ESTADO DE LA CRÍTICA Y LA HISTORIA LITERARIA
EN EL CARIBE COLOMBIANO

ARIEL CASTILLO MIER
facasil@metrotel.net.co
Universidad del Atlántico

1. LOS ESTUDIOS LITERARIOS

El estudio racional, sistemático e integrado de la literatura como un orden simultáneo en el que las obras nuevas al ingresar reordenan el conjunto y modifican sus relaciones, comprende tres disciplinas en continuo diálogo que se implican y se complementan: la teoría, la crítica y la historia literaria [1], las cuales deben abarcar los factores que intervienen en el proceso de la comunicación literaria: autor, obra, contexto y lector.

La historia literaria ordena en periodos las obras como parte de un proceso histórico; la teoría literaria estudia las definiciones y conceptos que fundamentan la literatura en tanto que actividad intelectual creadora; y la crítica literaria aplica la teoría al estudio de las obras concretas, en un proceso permanente de interacción entre el texto literario y sus lectores. Para Octavio Paz,

la crítica provee ese mundo de ideas que, al desplegarse, crea un espacio intelectual: el ámbito de una obra, la resonancia que la prolonga o la contradice. Ese espacio es el lugar de encuentro entre las obras, la posibilidad de diálogo entre ellas. La crítica es lo que constituye eso que llamamos una literatura y que no es tanto la suma de las obras como el sistema de sus relaciones: un campo de afinidades y oposiciones [2].

Para llegar a la historia literaria es preciso transitar por la crítica y la teoría, es decir, partir del estudio particular de las obras, con base en el sistema de conceptos que establece la teoría. La teoría literaria no se concibe sino a partir del estudio de las obras literarias: de allí surgen las generalizaciones,  los criterios, las categorías, los puntos de referencia y los principios para describir las obras, evaluarlas, ponerlas en relación, ordenarlas en conjuntos, establecer semejanzas y diferencias y otorgarles sentido. Para cotejar y valorar las obras, el crítico, a su vez, necesita el conocimiento de la evolución de la literatura, la tradición que subyace a toda creación, si no, le será imposible establecer la originalidad de una obra.

Mientras la historia literaria se propone el estudio y la explicación de las transformaciones experimentadas en el tiempo por la estructura de las obras literarias, la crítica escoge, lee, comprende, interpreta, analiza, clasifica y enjuicia las obras literarias. Tanto la historia como la crítica se apoyan en los fundamentos y paradigmas que les ofrece la teoría que, a su vez abarca, la teoría de la historia y de la crítica literaria, los modelos de análisis y los sistemas de interpretación. La crítica, con frecuencia, se apoya en otras áreas de las ciencias humanas como la historia, la sociología, la sicología, la antropología, la lingüística, en su empeño por ampliar la significación del texto y establecer su conexión con la realidad (los vestigios biográficos del autor, los conflictos ideológicos y políticos, las imágenes sociales, las relaciones con el campo intelectual y el poder, etc.).

2. BREVE HISTORIA DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS EN EL CARIBE COLOMBIANO: INVESTIGADORES E INVESTIGACIONES QUE HAN DEJADO HUELLA

Entre nosotros la actividad reflexiva en torno a la literatura se ha dado de manera individual, dispersa e independiente, sin orden ni planificación, y ha estado por debajo de la gran producción creativa. Es innegable que hay investigación: lo que no hay es tradición investigativa. No obstante, los escasos aportes aislados han sido en gran medida desconocidos por el resto del país.

Se dan dos tipos de acercamiento: el periodístico y el académico. En el primero, de difusión masiva, se incluye, con frecuencia, el de los propios escritores —Víctor Manuel García Herreros, Jorge Artel, Héctor Rojas Herazo, Gabriel García Márquez, Néstor Madrid Malo, Germán Espinoza, Alberto Duque López, Álvaro Medina, Roberto Burgos Cantor, Ramón Bacca, Roberto Montes Mathieu, José Luis Garcés, Guillermo Tedio, Jorge García Usta, Rómulo Bustos, Pedro Badrán, Gabriel Ferrer—, que cumplen la labor de críticos practicantes, tratando de llenar el vacío dejado por la casi total ausencia de la crítica profesional. La aproximación periodística se da básicamente al nivel de la reseña o la crónica y tiende al impresionismo y lo anecdótico. El segundo acercamiento, mucho más reciente, el de los profesores universitarios posgraduados, se difunde en las revistas especializadas, y se caracteriza por el apego a los teóricos extranjeros y el lenguaje técnico y apantallante.

De las tres áreas hay una que no alcanza aún ningún desarrollo, al igual que en el resto del país y en gran parte de Hispanoamérica: la teoría. Si bien en 1859, Manuel María Madiedo encabezó la publicación de sus Poemas con un “Tratado de métrica”, éste no es más que una vulgarización de los trabajos al uso en su momento [3].

2.1 FERNANDO DE LA VEGA (1891-1952)

La actividad crítica ejercida de manera constante tiene su antecedente más remoto en el cartagenero Fernando de la Vega [4]. Sorprende que pese a su edición por el Instituto Caro y Cuervo, su obra haya sido ignorada por los estudiosos de la crítica literaria colombiana [5]. Pocos críticos en Colombia presentan una dedicación tan asidua a su trabajo, la misma que se pone de manifiesto en los sucesivos libros que fueron apareciendo con cierta regularidad entre 1919 y 1937. De la Vega se inscribe en una tradición muy colombiana: católica, conservadora, clasicista y castiza. Aunque su campo crítico es amplio y abarca la literatura española, la hispanoamericana y la colombiana, abordó con cierta continuidad, la obra de varios escritores caribeños: José Fernández Madrid, Juan García del Río, Manuel María Madiedo, Candelario Obeso, Joaquín Pablo Posada, Diógenes Arrieta, Rafael Núñez, Luis Carlos López, Leopoldo de la Rosa, Miguel Rasch Isla y Camilo Delgado. De la Vega supo conciliar su tendencia hispanista con su pasión americana.

Seguidor de los colombianos Miguel Antonio Caro y Antonio Gómez Restrepo y de los peninsulares Julio Cejador, Marcelino Menéndez y Pelayo, Ramón Menéndez Pidal y Juan Valera, su trabajo crítico se apoya en una formación neoclásica que no le impide abrirse a las nuevas manifestaciones que ofrecía el modernismo. Su marco de referencia constante eran los clásicos griegos, latinos y españoles [6], pero no descuidaba la relación con las circunstancias históricas y biográficas. Sus criterios valorativos principales eran el buen gusto, los vuelos de la imaginación, los  procedimientos literarios, el estro, el sentido de la medida, la pulcritud y la corrección [7].

No obstante, a tales criterios supo añadir uno de clara estirpe romántica: el nacionalismo, lo que llamaba “el mérito imponderable de traducir al arte un tema criollo, el cumplimiento y realización de una literatura nuestra” como lo habían ejemplificado Andrés Bello y Esteban Echeverría, “el de entender la poesía de su tierra y palpitar al unísono con la patria”  [8].

Había en sus trabajos críticos y en sus conferencias una preocupación por la pulcritud y la riqueza en el lenguaje, que adornaba con giros y palabras añejas, y una pertinaz preocupación por agradar a través de digresiones anecdóticas en las que insertaba uno que otro chisme o chiste o destello irónico. Así, hablando de la poesía de Max Grillo, no dudaba en internarse por los vericuetos vergonzosos de su vida militar: “no se distinguió en los combates por la varonía y entereza” (p. 154). Al referirse a la erudición griega de Víctor M. Londoño postulaba: “Si le leyese alguien sin saber que nació en Colombia, le tomaría por un artista helénico, trasladado prodigiosamente a nuestra lengua”. Pero, líneas después, acotaba: “Escasísimamente sabrá latín y griego” (p. 149)

Aunque reconoce su vanidad de costeño, al referirse a los autores del Caribe colombiano, De la Vega procura alcanzar la objetividad, no dejarse llevar por la emoción de la patria chica. Así, al referirse al poema “Al Magdalena” de Manuel María Madiedo, señala:

Manuel María Madiedo, hijo clarísimo de esta ciudad, pero opaco versificador, sintió caldeársele el numen a la vista de nuestro histórico río, y lo pintó con sencilla y noble entonación. Algunas de esas estrofas las elogió don Juan Valera en sus Cartas Americanas, y del repertorio rimado de Madiedo será lo que le sobreviva con mediano decoro (p. 157).

Desconfiado de la poesía proselitista, de las “composiciones hechas con criterio sistemático de propaganda, inspiradas en un espíritu intransigente de secta” (p.70), Fernando de la Vega, al examinar la obra poética de Diógenes Arrieta, plantea que “es algo docente y trascendentalista; se apoya en la rima como más útil partido de propaganda, y para llegar a inteligencias modestas que no comprenderían de fijo el lenguaje seco y desnudo de la disquisición científica. ¿Está destinada la poesía a enriquecer, a doctrinar y a dirigir las mentes?” (p.63). Sin embargo, pese a que fue un fervoroso admirador de Rafael Núñez, su fanatismo se interrumpe al compararlo, en el oficio poético, con Diógenes:

El poeta nuestro con quien denota alguna semejanza es Rafael Núñez; pero Arrieta le saca ventaja en una fantasía más lúcida y pintoresca y en el aliño de la ejecución. También le gana en una cópula más armónica del fondo y de la forma. Las doctrinas que difunde, harto absolutas y radicales, han decaído bastante de su auge primero, y ya no provocan entusiasmo tan unánime como antaño (p. 70).

En relación con la poesía de Luis Carlos López, a la que a regañadientes aceptó, no dejó, sin embargo, de formularle algunos reproches que se adelantan a los de la crítica posterior, en particular, la de Rafael Gutiérrez Girardot  [9]:

Luis Carlos López más que un poeta, un caricaturista de la poesía, aventaja (a Julio Flórez y a Valencia) en la nota nueva, en agudeza y en rasgos jocoserios. (p.105). Su tecnicismo peca de estrafalario, y esta circunstancia provoca hilaridad; y si bien a nadie se le esconde su rudeza de expresión, todos acaban por rendirse a su ingenio peregrino. Lo característica de él es su risa; la dicha principal de este vate desenfadado radica en poder reír y burlarse de la estulticia humana. Su salud espiritual se la debe a los tontos de capirote. Se moriría de fastidio y de dolor… si no existieran (p.109).

2.2 RAMÓN VINYES (1882-1952)

Desde diversas tribunas, Voces, Caminos, La Nación, El Heraldo, El Mundo y Crónica, a partir de la segunda década del siglo pasado, se inicia el magisterio crítico del catalán Ramón Vinyes, a cuya cosmopolita labor difusora y de apertura mental debe no poco la literatura colombiana contemporánea. Aunque es posible que su influjo mayor sobre los escritores en ciernes se diese de manera oral, en la calidez de las tertulias diarias, y si bien en sus textos para la prensa se concentró fundamentalmente en el acontecer literario universal, hispanoamericano y colombiano, fue registrando asimismo, y con mayor atención a la contemporaneidad que Fernando de la Vega, su recepción de la producción literaria regional —Candelario Obeso, Víctor Manuel García Herreros, Gregorio Castañeda Aragón, Jorge Artel, Fernando de Andreis, Alfonso Alfaro Alfaro y Meira Delmar— en notas sintéticas y fragmentarias que aún conservan la frescura del estilo y el humor zumbón con el que solía jugar cuando el material estudiado no daba para mucho [10]. Desde la sombra, en Voces, Vinyes impartió su lección crítica del constante cuestionamiento de los valores establecidos y la demolición de las estatuas de algunas figuras consagradas como Antonio Gómez Restrepo:

Se ha dicho, en todos los tonos, que Dn. Antonio Gómez Restrepo empuña el cetro de la crítica colombiana. A nosotros nos pasma un crítico incomprensivo y con capilla abierta a un solo culto.
Si es necesario el eclecticismo en alguien, es en el crítico. Un crítico ha de saber encontrar la belleza donde se halla; hálese envuelta en velos, hállese desnuda; vista la estameña rústica o la seda cortesana; hállese en las vaguedades del modernismo o en las precisiones de la escuela clásica.

Haber escrito cien artículos de crítica, sobre críticas ya hechas, de clásicos españoles; haberse prodigado en discursos y conferencias, ser autor de una discutible fantasía en un acto, no da derecho al título de príncipe de la crítica colombiana.

Para serlo se necesita juventud espiritual; poder otear, entre el viento revuelto, todos los horizontes… No la vejez que se recluye en casa y no permite ver más que la estrecha calleja de enfrente, aun resguardándose, ara no acatarrarse, tras los cristales de la ventana [11].
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2.3 VÍCTOR MANUEL GARCÍA HERREROS (1894-1950)

Contemporáneo de Ramón Vinyes, ignorado también en los diversos censos de la crítica literaria en Colombia, el cuentista y poeta cartagenero Víctor Manuel García Herreros (1894-1950), director de la revista Caminos, desarrolló también una valiosa labor como traductor y crítico. Al lado de su cuentística, que exige una reedición, cabe destacar un texto crítico de García Herreros “Las letras en Colombia” [12], que constituye, sin duda, un antecedente, tanto por su carácter iconoclasta como por su agudo sentido del humor, del ensayo de García Márquez, “La literatura colombiana, un fraude a la nación”.

Pocas veces en la crítica literaria colombiana, tan dada a la apología agigantada, al disimulo descarado, al bordado bobalicón de palabras primorosas y huecas, al eufemismo eufónico [13], se ha pronunciado una voz crítica tan contundente y argumentada como la de García Herreros, aunque nada prueba que haya sido escuchado.

Al comienzo de su ensayo, García Herreros (1925: 115) caracteriza de manera cáustica la medianía de la literatura colombiana, copiosa pero de poca calidad, por la falta de oficio de sus escritores:

De los americanos de habla española, Colombia es el país que más escribe. Pero no interesa y admira la abundancia, sino la calidad de la producción.

Las actividades humanas, la complicada, inteligente, la fácil, mecánica, exigen estudios previos. Sólo el ejercicio del arte de escribir se cumple en Colombia sin preparación. Para todos, escribir es decir. Al deseoso de medrar, nada tan pronto, tan holgado. Tomar la pluma, convertirse en escritor.

Se explica uno la profusión de artículos anodinos, de editoriales atiborrados de lugares comunes, embutidos de metáforas deslucidas, haraposas. La nave del Estado, el edificio de la República, las sendas del progreso…

Se explica uno que nuestras Revistas literarias se colmen de versos a la amada insensible.

Más adelante, García Herreros, tras un breve repaso por los movimientos poéticos europeos desde el romanticismo hasta el superrealismo, señala el carácter anacrónico de la sensibilidad poética nacional, su parálisis emotiva y eterna en la estación del pasado:

Seamos francos.

Estamos detenidos aún en el romanticismo antiguo, el de los mediocres imitadores de Rousseau.

Lo bello nace de las creaciones del hombre y de la naturaleza. En Colombia permanecemos en la segunda, apreciada con los ojos de Jorge Isaacs versificador de nuestros primeros poetas. Estamos aún en la sensibilité romanesque…

Los motivos se repiten con estúpida frecuencia, sin un rasgo novedoso. No hay una poesía tan atrasada, tan abiertamente reñida con la época, como la poesía de Colombia.

No quieren convencerse nuestros escritores de que la vida se amplía e intensifica para beneficio del arte que de ella se alimenta, de que el presente tiene nuevas visiones de las cosas, de que se descubren “correspondencias”, de que los artistas encuentran nuevas posiciones.

En otro asuntos, modas, legislaciones obreras, interpretaciones del derecho, adquisiciones civiles aprovechamos los adelantos hechos del otro lado del mar. En lo espiritual, no hemos dado un paso. En verdad, es algo extraordinario, que continuemos emocionándonos, como ingenuas e ignorantes modistillas, con las estrofas de viejo sabor.

Siempre la tristeza crepuscular, el amor incorrespondido, la amada ingrata. ¡Oh!.. ¡Hay para estrellar contra el muro estas sandeces diarias, que engañan nuestra espera, desilusionan nuestra fe, roban nuestro tiempo! (p. 119)

Y luego, con gran valor civil, se atreve a enjuiciar la producción poética de uno de los adalides de la revista Los Nuevos y del movimiento que allí se gestaba, Rafael Maya:

Veamos a Rafael Maya.

Su actitud ante la naturaleza no es nueva. Es una posición común. Lejos, muy lejos de la vida moderna con sus penetrantes inquietudes, se ha instalado. Siendo auténtico poeta, exquisita sensibilidad, Maya se alimenta del recuerdo, vive del pasado.

De aquí esa monotonía que se desprende del libro de Maya, lleno de crepúsculos, palpitante de almas de las tardes. El renombre de Maya gana cuando sus poemas se leen aisladamente, al azar de revistas y suplementos literarios (p. 121).

Maya es ya un hombre. Se diría, sin embargo, que ha vivido poco. Que su existencia se ha deslizado en un ambiente igual, monótono, sin otro regocijo que el espectáculo de las colinas, las huertas, los jardines, polícromamente empolvados de crepúsculo. Una vida sin intensidad, que ha ofrecido contadas incitaciones a sus sentidos, vírgenes aún de otras impresiones, todavía no tocadas por la variedad múltiple de semanas, meses, años, distintos de aquella.

El motivo anda lento, entregándose con orden y sencillez clásicas, transparentes.

No tarda uno en descubrir en Maya una inteligencia mucho más espiritual que profunda.

Uno de los principales cuidados de los nuevos poetas es el movimiento. Maya no lo sabe apreciar. Sólo hace cuadros, fija. Frecuentemente, el corazón desaparece de sus poemas, vencido por el ojo, por el negativo de la retina. Sus versos no producen emociones hondas, no sacuden. No nos deslumbran con una nueva comprensión, no aclaran ninguna de nuestras confusiones espirituales. Nos emperezan en una emoción lenta, tranquila, arremansada.

Maya será poeta popular. Sus versos, al son de la guitarra y los tiples, se cantarán en los solaces, aliviarán la faena ingrata de las muchachas. Revoloteando como mariposas, llenarán un hueco de la memoria, otro del corazón, cuando la mano que las trazó —quizá olvidada— yazga inerte (p.122)

Con muy contadas excepciones, entre quienes sobresalen Ramón Vinyes y Luis Tejada, Gabriel García Márquez y Darío Jaramillo Agudelo, este tono frentero, pero sin golpes bajos, limpio en su juego ininterrumpido del ejercicio del criterio, ha brillado por su ausencia en las letras nacionales,  y mucha falta le ha hecho a nuestra literatura, tan dada a las descansadas artes del plagio a destiempo de los clásicos y a la permanencia persistente en las comodidades de la convención.

2.4 ANTONIO CURCIO ALTAMAR (1920-1953)

Víctima de un epíteto letal de García Márquez, quien lo (des)calificó como “el más honrado contabilista de la novela colombiana”, al tiempo que sugería la inutilidad de su trabajo clasificatorio de 800 novelas aparecidas entre 1670 y 1953, porque “el problema no es de cantidad sino de nivel”  [14] y víctima asimismo de las bromas macabras que asociaban  su locura y su trágica muerte con la lectura minuciosa del corpus de la novela colombiana, Antonio Curcio Altamar, en su Evolución de la novela en Colombia, desarrolló una minuciosa búsqueda de fuentes primarias y secundarias y dejó, a la espera de continuadores idóneos, las bases para un trabajo historiográfico en torno a este género, que atienda mucho más a la evolución interna del género en sus aspectos técnicos que a las variantes temáticas y examine sus relaciones con los contextos sociales y culturales. En el erudito trabajo de Curcio Altamar, siempre atento a establecer filiaciones entre los textos, se registra, sin mayor ahondamiento, la novelística de los autores costeños que cazan con los límites cronológicos de su trabajo: Juan José Nieto, Manuel María Madiedo y Abraham Zacarías López Penha. La muerte temprana de Curcio Altamar, a sus 33 años, privó a los estudios literarios de un investigador de quien, con mejor asesoría, distinta de la del padre salesiano José Ortega, se esperaban grandes aportes.

2.5 CARLOS ARTURO CAPARROSO (1908)

Al lado del trabajo de Curcio se sitúan, por su carácter panorámico, el del ya mencionado Fernando de la Vega, Evolución de la lírica en Colombia en el siglo XIX y el de Carlos Arturo Caparroso, Dos ciclos de lirismo colombiano. Las dos obras,  que comprenden prácticamente los mismos límites cronológicos, del romanticismo al modernismo, editadas ambas por el Instituto Caro y Cuervo, con profusas notas y abarcadoras bibliografías, son manuales prácticos para profesores y estudiantes de literatura colombiana en el bachillerato. Siguiendo la periodización generacional convencional en la literatura colombiana, los autores presentan un inventario exhaustivo de autores, acompañado de datos e impresiones en torno a las obras.

El cuadro de los estudios literarios en la primera mitad del siglo XX en el Caribe colombiano se completa con la adición a los autores anteriores, de los nombres de Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, Héctor Rojas Herazo, Ramón de Zubiría, Eduardo Pachón Padilla, Néstor Madrid Malo, quienes, por la misma época, publicaban en periódicos y revistas de la costa caribe, del país y del exterior, notas, artículos y ensayos que, años después, en los casos de Vargas, Madrid Malo y Rojas Herazo, se compilarían en libros [15]. Por su parte, Eduardo Pachón Padilla, en 1959, publica la primera de sus cuatro antologías del cuento.

2.6 CARLOS J. MARÍA (1937-1994)

Hacia comienzos de los 60, despunta la figura de Carlos J. María en un contexto de domocratización de la literatura en el país, cuando numerosos escritores provenientes de la clase media de pequeñas ciudades de la provincia, desvinculados de las estirpes que tradicionalmente han manejado la cultura del país, se fueron a estudiar y a ganarse la vida en las capitales, en particular en Bogotá. Este grupo coetáneo del nadaísmo, recibió el influjo de la sociología y del marxismo y puso especial énfasis en las dimensiones políticas y sociales de la realidad. A diferencia de sus predecesores en el campo de la crítica en Colombia, desdeñosos de la literatura nacional y preocupados primordialmente por las letras foráneas —Baldomero Sanín Cano, Hernando Téllez, Jorge Zalamea, Eduardo Zalamea, Hernando Valencia Goelkel y Rafael Gutiérrez Girardot—, la nueva camada de críticos, encabezada por Jaime Mejía Duque e Isaías Peña Gutiérrez, se preocupa mucho más por la literatura del país, en especial, de la contemporánea.

El primer artículo de Carlos J. María, “Literatura colombiana”, 30 de abril de 1961, en El Espectador, esboza un programa a partir de la conciencia de que “hace falta investigación, búsqueda de valores en la hojarasca de nuestras letras”: se trata de romper con una historia literaria hecha de alabanzas y adjetivos al estilo de Menéndez Pelayo y realizar estudios de calidad universitaria con los aportes de De Saussure, Spitzer, Dámaso Alonso y la moderna lingüística [16].

A ese programa de desbrozamiento, de revisión de los viejos y manidos conceptos de la historiografía literaria tradicional, de sometimiento a prueba de los prestigios aceptados por inercia, de cuestionamiento de los cómodos lugares comunes, dedicaría el crítico su vida. El resultado: más de cuatrocientos artículos sobre literatura del Caribe colombiano, colombiana, hispanoamericana, española y universal que van desde el inicial apego por la estilística hasta incorporar los apoyos teóricos de Freud y Greimas,  Bajtín y Gadamer, además de los grandes maestros hispanoamericanos, de Bello y Rodó a Rama y Rufinelli, pasando por Henríquez Ureña y Mariátegui. Leal a sus maestros de la lengua española, Carlos J. María siempre practicó la actitud reflexiva y cuestionadora, el inconformismo y la rebeldía intelectual, el ahondamiento de la realidad, y nunca cayó en la cortesía o en la complacencia: más que a edificar estatuas, se dedicó a discutir el valor de los gigantes domésticos de las letras locales y nacionales, con base en el rigor investigativo y el bagaje académico. 

Aunque su gran meta era ejercer la crítica de la literatura colombiana, Carlos J. trabajó casi de manera sistemática la literatura del Caribe regional y la reunión de sus artículos sobre este tema, centrados en la obra y el ejemplo de García Márquez, constituye un insoslayable punto de partida para las generaciones de estudiosos posteriores. Aunque sus textos críticos siempre los publicó en la prensa de provincia, Carlos J. va mucho más allá de la crítica periodística, en la medida en que es el resultado de morosas reflexiones y con apoyo en rigurosos modelos teóricos.

A lo anterior es preciso agregar el magisterio que desde la cátedra universitaria y, en especial, desde la coordinación de los suplementos literarios de los periódicos barranquilleros Diario del Caribe del Caribe y Diario La Libertad, que funcionaron como verdaderos talleres de escritores y críticos no sólo de la ciudad, sino de la región y del país. Escritores caribeños residentes en otras ciudades de la costa, en el interior y fuera del país, enviaban sus colaboraciones al suplemento [17] y, en Barranquilla se vivía un ambiente de intenso fervor en torno a la salida de cada suplemento. El profesor Carlos J. María, de manera casi ritual, los sábados, en la desaparecida Librería Nacional del centro, regalaba a sus discípulos ejemplares del periódico y desde allí se iniciaba un diálogo y discusión en torno a sus artículos que se prolongaba hasta altas horas de la tarde y de la noche, entre rones y picadas de mondongo, en el bar El Chicote. La semana siguiente, esos mismos suplementos eran leídos y comentados en los colegios de bachillerato.

Aunque nuevos suplementos literarios interesantes han surgido en diversas capitales de la región —El Solar y El Universal en Cartagena; El Meridiano en Montería; la Revista Dominical de El Heraldo— no han alcanzado esa potencia de aglutinación e irradiación logradas por el Suplemento del Caribe y por el Suplemento La Libertad, de manera tal que la desaparición de estos semanarios dejó un vacío que no ha podido subsanarse [18].

Por esta misma época, el boom de Cien años de soledad atrajo la mirada de los investigadores extranjeros hacia la literatura del Caribe colombiano y los propios costeños empezaron a interesarse y a investigar sobre las obras y los autores del patio, al tiempo que las vocaciones literarias crecieron y se multiplicaron, y proliferaron, por diversos puntos y esquinas de la tierra y del subsuelo, los grupos literarios que pretendían emular la trayectoria del Grupo de Barranquilla.

La presencia y las obras de los investigadores extranjeros Ángel Rama, Jacques Gilard y de los colombianistas norteamericanos Donald McGrady, Jonathan Titler, Laurence Prescott, Raymond L. Williams, James J, Alstrum, William L. Siemens, Jonathan Titler, Robert L. Sims y Seymour Menton, sirvieron de estímulo a los lectores locales, quienes con apoyo en formaciones académicas de posgrado, van a cualificar su oficio crítico. Aunque el eje de sus estudios de los críticos foráneos ha sido primordialmente la obra de García Márquez, sus miradas curtidas en ámbitos universitarios internacionales se han detenido de manera fecunda en las obras de otros autores como Candelario Obeso, Luis Carlos López, José Félix Fuenmayor, Jorge Artel, Manuel Zapata Olivella, Héctor Rojas Herazo,  Álvaro Cepeda Samudio, Giovanni Quessep, Roberto Burgos Cantor y Marvel Moreno, entre otros [19]. 
 
3. LOS ESTUDIOS LITERARIOS FORMALES

En la última década del siglo XX, hubo un remezón en los estudios literarios de la región con la apertura en Cartagena del pregrado en Lingüística y Literatura, que introdujo la asignatura de “Literatura regional” y de la Especialización en Didáctica de la Lengua, así como con las dos cohortes de la Especialización en Literatura del Caribe Colombiano en la Universidad del Atlántico. Hasta entonces las licenciaturas, insertas en el modelo de francés de la Normal Superior, a pesar de la inclusión de numerosas materias de teoría, crítica e historia literarias, por su orientación primordialmente hacia la enseñanza, poco habían aportado a los estudios literarios. ¿Cuántos de los profesores y egresados de tales programas han publicado alguna vez un libro o un ensayo en periódicos o revistas o, al menos, escrito un artículo que permaneciese inédito por falta de medios donde darse a la luz pública? La mayoría persiste aún en la etapa de la oralidad estéril, en parte por esa formación, pero también por la falta de estímulos financieros, la ausencia de bibliotecas —las únicas que existen son las particulares de algunos profesores que compran libros— y centros de documentación que faciliten el acceso rápido a bibliografías, la exclusión de nuestras capitales, hasta hace muy poco, del circuito de la vida intelectual con sus seminarios y congresos nacionales e internacionales, redes de datos, asociaciones y ediciones, conexiones y auxilios, becas y patrocinios y visitantes ilustres, para no mencionar la obviedad de la excesiva y castrante carga académica.

Un tanto al margen, es preciso mencionar la intolerancia y el descrédito de la crítica en la región Caribe, instigado por los propios creadores [20].

De igual manera, en la Universidad del Atlántico se introdujo la presentación de monografías para optar al título de Licenciado en Lenguas Modernas, al tiempo que en Cartagena se abrió un programa en Lingüística y Literatura, lo que a su vez ha llevado a muchos estudiantes de pregrado a hacer sus primeros pininos en la presentación de trabajos monográficos que en algunos casos han dejado resultados valiosos. Simultáneamente se ha incrementado la publicación de revistas universitarias en la región como Studia y Polifonía de la Universidad del Atlántico, Huellas de la Universidad del Norte, Revista Universidad de Córdoba de la Universidad de Córdoba, Historia y Cultura y Espejo de la Universidad de Cartagena y Revista Cecar de Sucre, en los que con frecuencia publican los profesores y estudiantes de los posgrados mencionados. La revista Huellas ha preparado un par de números monográficos dedicados a Álvaro Cepeda Samudio y a Alfonso Fuenmayor, los cuales proporcionan material clave para futuros investigadores.

La apertura de los posgrados permitió a numerosos licenciados inquietos pero limitados por su formación fundamentalmente pedagógica al ejercicio rutinario de la docencia, no sólo actualizarse en sus conocimientos teóricos, sino también a dar un primer paso hacia la investigación literaria mediante la presentación de monografías.

Surgida de la conciencia de que existe en la literatura del Caribe colombiano una tradición en géneros canónicos como la poesía lírica, el cuento y la novela de alto nivel que no cuenta con el complemento necesario de un discurso crítico calificado que la examine y la valore en sus relaciones con el contexto histórico, social y cultural de la región, la Especialización en Literatura del Caribe colombiano se impuso, a largo plazo, las siguientes metas:

1. Construir en la región Caribe colombiana una historia de nuestra literatura, en la que se establezcan y estudien los periodos, temas, estilos, géneros, formas, técnicas y recepción, en su relación con los cambios en los contextos socio-históricos y culturales. En los estudios historiográfícos el investigador selecciona un corpus de producciones literarias y a partir de una lectura crítica del contenido y del lenguaje de las obras, de las estructuras o ideologías que subyacen en los textos, de las técnicas y recursos literarios utilizados, vistos en sus relaciones con los contextos sociales que las enmarcan, propone una periodización.

2. Producir trabajos sistemáticos, desde la perspectiva de la Sociocrítica, sobre las principales obras de nuestros escritores en los que, además de dar cuenta del juego o  cruce de las ideologías en los discursos literarios, se contextualicen esas estructuras ideológicas en los grupos o comunidades que las producen.

3. Adelantar estudios sobre la etnoliteratura del Caribe colombiano, la literatura de Tradición oral y la literatura popular  y examinar la presencia del folclor, en  las historias contenidas en la música vallenata, las coplas, las décimas, las letanías y el chiste. Los estudios etnocríticos  sobre las producciones estéticas de la tradición oral y de la cultura popular (etnoliteratura) pueden realizarse sobre corpus escritos (cancioneros, refraneros, coplas, décimas y romances) u orales (chistes, cuentos). El trabajo de campo se utiliza sobre todo en la segunda vertiente. La escogencia de una tendencia u otra va a depender del grado de menor o mayor aceptación que las comunidades les otorguen a esas manifestaciones. Las producciones literarias étnicas o de estratos sociales (grupos indígenas, afrocaribeños, campesinos, sectores urbanos) deben contextualizarse en las comunidades de donde surgen, señalando en ellas los elementos que las hacen estéticas, los contenidos y las visiones ideológicas que se construyen y deconstruyen en los discursos.

Se ha dado inicio, pues, a un estudio minucioso y sistemático de la producción literaria del Caribe colombiano, tanto oral como escrita, desde el siglo XIX hasta nuestros días, en sus relaciones con el entorno. Con apoyo en la historiografía, la sociocrítica y la etnocrítica, los estudios literarios han procurado constituirse en pieza iluminadora de nuestro desarrollo sociocultural y dinamizadores del conocimiento que transmite la literatura en la comprensión del hombre del Caribe colombiano, para que éste afiance sus valores de ser único en la multiplicidad de su conformación y en la abierta aceptación de los otros.

Por el momento, los avances están representados por más de 20 estudios monográficos de la primera y la segunda cohorte de la Especialización en Literatura del Caribe colombiano. En la Especialización se han dado de manera básica dos tendencias. Por un lado, hacia los estudios historiogáficos sobre los comienzos de nuestra poesía a finales del siglo XIX con el Modernismo (en la obra de Abraham Zacarías López-Penha) y la evolución, a comienzos del siglo XX, hacia la modernidad, a través de las sucesivas rupturas, radicales o moderadas, con la tradición modernista, propuestas por Oscar Delgado, Meira Delmar, Héctor Rojas Herazo y Raúl Gómez Jattin, en la poesía, y por José Francisco Socarrás, José Félix Fuenmayor, Alvaro Cepeda , Gabriel García Márquez y Julio Olaciregui, en la narrativa. Igualmente se adelantó un estudio sobre el cuento de la Guajira en las últimas décadas [21].

En cuanto a los estudios sociocríticos, se adelantaron aproximaciones sistemáticas a obras particulares (la novela de Marvel Luz Moreno) y estudios comparativos de narradores (García Márquez y Germán Espinosa) y de poetas (Luis Carlos López y Raúl Gómez Jattin). Por otra parte, se acaba de terminar un trabajo colectivo a cargo de los profesores investigadores de la Especialización,  el proyecto “Estudios críticos de la obra literaria de Héctor Rojas Herazo”.

En el ámbito de la literatura popular y de tradición oral, el profesor Edmundo Ramos adelantó una investigación sobre las letanías del carnaval que permanece inédita y Ariel Castillo ha publicado algunos ensayos sobre la obra de los compositores vallenatos Tobías Enrique Pumarejo, Rafael Escalona, Adriano Salas, Adolfo Pacheco y Camilo Namén, así como sobre las relaciones entre la obra de García Márquez y los compositores de la música de acordeón).

En los últimos años, los profesores investigadores de las universidades costeñas han empezado a nutrir con sus ensayos revistas especializadas como  Literatura de la Universidad Nacional, Cuadernos de Literatura de la Universidad Javeriana, Estudios de Liiteratura Colombiana de la Universidad de Antioquia, Litterae de la Asociación de exalumnos del Seminario Andrés Bello, el Boletín Cultural y Bibliográfico de la Biblioteca Luis Ángel Arango y la revista Viacuarenta de la Biblioteca Piloto. De igual modo dos grupos de investigación dirigidos por Manuel Guillermo Ortega y Gabriel Ferrer, miembros del colectivo de base de la Especialización en Literatura del Caribe, han sido reconocidos por Colciencias.

4. DELIMITACIÓN DEL ÁREA Y CONTEXTUALIZACIÓN

A los avances anteriores es preciso añadir el aporte fundamental que han sido para los estudiosos de la literatura del Caribe colombiano las publicaciones de diversas entidades como el Observatorio del Caribe Colombiano [22], la Universidad del Atlántico [23], el Instituto Internacional de Estudios Caribeños [24], organizador de eventos como el Seminario Internacional de Estudios del Caribe y la Universidad Nacional de Colombia sede San Andrés [25]. La delimitación del área, paso inicial en el estudio de una literatura regional, se ha visto enriquecida con las publicaciones sobre temas históricos y culturales que facilitan la contextualización de la producción literaria.

5. INVENTARIO INCOMPLETO DE UNA PRODUCCIÓN CRECIENTE

El repaso de la bibliografía reciente sobre la literatura del Caribe colombiano nos permite de entrada un balance insospechadamente alentador. No hay duda de que se ha generado una conciencia acerca de la importancia del conocimiento de la región y, en consecuencia, una producción insospechada y desigual que de todos modos marca un punto de partida para empresas mayores. Asimismo comienzan a cultivarse de manera casi sistemática algunos géneros que podrían aportar mucho al campo de los estudios literarios en la región.

5.1 REUNIÓN DEL CORPUS

Uno de los avances tiene que ver con el esfuerzo por reunir y difundir el corpus de la literatura del Caribe. Gracias a una serie de coincidencias felices hoy se dispone de la obra completa de varios poetas Gregorio Castañeda Aragón, Oscar Delgado, Meira Delmar, Jorge Artel, Héctor Rojas Herazo, Giovanni Quessep, Jorge García Usta y Rómulo Bustos y de algunos cuentistas como Germán Espinosa y Marvel Moreno, así como la reedición nacional de la última novela de Héctor Rojas Herazo, casi imposible de conseguir en Colombia [26]. Tales ediciones y reediciones constituyen puertas abiertas para el estudio profundo de las obras.

5.2 ETNOLITERATURA

Un territorio inédito ha comenzado a inquietar a los estudiosos: la etnoliteratura. En este campo se destaca el libro de Gabriel Ferrer y Yolanda Rodríguez, 1998, quienes se internan en los médanos inexplorados de la producción literaria de la etnia de los wayuu y con apoyo en una metodología idónea nos revelan la fuerza poética de la poesía y la ficción de esa comunidad guajira, así como su cosmovisión original, muchas veces en contravía de la tradición de occidente. Un mérito adicional posee este trabajo: el de darle voz a una comunidad excluida no sólo de la historia sino también de la literatura.

5.3 CARIBEÑOS ANTE EL ESPEJO

Por otra parte, han empezado a cultivarse géneros con escasos practicantes en la región. Tal es el caso de la autobiografía (los caribeños parecen poco dados a mirarse en el espejo) de los escritores, que muchas pistas (y despistes y mistificaciones) ofrecen a los estudiosos. Se registran, de reciente aparición, Jaime Manrique Ardila, Roberto Burgos Cantor, Gabriel García Márquez y Germán Espinosa [27]. Asimismo ha empezado a incrementarse la publicación de biografías y testimonios. El autor más asediado es Raúl Gómez Jattin [28].

5.4 CRÓNICAS DE LA VIDA LITERARIA

Dos narradores de ficción, dueños de todo un prestigio regional y nacional, infaltables en las antologías del cuento, Ramón Bacca y José Luis Garcés [29],   han incursionado en la crónica de la vida literaria con pretensiones históricas. Ante la ausencia de la historia literaria, ellos han querido llenar ese vacío con obras que parten de investigaciones rigurosas en los archivos, lentas y laboriosas incursiones en crónicas, editoriales de prensa, historias de vida, archivos privados, biografías de escritores, manuales de literatura, conversaciones con poetas y narradores, libros de viajeros, memorias propias y ajenas, diarios, y de un vasto bagaje de lecturas, pero sin mayores pretensiones críticas y con un evidente descuido de la continuidad y la ruptura entre las obras, la permanencia y la renovación de una tradición literaria.

De ahí la búsqueda de hechos pintorescos e insólitos y risibles de la vida literaria y la tendencia a permanecer en la anécdota o a privilegiarla, en lugar de trascenderla mediante el análisis; de ahí el carácter acumulativo de estas obras en las que encontramos un inventario de los principales acontecimientos de la vida literaria de sus respectivas ciudades –las tertulias, las revistas, las polémicas, que constituyen insoslayables puntos de partida para futuros estudiosos que quieran extraer las máximas consecuencias de tales sucesos. De los dos, Bacca es mucho más crítico y, con frecuencia, suele poner en solfa a los dioses de la comarca; Garcés es más condescendiente y laxo: prácticamente acepta todo. Asimismo en Bacca el hilo conductor de su trabajo es mucho más visible: el acto heroico de escribir en un ámbito signado por el comercio y el afecto por el dinero, en el cual los habitantes, quienes suelen dar su voz y sus músculos al progreso, no ven con buenos ojos a los soñadores que se dedican a los improductivos versos y a los sueños verbales de la ficción.

En la misma línea, de manera por demás explícita, se sitúa la obra de Heriberto Fiorillo, 2002, quien se propone la evocación de un modo de ser y de vivir encarnado en el grupo de artistas y escritores que pertenecieron al Grupo de Barranquilla, quienes hicieron de su vida una creación artística también heterodoxa y hallaron su refugio bohemio en el bar La Cueva desde mediados de los años cincuenta hasta mediados de los sesenta [30].

5.5 HISTORIAS SUBREGIONALES

La misma preocupación por contar la historia literaria, confundida a veces con la de la cultura, está presente en las obras Teodosia Josefina Zúñiga Deluque, La Guajira en las letras colombianas (1978) y Fernando Díaz Díaz, Letras e historia del Bajo Sinú (1998). Más ceñido a la literatura y con algún conocimiento de la teoría es el trabajo de Víctor Bravo Mendoza, La Guajira en su literatura (1997), el cual, no obstante, presenta la misma tendencia aditiva que Bacca y Garcés. El trabajo es más bien una reunión de artículos con un motivo afín: la producción literaria guajira. Falta la  descripción de un proceso, el examen de la evolución en la estructura de las obras y su relación con los contextos históricos y culturales y la reflexión sobre las variaciones en la concepción de la literatura de una época a otra, de una obra a otra. El autor, quien también escribe versos, se abstiene de comentar su propia obra y opta por incluir el texto de un especialista, a manera de epílogo.

Rolando Bastidas Cuello es quien con mayores criterios afronta el trabajo historiográfico en la región en dos obras, Historia de  la literatura en el Magdalena Grande (2001) y Rafael Celedón y los albores de la poesía caribe, (2003). Bastidas realiza un trabajo arqueológico en busca de los fundamentos de una tradición y luego ahonda en los textos hallados, apelando a las informaciones que el texto exige. Su primer libro, pese al título, estudia dos cuentos y un poema, pero se mete en las obras y nos revela los múltiples matices de su significación.

5.6 LA POESÍA POPULAR DEL CARIBE COLOMBIANO

El mundo otrora ignorado de la poesía popular y sus cultivadores se ha ganado también recientemente la atención de los estudiosos que indagan en las letras de las composiciones musicales la afirmación de una identidad, de una visión auténtica del arte, de una manera de ver el mundo propia de los caribeños. Las obras de Ismael Medina, Numas Armando Gil y Patricia Iriarte abren también caminos inexplorados que ofrecen hacia el futuro una gran productividad. Gil e Iriarte encajan mucho más dentro de los estudios culturales, mientras que el serio trabajo de Medina está mucho más ligado a la crítica literaria: apoyándose en las teorías narratológicas demuestra que la narratividad que suele atribuírsele al vallenato no es tal ni en el más promocionado de sus cultores, el maestro Rafael Escalona [31].

5.7 MUJERES

Un campo de estudios que ha logrado gran desarrollo internacionalmente es el estudio de las voces femeninas, generalmente soslayadas en la historia de la literatura. Entre nosotros ese tópico no ha sido abordado aún a fondo, pero dos investigadoras talentosas han emprendido esa tarea titánica: Nadia Celis y Giovanna Buenahora. Este campo se muestra especialmente fértil para el trabajo interdisciplinario y para el replanteamiento de las perspectivas con las que habitualmente se han enfocado la historia y la crítica literaria.

5.8 BIBLIOGRAFÍAS Y RECOPILACIONES DE ARTÍCULOS Y ENSAYOS

Un punto básico para iniciar toda investigación es el conocimiento del estado del arte. Entre nosotros esa labor se dificulta por la ausencia de redes de información que faciliten los datos necesarios para emprender la búsqueda del conocimiento bibliográfico. Para los investigadores que se inician ya existe un adelanto en torno a algunos autores. Se trata de una base mínima, pero es ya un punto de partida. Destacamos en este campo el trabajo de Jacques Gilard (1997: 259-264). Dentro de esa misma línea se sitúan los trabajos de María Mercedes Jaramillo y otros (2003:108-121) y Ariel Castillo (1998: 133) [32].

De igual modo se ha iniciado en la región la recopilación de textos sobre o de un autor, muy funcionales para el trabajo investigativo. Al respecto, Adrián Espinosa Torres, el hijo de Germán Espinosa,  compiló en un volumen las mejores entrevistas a su padre [33].

Jorge García Usta, asimismo, se dio a la tarea de reunir una parte fundamental de la obra periodística de Héctor Rojas Herazo en dos volúmenes de cuya lectura se extrae la visión muy personal y original del acontecer cultural, artístico, político y literario por parte del poeta, así como las líneas básicas para reconstruir su poética y su visión del mundo [34]. En esta compilación hallamos una serie de textos ineludibles para la comprensión a fondo de la cultura caribeña colombiana y el trabajo de sus creadores verbales.

De gran valor, en la medida en que permite hablar con conocimiento objetivo de la legendaria labor intelectual del sabio catalán Ramón Vinyes, así como mirar desde otra perspectiva el movimiento vanguardista en Colombia, es la reedición de la revista Voces con la compilación de una serie de estudios que indagan acerca de sus aportes y su papel en la historia cultural colombiana del siglo XX [35].

5.9 UN TRABAJO EJEMPLAR

El cuento ha sido uno de los géneros más productivos de la literatura del Caribe colombiano (y de la literatura colombiana, en general), pero también uno de los menos estudiados. Si exceptuamos una entrevista de Roberto Monthes Mathieu a Eduardo Pachón Padilla, publicada en El Heraldo el 13 de diciembre de 1981, en la que se establece el inventario fundamental del género en la región, no se ha publicado un estudio panorámico que examine la aparición y la evolución del cuento literario, su diálogo con el entorno, con el cuento popular y con los otros géneros en la región, ni sus relaciones con el cuento nacional, el del Gran Caribe, el hispanoamericano y el universal. Tampoco existía una antología del género que abarcara la producción de toda la región, aunque sí algunas antologías por departamentos —Magdalena, Guajira y Cesar— o por ciudades —cuentos barranquilleros—.

Ese inmenso vacío viene a llenarlo la Antología del cuento caribeño de Jairo Mercado Romero y Roberto Montes Mathieu, editada por la Universidad del Magdalena, que incluye una presentación de Jairo Mercado (quien falleció antes de la salida a la luz pública de este libro) escrita por su hijo, Felipe Mercado; un sustancioso prólogo de Jairo Mercado, una selección de 65 cuentistas efectuada por Jairo Mercado y Roberto Montes Mathieu, una bibliografía básica de cuentos y la bibliografía consultada. Como algo extraño, resultante de las sinrazones del comercio, no figura Gabriel García Márquez. (No obstante, lo que una lectura a vuelo de pájaro pudiera percibir como una carencia o un defecto, por lo demás involuntario, se convierte, a la larga, en un mérito, al revelar, por un lado, la existencia de una tradición de contadores de cuentos anteriores a la irrupción sorprendente del gitano de Macondo, quienes, en cierto modo, explican su aparición, y, por el otro, la continuidad en el cultivo del género, pese a la gravitación paralizante de la sombra del éxito garciamarquiano en las vocaciones narrativas posteriores).

El prólogo, titulado “La cultura del cuento y el cuento de la cultura en el Caribe colombiano”, narra la historia de una cultura que contempla, como uno de sus ejes, el cuento, el relato oral, la palabra. Jairo Mercado, a semejanza del griot africano, memoria viva de la tribu, no hace más que contarnos el cuento de la cultura del Caribe desde sus comienzos con el desigual encuentro en el Gran Caribe entre los ávidos y ecuestres europeos equipados con sus armas de fuego y los pacíficos (pero no pendejos) taínos, pasando por el pérfido periplo de la Conquista con sus rapiñas, saqueos, destrucción, exterminio y la imposición de una nueva cultura, en un proceso que se continúa con la trata de esclavos, la Independencia y la República hasta llegar a nuestros días.

En el referido prólogo integró Jairo Mercado todos sus oficios y saberes, sus dotes  naturales de narrador, la creatividad de su lenguaje cadencioso y sugerente, sus destrezas de pedagogo, el rigor académico, la erudición de toda una vida de investigador y la reflexión y el buen gusto del crítico veterano, para legarnos lo que podría ser su obra magna. A diferencia de muchos escritores que, metidos a críticos, no atinan sino a dar pistas indirectas sobre su propia creación, en vez de iluminarnos la obra estudiada, Jairo Mercado sabe guardar las distancias y nos ilumina el proceso del cuento del Caribe colombiano, desde la perspectiva de la historia social del arte y la literatura. Apoyándose en un minucioso estudio de los contextos histórico, económico y social, Jairo Mercado construye amenos y significativos cuadros que pone a dialogar con las obras para revelarnos aportes temáticos y estilísticos y sus irradiaciones semánticas.

El ensayo consta de 41 apartados en los que se va desplegando el proceso de la cultura del Caribe colombiano —la historia del poblamiento y del mestizaje, la fundación de ciudades y su desarrollo, el nacimiento de la conciencia regional y nacional y la ardua articulación de la región al país— como marco de la producción literaria. Este estudio se integra con la historia del cuento moderno desde su origen en el Romanticismo europeo, siguiendo su aparición en Hispanoamérica y en Colombia, confundido, inicialmente, con los cuadros de costumbres, y logrando luego su propia identidad.

En su historia del cuento del Caribe colombiano, Jairo Mercado sitúa el comienzo del género en el “El brujo”, texto a medio camino entre la crónica casi histórica, el folletín decimonónico, el cuadro de costumbres y el cuento literario, incluido en las Leyendas históricas del general samario Luis Capella Toledo, en adelante, y postula, a partir de los rasgos temáticos y formales de los cuentos, la existencia de las siguientes promociones:

Mercado ordena la producción  cuentística en siete promociones para facilitar la comprensión y la discusión del proceso del género en la región del Caribe colombiano. La evidencia de que ningún cuentista queda confinado a una casilla única y, por el contrario, cabe cómodamente en diversos compartimientos, se pone de manifiesto en las conclusiones en las cuales Jairo Mercado postula una serie de rasgos que cruzan las diversas promociones y confieren su singularidad al hombre y al cuento del Caribe colombiano: la oralidad, la visión carnavalesca, la estirpe popular de sus personajes y su lenguaje, la vocación testimonial, los vínculos con la música, el fatalismo, la tendencia al hedonismo, la irreverencia religiosa, el alarde sentimental, la desmesura imaginativa y el apego a la tierra nativa.

Múltiples son los méritos del prólogo. Destaco algunos: la bibliografía exhaustiva  y funcional incorporada al texto como saber (no como terrorista adorno académico de pie de página), que comprende textos de cronistas de indias, viajeros, sociólogos, economistas, filósofos, lingüistas, historiadores de la cultura, la sociedad y la literatura, los cuales funcionan a la manera de una galería de voces heterogéneas que le imprimen un gran dinamismo al relato al tiempo que ofrecen una visión múltiple de los hechos; la cuidadosa y precisa presencia de fechas de nacimiento y muerte de los autores y de la publicación de las obras que apoyan la perspectiva histórica; el lenguaje ameno y transparente con su sostenido ritmo encantatorio que obliga a leer de una sentada el extenso y denso prólogo como un cuento otro cuento del libro; la perspectiva crítica, en ocasiones irónica, siempre elegante, que no se limita a situar las obras dentro de un proceso, sino que aventura juicios iluminadores de las mismas; y la inclusión de 11 narradoras, reconocimiento a su presencia constante en el cuento caribeño desde sus comienzos con la guajira Priscilla Herrera de Núñez (no incluida en la antología, a lo mejor  por la ambigüedad genérica de su texto, “Un asilo en la Goajira”, que algunos estudiosos han considerado como novela) hasta los tiempos recientes, con la escritura en la diáspora de Freda Mosquera.

Si bien podrían plantearse algunos desacuerdos con la antología, como el fijar en “El brujo” el inicio de la tradición cuentística del Caribe colombiano, hecho que olvida textos tan importantes como los de Manuel María Madiedo, en especial, “El contrabandista”; no obstante la  exclusión inexplicada de algunos cuentistas como José Luis Hereyra, Ramón Molinares o Nelson Castillo, el número de autores incluidos es, a todas luces, excesivo y podría, con criterios más estrictos, suprimirse una “nómina paralela”; pese a las eternas “boutades” o provocaciones propias de toda antología respetable: en este caso, la inclusión, a modo de homenajes innecesarios e inoportunos, de Carlos Alemán y de Héctor Rojas Herazo (quien detestó siempre el género, por considerarlo el equivalente en la narrativa del soneto) al lado de cuentistas de oficio; aunque algunos cuentos seleccionados podrían sustituirse por otros mucho más representativos de sus autores; al puesto que como cuentista se ganó Jairo Mercado en las letras del Caribe colombiano y en las letras nacionales, hay que añadirle el de historiador y crítico literario.

Antología del cuento caribeño constituye una contribución insoslayable al conocimiento de la historia privada de la región y al enriquecimiento espiritual de sus habitantes, al tiempo que proyecta un testimonio inevitablemente patético y revelador de la situación del Caribe colombiano (y del país, en general), región en la cual, como lo señala el epígrafe de Lewis Hanke, persisten los problemas sociales, económicos y raciales de La Conquista, de manera tal que ese lejano periodo de nuestra historia, sigue siendo, “en el sentido más amplio, un pasado con vida”. Hecho desgarrador que nos obliga a reflexionar, y a actuar.

6.  BALANCE Y PROSPECTIVA

Aunque, como hemos podido apreciar, los hechos se prestan para un balance positivo, es preciso ser prudentes y observar que si bien se han dado pasos adelante, en ellos hay mucho por corregir y mucho más es lo que falta por hacer.

Como se ha señalado, uno de los grandes lastres de los estudios literarios en la región es la carencia de un sustento y una reflexión teórica coherente sobre el área de estudios. Se necesita no sólo una mayor reflexión metodológica, sino la integración a las corrientes del pensamiento universal y la renovación de los marcos de análisis para dar razón de la producción actual.

La vía hacia la superación de este obstáculo pasa por el estudio formal y sistemático de las disciplinas que fundan los estudios literarios, es decir, la formación del posgrado. En consecuencia, la salida sería la apertura de una maestría en Literatura del Caribe y Latinoamericana que permita consolidar un grupo de investigación regional con criterios afines y asuma la responsabilidad de escribir la historia literaria del Caribe colombiano a partir del estudio competente de sus obras y de las relaciones de éstas con la literatura colombiana, del Gran caribe, Latinoamericana y universal ,y del examen de los vínculos con el contexto, así como del rastreo de la recepción de las obras desde su publicación. Para contar esa historia es preciso proseguir la selección de las obras fundamentales y la edición confiable de las mismas a partir de criterios rigurosos y exigentes. Nuevamente para el logro de este objetivo, el camino es la maestría, la cual permitiría también aglutinar a los principales estudiosos de la región y embarcarlos en un proyecto común que procure integrar las diversas líneas de investigación que desarrolla cada grupo de manera aislada. De esta manera, con el compromiso de diversas instituciones, representadas por sus investigadores, se solucionaría de paso otro problema que debilita el avance en la investigación, en general, de la región: el excesivo trabajo individual que esconde las cartas (o las fuentes) debajo de la manga y los celos profesionales e institucionales. Para corregir esta anomalía es preciso asimismo fomentar el espíritu de trabajo en equipos de investigación de estudiantes y profesores y la dedicación de tiempo y recursos para asumir proyectos a largo plazo; compartir información,  discutir borradores de trabajos en proceso, practicar el diálogo e intercambio cultural. En pocas palabras: construir grupos de discusiones temáticas a través de redes electrónicas, es decir, constituir una comunidad académica, en este caso, regional, que establezca incluso contactos con los investigadores del Caribe colombiano que se encuentran en el exterior.

En ese camino por recorrer hay varias áreas temáticas en las que casi todo está por hacer. Menciono algunas: la literatura del siglo XIX y su relación con la formación del   estado nacional; la consolidación de proyectos fundacionales; la vanguardia: tradición y ruptura; lo popular en el canon literario; las voces femeninas; el ensayo y la crítica literaria; la postmodernidad.

En el plano más práctico de las tareas inmediatas, se hace necesario comenzar a llenar las lagunas de la historia de literatura del Caribe colombiano. Para el efecto es preciso empezar a elaborar los índices de revistas y periódicos desde el siglo XIX hasta nuestros días, una bibliohemerografía crítica, y comenzar la recopilación de biografías, libros, revistas, artículos sobre nuestros escritores y los que estos escriben en suplementos y revistas especializadas del país y del extranjero. Se trata, como lo señala Cristo Figueroa (2001: 14), de abrirse hacia “prácticas discursivas consideradas menores –biografía, testimonio, cartas, historias de vida, crónicas, diarios, etc.-, cuyos procesos de textualización se constituyen en caminos alternativos para construir individualidades, crear formas de resistencia cultural, afirmar identidades, fortalecer códigos de valor o incluso para instaurar nuevas poéticas desde lo olvidado por la memoria colectiva”.

En otras palabras: paralela a la creación de la maestría, estaría la de un Centro de Documentación Literaria del Caribe Colombiano y de un proyecto editorial, un Fondo de Publicaciones. Y por último, la organización de un órgano para difundir el avance y los logros del trabajo: la creación de una revista  de alto nivel en la que se publiquen los mejores trabajos de los investigadores.

NOTAS:

[1] Para las consideraciones en torno a las disciplinas que constituyen los estudios literarios me apoyo en Rene Wellek, 1968: 11-24; Carlos Rincón, 1995: 5-10; Jean Franco, 1995: 11-22; Walter Mignolo, 1995: 23-36; Rafael Gutiérrez Girardot, 1998: 101-123; Oscar Torres Duque, 1998: 125-149; Álvaro Pineda Botero,, 1995a: 21-66; y Cristo  Figueroa, 2001: 11-19.
[2] Octavio Paz, 1967: 39-40.
[3] Manuel María Madiedo, 1859: 1-119
[4] Fernando de la Vega cursó el bachillerato en la Universidad de Bolívar y siguió cursos de filosofía y literatura en Bogotá. En el Colegio del Rosario fue discípulo de Antonio Gómez Restrepo y viajó por España, Francia y Suiza. En la  Universidad Central de Madrid adelantó sus estudios literarios. En 1913 comenzó a escribir. Llegó a ser catedrático de retórica y literatura castellanas, Representante a la Cámara, cónsul en Turín, secretario comercial del consulado en Nueva York y rector de la Universidad de Cartagena en 1931. En 1952, a comienzos de año,  le otorgaron el doctorado honoris causa en esa misma Universidad. En junio, murió en Bucaramanga Obras: Algo de crítica (1919), Ratos de estudio (1922), Apuntamientos literarios (1924), Letrados y políticos (1926), Ideas y comentarios (1927), Entre dos siglos (1935), Cartagena, la de los claros varones (1937) y Evolución de la lírica en Colombia en el siglo XIX (1981). Algunas de sus obras fueron prologadas por el cubano Enrique José Varona y los colombianos Florentino Goenaga y Baldomero Sanín Cano. .Cf. Francisco Sebá Patrón en De la Vega, 1981: xi-xiv.
[5] David Jiménez Panesso, 1992 y Álvaro Pineda Botero, 1995: 35-52 y 197-201.
[6] En alguna ocasión propone una analogía con una obra plástica al referise a “una similitud notable con los cuadros de Mollet”. Fernando de la Vega, 1924:165.
[7] Fernando de la Vega, 1922: 10-11
[8] Fernando de la Vega, 1924: 156 y 165. Como las citas que siguen, corresponden al mismo libro de Fernando de la Vega, me limitaré a señalar entre paréntesis la página correspondiente.
[9] Al referirse a la ambigua relación con la provincia que compartían Miguel de Unamuno y Luis Carlos López, Gutiérrez Girardot, 1980, 510, afirma: “la rechazaban y la  criticaban, pero la necesitaban y por eso hicieron de ella un delicioso infierno. Sin la provincia, nada hubieran tenido que decir”.
[10] Gracias a la labor arqueológica de Jacques Gilard, hoy contamos no sólo con las notas de Vinyes publicadas en la prensa, sino también con los apuntes inéditos registrados en sus diarios, incluidos en Vinyes, 1982a y 1982b.
[11] Ramón Vinyes, 1917: 253-254. Nota atribuible a Ramón Vinyes.
[12] Víctor Manuel García Herreros, 1925.
[13] Hernando Téllez, 1979: 474-480, se burlaba de esas fórmulas fáciles de la crítica colombiana para alcanzar el éxito social.
[14] Gabriel García Márquez, 1960: 310.
[15] Al respecto, véase  Garmán Vargas 1985 y 1989; Madrid Malo, 1978 y Rojas Herazo, 2003 .
[16] Cf. Carlos J.María, 1996: 36.
[17] Al respecto son interesantes el reportaje de Germán Vargas, 1985: 61-71 y el testimonio de otro miembro de la Comisión Coordinadora de los Suplementos, Ramón Illán Bacca, 1998: 166-170, quien nos revela las dificultades, la eterna agonía, prácticamente desde el primer número, que debieron superar antes de la desaparición definitiva
[18] Un experimento interesante al respecto, que crece en cada entrega, es la revista virtual que orienta el profesor Manuel Guillermo Ortega: http://lacasadeasterion.homestead.com/
[19] Los trabajos de los colombianistas han sido reunidos en volúmenes individuales como el de Menton 1978, Williams 1991 y Alstrum 2000, y en volúmenes colectivos como los coordinados por Raymond L. Williams, 1985; Álvaro Pineda; 1989; Jonathan Titler, 1989 y Miriam Luque, 1997. a lo anterior, cabe agregar su Revista de Estudios Colombianos y otros estudios de los colombianistas han sido incorporados en volúmenes monográficos como los editados por Isabel Rodríguez Vergara,  1994 y en los compilados por María Mercedes Jaramillo, Betty Osorio y Ángela Robledo, 1995 y 2000.
[20] Podría compilarse una antología de opiniones adversas a la crítica. Allí ocuparían un lugar destacado las de García Márquez y Álvaro Cepeda Samudio. Según  García Márquez: “Los críticos son hombres serios y la seriedad dejó de interesarme hace mucho tiempo. Más bien me divierte verlos patinando en la oscuridad. Ningún crítico podrá transmitir a sus lectores una visión real de Cien años de soledad mientras no renuncie a su caparazón de pontífice y parta de la base más que evidente de que esa novela carece por completo de seriedad”, Rentería, 1979: 32 y Álvaro Cepeda Samudio, 1972: 6: “Eso de decir u opinar sobre la obra de un artista… lo dejo a los parásitos prepotentes, a los críticos… cada vez que paso volando, no que leo, porque hay en este mundo millones de cosas más agradables que hacer que leer a los críticos de cine, literatura o baseball… ¿a qué denominación de los platelmintos pertenecerán los críticos: parásitos que viven de parásitos? ¿a los gusanos que se comen los cadáveres qué otros gusanos se los comen a ellos?”
[21] Por los aportes documentales adicionales acerca de la recepción de sus autores, así como por el hallazgo de textos inéditos es preciso destacar dos trabajos: uno de posgrado, el de Melfi Campo y Leonarda Meriño, 2003, “Señas de identidad del Caribe colombiano en la cuentística de José Francisco Socarrás Colina”, Monografía, Universidad del Atlántico, Barranquilla; y uno de pregrado, el de Grey Donado  y Luis Elías Calderón, “Oscar Delgado. Aproximaciones a su obra y vida”, Monografía de Grado, Lenguas Modernas, Universidad del Atlántico.
[22] Entre las publicaciones del Observatorio del Caribe, además de los diez números de la revista Aguaita , auténtica tribuna escrita del pensamiento caribeño, cabe destacar los libros de Cecilia López y Alberto Abello, comps., 1998a, El Caribe colombiano. La realidad regional del siglo XX, Tercer Mundo, Bogotá y 1998b, La costa que queremos.Reflexiones sobre el Caribe colombiano en el umbral del 2000, Universidad del Atlántico, Barranquilla; Alberto Abello y Silvana Giaimo, comps., 2000, Poblamiento y ciudades del Caribe Colombiano, Universidad del Atlántico-Observatorio del Caribe-Fonade,  Bogotá.; Ariel Castillo,  2001, comp., Respirando el Caribe. Memorias de la Cátedra del Caribe Colombiano. Vol 1, Observatorio del Caribe Colombiano-Ministerio de Cultura-Universidad del Atlántico, Bogotá; María Trillos, 2001, María Trillos, 2001; Ayer y hoy del Caribe colombiano en sus  lenguas, Observatorio del Caribe-Universdad del Atlántico, Bogotá; y Jorge Nieves, 2003, Vislumbres del Caribe: iconografías y textualidades híbridas en Cartagena de Indias, Universidad de Cartagena-Observatorio del Carbe, Cartagena.
[23] Destacamos las investigaciones, pioneras en sus respectivos campos: en la historia de la educación, Luis Alfonso Alarcón Meneses y otros, 2002, Educación y Cultura en el Estado Soberano del Magdalena (1857-1886), Universidad del Atlántico, Barranquilla; en los estudios de género, Rafaela Vos Obeso, 1999, Mujer, cultura y sociedad en Barranquilla 1900-1939, Universidad del Atlántico,  Barranquilla. La Universidad ha publicado además tres volúmenes monográficos sobre la cultura popular, uno dedicado al carnaval y dos a la música: Laurean Puerta, 1999, comp. Carnaval en la arenosa, Universidad del Atlántico, Barranquilla y Mariano Candela, Tertulias Musicales I y II, Universidad del Atlántico Barranquilla.
[24] Entre sus publicaciones se destaca  Instituto Internacional de Estudios del Caribe, 1999, IV Seminario Internacional de Estudios del Caribe.  Memorias, Universidad del Atlántico, Barranquilla..
[25] La Universidad Nacional ha publicado algunos libros de geopolítica y economía del Caribe, al tiempo que tradujo un libro novedoso, que abre sendas para la investigación interdisciplinaria, el de Meter J. Wilson,  2004, Las travesuras del cangrejo. Un estudio de caso Caribe del conflicto entre reputación y respetabilidad, Universidad Nacional Sede San Andrés, Medellín. La Universidad ha editado asimismo la novela de Hazle Robinson Abrahams, 2002, No Give Up, Maan, Universidad Nacional de Colombia, Sede San Andrés, , Bogotá, en la autora sanandresana  revela una mirada desde adentro del Caribe insular y su historia que exige una lectura y una reflexión cuidadosa.
[26] En poesía destacamos la aparición de las siguientes obras: Raúl Gómez Jattin, 1995, Poesía 1980-1989, Norma, Bogotá; Jorge García Usta, 2001, Noticias de un animal antiguo, Gobernación de Córdoba, Montería; Meira Delmar, 2003, meira delmar poesía y prosa, ed. de maría mercedes Jaramillo y otros, Uninorte, Barranquilla; Rómulo Bustos, 2004, Oración del Impuro. Poesía reunida, Universidad Nacional, Bogotá; Héctor Rojas Herazo, 2004, Poesía rescatada. Obra poética 1938-1995. Estudio preliminar y notas de Beatriz Peña Dix, Instituto Caro y Cuervo, Bogotá. Estas obras se agregan a las más lejanas ediciones de Oscar Delgado1982, Campanas encendidas (1910-1937), edición de Carlos Alemán, Colcultura, Bogotá;  Abraham Zacarías López Penha, 1993, El libro de las inioherencias, Mejoras, Barranquilla y   Gregorio Castañeda Aragón, 1994. Poeta del mar 1884-1960, Instituto de Cultura del Magdalena,  Santa Marta.  En la narrativa figuran la reedición de Héctor Rojas Herazo, 1998, Celia se pudre, prólogo de Jorge García, Ministerio de Cultura, Bogotá y los libros de Germán Espinosa, 1998, Cuentos completas, El Áncora, Bogotá, de Marvel Moreno, 2001, Cuentos completos, Norma, Bogotá.
[27] Jaime Manrique Ardila, 1999, Maricones eminentes, Alfaguara  Bogotá;  Roberto Burgos Cantor, 2001, Señas particulares, Norma, Bogotá; Gabriel García Márquez, 2002, Vivir para contarla, Norma; Germán Espinosa, 2003, La verdad sea dicha. Mis memorias, Taurus, Bogotá.
[28] De autores colombianos figuran dos: Vladimir Marinovich Posso, 1998, Los últimos pasos del poeta Raúl Gómez Jattin, Ministerio de Cultura, Bogotá. Y la de Heriberto Fiorillo, 2003, Arde Raúl. La terrible y asombrosa historia de Raúl Gómez Jattin, Heriberto Fiorillo, Bogotá.
[29] José Luis Garcés González, 2000, Literatura en el Sinú. Siglos XIX y XX Tomos I y II, Gobernación de Córdoba, Montería.
[30] Heriberto Fiorillo, 2002, La Cueva. Crónica del Grupo de Barranquilla, Planeta, Bogotá.
[31] Cf. Ismael Medina Lima, 2003,  Vallenatos en su tinta. Una aproximación literaria a los cantos narrativos de Rafael Escalona, Feriva, Cali.
[32] Ariel Castillo Mier, “Para una bibliografía de y sobre Álvaro Cepeda Samudio”, Huellas 51 -52 -53. uninorte, Barranquilla, abril agosto: 130-133.
[33] Adrián Espinosa Torres, 2000, comp., Espinosa oral: Las 24 mejores entrevistas a Germán Espinosa. Selección, seguida de una cronología, Universidad del Atlántico, Barranquilla.
[34] Héctor Rojas Herazo, Obra periodística, 1940-1970  Dos tomos. T. 1 Vigilia de las lámparas, T. II La magnitud de la ofrenda, Compilación y prólogo de Jorge García Usta, Eafit, Medellín.
[35] Voces 1917-1920, Edición íntegra. Volúmenes I y II, Uninorte, Barranquilla, 2003.

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©   Ariel Castillo Mier

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ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 22
Julio-Agosto-Septiembre de 2005

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