Penélope Castro
Luis Vidal Sierra
Del Semillero-Taller MASKELETRAS
Humanidades y Lengua Castellana
Universidad del Atlántico
Miembro de MASKELETRAS, Taller-semillero de Investigación y Creación literaria, adscrito al Grupo de Investigación Literaria del Caribe —GILKARÍ—, del Departamento de Idiomas, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad del Atlántico (Barranquilla, Colombia).
Hasta ese día sería conocida como Penélope Castro Medea. El cambio de identidad estaba decidido y la cirugía programada. No había marcha atrás. Ad portas del quirófano clandestino, sacó de la cartera su cédula. Miró la foto detenidamente y se sintió algo afligida. Leyó luego el expirante nombre de pila. Se preguntó a sí misma qué seudónimo utilizaría en adelante. Sin pensarlo demasiado, decidió: se llamaría Felipe Botero Apolinar.
Entró en una sala de escasa luz eléctrica. Se recostó en la camilla y se puso a meditar un poco mientras aparecían los médicos. Sabía que esa era la mejor forma de despistar a las autoridades. En el momento, ella era la mujer más buscada del continente pues había segado la existencia de su novio, Ángel Bacon, el ex jugador de Los Serafines de Anaheim, durante su primera noche de bodas. Tenía dudas para aceptar su culpabilidad ¿Cómo explicar la fuerza de un espíritu interior que la dominó y la llevó a cometer aquella locura? El acto fue horrible, sí, pero no pudo evitarlo.
Recordó que un premonitorio sentimiento la comenzó a embargar desde el momento mismo en que Ángel le pidió matrimonio por enésima vez, y ella vaciló en su respuesta. "El delfín", como lo apodaban sus compañeros, tenía cuarenta años y estaba divorciado. Quizás su mayor atractivo era un aspecto huraño que contrastaba con la ternura y el buen humor cuando entraba en confianza. Se conocieron en Barranquilla, cuando él vino a visitar a sus padres. Llevaban ya tres años de noviazgo y por eso, la propuesta la ponía strike out. Ella lo amaba, pero no quería que más adelante, él se diera cuenta de la actual situación financiera de la familia y juzgara que todo había sido por interés de su parte. Sin embargo, no encontrando más excusas para eludir el compromiso, aceptó. La fecha quedó fijada para el catorce de febrero. La unión se celebraría en la ciudad caribeña.
El cronómetro del destino se dio prisa y el gran día llegó. Para disimular, la familia de la novia se hizo cargo de los gastos ceremoniales. Ya todo estaba listo. Pero la angustia que había ido en auge parecía llegar al clímax. Mientras su madre le ayudaba con los últimos ajustes del ajuar, Penélope somatizó el mal en su estómago y empezó a hacer bascas. Apartó a la madre a un costado y se dirigió al baño. En el bacín, descargó lo poco que había probado en la cena del día anterior. La señora, en tanto, la escuchaba del otro lado de la puerta. Solo una idea cruzó por su mente, mas no hizo comentario alguno.
Penélope se aproximó al lavamanos. Abrió el grifo, se enjuagó la boca y se quedó mirando por un largo rato en un espejo. Cuando se disponía a salir, vio la vieja pero todavía útil navaja de afeitar de su padre. Evocó de inmediato cuando lo espiaba en aquel lugar, rasurándose la barba. Ella era una niña, consciente de su sexo, pero no podía controlar los deseos de alcanzar la hoja de afeitar e imitar los gestos que observaba. Después de todo, él siempre fue su luz, su ídolo. Cómo le dolió presenciar su partida cuando la esposa lo echó. Cuánta falta le hacía, pues nadie mejor que Apolinar Castro para entregarla en la iglesia. Ni modo, no contaría con su presencia en aquella ocasión, ya que él se hallaba purgando una condena de medio siglo (injusto, según ella), por haber violado a una menor de edad.
De pronto, unos golpes incisivos en la puerta del baño la sacaron de su absorción.
—Dése prisa —le dijo Herminia, la criada—, ya don Egisto la está esperando en la sala.
—Ya voy —contestó y, como lo haría cualquier cleptómana, se guardó la vieja navaja de afeitar dentro de las medias veladas.
A Penélope, claro está, no le venía en gracia que su padrastro fuese quien se encargara de esa formalidad protocolaria, pero no quería discutir con nadie en esa mañana. Ya en la iglesia, Ángel notó, al tomar su mano, el pulso trémulo de la novia. No obstante, jamás creyó que fueran síntomas de contrición. Todo se lo atribuía a la inexperiencia de la joven, lo que le producía cierta felicidad que alimentaba su ego de macho conocedor. Transcurrieron los minutos del intercambio de anillos y el baile, entre otros actos propios del ritual católico. Lo único que faltaba era irse a disfrutar de la luna de miel.
Entraron a la suite del hotel El Imperio de los sentidos. Un botones de origen japonés, llamado Nikima, les ayudó con las maletas y luego los dejó solos. Ángel la comenzó a besar con pasión. Se puede decir que estaba desesperado. La abrazó fuerte, sintiendo en su pecho el creciente palpitar de Penélope, sensación que lo excitaba en extremo. Hizo trizas el vestido blanco (para nada le interesaba desvestirla secuencialmente de pies a cabeza). De forma casi torpe, se bajó los pantalones y los interiores. Igual pasó con la lencería. Desnudos, cayeron en el tálamo nupcial. Al primer contacto, Ángel lo supo y enardecido lanzó un grito. Su miembro se convertía en puñal que vengaba un orgullo herido. Sin embargo, adverso a lo que pueda pensarse, ella no sufrió: se solazó en aquel momento.
Como consecuencia, la situación cambió de manera radical pues cuando él se dio cuenta de la estúpida sonrisa dibujada en la cara de Penélope, se llenó de mucha más cólera y comenzó a propinarle bofetadas sin control.
La señora de Bacon entonces ya había encontrado el afilado recuerdo paterno y lo utilizaba sin tregua. Todo sucedió en cuestión de segundos. Ángel soltó un grito más lastimero que el anterior.
—¿Pasa algo? —se oyó preguntar en la puerta.
Penélope corrió atolondrada, tomó algo de ropa y semidesnuda abrió la puerta, topándose con Nikima. Lo amenazó con la hoja carmesí y el hombre retrocedió. Penélope, se ignora cómo, logró salir del hotel mientras el botones entraba a la suite y observaba impávido, en el centro de la habitación, la cama ensopada de sangre, y más allá, en el piso, a un eunuco agonizante.
Desde aquel suceso, ella se la había pasado huyendo. Por fortuna, Ángel le había regalado muchísimas joyas, con dijes en forma de delfín. Con su venta le alcanzaba para costear la alimentación y la intervención quirúrgica. Durante su peregrinaje, quiso tener noticias de su casa. Logró comunicarse con Herminia, quien le contó que la señora y don Egisto se la pasaban discutiendo a toda hora, y a ella, estaban a punto de despedirla (omitió las innecesarias razones). Le contó además que un domingo, ella había ido a visitar al patrón a la cárcel y allá le informaron que el señor Castro había muerto en extrañas circunstancias y que... Penélope colgó.
Ahora estaba allí, desesperada, en aquel quirófano mediocre, sin entender porqué los medicuchos que había contratado, no entraban en acción ¡Con la fortuna que se iban a ganar los condenados! Alguien salió de pronto.
—¡Por fin! —exclamó ella
—Tendrá que conseguirnos más dinero o la operación se cancela —advirtió el médico sin titubear.
—¿Por qué?
—Porque dentro del trato que hicimos, no estaba contemplado practicarle también un aborto.
_________________________________________
© Luis Vidal Sierra
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 22
Julio-Agosto-Septiembre de 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v6n22castro.html