Cervantes
al filo del mediodía
Clinton Ramírez
I
Quisiera creer que todo se debe al sol inclemente,
que recibimos frente a esta bahía de domingo y sin brisa.
Una banca en el Camellón Bastidas de la bahía de Santa Marta. Hace una mañana ardiente, sin brisa. Cervantes llega en silencio, algo ensimismado, como otros domingos.
Autoriza una mirada a la playa curvada que hierve en las orillas al contacto de los cuerpos que entran y salen de las aguas azules.
La bahía tiene la clásica forma de una U abierta, fisonomía que debe al cinturón de cerros terminales de la Sierra Nevada que penetra varios cientos de metros en el mar. Al norte, siguiendo un catálogo promocional, es fácil localizar las instalaciones portuarias al pie de un brazo rocoso que protege de los alisios las aguas de la ensenada. En algún antiguo mapa, un plano rudimentario y bien intencionado, aún es posible identificar, en el risco de un promontorio, la extinta ermita consagrada a Santa Ana.
Sabe que a unas decenas de brazas de la actual orilla, sumergidas en las corrientes, sobreviven las ruinas de los fuertes y las baterías con los que el imperio español de Felipe II, su rey, intentó la defensa de Santa Marta de la piratería francesa e inglesa.
Recordará que en su siglo, el año de publicación de La Galatea, Francis Drake bombardea, saquea y quema a Santa Marta. Inglaterra declara formalmente la guerra a España. La causa o la disculpa: el asesinato en Flandes de Guillermo de Orange. Los vecinos, menos de una veintena de habitantes, huyen con dirección a las colinas y las montañas interiores, donde esperan los feroces indígenas de Mamatoco y Bonda.
Es un año de altibajos personales como toda su vida. Triunfa en Madrid a la impresión de La Galatea y muere su borroso y timorato padre. Conoce a Lope, un joven precoz, quien, imposible ocultarlo, lo desplaza a él y a otros, algo mayores, en la afición del público teatral. Abandona la Corte y debe volver a Esquivias: a administrar las rentas de Catalina Salazar, joven con la que efectuó un matrimonio de mutua conveniencia.
La vida marital, las certificaciones de limpieza de sangre y varios cargos públicos lo obligan a poner en reposo la pluma y a distanciarse de las tablas, las que monopoliza Lope de Vega, que será por muchos años el monarca de la escena. Todavía son amigos.
Una docena de años falta, sin embargo, antes de enfrentar, en una cárcel de Sevilla, la redacción primitiva del Quijote, que alcanzó a circular por ahí en copias manuscritas. Seis meses pasará en presidio, entre septiembre de 1597 y marzo de 1598, haciendo descargos, tratando de demostrar la certeza de sus cuentas.
No ignora el rigor de las celdas. En su juventud de soldado, sufrió en Argel, ciudad de Berbería, esclavitud durante cinco años, luego de haber sido tomada la nave en que volvía a España. Empieza al fin el libro que le dará fama y que concibe, según confesión propia, para darle pasatiempo a su pecho melancólico y mohíno, sabiéndose injustamente preso y abandonado de todos. Es, en principio, una versión burlesca de un gracioso entremés que ha hecho dos o tres años atrás, y cuyo personaje es Lope, el que irá buscando forma autónoma en la medida en que algunos amigos lo lean y lo insten a agregarle más sabrosas aventuras. El poeta enloquecido del entremés se habrá de transformar en hidalgo lector y andante caballero.
Saldrá de la cárcel y, más tarde, ya en Toledo, asume en firme la redacción, capítulo a capítulo, de una obra que solo estará lista varios años después, hacia 1604. El libro a él mismo sorprende y entusiasma, no porque allí esté todo su ingenio, sino su vida, y, además, porque ha encontrado un estilo perdurable en el que el lenguaje triunfa.
Cervantes vuelve a detener la mirada en el punto más alto del Morro, donde se levanta la columna del Faro. Toma asiento a mi lado. Viene a lo que viene. Esta vez a una entrevista explícita, en profundidad, cuya publicación autoriza. Me formula una única advertencia: “No quiero verla en borrador”.
Lo examino con sumo cuidado. Aún hoy es un tipo al que hay que tomar con pinzas. Ninguna duda tengo de que es un hábil hipócrita y un pernicioso embustero.
—Hay muchos libros en El Quijote. Existe la lectura inicial de una búsqueda que vuelve a Alonso Quijano, Don Quijote, buen caballero andante que aspira a la gloria de la espada y al amor de una imaginaria princesa, en una época en que la pólvora, se dice en alguna parte del libro, ha reemplazado el valor.
—Que el pobre hidalgo Alonso Quijano, luego de leer todos los libros de caballerías, haya salido a ensayar el valor de su brazo, más bien prueba que la caballería y el amor cortesano seguían vivos.
—Tengo la lectura personal de un Quijano que no ignora el nombre de su juego y conoce perfectamente el nombre de su amada oculta.
—Tal vez quiso ir, igual que otros, tras la famosa dama perdida.
—Hizo tan bien el examen de chiflado que, vistas las cosas de este modo, no te quedó otra que enfermarlo y pasarlo a mejor vida, muy en la costumbre de hacer coincidir la muerte con el fin de un libro.
—Un libro necesita físicamente un punto final.
—Es insostenible un Quijote vivo, eterno, andando páginas.
—Intenté romper, sin embargo, con la imposición del punto final.
—El punto final de El Quijote es la ratificación de la gloria de Quijano.
—Este pensamiento debió guiar a Sansón Carrasco, el bachiller salmantino, al escribir el epitafio de Alonso Quijano, cuyos versos todos los estudiosos recitan.
—Antes de venir a esta cita, he repasado el tal epígrafe mortuorio, tengo memoria fresca de sus versos. Llama a Quijano, Hidalgo fuerte.
—Es que tuvo que ser un valiente, para que la muerte, como Carrasco lo pensó, no triunfara de la vida con su muerte.
—Ingenioso poeta fúnebre el bachiller Carrasco. Me lo imagino alguna buena noche reclamando la autoría de El Quijote o escribiendo la pastoral vida que don Quijote trazó para él y los suyos una vez tuvo que retirarse de la andante caballería.
—A veces, al caer de esas frescas tardes del trópico, superada la indecible lluvia caliente del mediodía que se pega a la vida, he tenido ocasión de pensar en el plan pastoril de don Quijote o del pastor Quijotiz, que así ideó en llamarse al pretender mudar de fisonomía, de sueño.
—Uno debe dudar de que Quijano el hidalgo haya muerto cuerdo y vivido loco como escribió Carrasco en el epitafio. Observo, a lo largo y ancho del libro, esa ambición de meternos en el magín el enloquecimiento de don Quijote. Yo veo en cambio a un Quijano pródigo, lúcido, que se hace más al ser otro, que no cesa en el empeño de crear más realidad.
—Sancho le recrimina, cuando lo ve a punto de estirar la pata, tendido en la cama, rodeado del barbero, el cura, la sobrina, el ama y Carrasco, que pretenda incurrir en la locura de dejarse morir.
—Sancho no entiende esta última movida tampoco. Morirse a voluntad es un acto igual de lúcido a la ocurrencia que tuvo de convertirse en otro, en don Quijote. Es una evidencia plena de libertad.
—A esa conclusión arribé cuando me detuve en el súbito deseo de Quijano de morir no bien regresa a la aldea, luego de haber sido derrotado por el Caballero de la Blanca Luna, que no es otro, como saben todos quienes han leído mi libro, que el mismo Caballero de los Espejos y el propio Sansón Carrasco.
—Escogiste enfermarlo y despacharlo, pero tal vez un poco a ciegas.
—Lo admito. Así procedemos los escritores. Cuando pensamos mucho, no sale nada. A tientas y equivocándonos es como se alumbra el camino.
—Está convenido, pues, que Quijano es quien administra su muerte y le entrega un significado distinto. ¿Uno podría pensar entonces que nunca dejó de ser don Quijote?
—Es una buena sospecha, que hace de Quijano un hidalgo más entendido que mi grosera pluma de avestruz.
—¿Supongo que en algunos momentos debiste parar y pensar en la demencia, el patetismo y la necedad de tu plan?
—Tus sospechas podrían no estar desencaminadas.
—Tu secreto amigo Cide Hamete Benengeli, en algún capítulo de la segunda parte, piensa que la historia que tiene entre manos es una “historia seca y limitada”.
—¡Qué hubiera sido de mí sin mi compinche Cide Hamete!
—¿Solo compinche?
—Soy su padre, pero él escribe mi libro.
—Libro que compras y ordenas traducir a un moro. ¿No es ir demasiado lejos en el juego?
—Toda ayuda es bienvenida. Me fue preciso comparar mi propio libro y hacerlo traducir de un moro.
—Ello ilustra que la composición de una gran obra demanda de una gran complicidad., aunque tú seas tu propio cómplice.
—Confieso que la certeza de estar enredado en un campo estéril, circunscrito a dos personajes fuera de uso y de vulgares hazañas, me robó el sosiego más de una vez.
—Un astuto tipo ese Cide Hamete.
—Rivaliza con Quijano en astucia. Quizá tiene razón de pedir, en alguna parte de mi libro, palmas y alabanzas no por lo que ha escrito sino por lo que deja de escribir. Hombre de extrema habilidad, suficiencia y entendimiento para revolver el universo todo con las ridículas y reiterativas andanzas de don Quijote y Sancho.
—Fuiste el as del mamparismo. Eso de estar poniendo bambalinas, canceles delante de ti funcionó bastante bien. Más de una vez se te puede ver detrás de un Sancho, reconocido analfabeta, moviendo los hilos de su labia y su genio. Mucha ayuda le prestaste durante su breve estancia como gobernador de la ínsula Barataria.
—Es un cargo que, a fin de evitar enredos contigo, pienso aceptar.
—Leyendo las advertencias de Cide Hamete, a uno se le hace que es fácil escribir.
—En mi tiempo hubo más de uno que creyó que hacer un libro es tan fácil como soplarle el culo con un canuto a un perro callejero. Háganlo.
—Te llamaron manco, viejo y envidioso.
—Quienes lo hicieron no alcanzaron a ofenderme, aunque sí produjeron en mí algo de
amago y bastante náusea. La manquedad la gané en gloriosa batalla, las canas de la edad me hicieron más entendido al escribir y la envidia la sentí pero de la santa, noble y bien intencionada.
—Volviendo al incómodo y obligado tema de la fama y la gloria, quisiera escucharte un poco. En este punto siento que Cervantes difiere de don Quijote.
—En cuanto a los despropósitos al redactar mi divertida charada, confieso que soñé durante su composición con la fama.
—¿Qué tipo de fama?
—Inicialmente la mundanal. Fama de las naciones, de otras lenguas y de otros tiempos. Solo que, algo influenciado por el verbo inflamado de don Quijote, consideré después, aunque no con la certeza que quise, la fama de las regiones etéreas, celestiales, que es imperecedera, pero no le llena el buche a nadie, a menos que uno sea un platónico enfermizo.
—Una costosa fama que cobró mucho sudor y agonías.
—Mi humor y mi insensibilidad hundieron a Quijano, sin que me importara una moneda hacerlo. Entre más lo hundí en la realidad de su juego, más lúcido me volví yo.
—O más escéptico.
—Lucidez y escepticismo suelen mercar juntos.
—Percibo un tufillo de amarga ironía en tu dictamen.
—Es vano esperar algo diferente viniendo del hombre en que he terminado convertido.
—¿Qué queda del Cervantes que tramó el Quijote?
—Aquel fue escaso de hacienda, rico en trapisondas, viejo de cuerpo y enfermo de ánimo. Su espíritu jugó a confeccionar con el poco ingenio que me quedaba a los cincuenta y tantos un libro que todos se saben pero que nadie lee.
—Es el drama de los ídolos: todos ignoran al hombre. Importa la fama, no la obra. En algunos la gloria atraviesa los siglos y el trabajo que le valió fama se queda en su tiempo, se extravía o deja de tener mérito.
—Ignoro en quienes estés pensando. Yo no calculé bien el precio de ser famoso.
—Hay proyectos incontrolables. Pienso en el Cristo o en los inventores del mito de Cristo. El cristianismo y Cristo resultaron inmanejables.
—¿Lo crees así?
—Tan incontrolable que Roma hizo suyo el cristianismo.
—A un precio excesivamente alto.
—Volvamos a El Quijote y la fama incontrolable de Cervantes. Hasta una ciencia completa inventaron los hombres que hablaron de El Quijote y de Cervantes: el cervantismo.
—Un invento de ociosos. Esa ciencia timadora solo sirve para tratar sobre los estudios de los estudios de mi obra. Ya no hablan de mí ni de El Quijote.
—Sigues creyendo, por lo visto, que todo se reduce a categorías, a calembures y requiebros.
—Leer sobre lo que se escribe acerca de mi ingenioso libro —porque los otros libros son anécdotas— me hace pensar en los poéticos y nada claros textos de los gnósticos cristianos del siglo I. Toda esa fábula que alimentó al indoblegable cristianismo de Roma.
—Los excesos del cervantismo son un buen ejemplo de la sin razón de la razón que domina al mundo.
—Artificios y galas que son válidos en la literatura de creación. La razón de esa sin razón de la razón es una buena razón para abjurar de la razón.
—Nadie te desplaza en el reinado de las lindezas.
—Es que, a pesar mío, soy un escritor de mi patria, que es rica en artesanías y gramáticas.
—No todo el cervantismo es deleznable. Su universalidad está probada.
—Honesto es decir que me aburren y me divierten las cosas que dicen de mi libro. Los astutos son indestructibles, son ricos viendo motivos que justifiquen ocios, años sabáticos, contratos con los editores, libros que adornan celebraciones y permiten ganar algo de prestigio.
—Haciendo honor a pensamiento tan certero, podríamos suspender ahora esta abusiva entrevista canicular.
—Mi malestar tiene razones. He quedado condenado a un nombre, a un premio (El Premio Cervantes) y a una incómoda fecha escolar, en la que se celebra un idioma que nada tiene que ver conmigo.
—Es común que cada lengua elija su padre literario.
—Buena fe hubo en ello. Pero ¿qué se entiende por ser el mejor escritor de una lengua? ¿Es el mejor escritor el que escribe correctamente, el que inventa el lenguaje, el que alcanza a transformar con una obra la visión que los hombres tienen del mundo y de sí mismos?
—Digo que es un poco de cada asunto.
—Es divertido que un manco, un seco caballero de las letras, un hidropésico mortal —en realidad diabético—, un malandrín irredento, haya resultado siendo el mejor escritor castellano.
—Culpa a Don Quijote.
—¿Qué premia en mí la ignorancia de otros? Hice honor a la imaginación, preferí ser apetitoso en galimatías, oscuro en oraciones, abundoso en sentencias e ignorante de la poca gramática que en vano quiso meterme en la mollera mi preceptor Juan López de Hoyos, allá en mis mocedades de truhán.
—No te queda bien hacerte el modesto conmigo. No me trago tus astucias de cocodrilo.
—No hubiera deseado mi suerte ni para mi adorado enemigo, el insigne y exquisito poeta Lope de Vega.
—Falsos reparos e impostado patetismo pueden convertirte en un quejoso personaje de Miguel de Unamuno.
—Algún día hablaré de ese señor.
—Quiso ser no solo el Quijote sino también Miguel de Cervantes.
—Que acepte ser solo Alonso Quijano, que va bien.
—El mejor lector de El Quijote según el poeta Pedro Salinas
—No más lector que Alonso Quijano.
—Es con mucho el mejor intérprete de El Quijote en nuestra lengua. Ha propuesto las más agudas hipótesis. Veo que te sientes un tanto descubierto ante él.
—Resentido. Aunque el resentimiento es una forma que tiene la verdad de entrar en nosotros mismos.
—Don Miguel de Unamuno bautizó de Biblia a El Quijote de la Mancha y a Don Quijote lo llamó Nuestro Señor Don Quijote. Eso hace de Cervantes una suerte de Dios.
—¿A dónde quieres llevarme con tus motivos estéticos? Esos silogismos me huelen a trampa.
—¿Qué Dios prefieres ser? Te ofrezco dos opciones: uno que castiga a sus creaturas y otro que no cesa de crearlas.
—Ya caigo. Tal vez el mérito de ser Dios le quepa entero a Quijano, que armó, vivió y liberó a don Quijote, yo soy apenas el amanuense de Cide Hamete: un profeta menor, un historiador arábigo, que no conoció la virtud de la piedad.
—¿Experimentó Cervantes la falta de compasión?
—Acaso la ética y la estética tengan alguna frontera común: una hora crepuscular, justo esa donde la luz y la oscuridad son y no son iguales.
—En el Amor Enamorado, Lope piensa que un Dios sin piedad deja de ser Dios.
—¿Eso dijo?
—Unamuno también se dio cuenta de que don Quijote no es ni loco ni tonto. Plantea un Quijote que sale a buscar en la locura la libertad que España le niega. ¿Qué salió a buscar Cervantes?
—A Cervantes. Tal vez don Quijote sea la versión extremista del Cervantes que no quise ser.
—¿Qué Cervantes hubieras querido ser?
—Uno más ambicioso en la vida.
—¿En la vida?
—En la vida porque en la literatura fue un depredador.
—No hay arrepentimientos en tu voz.
—Ser escritor es tener una piedra en el pecho. Alguien me enseñó en Argel que ser escritor precisa, más que un brazo valiente, más que una pluma ligera, un corazón indoblegable y una mente saltarina.
—¿A qué tanto ensañamiento con Lope de Vega?
—Nunca tuvo compasión conmigo. Ese follón. Me insultó. Me llamó manco, homosexual, cornudo y viejo verde, y dijo que mi Quijote serviría solo de limpia culos, en un lenguaje más propio de una tapada que de un hombre de alto estilo e impecable elocuencia. Ni siquiera me dejó en paz una vez colgué la pluma y puse el pie en el estribo.
—Tú empezaste la refriega. En el prólogo de la primera parte de El Quijote vuelves un ripio su erudición.
—No menciono una sola vez a ese acomodado y conformista triunfador de dramas vanos. Admito mi error, que luego, a pesar mío, repetí en el prólogo de la segunda parte, porque lo sentí detrás de Avellaneda. Es que ese petulante versificador y monje del Santo Oficio sabía tenerme de los cojones. Y, yo, a decir verdad, boté la piedra: me sacaba de las camisas.
—¿Qué motiva la enemistad, los éxitos teatrales de Lope o tu intolerancia a su estilo elaborado de poeta y dramaturgo?
—A riesgo de admitir mi inferioridad de poeta, odié y odio lo que él representa como escritor castellano. Ese lúbrico venenoso creyó, y muchos otros lo creen, que todo en el arte literario se soluciona con metáforas, medidas y retruécanos.
—La artesanía hispánica.
—En sus obras hay más flores y piedras preciosas que en toda la obra de la creación.
—Tiene memorables líneas y rigor en la concepción.
—Su literatura es una creencia sin conocimiento, una forma sin contenido, una ceremonia sin misterios. Los tiempos debieron llamarlo el Fénix de los ingenuos.
—En un tiempo lo elogiaste y, creo, que al final de tu vida, en Viaje del Parnaso, tu autobiografía en versos, le tiendes una mano amiga, aceptando su calidad de poeta.
—Quizá he llegado a entender que lo que me ofendió de él no fueron los triunfos sino que no hubiera aprendido a burlarse de sí mismo.
—Es conseja admitida que tú, igual que Lope de Vega, escribías con muchos diccionarios en la mesa.
—Es un mal hábito que no hace al monje y que, entiendo, mantienen algunos modernos del oficio.
—Una fama creciente mantiene los ojos de los entendidos puestos en tu libro canónico. Noto sin embargo que nada te satisface. ¿Qué no te cuadra de la fama?
—Es un verdadero desastre comprobar que en tu época la gloria vino huérfana de blanca y que hoy continúa vacía.
—En tu caso es exacto. El Quijote no bien vio la luz de los cielos castellanos, te hizo célebre. Las ediciones y los plagios se multiplicaron. Ningún ducado llegó a tu menguada bolsa. No comparto en cambio que te encalabrine no tener más lectores de los que tienes. A mí me bastaría tener un solo lector siempre, en todos los tiempos.
—Es una idea interesante. En principio todos queremos la credulidad y la lealtad de los lectores. Ojalá ese solo lector te ayude a mantener tu casa y tus gustos intelectuales. Ser escritor exige tener algo más que plumas, papel y tinta. Lo sé. Mi penuria, por ejemplo, me impidió el comercio con muchos libros y viajar más de lo que hice. Siempre anduve rogando puestos o metiéndome en líos, picando aquí y medrando allá para llevar el pan a la mesa y tener un techo seguro sobre el cogote.
—Hubo muchos enredos en tu vida de funcionario. Tuviste más de un lío que te valieron algunas temporadas en la cárcel.
—Preso estuve por listo y por ágil. Preso por deudor y preso por pícaro. Igual la guerra me dispensó heridas, prisiones y el achaque de mi valeroso brazo.
—Es inevitable que toquemos en la batalla del golfo de Lepanto. Allí España, a la cabeza de la cristiandad, derrotó mandada por Juan de Austria, a la armada de los turcos otomanos, algo que se creía impensable, y tú, un impetuoso y ávido muchacho entonces, perdiste una mano.
—Existe la imagen de que yo solo fui el desdichado. Toda guerra, y es su privilegio, exige un costo en muertes, heridas, incendios y ruinas. La batalla de Lepanto costó a la Liga Santa que promovió el feliz Pío V mi mano y algo así como nueve mil almas cristianas.
—Igual trajo la liberación, según cuentas que he revisado recientemente, de cerca de quince mil cristianos sometidos a los moros.
—En contra de la unánime opinión de los otros que han pensado y concluido por mí, afirmo que el doble arcabuzazo que recibí en Lepanto, en tan feliz y memorable jornada, me preparó para ser un guerrero.
—Al año siguiente de tus heridas, ya estabas en la compañía de Manuel Ponce de León, participando en una nueva guerra naval.
—Maltrecho de mano, sin cumplir aún los veinticinco, volví a buscar la gloria, el prestigio y algo de lana en Navarino, Túnez, Corfú, Sicilia y Nápoles.
—Solo que el destino —si me permites la palabreja— no te sonrió a todo gusto. Tienes en verdad mucho de héroe griego. Todo en tu vida pareció haber estado definido antes de que nacieras.
—Logré mi licencia en el ejército porque quería volver a España para encontrar un puesto en Las Indias, pero caí en aquella galera desafortunada, luego de salir de mi amada Nápoles y de haber sido azotado por las altas ondas frente a las costas de Barcelona. Allí, luego de dura batalla, caímos los sobrevivientes en manos de Arnaúte Mamí y Dalí Mamí, que nos llevaron a Argel, el reino universal de la piratería. El día que me exhibieron en la plaza de Argel, cerca del puerto, y Dalí Mamí me tasó, pensé en Diógenes el Cínico, ilustre descreído, feriado como esclavo en Creta, si mal no ando de memoria. Estuve cautivo cinco largos años en los baños de Argel.
—Es irónico que el nombre de la galera que te conducía a Barcelona llevara el nombre de Sol.
—Terminarás convenciéndome de mi fatal destino griego.
—No te quejes: Los héroes griegos, sea cual fuere su suerte, son inmortales.
—Quizá me parezco un poco a Sísifo. Pero sería una exageración admitirlo. Ya la carga de ser hombre fue muy fuerte.
—Le he dado vueltas, solo o leyendo a algunos entendidos en el tema, a esos cinco largos años que pasaste en la esclavitud. Rupert Croft Cooke, un admirador tuyo inglés, dice que sufriste privaciones y humillaciones en tu cautiverio de Argel y, no contento con las voces privaciones y humillaciones, califica éstas de horrendas.
—Yo me pasé toda la vida con cada uno de mis días de Argel en la cabeza.
—Varios libros tuyos se benefician con dicha experiencia.
—Ese tema siempre se me salió de las manos.
—Sufriste esposas y cadenas, desollantes calores, promoviste fugas, es un milagro que no te hubieran ajusticiado.
—Faltó muchas veces fuerza en los brazos, pero no el valor que impulsara los remos. Resistí aferrado a los gestos y las formas que ofrecían el paisaje arenoso de las costas y el mar vecino. Hasta mi banco de galera llegó a socorrerme la poesía. Fingí dramas, compuse poemas, urdí la impensable aventura de ser el autor de un libro sin igual, con el que ganase tanta fama como dineros, y tantos dineros como fama.
—¿Banco de galera? ¿Qué debo entender?
—Lo que quieras.
—Tuviste a disposición muchas horas y días para pensar.
—Superado el fastidio inicial del cautiverio, hice un balance de mi vida andariega. Repasé todo lo que había aprendido en Italia del arte narrativo. Descubrí, mirando el cielo, siguiendo el destino de las ondas, y pensando en los campos de Castilla y Andalucía, que el humor sería el revulsivo conveniente contra mi estilo bronquinoso, de confusos periodos, de sinuosos motivos. Había recorrido mares y distancias libre. La vida me brindaba otra perspectiva de ver y recorrer casi las mismas distancias. Mi arte seguía inmaduro pero ya habría tiempo de recoger los frutos de los años jóvenes. Necesitaría de más idas y vueltas antes de encontrarle el fondo y el piso a mi ingenio.
—Garabateaste algunos poemas y se dice que en Argel, amparado en la buena conversación del poeta siciliano Antonio Veneciano, preso allí, compusiste algunas páginas de La Galatea.
—Excelso poeta, y no solo amigo, con él mi arte de versificador se volvió sutil, transparente, menos inflado, más llano y directo. Él me enseñó la grandeza de las letras italianas.
—Italia es tan importante en tu vida como la misma España.
—Italia me hizo hombre y me preparó para ser escritor.
—Es notoria la influencia italiana en tus obras.
—Innegable. Además la hice explícita.
—Es sabido que el principio de El Quijote es un rotundo homenaje al libro tercero del Decameron.
—Las parodias y los homenajes a Ariosto y Taso son evidentes. Solo que no los hago yo sino la memoria de lector del Alonso Quijano que puebla la mente de don Quijote.
—Imagino que tuviste momentos críticos durante el cautiverio. ¿Qué te mantuvo vivo? ¿El orgullo? ¿La esperanza?
—Una feroz libertad interior que me hizo valiente.
—Sé que no te agrada tocar los temas de tu traída vida doméstica y sentimental. Tampoco de tus relaciones con algunos poderosos mecenas cuya voluntad quisiste tener.
—Esos temas son harto conocidos. Hice un matrimonio de conveniencia que no funcionó. Tuve una hija antes de casarme con la mujer de un tabernero. Mis mecenas nunca fueron del todo bondadosos conmigo.
—Se presume con mucha fineza que tuviste un hijo en Nápoles.
—Viví varias temporadas en Nápoles. Allí fui feliz y desdichado. Hermosa y gallarda ciudad. Amable en la paz y dura en la guerra.
—Quisiste volver a Nápoles ya muy entrado en edad.
—Quise acompañar en su virreinato de Nápoles a mi protector, el Conde de Lemos.
—Alguien te hizo conejo.
—El tal Lupercio Leonardo de Argensola.
—Ilustre secretario del Conde de Lemos.
—Negó mi petición. También eludió las pretensiones de otros letrados y poetas amigos del conde. Me habría gustado morir en Nápoles, viendo a lo lejos, desde una tiránica ventana, la cima de algún monte.
—Quisiera ahondar un poco más en tus años de cautiverio. Es una etapa definitiva de tu vida. La montaña de información y especulaciones que hay sobre el tópico, en vez de revelar, ocultan a un Cervantes que, entiendo, debió ser un descubrimiento para ti mismo.
—Dije lo que tenía que decir en mi época. Escribí y recreé lo que tuve que escribir y recrear en varios libros. Solicité a otros que lo hicieran por mí. Es que si yo lo hago o lo sigo contando, termina no siendo. Solo diré que sí, que allí, en los baños de Argel, me encontré de frente con Cervantes, un muchacho que limitado de fuerzas físicas, poseía una indoblegable voluntad de vivir. Allí, enfrentando el día a día de mi cautiverio, medrando aquí, persuadiendo allá, inventando fugas, vino a mí y vislumbré un inclasificable poder. Fui más allá de mis límites para encontrarme con alguien que estaba esperando por mí.
—Un digno personaje literario el Cervantes del cautiverio.
—Los historiadores y críticos siguen apoderados de él.
—Es hora de que lo suelten.
—Veo que sigo necesitado de una pluma que me libere y me descubra.
—Es increíble que hayas sobrevivido a las cuatro fugas que propiciaste. Hasán Aga, por infracciones menores, hacía empalar, ahorcar y abrasar a sus cautivos.
—En verdad me castigó y yo lo acepté.
—Te aisló por meses de los otros cautivos, cargado de grillos y cadenas, pasaste hambre, padeciste sed, calor, muerto de frío, cubierto apenas por tus propia piel.
—Es la vida de todo prisionero. Mis puniciones no me hacen diferente, lo que me hizo distinto fue mi esperanza de libertad. Un yo que se revela y rebela, que quiere ir, consciente de su juego, al otro lado de las últimas consecuencias, me movió, dando el afán de modificar la realidad. Promoví cuatro fugas y cuatro veces fui muerto. Una empalado, otra ahorcado de un pie, otra abrasado y una última arrojado al mar cargado de grillos, pero volví como una pesadilla de Hasán, mi señor, que al final me compró a uno de mis captores, Dalí Mamí, para a la vez venderme a último momento al infatigable y recursivo de fray Juan Gil que le pagó, en la misma galera donde marchábamos a Constantinopla, los 500 escudos de oro español que mi amo y buen rey se empecinó en exigir.
—Un rescate importante el que exigió. A lo mejor no quería o no podía dejarte ir de su lado.
—He pensado en esa posibilidad. A veces cierro los ojos y trato de imaginar mi vida en Constantinopla.
—Al final de la segunda parte del libro, en la víspera del singular combate con el Caballero de la Blanca Luna, don Quijote manifiesta la intención de ir a Argel a rescatar a don Gaspar Gregorio, el novio de Ana Félix.
—Valiente muchacha Ana Félix.
—¿Judía?
—Judía expulsada.
—¿Mora?
—Mora también.
—Castellana.
—Un poco de todo como todos. Judía, mora y española.
—La galera en donde venía Ana Félix, disfrazada de hombre, y en calidad de arráez, ha sido vencida por la nave capitana de la armada de Barcelona. Don Quijote y Sancho asisten al inesperado combate. La capturada Ana Félix descubre su identidad. Allí en la playa pasa a referir la historia de su expulsión de España, de su vida asediada por el rey de Argel y de la idea que tuvo de vestir de mora al novio.
—Ella venía a buscar el tesoro que su padre escondió antes de ser desterrada la familia. Había prometido entregárselo al codicioso rey. En Argel queda el novio, disfrazado y al cuidado de unas mujeres. El disfraz es la forma que tiene de guardar la vida y la honra de don Gregorio.
—Es que se piensa que los turcos de Argel gustaban más de los hombres que de las mujeres.
—Yo no lo diría de una manera tan brusca.
—El tal don Gregorio no tiene más de veinte años.
—Esas dudosas aficiones seducían a turcos y moros de Berbería. El cuento es que nadie le permite a don Quijote, que dispone plan de rescate sin muchas vueltas, ir a Argel.
—La misión la encargan al renegado que venía con Ana Félix, aunque don Antonio le hace ver a don Quijote que si fracasa la gestión, él pasará al otro lado del mediterráneo.
—Es una disculpa, por supuesto, de uno de los mandamases de Barcelona.
—La ligera refriega que la galera capitana de la ciudad sostiene con el bajel de Ana Félix, recuerda que allí cerca de esas mismas costas catalanas, la galera Sol, en la que volvías de Nápoles, fue tomada por Arnaúte.
—Es una nueva puesta en escena de ese traumático episodio, aunque en la recreación tiene visos de comedia. La nave perseguida y tomada es mora y no la nuestra como sucedió en verdad. El arráez resulta ser mujer.
—Bajo el ropaje de la historia de Gaspar esperando a que Ana vuelva, reaparece simbólicamente tu cautiverio en Argel. La novelería esta sugerida. El héroe marcha al rescate de su creador.
—Sin dejar de reconocer la incomodidad de un lector como tú, que no lee sino que escribe el libro que lee según le viene en real gana, digo sin insultar mi ánimo que don Quijote quería ir a rescatar a don Gregorio, y no a mí, pero ya que estás afincado en tu planteamiento sagaz, afirmo que la posibilidad estética de ser rescatado por don Quijote me tienta. Ya veo a don Quijote, partiendo de Barcelona en galera de seis remos por banda, al comando de dura gente de pelea, entrando de noche al henchido mar de Argel.
—Nos habríamos ahorrado 500 escudos de oro de Castilla y él hubiese dado más fama a su nombre. Es una hermosa intriga, tan buena como las que te encantó armar.
—Es una ocurrencia, una ocurrencia con destinatario feliz, pero yo ya no quiero más ocurrencias de nadie, porque por una de Alonso Quijano acabé escribiendo El Quijote y por otra del tal embozado Avellaneda, enredándome en la segunda parte.
—Esta parte de tu libro que venimos comentando es de un poder alegórico notable. Coinciden en Barcelona, frente al mar, dos finales: el fin de la andante caballería y el fin del cautiverio, esta vez en la persona de Gaspar Gregorio. ¿Estamos?
—Admitido. Es vano negarlo.
—Liberado el héroe, la caballería no tiene más sentido. La noticia del éxito de la misión del rescate coincide, en las costas catalanas, con la derrota del héroe a manos del Caballero de la Blanca Luna y la aceptación de don Quijote de no volver a tomar batalla en un año.
—Una artificiosa y verosímil conclusión.
—Al término de las gestiones de tu liberación, la real, vuelves a España. A la España de las putas, los tahúres, los maleantes y los funcionarios salaces.
—Igual merodeé la España de la Corte.
—Es cierto. Anduviste en Madrid tras una licencia para venir a las Indias, que te negaron. Nunca lograste convencerlos de la limpieza de tu sangre, por más servicios que hubieras prestado en Italia y Berbería a tu rey Felipe.
—Esa parte de mi vida está bastante documentada, más de lo que quisiera, y mejor imaginada.
—¿Qué hiciste en concreto?
—Inicié una búsqueda porfiada de España. La encontré no en sus libros, que nada me decían, sino en sus pueblos, sus caminos, sus puertos y sus tabernas, los que me propuse volver a ver, respirar, medir con la mirada, caminar y beber desde mi banco de cautivo o desde los barrotes de mi celda en los baños de Argel. Es mi mérito. Encontrar España y haberme encontrado en ella.
—¿Qué encontraste?
—Encontré un reino que, pese a la censura, a los ojos vigilantes —los ojos visores—, a las disputas y al aislamiento, vivía de puro ingenio, en un auténtico carnaval de las razas.
—Suena abstracto.
—Fue real.
—Eso de “vivía de puro ingenio”, ¿significa acaso que más de la mitad de España vivía de la simulación y las buenas maneras, eludiendo los ojos y los oídos de la Inquisición?
—Algo de ello hay. Vivir en mi siglo y en el siguiente exigió una infinita reserva de habilidades y talentos.
—De habilidades y talentos está apretadito El Quijote.
—Eso leo en los cervantistas de nuevo cuño.
—Estuviste en Orán, la segunda o tercera ciudad de Berbería, al poco del regreso de tu cautiverio, en una misión secreta que te encomendó Felipe II.
—Un encargo menor que me proporcionó algunas monedas. Una manera de alejarme de la Corte, de aplazarme en mis peticiones.
—La política te persiguió y tú la perseguiste.
—Resulta imposible eludir los cantos de sirenas del poder y los cargos públicos. Si uno no está verdaderamente preparado para las intrigas y los enredos del poder, terminas decepcionado y metido en más de un entuerto. No tuve todo lo que quise. Comprendí tarde que si hubiera sido más intrigante, más despiadado, me habría ido mejor en la política y la Corte, pero los poderes de la intriga y la impiedad solo los hice valer en las letras.
—Estudiaste poco. Ni siquiera intentaste ser letrado.
—Ni letrado ni sacerdote. Quise ser soldado y poeta, oficios que aprendí a la buena de Dios.
—¿El no tener estudios mayores no afectó tu carrera social?
—El poco estudio me hizo bueno con los naipes y listo en el trajín de la burocracia.
—Habías servido y servirías bien a tu señor Felipe II.
—Aunque serví a mi señor Felipe II en la misión de Orán y en varios empleos menores, el Consejo de Indias, muy a pesar de mis certificaciones de limpieza de sangre, volvió a negarme el cargo que pedí esta vez en Cartagena de Indias.
—Una de las tantas ingratitudes de la política de tu tiempo.
—En política no hay ingratitud sin explicaciones. La ingratitud es el único oficio en el que estamos en condiciones de enseñar a los dioses.
—Eso dice un poeta amigo mío.
—Es verdad.
—¿Cómo recibiste la negación del Consejo de India?
—Es uno de los dos o tres momentos innombrables de mi vida.
—Inútil empeño. Sabías la respuesta.
—Allí me di de cabeza contra los molinos de viento.
—¿Qué fue de Cervantes? Atrás quedaban tus años dorados en Madrid luego de la publicación de La Galatea y de la representación de Los Baños de Argel y La Numancia.
—El trabajo me absorbió. Me sumergí de lleno en mi cargo de Comisario Real de Abastos. En Sevilla, revisando granos, regateando aceites, empinando vinos, me volví un duro en el oficio del comercio y el crédito.
—Oficio que muchos quebrantos de cabeza habría de traerte a lo largo de varios años.
—Ni falta hace recordarlo. Ese cargo estúpido me valió varias idas a la cárcel.
—Y el conocimiento íntimo de una España que hervía de razas.
—Es cierto. Los antiguos, apartados y polvorientos pueblos de España me hicieron pensar de nuevo en mis viejos propósitos de Argel: escribir un aplazado libro sin igual, del que nada sabía, solo que quería escribirlo.
—Inocente declaración.
—Tenía un mundo en la cabeza, requería de solo un pretexto, de una oportunidad. Vino a mí sin que me percatara de ello. La pluma y la imaginación echaron a andar solas.
—Estabas a punto de cumplir los cincuenta y de ese tiempo data el primer intento de escribir El Quijote en la cárcel de Sevilla. Estamos a finales de 1597 y comienzos de 1598. Felipe, tu rey, que ordenó que te aprendieran y luego que te soltaran, está próximo a morir.
—Solo mascullé unos pliegos. Aclaradas mis cuentas con la Contaduría Real, la vida volvió a reclamarme. Aún no estaba listo y necesité de varios años más para saber que estaba preparado y que había dado con mi libro. El Quijote fue un dispendioso embarazo de varios años. Principió como una broma que tomó el cuerpo de una obra exigente, de muchos desvelos, que me divertía y me secaba el cerebro, que me obligó a poner en ella mi vida y mi experiencia.
—Se quiere decir ahora que el primer Quijote corto que hiciste copia un entremés tuyo en el que ridiculizas a Lope de Vega. Allí un ilustre poeta enloquece de tanto leer y en su locura cree marchar a la guerra. Igual sucede a Quijano.
—Me espantan las especulaciones de mis estudiosos.
—Apartando este posible origen de El Quijote, según el cual te “fusilas” a ti mismo, supongo que una vez Alonso Quijano apareció delante de ti, señor en su mundo de libros, ya no salió de tu cabeza.
—Estuvo conmigo, cobrando forma, creciendo, forjando mi espíritu. No me abandonó en muchos años. Ni siquiera en el momento de mi muerte. Es una maravilla que no se cuenta fácil, la que tiene un libro de fundir su vida con la de su autor. Bromeé un personaje que no hizo más que poblar mi cabeza.
—Algunos han especulado en la posible escritura de El Quijote en América, en el Nuevo Reino de Granada, si el Consejo de Indias te hubiera asignado el cargo de contador de galeras en Cartagena.
—Quise ese puesto y peleé por él. Aún así mi disminuida bolsa no alcanzó para adquirir el cargo de recaudador de impuestos en Cartagena de Indias. Alguien pujó más. No sé si hubiera escrito El Quijote que escribí finalmente. Sé que me privé de conocer a América, esta hermosa parte del mundo donde me leen, aunque sea obligando a los estudiantes.
—¿Entiendo que no fue esa la única vez que peleaste por un cargo en las Indias?
—Hubo otro intento más.
—En el escrito de Pedro Gómez Valderrama, En un Lugar de las Indias, Cervantes concreta el sueño de venir a América.
—Lo conozco.
—¿Una composición cervantina?
—Inteligente chascarrillo. Alonso Quijano no logra el puesto que quiere en las Indias y, a despecho de ello, se dedica a escribir de un tal Cervantes que es asignado por el Consejo de Indias al cargo de contador de galeras en el puerto de Cartagena.
—¿Te reconoces en ese Cervantes imaginado por Quijano?
—La suerte del Cervantes de ese texto, lujurioso, alcohólico, jugador de tute, malversador, pusilánime, enfermo de tabardillo, fue el destino común de muchos funcionarios coloniales. Lo único que me horroriza es que los libros que escribió en España hubieran terminado alimentando el fuego de la mulata con la que vivió amancebado.
—Encuentro exagerado que pienses que en América las lecturas de tus obras sean obligadas. Yo diría que sigue siendo una empresa ardua, que consume muchos años. Es que no es fácil leerte. Mira mi experiencia personal con El Quijote. Comencé a leerlo a los 13 ó 14, al iniciar el bachillerato, sin avanzar más allá de los capítulos inaugurales de la primera parte. Más que la barrera que impone el contexto social del libro, del lenguaje arcaizante, me extraviaban la construcción de las oraciones y los párrafos. No tuve nunca, como no lo he tenido jamás, alguien que me guiara en mis lecturas. Así que andando el tiempo, al final del bachillerato en Ciénaga o al comienzo de la universidad en Barranquilla, hacia 1980, vine a leer todo, y mal, El Quijote.
—Sobran los detalles. Lo que no disculpo es que a los 14 ó 15 leyeras con mucho deleite a Lope de Vega, Góngora, Alarcón, Calderón, Quevedo y al mismo Shakespeare.
—Viejas aficiones. Solo Shakespeare creció. En cambio tú eres el padre que todo hijo lleva a cuestas: has permanecido. Son más de veinte años leyéndote. No hay año en que no lea algún capítulo de El Quijote. Me jacto de ser el primer lector del inquisitorial capítulo sexto de la primera parte, en el que, con el pretexto de depurar la librería de Quijano, no dejas títeres con cabeza. He iniciado a algunos, además, en las lecturas del libro, que siendo honesto, es el único tuyo que a mí me desvela.
—Agradezco que sientas una obligación cargar conmigo sobre tus espaldas como un buen Eneas.
—He hecho algunas cosas por ese libro. A más de promoverlo, le he eliminado oscuridades, le he achicado frases. Mi hija Luisa Fernanda, a la que le regalé, hará unos años, un tomo de El Quijote, cuando leyó el primer capítulo, se llenó de asombro y confusión. “¿Este qué español es, papi? ¿Este es El Quijote?” “Parece portugués”.
—Exagerada la niñita.
—Tuve que hacerle las consabidas explicaciones que yo no tuve en mi adolescencia, para que ella prosiguiera conmigo la lectura. La siguiente reacción fue más favorable. Descubrió que El Quijote es un libro divertido. Señalaré que los títulos de los capítulos ayudan. Las ilustraciones son igualmente hermosas. ¿Alguna molestia?
—Eres un abusivo.
—Sigues puntilloso. Cada quien tiene derecho a hacer con el libro que le gusta lo que le viene en gana. Tú cumpliste con escribirlo como te salió. Uno lo lee y lo rescribe como quiera.
—No. No encuentro mal que hagas con él lo que quieras. Leerlo te da derecho a reescribirlo, a hacerlo contemporáneo. Cavilo, más bien, en las excusas que encuentras aún para justificar todos esos años de tu adolescencia que tardaste en leerme.
—Tengo mis limitaciones. Además, como sabrás, estaba el fútbol.
—Increíbles limitaciones que no te impedían leer a los griegos, al inglesito copietas de Stratford-on Avon y al incomprensible Kafka.
—El burro tiene prohibido decirle al puerco orejón. Fuiste el as de la parodia y los fusiles revestidos de homenajes. Están, asimismo, tus influencias no reconocidas y tus textos encriptados en El Quijote. Habría que hacerles muchos pies de páginas a tu libro.
—Yo homenajeé, parodié de una manera que no se prestara a dudas. Él, en cambio, tomó obras de otros, sin reconocerlo, aunque las mejoró en algo. Eso de textos encriptados es materia de especialistas y especuladores, que quieren volverme judío a don Quijote.
—Exageras en la opinión de tus cargos. Los griegos son irremplazables. El inglesito fusilador sigue siendo un gran poeta y un insuperable dramaturgo.
—Me encojo de hombros.
—El incomprensible Kafka fue un rendido admirador de tu obra y, ya que me toca decirlo, uno de tus grandes alumnos.
—Otro judío que me sale al frente.
—Su parábola sobre Sancho Panza es esclarecedora. Sancho es el verdadero Quijote. Es él quien se vuelve loco a causa de los libros de caballerías y quien sale a andar los campos. ¿La conoces?
—Es una posibilidad en la que no pensé, pero que está en mi libro.
—¿No lo pensaste, tú que lo pensaste todo?
—Acéptame que no lo pensé.
—Esta mañana de domingo el humor no te va.
—Es que la temperatura está para cocinar huevos.
—Estas aquí en esta banca y no estás, recibes el sol y no lo disfrutas y miras el mar leve que adorna el litoral y en tus ojos percibo una ciudad de fantasmas.
—Haz tu trabajo, que estoy habituado a los esquinazos de la fortuna.
—Lejana mi intención de hacerte sentir mal. Me niego a pensar que preferirías la esclavitud de Argel a los minutos de esta entrevista.
—Nada de eso. Esta ciudad es ideal para escribir. Su lentitud en medio de la inmensidad del paisaje es lo que muchos quisieran. Igual me llena de perplejidad, temor y curiosidad la vida que farfulla detrás de las puertas y que inicia al otro lado de las galerías. Tiene que haber en ellas más de un hidalgo de buena firma y un Quijote al acecho en esas heráldicas y linajudas casas de volados balcones.
—Esta entrevista debe proveer algunas noticias ciertas de tu vida. Me voy a permitir fastidiarte con un par de impertinencias más antes de irnos a mirar chicas de color en la playa.
—Preferiría algún bar de mala muerte, allá en el puerto. Allí podríamos echarnos unos guaros, escuchar música y jugar cartas. Ándate sin rodeos que la temperatura me vacía el caletre.
Sigo con la mirada su mirada, fija, que apuntala la imagen a la distancia del puerto, en un ángulo de la bahía, a nuestra derecha, contra los bajos peñascos en que muere frente a la costa la cadena montañosa que envuelve en un hemiciclo a la ciudad.
II
¿Soy, por ventura, el que fui
O nunca he sido el que soy?
La Galatea, Libro Quinto, Cervantes.
Golpea el mar en la bullosa playa. Entre las aguas calmas, el Morro tutela indiferente la entrada de la bahía. A la distancia semeja la vieja cabeza pétrea de un Dios olvidado. Es solo un promontorio batolito de tres caras irregulares en el que opera el Faro. En otros tiempos fue fortaleza, cárcel para revoltosos y la casa del vigía.
En los muelles del puerto hay atracados tres buques procedentes del otro lado del Atlántico, que en la víspera han cortado las míticas aguas que alguna vez vieron venir al Almirante. Alguna tarde de brisas un iluso y ambicioso adelantado, de pie en el castillo de un viejo galeón, avistó la costa, los cortos valles y la imponente cadena montañosa antes de arrimar a las lujuriosas playas. Alguien ha dicho, sin embargo, que no desembarcó para tomar posesión, a nombre de Dios y el Rey, de aquella tierra magnífica sino que lanzó sobre las arenas un par de mugrientos dados. Allí, sobre las marcas del azar, andando y andando el tiempo y en éste la trifulca, la maquinación, el odio y el decir de los hombres, dio en ser Santa Marta.
Una tarde, los viajeros que escribieron sobre la Santa Marta del siglo XIX monopolizaron nuestra charla: el sueco Gosselman, Eliseo Reclus y Pierre D’Espagnat. Admitió, siguiendo de cerca al utopista Reclus, que Santa Marta aún ofrece al visitante, a pesar de la marginal urbanización de los cerros circunvecinos, un paisaje exuberante, paradisíaco. Lamenta en cambio, sin mucha convicción, que haya escasa animación en las calles y no la vida agitada que habría que esperar de una ciudad de mar. “Hay un aire de dejadez inocultable”, anota. “Aquí hacen falta manos tesoneras y mentes abiertas que conduzcan la ciudad”.
Echábamos un anzuelo en un ángulo del muelle. Una veintena de niños, de oscuros pelambres y torsos relucientes, rescatan las monedas extranjeras que los marinos les lanzan desde las cubiertas de los buques. Remató sus impresiones con una declaración sorprendente: “Para ser un pueblo futbolero, ustedes tienen un equipo profesional mediocre”. Ese latigazo lo recibí pleno en mi corazón de hincha que no elude el estado de un club nuevamente amenazado de descenso, que cuenta con la mejor afición que quepa imaginar.
Miro a un costado del Camellón. A la derecha la monolítica actitud de Bastidas de bronce. Es el único monumento del paseo y los turistas no renuncian a sacarse al pie del mismo las consabidas fotos testimoniales de la visita a la ciudad. Un cuarto de siglo atrás una grúa del puerto levantó la estatua para enclavarla en un pedestal de piedra coralina.
Este y otros muchos temas menores, de la rutinaria vida de una pequeña ciudad portuaria y turística, los he abordado con un Cervantes curioso, atento, que a la manera de una cámara no se cansa de hacer registros, pareciera estar acumulando detalles, hechos e imágenes para alguna hipotética obra.
—Quiero volver sobre mi primera pregunta. Encuentro peregrina la idea de que hayas escrito El Quijote como burla de los libros de caballerías y en el plan de echarles vareta a tus enemigos literarios. ¿Es El Quijote un libro cifrado?
—No aventuraré una sola palabra sobre el punto. En rigor: todo libro es cifrado. Cada tiempo, según su saber y el saber que cree tener de los autores que lee, termina inventando los libros, encontrando lo que quiere.
—No hay inocencia en tu obra. El Quijote es un libro burlón, satírico, deliberadamente ampuloso, astutamente enrevesado, que no se contenta con la simple historia de un loquito chiflado, de su escudero sabio y de su metafísico rocín.
—Es momento de decir que sí, que me corroyó la envidia y el odio, y que al escribir mi disparate me propuse acabar con la literatura toda, al menos con la de mi parroquial país. España había dado, a pesar suyo, algunos libros y autores magníficos, aunque no del talante de los que Italia e Inglaterra habían parido.
—Esos reinos tenían sus Virgilios, Petrarcas, Danteses, Boccaccios, Ariostos, Chauceres. En mi propio tiempo, en Inglaterra, un solo hombre que apenas vivió un poco más de cincuenta años, Shakespeare, se propuso hacer de la literatura un juego nuevo. Yo, a cuento de malquererme con el uno, intrigar contra el otro, ir tras cargos de pacotilla, sufrir la muda crítica de mis obras o verlas eclipsadas por efímeros brillos, me volví viejo y enfermo sin honrar mi gloria y sin haberle dado provechoso uso a mi valiente pluma.
—Decidí, pues, cerrar los ojos, olvidarme de cargos y mujeres, y acometí, comiendo poco y pensando mucho, un libro que me dio pronto reconocimiento, aunque igual me trajo más querellas, ya que al tal Avellaneda, natural de Tordesillas, a quien en principio juzgué mal, se le dio por imitar a mi Caballero Asendereado, obligándome a un nuevo encierro y a un nuevo parto a las carreras: la Segunda Parte de El Quijote, que hoy entiendo como un error.
—En los mentideros literarios tenían otra opinión del tal Avellaneda. Hubo alguien que olfateó en El Quijote falso un ardid tuyo o de tus editores, antesala de la publicación de tu segunda parte.
—Juego mis cuartos al silencio.
—Dices que la segunda parte fue un error.
—No otra cosa es. En vez de escribirla, debí dedicarme a negociar los privilegios e impresiones de la primera parte.
—La encuentro superior.
—Es que es más artificiosa
—Y más satírica y cifrada. Un éxito rotundo que tampoco disfrutaste.
—Mis dolencias de viejo no me lo permitieron. Aunque quise alargar el aliento, el cielo tenía otro designio tomado. Apenas tuve tiempo de morirme hinchado como una vejiga de cerdo.
—En el arte del comercio Shakespeare mostró más ingenio.
—Es que su segunda profesión tal vez fue la de negociante.
—Te superó en muchos terrenos. Fuiste un poeta de calidad festiva y un dramaturgo sin la indiferente pasión que el drama exige. Solo que te bastó escribir en recia, astuta, hilarante y perdurable prosa El Quijote, para ser el escritor que eres.
—Alonso Quijano no habría tolerado tu franqueza y don Quijote hubiera desenfundado su brazo y retado a duelo.
—Ellos no me hubieran sufrido pero Sancho sí.
—Tal vez Sancho sea el Quijote verdadero.
—Acaso sea Cervantes…Ya que llegamos a Sancho, el exgobernante de la ínsula Barataria, quiero confesarte que siempre lo he encontrado ambicioso, taimado y algo letrado. Me agrada cuando confía en ser de los pocos hombres a quien Dios —el Dios de él y de todos los Panza— entendía sin tantas explicaciones.
—Es verdad que la soberbia lo tocó y admito que tuvo iluminadores instantes de bellaco. Hago constar que lo mantuve cortito del cabestro, solo que no bien me daba a examinar a don Quijote, a pensar las aflicciones suyas, Sancho se me escabullía, marchando por cuenta propia en la obra, lo cual no está mal. Él, que culpa cabe, supo publicitarse a las maravillas, al exponer al sol la malicia de su alma, la más de las veces cubierta bajo la gran capa de una simpleza natural, nunca artera. La idea del gobierno en la ínsula sacó a relucir un comprensible arribismo de pobre, el servicio a cargo de un amo loco de atar lo volvió diestro en la mentira, pero, ya en el cargo de gobernador, probó el rústico al administrar justicia una solvencia que muchos envidian.
—Me tienta el deseo de extraer alguna enseñanza del gobierno de Sancho y de citarme algunas de las advertencias que le hiciera el bachiller Sansón Carrasco cuando tu escudero soñaba con la gobernación que el muy ladino y paternal de don Quijote le ofreció.
—Te aconsejo no hacerlo, que es tarea de Gayotes y Pitavales.
—Me gustaría en cambio escuchar de tus labios una breve definición de Sancho.
—Uno que supo tomarse el pulso a sí mismo.
—Todos aceptan que don Quijote es el sueño de Quijano, un personaje alto en altanerías, estrecho en estrechez, rico en riqueza, y alguien que, muy cómodo en el papel de amo y señor del mundo, con razones y sin ellas, disfrutó tomándose el pelo.
—Conozco la tesis.
—A mí me cautivan sus silencios. Aunque perora sin cuento y expone razones y disculpas a sus fallidas aventuras, jamás permite que miremos en su mente, sellada a él mismo. La honestidad de su hermetismo lo torna misterioso.
—El universo mundo es y será porque don Quijote existe. Es un ganador, aunque fracasa aparentemente en la pretensión de transformar una realidad que lo ridiculiza, lo confronta, lo moteja de loco y le sigue el juego.
—Si la realidad le revira es porque la alcanza y la transforma.
—Él lo sabe y uno lo sospecha. O acaso uno lo sospecha y por eso él lo sabe.
—Evitaré decir que siendo tú el rey de los enredos graciosos te encuentro demasiado severo y metafísico en este pasaje.
—Metafísico encontró Babieca a Rocín en uno de los sonetos que escribí en la loa y prólogo de mi propia obra, ya que no tuve —y acaso no quise— quienes lo hicieran de buena gana y mejor entendimiento, pero, a diferencia de tan nunca del todo alabado caballo, no diré que estoy metafísico porque como poco, ya que en el estado en que hoy me encuentro, no preciso de alimentos, aunque sí de alguna compañía instruida en los andares de este tiempo que debo decir me aturde.
—El imposible rocín, andariego caballo. digno de figurar al lado de Bucéfalo, Babieca y Palomo. ¿Qué comía? Incansable animal.
—El hambre y la necesidad vuelven héroes a pobres y débiles.
—A esta altura es posible jugar a las identidades y suplantaciones. Trazo la obvia identidad entre Alonso Quijano y Cervantes.
—Es incontestable que yo quise ser Alonso Quijano, que Sancho me engatusó, que el bachiller Sansón Carrasco anduvo moviendo mis papeles, que tengo que conformarme con ser Miguel de Cervantes.
—Un Cervantes algo abusivo que siempre que quiso se metió de camuflado en su libro o actuó abiertamente. Estoy pensando no ya en las veces que suplantas a Sancho sino al propio don Quijote en el instructivo discurso de éste sobre las armas y las letras, capítulo en donde con el pretexto de dirimir la preeminencia de las primeras contra las segundas, el soldado y el escritor Cervantes sirven de maravillas la experiencia vivida.
—Inmoderado estuve en ello. Es un pecado que confieso.
—Como tendrás que admitir que, no conforme, acto seguido soltaste el disfraz de soldado-escritor para asumir en los capítulos siguientes el papel del soldado cautivo.
—Soy el Cautivo que aparece al final de la primera parte de mi obra. En él, vestí parte de mi experiencia de Argel.
—Son apreciables tus finas nostalgias de soldado.
—Muy a pesar de los arcabuzazos recibidos en pecho y mano.
—Eso me deja en el saber de que volverías a ser soldado en la felicísima jornada de Lepanto. Se me antoja fácil verte en las áridas costas de Argel.
—Estoy cierto en mi condena. Seré Cervantes. Autodidacta de las letras, prófugo de pilladas, doméstico en la Roma papal, soldado en el Mediterráneo Oriental, esclavo en Argel, escritor de comedias y entremeses extraviados, poeta de ocasión, funcionario de pacotilla, polemista, y el autor de El Quijote y de todos los plagios que quieran imputarme, que ya no me importa, que estoy curado de mis broncas.
—Gusta saber que Alonso Quijano, un invento de Miguel de Cervantes, es más importante. Ello obedece a que en realidad un autor se debe a sus ficciones, a que un personaje es el verdadero autor de su autor.
—La desdicha mía dispensa una respuesta silenciosa. Él es más importante de una manera esencial y yo de una manera protocolar. Fíjate en tu insistencia de entrevistarme a mí, cuando hubiese sido más atractivo agarrar de las golillas al astuto loquito de Quijano.
—Hago uso de una deliberada metonimia. Resulta igual tomar la camisa que la manga.
—No disputaré tu razón.
—Siento que a pesar de las insanas motivaciones de tu obra, la fortuna te ofreció la ironía, la parodia y la imitación y, por encima de todo, hiciste una apuesta a favor de los miles e imaginarios lectores que pudieran asomarse a las márgenes de tu libro con ánimo abierto.
—Sí, con El Quijote quise además de destruir la autoridad de los libros de caballerías en el gusto del vulgo, según escribí, burlarme de latines y sentencias, por lo que elegí un tema quizá vulgar, que nunca importó a los Aristóteles, los Basilios y los Cicerones, lo que me colocó en la ventaja de decir sin tener que citar a ninguna molesta autoridad o poner en plumas de ellos lo que no dijeron. Igual pretendí que la más variopinta familia de lectores no se quedase sin encontrar algo en mi obra. Por eso en el prólogo que me vi obligado a inventar, así como los poemas de encomio que urdí, digo que con el Quijote procuro que el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. Pero ello no lo hubiera avizorado si no me invento además un consejero, alguien, tal vez otro Cervantes, que me indicó cómo abordar un tema que bien definido en la sesera, no encontraba camino hacia los blancos pliegos.
—Apuesta que la fortuna apoyó, que se dice sencilla y es difícil de alcanzar.
—Es la única apuesta en donde la suerte me acompañó, aunque con algunas secuelas incómodas, como ya te he dicho, quizá porque niego que haya fama perfecta.
—Una de esas secuelas puso los ojos de la censura sobre tus libros. Hay quienes vieron en El Quijote una sátira del poder, una ridiculización de España y un velado ataque a las invisibles movidas de la Inquisición.
—De todo he visto y oído en la viña del señor. Hasta no faltó el ingenioso que leyó mi libro como una epopeya cristiana.
—¿Y qué piensas de tu libro?
—Que no estaría mal pensarlo como una cómica epopeya. Eso que el muy lúcido y lucido Menéndez y Pelayo adjetivó como de “breviario eterno de la risa y la sensatez”
—¿Sigues creyendo que Quijano o don Quijote fue, según dices, el más casto enamorado y el más valiente caballero que se vio en los contornos de tu época?
—Perdona mi grave sonrisa. Agregaré a lo que afirmas que él, a diferencia de su servidor, Miguel de Cervantes, no solo fue un enamorado de oídas, sino algo más, el afortunado que conoció el amor de Urganda la Desconocida.
—¿Aceptarían, pues, definir la historia de Alonso Quijano?
—Es la historia más sincera y seria que hubiera podido escribir mi genio cómico y satírico.
—La ficción es más real que la realidad.
—A regañadientes lo acepto. Soy un hombre de hechos, que, entre otras cosas, es la mejor manera de ser un hombre de ficción. Admito la preeminencia de don Quijote, que fue algo más que el loco que dio en el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo.
—Hamlet es cada vez más interesante que Shakespeare.
—Cristo terminó siendo más real que la anónima comunidad de judíos helenizados que lo inventó. Estoy de acuerdo con quienes peroran que la ficción mueve al mundo.
—Exacto.
—Hamlet, el imposible príncipe danés, es igualmente menos importante que la manoseada frase con la que la creación lo recuerda y lo recordará: ser o no ser.
—A mí, lo enfatizo, me interesa Cervantes.
—Eso lo tengo sabido.
—¿Qué opinión le merece a Miguel de Cervantes, Miguel de Cervantes?
—La que el Barbero de mi libro le expresa al Cura en la biblioteca del desdichado Alonso Quijano, cuando se entregan a la tarea de retirar de los estantes con destino a la hoguera los libros que chiflaron al dueño: Un hombre que fue más versado en desdichas que en versos. Alguien de buena invención, que en los libros propuso mucho, y no concluyó nada. Alguien que esperó con paciencia la aparición sobre él del espíritu de las letras.
—¿De qué manera volverías a ser un escritor de lengua castellana?
—En esa hipotética nueva oportunidad de vivir, escribiría un Quijote igual de extenso, aunque con menos diálogos y un lenguaje más breve. Emplearía menos retórica. Sería un Quijote de frases breves.
—La evolución del castellano actual hacia una lengua más breve, podría significar su muerte. Ya ha sucedido.
—Muere el hombre, muere Dios. ¿Por qué no habrán de morir los idiomas, las lenguas? Morir es volver a ser.
—Me dejas de un palmo, regocijado bajo este sol indómito.
—Es lo que estabas buscando escuchar.
—Luego entonces no estás cierto de tu declaración.
—No sé si el actual idioma nuestro marche a la muerte en el afán que le indico. Reconozco que si tenemos una lengua viva, laberíntica, indomable, es porque todavía es demasiado imperfecta, asaz joven.
—Mi hermano Cárul y yo, alguna vez en Ciénaga, escribimos el primer capítulo de El Quijote en forma de telegrama. Lo hacíamos con todos lo libros que nos gustaban: El Doctor Nativo, El Rey Lear, La Metamorfosis, El Viejo y el Mar, El Coronel no tiene quien le escriba. Te propongo la misma aventura. ¿Como sería en versión telegráfica el primer párrafo del Quijote?
—No sé si deba complacerte, pero como quiera que siempre promoví tomarme el pelo, da por hecho que haré lo que pides.
—Noto duda en tu voz.
—Es que no imagino una representación telegráfica del Rey Lear.
—A mi hermano se le ocurrió, una tarde de vacaciones, que hiciéramos de Sancho y don Quijote. Fingimos una pelea con caballitos y espadas de palos por toda la casa. Partimos un florero de murano en la refriega, y nuestra abuela, que hacía siesta, salió del cuarto y nos sacó a escobazos de la cocina, donde terminamos a las trompadas.
—¿Qué edad tenían?
—Catorce, quince años.
—Imagino que ganó Sancho.
—Imaginas mal. Perdimos ambos. Ese sábado mi abuela no nos dejó ir a cine. Presentaban películas de vaqueros.
—Una abuela severa. Vaya lío.
—Todos los escritores mentimos barato y con linda traza. Propongo por una vez un acto de mutua sinceridad.
—Trataré
—Harold Bloom, un profesor norteamericano, en El Canon Occidental, un libro brillantemente pretencioso, en las páginas dedicadas a tu obra, confiesa la imposibilidad de ubicarte en términos religiosos. Te encuentra algo camaleónico. No te siente católico y tampoco cristiano viejo o converso.
—Thomas Mann, en cambio, me encuentra sumamente cristiano en un texto sumamente aburrido que escribió sobre mí. Me mareé leyéndolo.
—Echando a un respetuoso lado el diario donde Mann se ocupa de ti durante una travesía oceánica que lo lleva a Nueva York, sospecho que Bloom tiene razón.
—La fe, debo indicar, ocupó poco espacio en mí. Pude ser lo uno o lo otro. Resolví, luego de algunas vueltas, ser un cauto libre-pensador creativo.
—Imagino que una forma de respeto y ecuanimidad.
—Jamás pensé si debía ser una cosa o la otra. Por ello no intervine ni bloqueé la conciencia de mis personajes. Don Quijote es, por lo menos, muy respetuoso de la Iglesia Católica. Muere entregado a ella. Sancho, más ancho de boca, aunque a lo mejor tan hermético como su amo y señor, enfatiza su catolicismo apostólico y romano y no duda en afrontar su odio hacia la judería toda.
—¿Pero Cervantes?
—Dejémoslo en un hombre justo.
—Bloom piensa además y consigue creerlo, que como todo gran escritor, libre de fanatismo y cauteloso de forma, forjaste un Quijote loco, ridículo, divertido, que te permitió estar fuera de sospecha de los poderes invisibles de la Inquisición.
—Válida sospecha.
—Mi pregunta va dirigida a saber si en ello seguiste la conducta de Leonardo, quien, maestro del disfraz y las apariencias, hizo y deshizo sin que la Iglesia le negara favores y encargos.
—Tus profesores de bachillerato se quejaron de tu manía de responder con preguntas sus preguntas y de proponer interrogantes cuyas respuestas conocías.
—Eso ratifica que fuiste un español de patria y cuerpo, un griego de espíritu y un italiano renacentista de alma.
—Andar un poco y leer otro tanto sirve. Tu definición hace de mí un conciliador.
—Estaba pensando en un partidario devoto de las proporciones.
—Aprender que ser valiente nada tiene que ver con la fanfarronería y sí mucho con una prudencia feroz.
—Prudencia feroz que ha dado a muchos resultados feraces.
—Nunca renuncié al arte y menos a la ciencia. Ejercí el uno y la otra de modo particular. Asumí, pues, la religión de la escritura y el conocimiento de la vida.
—Dicen por ahí que el árbol de la vida alimenta el arte y vacía la existencia.
—El arte que renuncia a la vida es vacío, pero la vida que renuncia al arte, vive un vacío sin retorno.
—¿Cervantes es producto del genio o de la porfía?
—Soy el producto del ingenio de otros e hijo legítimo de alguien que marchó muchas veces a oscuras más allá de sus propios límites. En esto soy el Quijote y Sancho a la vez.
—¿En verdad no escribiste El Quijote de Avellaneda?
—El misterio hace más interesante la vida. Agrego que es una polémica para historiadores. Tú y yo pertenecemos a otra caterva.
—Has ojeado mis libros.
—Es que hay que estar atentos a la competencia
—¿La competencia?
—No lo quise, pero todo el que escribe en nuestra lengua se enfrenta a la rocosa pared de mi Don Quijote o, por lo menos, a la ruidosa publicidad que sobre él existe.
—No lo había visto así. Me aprovisionaré de una buena trompeta que eche abajo esa rocosa propaganda.
—Te continúa habitando un muchacho pretencioso y jaquetón que no disimula su trastienda. Seré el primero en felicitar la caída del mundo de El Quijote. Quizá así vuelva a ser de nuevo Cervantes y pueda meterme a un garito a tentar la suerte o a una taberna a tomarme un trago sin que nadie me vea como un bicho raro.
—¿Siguen contándose entre tus libros preferidos los que le gustan al Barbero, al Cura y Alonso Quijano?
—No seré muy original esta vez. Afirmo que los libros de mis preferencias son los que busco leer y de los cuales tendré aproximaciones con cada lectura. Es la paradoja dichosa del lector. El día que encuentre lo que busca, que le satisfaga lo que encuentra, cesa, para. Añoro ser un lector eterno.
—Eso dijo Borges. Se sintió más lector que escritor.
—Y no se equivocó en su conjetura. Eso fue. Dichoso él. Me conmovió el día que recibió el Cervantes. Apretaba su bastón de ciego con nerviosismo. Postuló algunos chistes con su borroso compañero de butaca, tratando de pasar el chaparrón. Recibió el premio creo que más por amor a Quijano que por el mérito que pudiera encontrarle a su propia obra, vasta y breve.
—Es claro que hubieras querido ser alguien diferente a Cervantes y al consuelo de Alonso Quijano. ¿Algún líder religioso, algún soldado brillante, algún filósofo?
—Acaso me entusiasmó Salomón, sin su sabiduría, con sus miles de poemas escritos, pero sin la muchedumbre de esposas y concubinas que dicen tuvo. Me habría conformado siendo el marido de la reina de Sabas. Aquí, digo concluyendo, que el joven Alejandro me movió el alma, aunque no sé si me la tocó el Alejandro que entreví o el que me pintaron Plutarco, Arriano y otros más.
—Repites en el veleidoso poema “Urganda la Desconocida” que al osado lo favorece la fortuna.
—Cierto. “Al osa- favorece la for-”
—(Sonrío): ¿Algún consejo explícito con destino a quienes no sabemos intentar ser otra cosa que escritores?
—No mendigar sentencias de filósofos, consejos de la Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos y milagros de santos, sino procurar en todo tiempo escoger las palabras significantes y honestas, colocándolas de tal manera que el estilo fluya, sonoro, festivo, a tono con la intención personal que lo suscita, la verdad que desvela o la mentira que establece.
—¿Mantienes intacta tu animadversión hacia Lope de Vega?
—Soy, a pesar mío, el que fui. Se dice que no podemos huir del amor, las iras y los engaños. Mi antipatía hacia ese libidinoso retórico es uno de mis rasgos más humanos. No soy un Dios y, aunque entiendo de la comprensión, no siempre me visita la piedad. Alguna vez lo ensalcé y viví lo suficiente para arrepentirme y aumentar en mi pecho la ira.
—En él la libido coincidió con una producción literaria abundante.
—Sí. Es lo que tú llamarías un auténtico culeóptero. Alguien que siempre va a o viene de hacer el amor. Responsabilizo de esta tradición a Salomón, que por cada mujer que amó, escribió un poema.
—En muchos autores la obra corre paralela a la vida amorosa o amatoria. Hay toda una tribu.
—Quise ser la excepción sin iguales y acaso lo logré a medias. Quijano, el hidalgo, decidió armarse caballero asendereado, probar el valor de su brazo y agraciar a una dama que nunca tuvo. Yo no tuve ninguna dama a quién escribirle.
—Es una burla cruel. Borges quizá pensó igual. Prefirió amar a mujeres literarias y ser pudoroso y parco con las mujeres reales que la vida le puso a la mano.
—Una postura indigna. El amor produjo El Cantar de los cantares, Sonetos a Laura y la Divina Comedia. El amor hizo de Boccaccio un aventurero y un soberbio escritor. El amor igual sirvió de pretexto a los trovadores de Provenza, mítica región esa en la que hubiera querido vivir.
—El amor extravió y le dolió a muchos.
—El amor es un ángel imprevisible. Hay que aceptarlo mientras se tiene. Aconsejo no hacerse muchas ilusiones con él. Yo preferiré con perdón de los míos el amor a los libros, así me toque vivir la vida de Alonso Quijano.
—Mueres hidropésico. Una cruel enfermedad. ¿Es infame morir?
—Queremos demasiado el cuerpo y cultivamos poco el alma y la mente. Admito que no me preparé para vivir después de muerto. Ha sido un severo aprendizaje.
—¿Quisiste vivir más?
—Hipócrita sería negarlo. En esto fui poco español. Sigo rindiendo culto, con todo y mis neurastenias y denuestos, a la vida.
—Shakespeare murió, se dice, el mismo día que mueres tú. Habrá algo de mitología en esta coincidencia. Por lo demás es admirable la suficiencia del mundo, que se da el lujo de prescindir de dos hombres tan grandes en un mismo día, con algunas pocas horas de diferencia.
—El 23 de abril de 1616 estuve muy entretenido con mi muerte.
—Me cuesta imaginar que nunca hayan intercambiado unas palabras.
—Sé poco de él, no así de sus libros, que me he visto obligado a leer muchas veces.
—No lo leíste en vida.
—Estuve muy metido en mi obra. Apenas lo leí mal.
—El sí te leyó. ¿Qué obras suyas te gustan?
—Confesaré que Hamlet me perturba, que Macbeth es soberbia y La Tempestad alucinante, pero mi maduro cerebro declara que Noche de Reyes es la más exquisita obra de tu idolatrado Shakespeare. Es la menos original de sus creaciones pero en ella cada personaje vale el oro y la vida de las palabras que emplea.
—Una clásica comedia de enredo. Veo que haces una elección muy cervantina.
—Mi espíritu sigue siendo partidario del humor y las travesuras. Bueno que no se olvide que Shakespeare es hijo natural de la comedia italiana. Sin Italia él tampoco hubiera sido quien es.
—¿Seguirá aspirando a ser Cervantes?
—Ojalá pueda lograrlo alguna vez.
—Tú serías tal vez Shakespeare. Un círculo perfecto se cerraría.
—El día que el barquero me esperaba al pie de la famosa laguna, él estaba allí, mirando las aguas o la noche, que no hay manera de distinguir las unas de la otra, muy isabelino, impasible. Al sentirme llegar me miró de soslayo, entró a la barca, en la que tomó sitio.
—¿Qué impresión te dio?
—La de un hombre que prefirió morir al principio de la vejez. Entero. Lúcido.
—¿Nada más sucedió?
—Sin alarmas expresó que el viaje tardó un siglo o un instante. No hubo palabras entre nosotros, cada quien, a su modo, se concentró en lo suyo. Yo me dediqué a corregir la frase de un libro con el que me quedé en la cabeza. Lo sentí cerrar los ojos, hundir la barbilla contra el pecho, apoyar los codos en las piernas. En principio lo oí rezar, pero luego, afinando el oído, caí en la cuenta de que marcaba con los labios un soneto. La barca se detuvo. Una ligera brisa sopló de tierra firme. Bajamos. Alguien, provisto de una tea, se encargó de él. Ascendió en silencio un barranco. Acaso volteó una vez cerciorándose de que yo era conducido en otra dirección. Lo perdí en la sombra, el humo y el sueño de la hondonada. Yo tomé hacia la derecha.
—Cuatro siglos cumple El Quijote. Mi madre se hubiera rebelado contra tamaña idolatría. No les hubiera permitido a don Quijote y su séquito poner un pie en el sardinel de la terraza. Me imagino oírla: “¿Este es otro que se las tiró de loco para pasar buena vida?”
—Ella tiene razón, pero nadie, ni siquiera yo podré impedir que cumpla años y lo celebren como un hito del universo. Cumplirá quinientos, seiscientos, setecientos años…. Ignoro cuántos aguantará. Me consuela saber que aún sus verdaderos lectores no han nacido. Tal vez sea necesario que cada generación lo actualice o lo combata.
—Admitirás que la vida es corta y el arte largo.
—Ya se ha dicho.
—Morimos sin aprender.
—El hombre va a tener que aprender a vivir más de 300 años.
— Ahora quiero que hablemos de Borges, si no lo encuentras mal.
—Me imagino que traes el tema de Pierre Menard, autor del Quijote.
—Borges imagina a Menard como un poeta simbolista francés, que encara el proyecto de escribir a principios del siglo XX, El Quijote, letra a letra, palabra por palabra.
—Comparto lo que piensan los dos, que es más arduo escribir un libro que ya está escrito que concebir uno nuevo. Menard no quiso escribir un nuevo Quijote sino el Quijote, el mío.
—Se nos dice en el texto que Menard no escribió todo el libro, sino apenas unos pocos capítulos,el noveno yel trigésimo octavo de la Primera Parte y un fragmento del veintidós.
—El noveno es aquel en donde el narrador descubre que la aventura que se está leyendo es de un tal Cide Hamete, historiador arábigo. El azar quiere que bajo la forma de un cartapacio el libro llegue a Alcaná de Toledo, en donde un muchacho lo vende al narrador, quien contrata a un moro casual que emplea un mes y medio en la traducción de la historia de don Quijote.
—El azar. Un bello eufemismo.
—Existe incluso en la ficción.
—Tiene sus ironías ese artificioso capítulo noveno. El narrador adquiere el cartapacio por un real y contrata la traducción con el moro por dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo.
—Un vulgar trueque.
—Afortunado trueque.
—El capítulo trigésimo octavo es el famoso discurso de las armas y las letras, que el soldado que hay en mí defiende a favor de las primeras.
—Es la manera que escoges de expresar tu partido por las letras.
—Pero no por los letrados.
—En eso de decir lo contrario a lo que creías fuiste un experto. En ello Menard y Borges mostraron ser buenos hijos tuyos.
—Quiero pensar que no. Que yo siempre dije las cosas directas y al derecho: sin entuertos.
—Se enfatiza en el texto de Borges que los borradores manuscritos en que Menard plasmó su extravagancia, o su dislate, los dio al fuego, los rompió. Estimaba que toda obra intelectual es inútil y que, se quiera o no, termina siendo motivo de brindis patrióticos y de obscenas ediciones de lujo. Advertido de otros espléndidos fracasos sabía que la gloria es una incomprensión y quizá la peor. Se le quiere hacer creer al lector que Menard prefiere el olvido de su empresa, que Borges —o el narrador— cataloga de la más significativa de su tiempo.
—Me constan sus afanes de aprender el español del siglo XVII y de sentir y pensar como un hombre de mi siglo, pero era un hombre del siglo XX. Siendo francés y algo más que moderno, el orgullo galo no le permitió ser un tal Miguel de Cervantes, un autor fracasado de cierta manera, muy a pesar de la gloria de su Quijote.
—Precisamente, la condición de ser un francés del siglo XX hace que su Quijote, aunque emplee las mismas palabras y cláusulas que el tuyo, sea diferente. Borges o el narrador del cuento lo prueba con un solo ejemplo, aquel fragmento en donde tú alabas la historia y que Menard escribe igual, pero con connotaciones distintas.
—El bueno de Borges —que me recuerda mucho a Alonso Quijano— ve en mis palabras una alabanza retórica de la Historia, mientras que esas mismas palabras pensadas y escritas por Menard descubren la historia como una ciencia subjetiva, en tanto no es lo que sucede en sí, sino lo que se juzga como sucedido.
—Supongo que él tiene razón. Encuentro normal que uno lea Don Quijote como la historia de un anacrónico personaje del siglo XVII y lo piense y lo sienta como un personaje del futuro, alguien que tendrá su oportunidad.
—Menard estaba empecinado en pensar y escribir la obra como lo hice yo, pero su siglo se impuso, haciendo que su Quijote sea distinto y que él, Menard o Borges, sea el autor de mi Quijote.
—¿Compartes que Menard haya dado al fuego y a la caneca de la basura su Quijote?
—El Quijote de Menard es una obra concebida para ser leída solo por Borges, pero basta que haya un solo lector para que perdure, aunque ya no tenga soporte físico.
—Eso al menos nos quieren hacer ver.
—Su destrucción es un acto inútil.
—Es un truco. Menard, se nos dice, hacía todo lo contrario a lo que sentía y creía. Destruir, pues, su libro, sería su forma de entregarlo a la divulgación.
—Están sus cartas al narrador, las cuales permiten elucidar el proyecto de semejante libro.
—Igual el narrador incurre en la infidencia de sacar a Menard de su anonimato, de traerlo de este lado del volumen.
—Quizá Borges pensó en la historia de Kafka, que antes de morir le prohibió a su amigo y albacea Max Brod, que diera a la imprenta sus obras inéditas.
—Lo desobedeció o más bien cumplió su íntimo deseo de verlas impresas. Kafka apenas sí había publicado algo y a partir de la edición de sus obras póstumas, la literatura volvió a cambiar.
—Es posible que El Quijote ya no sea como lo pensé y escribí.
—Estamos comenzando a descubrirlo y a descubrirte. Mi incomodidad con El Quijote es que, a todo tiro, ando viendo trampas tuyas, de las que me defiendo leyendo al derecho y pensando al revés lo que dices. Por eso nunca he creído en la locura de Quijano ni en la muerte de don Quijote.
—Eso se llama ser un lector perspicaz. ¿Entonces no crees en la muerte de don Quijote?
—Un amigo, poeta él, rechaza el final. Es indigno, cree, matar a don Quijote de una gripa o una fiebrecilla.
—Es la gracia del cuento o mi burla. Además, si lo miras bien, de algo hay que morir. Desgraciado aquel que muere sin causa.
—El ineludible Borges, en un artículo que acaso él haya escrito, se empeña en defender el fin que le das a la historia. Sospecho que buen lector de Cervantes y discípulo sin par de Alonso Quijano, quiere en verdad decir lo contrario, que no te cree el final y que sabe que ese fue otro ardid tuyo. El encuentra lógica la vuelta a la cordura de Quijano.
—Diré en su defensa o su condena que se nota muy seguro y altivo en su porfiado y donoso escrito.
—Niego que Alonso Quijano recupere la cordura. Es que no se recupera algo que no se ha perdido.
—¿Qué final sugieres?
—Sugiero terminar el libro en el capítulo setenta y tres, donde don Quijote regresa a casa y le pide a ama y sobrina que lo lleven al cuarto porque se siente malo.
—Un final inconcluso, ambiguo, literario, y yo quise uno real, simple, sin alardes.
—Mi amigo, el poeta Javier Moscarella, teme que, al desechar un final abierto, Cervantes quiso cerrarles las puertas a los Avellanedas, para que muerto el héroe, nadie viniera con nuevas partes de las aventuras del indómito caballero.
—Acaso una mezquindad mía.
—Inútil intento, porque la muerte del héroe no tiene que ser el fin del libro o de su vida ficticia.
—Consiento en ello
—Pueden escribirse otras aventuras que no llegaron a ti, que el ubicuo Cide Hamete desechó o que el traductor de Cide Hamete eludió. O las mismas como hizo Menard. Allí te salió al paso el hombre Cervantes en detrimento del Cervantes escritor.
—Me defenderé aceptando una posible equivocación, pero el libro es el que escribí y Menard quiso escribir.
—Regresando a Menard, me he puesto a cavilar en la razón que tuvo para escoger solo esos tres capítulos.
—¿Es que acaso quiere decirnos que ellos por sí valen más que el resto de El Quijote o, al revés, que los tres pueden eliminarse?
—Quisiera creer que ellos valen por todo El Quijote. En el noveno, uno se entera de que la aventura de don Quijote ya está escrita y no sucede en el momento en que el narrador la presenta. El trigésimo octavo insiste en la doble faceta de escritor y soldado que nunca abandonó a Cervantes, que viene a ser como el fondo épico del libro. El veintidós vuelve a un tema querido de Cervantes: el de la esclavitud que debe combatirse.
—Si Menard hubiese tomado otros capítulos estaríamos intentando entender el derecho de dicha exclusión.
—El veintidós pudiera ser una autobiografía soterrada, burlesca, una manera de enfrentar el éxito del héroe. Alguno diría que es una prefiguración de los capítulos en donde entra en acción el Cautivo.
—El héroe salva a los galeotes de su destino de las galeras y éstos no solo se niegan a ir a postrarse delante de Dulcinea del Toboso, como les pide don Quijote, sino que la emprenden a pedradas contra el rabioso caballero y su escudero.
—Es un texto subterráneo.
—Solo falta que me digas que Ginés de Pasamonte, uno de los hombres que don Quijote libera en esa aventura del capítulo veintidós, es otro doble mío.
—Me ahorras palabras. Es autor de un libro autobiográfico de orden picaresco y, al igual que tú, conoce las galeras y las prisiones. Es tan peligroso que lo llevan muy cargado de grillos y cadenas. Sucedió contigo en Argel: te fugabas con mucha facilidad.
—Nada más tengo que decir y creo que tampoco hay más que saber. Solo reconoceré que ese tal Ginesillo o Geniecillo, que tan bien se burló de don Quijote, me resultó un hombre hábil.
—Y desdichado, porque como él mismo lo admite, las desdichas persiguen al hombre ingenioso.
—Desdichado yo, ahora, que llevo la pinta de ser no el autor de El Quijote, sino un miembro más de esa multitudinaria nación llamada el cervantismo.
—¿El mundo puede vivir sin El Quijote?
—El soldado Cervantes cree que sí. El cuento es que el universo mundo es caprichoso. Finge que El Quijote es inevitable.
—¿Y Cervantes?
—Intentaría olvidarme que lo escribí.
—Te invito a salvar una frase de El Quijote. Una sola que sea a su vez el libro todo.
—La tengo. Soy don Quijote, deshacedor de entuertos y defensor de las letras.
—¿Será que tenemos derecho a algunas palabras más con las que cerrar esta dilatada conversación?
—Escoge. Hay de donde hacerlo.
—Quiero que seas tú el que diga algo grato, afortunado, entre las delicias que se dicen de tu libro.
—Diré algo que no obstante ser una frase literaria, de efecto, tiene el indudable poder de la verdad poética. Es del poeta Luis Rosales. Tú la sabes. El ha dicho que don Quijote “no pertenece a tiempo alguno: pertenece al futuro”, que identifica con la libertad. Es un elogio que me trama, porque eso fue lo que quise ser: un hombre libre de creer, libre de pensar, libre de actuar y libre de escribir. No quise más.
—Veo que no tengo nada que agradecer a tu paciencia.
—Sabes que no. Entre escritores no valen gracias ni cumplidos. Más bien invítame a una cerveza. Algo convenible si pretendo sobrevivir al infierno del mediodía, que según observo se forma allá arriba, tras las montañas de esta ciudad.
—No hay en la tierra, conforme a mi parecer, contento que se iguale al alcanzar la libertad perdida.
Se levanta de la banca. Me mira de soslayo antes de contestar:
—Son mis palabras. Las firmo.
Me preside en el camino. Me quedo un tanto atrás, cerca de las escalinatas de piedra del paseo o camellón donde nos citamos, sabiendo a mis espaldas un mar que no necesito verificar ni en su color ni en su suave golpear frente a la herradura de esa ciudad indiferente, mansa, que huye del sol canicular.
El personaje que se aleja, que atraviesa la avenida, que aborda el sardinel del parque consagrado a otro hombre incomprendido, el libertador Bolívar, no es un hombre exterminado, sino alguien que aprendió, muy a pesar suyo, que la libertad no se compra con todo el oro del mundo, como escribió en alguna fábula Esopo, y que comparte lo que afirmó Ovidio... “Mientras seas feliz contarás con muchos amigos, pero si el tiempo se nubla, estarás solo.”
Lo dejo ir, marchar, sin priesa, a fin de que por sí solo, haga, según corresponde, el descubrimiento de esta ciudad, porque, como él lo cree y los doctos lo aseguran, la autoridad más lícita es aquella que surge del contacto persuasivo con el mundo.
En el radio de un vendedor cercano, escucho la hora: 12: 42 p. m., y luego sigo las primeras notas de una canción: Anacaona. Subo al bus de ruta, que me llevará, en diez o quince minutos, de regreso a la terraza de mi casa, bajo un árbol de olivo.
Vuelvo a la realidad. Ayer murió el Papa Juan Pablo II. Se habla en el bus aún de su administrada agonía vaticana y del cónclave a iniciarse en la siguiente semana a las estrictas exequias del carismático pontífice, a quien muchos católicos convencidos lloran de verdad y muchos otros porque conviene hacerlo o dejarse contagiar.
Alguien, en el fondo de la buseta, le recuerda a un compañero de asiento, que hoy juega el Unión con el Tolima. Verifico que faltan menos de tres horas para que me vea, como otros domingos ociosos, en las gradas de sol del estadio, solo, en medio de la multitud que, según los vaivenes del juego, maldice, delira y vuelve a maldecir la suerte de la divisa samaria, pero que fiel a una rutina de años no deja de aparecer en el estadio, exhibiendo un empeño inconmovible, una porfía heroica. Son caras, voces, colores que, tras el vaso de guarapo de corozo, tras la morcilla dulce que las manos llevan a las bocas en los intermedios, tras los saltos que alimentan los goles fallidos, me son ya demasiado familiares.
Le doy banda al poema que hará algunos años, Javier Moscarella le escribió a Alonso Quijano, una veintena de versos con los que agradece y homenajea dos de sus más hondas pasiones junto al ajedrez que ya no juega, sino que solo imagina: el bolero y El Quijote, libro que, me consta, lee como un humilde cristiano que no está en paz con el universo si no consulta, en silencio, en apartado lugar, algún versículo del Nuevo Testamento.
El bolero de Alonso Quijano
Tuvo que existir Castilla,
Amadís de Gaula y una larga
Primavera esperando las rosas
Para que Alonso Quijano descubriera
Más allá de los libros
La más antigua de las metáforas.
Desde entonces tornó a la lanza,
A los bandidos y demonios,
A las ventas y reinos insulares,
Y conoció la ingratitud,
La única de las artes que los hombres
Les enseñaron a los dioses.
Los poetas de su tiempo midieron
Con las rimas el tamaño de su amor.
Mas para su desgracia a Cervantes
Le gustó la misma doncella,
Envidió su bien ganada fama,
Se cansó de su gloria.
Derrotado por la vida
Dio un viraje al rumbo de los sueños
Y convirtió al otoñal caballero
En un ganador sin victorias.
El poema nunca lo ha publicado y, como a mí me lo regaló en la hojita que lo consignó, hago el uso que al fin merece, invocándolo en este momento.
Tengo un último pensamiento que alcanza al manoseado Cervantes en una esquina antigua: cansado de espaldas, caído de párpados, afilado de ánimo, mediano de estatura, lleva la única mano buena que tiene a las incultas barbas. Acaso reconozca que la soledad que lo acompaña es más fuerte que las intenciones de su brazo y que no habrá de encontrar como don Quijote alivio en el sosiego.
Sobra toda cala y cata: el rabioso ciudadano de las letras no me necesita. Él sabe arreglárselas solo como a un escritor toca.
Santa Marta, 3 de abril de 2005.
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© Clinton Ramírez
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 22
Julio-Agosto-Septiembre de 2005
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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