EL OCASO DE HEIDEGGER

Gabriel Mendoza
Semillero-Taller MASKELETRAS
Humanidades y Lengua Castellana
Universidad del Atlántico

Miembros de MASKELETRAS, Semillero-Taller de Investigación y Creación Literaria, adscrito al Grupo de Investigación Literaria del Caribe —GILKARÍ—, del Departamento de Idiomas, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad del Atlántico (Barranquilla, Colombia).

Se había aficionado a ver los ocasos día tras día, desde la ventana del insignificante apartamento. Su pequeño espacio estaba casi siempre impregnado del nada sutil aroma de la hierba humeante. Se ganaba la vida entonando baladas romanticonas en los buses. Eso lo hacía en las mañanas porque en las noches estudiaba filosofía en la universidad. En los ratos de ocio se encerraba a estudiar la abstrusa y poco traducida obra de Heidegger: El ser y el tiempo. Pero también lidiaba con asuntos intranscendentes como pedir plazo para pagar al viejo de verrugas prominentes y barriga abultada, dueño del lóbrego edificio de apartamentos en el centro de la ciudad de Barranquilla.

Martín sólo compartía su vida con Dasein, una perra hija de canes alemanes. A veces, al salir a trabajar, observaba con detenimiento a la gente y le daba la leve impresión de estar al frente de seres impersonales, manejados por una mecanicidad intangible. Siempre fue desconfiado, apático y poco amante de la democracia. Esa tarde se encerró de nuevo, miraba el ocaso y esperaba la hora exacta de su partida a las clases, mientras la angustia imprevista lo impulsaba a fumar marihuana.

Al salir, Martín se topó con el viejo arrendador que además de las verrugas, portaba una incipiente calvicie, lo que le daba un aspecto algo siniestro.

—¿Cuándo me va a pagar la pieza?

—El martes.

—Que no pase del martes.

—Ya le dije que el martes.

—Y vaya buscándole sito a esa perra, aquí no la puede tener.

Martín odiaba al viejo. Pensó por un instante en matarlo, pero no era un asesino (sin embargo, cuánto quería serlo), además, ya sabía cómo terminaba aquella historia. En el trayecto a la universidad, sólo divisaba sombras, figuras confusas y al parecer encontró un conocido suyo que a su vez lo reconoció.

—¿Cómo estás, pupilo? —preguntó el sujeto.

—No tan bien —respondió Martín—, lo único que me calma es la lectura de su obra.

—¿Te gusta la concepción existencial de la angustia que propuse? —indagó el sujeto.

—Maestro, es cierto, como también lo es a mi juicio, su concepto sobre la conciencia de la finitud.

—Martín, tomemos unos tragos en ese bar de la esquina: La nada vital. Vamos, yo invito.

—Maestro Heidegger, su obra tiene unos postulados demasiados complejos.

Martín y su maestro tomaron hasta embriagarse, hablaron de todo lo concerniente al miedo a la muerte.

—Si se libra uno del miedo, puede vivir con toda libertad y desafiar al tiempo, afrontando el futuro con una autoconciencia de finitud —expuso el maestro.

—Olvidando la angustia que produce la nada, si se va en retroceso —concluyó Martín.

El maestro señaló hacia la calle y dijo:

—Mira, Martín, eres el único ser capaz de entenderme. Mira allá, sí, allá, esas mujeres de afuera, que venden sus cuerpos por dinero, es culpa de la maldita democracia, les impide contener la pureza, la esencia de su raza.

Su discípulo asintió (más tarde escucharía de nuevo esas palabras en una especie de cámara ardiente).

Martín no supo qué horas eran cuando despertó. Estaba tirado afuera en la puerta de un bar llamado La vid de Adán. Caminó a su apartamento y cuando llegó al edificio, la policía estaba en el lugar, alguien lo señaló y los agentes lo detuvieron. Lo condujeron a una estación y le suministraron un abogado de oficio. En su pequeña celda, Martín notó que tenía un mal aspecto, mientras el defensor le explicaba su situación. Sintió un golpe en el pecho, quería vomitar y lo hizo, un sabor amargo se deslizo por su garganta, sabía a licor. También se dio cuenta de que su camisa tenía un tinte carmín.

—Ya lo recuerdo todo. Soy Martín, estudiante de filosofía. El día viernes de la semana pasada, salía para clases, estaba muy deprimido, así que fumé más de la cuenta. Me encontré con alguien, nos fuimos al bar, nos embriagamos. Mi acompañante me dijo que había que acabar con todo lo que no nos permitía encontrar nuestro propio sentido existencial. Salí un momento, dije que me esperara, pues yo había captado su mensaje. Llegué al apartamento y no encontré a Dasein. «Su perra me atacó», escuché a mi espalda. Era el viejo arrendatario. Le pregunté por la perra y me dijo socarronamente: «La saqué a la calle, con tan mala suerte que la atropelló un bus».

Martín se manifestaba muy afectado, pero por indicaciones de su defensor, prosiguió en su versión de los hechos:

—Caminé hacia dentro, no pensaba, estaba tranquilo, tomé el único banco de madera maciza que tenía en el apartamento y salí; el viejo hablaba con otro sujeto. Con una ira fría y sosegada, descargué un fuerte golpe en la cabeza del maldito viejo, ante la mirada aterrorizada del otro inquilino. Le propiné otros dos golpes tan contundentes que destrocé el banco enrojecido por la sangre que manaba incesantemente. Acto seguido, bajé las escaleras, tiré la puerta del cuarto del viejo, saqué de su mesa de noche una mechera, un paquete de cigarrillos, una biblia judía y cinco ejemplares de revistas pornográficas. Prendí fuego a las revistas y las esparcí por toda la habitación en llamas y supe al fin a lo que se refería el maestro. Abandoné la habitación en llamas y regresé al bar, pero mi acompañante ya no estaba. Eso es todo.

El juez escuchó la declaración. Martín, por proposición de su abogado, se declaró culpable para lograr una rebaja de pena. Considerando las causas totales (alucinación producida por consumo de sustancias sicotrópicas y ataque bajo estado de ira e intenso dolor), fue sentenciado a diez años de prisión por la muerte de Israel Reyes.

Revisando el expediente de Martín, aún no se logra comprobar la existencia del maestro, además de otras extrañas circunstancias. Mientras se sigue desenredando este caso, Martín, hace ya dos años, mira la declinación del sol a través de los barrotes de la Penitenciaría Distrital del Bosque.
_________________________________________
©   Gabriel mendoza

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 22
Julio-Agosto-Septiembre de 2005

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v6n23hei.html
PORTADA
VOLUMEN VI - NÚMERO 22