope del caballo que hacía unos minutos estuvo aquí sembrando el pánico junto con el Príncipe: ese hermoso caballo blanco al que, quizás, alguien le regaló un corrido mexicano.: “Este es el corrido del caballo blanco que salió un domingo de Guadalajara, iba con la mira de llegar al norte, saliendo un domingo de Guadalajara...”

Para mi sorpresa , el tendero  había escapado junto con muchos jugadores y vendedores; sólo  la voz de un locutor que hablaba enrevesado emergía del  viejo transistor. En realidad, el salón ya se encontraba vacío a esa hora de la madrugada.

El Príncipe de la Baraja se había esfumado,  dejando un hombre muerto,  veintiuna botellas vacías y el espanto instalado para que nunca más se abrieran las puertas del negocio.

Un indiscutible sonido de cascos se tomó la  carretera y yo oía a lo lejos la estela de una voz que cantaba:

“Por la lejana montaña va cabalgando un jinete…”

Enero 16 de 1999
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©   Martiniano Acosta Acosta

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 22
Julio-Agosto-Septiembre de 2005

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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VOLUMEN VI - NÚMERO 22