La montaña y la ardilla
Félix Sánchez Rodríguez
El autor es cubano, licenciado en Ciencias Sociales. Escribe narrativa y literatura infantil.
Atiende un Taller Especializado para Escritores de Literatura Infantil.
Combina todo ello con la responsabilidad de Editor en Ediciones Ávila.
Ha publicado unos diez libros: cuentos y novelas, poesía para niños.
El cartel colgaba junto a la puerta.
Volví a la casa, es decir, a buscar la casa. Sabía que tenía que apurarme pues cerraban a las seis y trasladar una casa once cuadras, por la vía publica, en horario de mayor circulación, no es tarea fácil. A eso tenía que sumar otros inconvenientes como los de la electricidad, el jardín y el patio. Cometí un error: no averigüé si podía traer la casa sola, lo que técnicamente es la casa, lo que uno entiende por casa en general, y ahora tenía que decidir de la mejor manera.
Opté por llevar la casa completa para no correr riesgos. Con el patiecito de tres por dos, la matica de limón, la jaula de los conejos, el cuarto donde guardamos los juguetes viejos de los muchachos y otras inservibilidades menores.
Dejé dicho a mis vecinos que no se asustaran por el vacío que hallarían esa tarde y los cambios en la colindancia. También los alerté, no fuera a ser que se considerara el solar como yermo y al regresar encontrara seis estaquitas clavadas y otro propietario loco por empezar a construir. Como hay gente por ahí detrás de un solarcito. En cuatro horas podía perder un derecho adquirido desde ochenta años atrás. Y todo por un problema de plomería.
Ilustración
Pilar Ribas Maura
Si no hubiera sido por algo tan decisivo como la plomería, vinculada a todas las modalidades de la limpieza, quizás yo hubiera desistido. Pero es que sin agua no se puede vivir y, además, la casa tenía un total desplome de la plomería, con cruces de cañerías (al estilo telefónico) que para qué contar. Y ustedes entienden que un cruce telefónico, a diferencia del plomeril, siempre es inodoro, incoloro e insípido.
Gracias que yo tengo una casa ligera, manuable. Mi mujer y yo, contando con la poca ayuda de los niños que se dedicaban a disfrutar del viaje más que a colaborar, pudimos hacerla avanzar una cuadra en apenas diez minutos, tiempo durante el cual establecimos amistades muy breves con una docena de vecinos temporales y vimos a través de las persianas doce paisajes diferentes, aunque desprovistos de árboles pues los nuestros habíamos decidido no traerlos. La sombra y el frescor que daba contra la casa eran mínimos, a lo que se sumaba la desgracia de los ventiladores sin corriente y un angosto solar que nos castigaba como si fuese la una de la tarde.
A las cinco y treinta habíamos consumido el último tramo. Estábamos rendidos y mareados por el cambio vertiginoso del entorno, como si giráramos colgados de los brazos de un gigante, pero satisfechos.
Había una colita mediana. Marcamos detrás de un edificio multifamiliar y le dimos el último a una casa de madera que a duras penas había sorteado la travesía.
Nos atenderían mañana, por lo menos. Mariela averiguó que a la seis rectificarían la cola y se puso a barrer el patio provisional, a acomodar las maticas de areca que poseeríamos durante unas veinte horas. Lo hacía con esa serenidad, ese don del autoconsuelo que yo tanto le envidio.
(Tomado del libro La llave pública, 1991)
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© Félix Sánchez Rodríguez
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 22
Julio-Agosto-Septiembre de 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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