HISTORIA NEGRA
Alberto Rascht
Del Semillero-Taller MASKELETRAS
Humanidades y Lengua Castellana
Universidad del Atlántico
Miembro de MASKELETRAS, Semillero-Taller de Investigación y Creación Literaria, adscrito al Grupo de Investigación Literaria del Caribe —GILKARÍ—, del Departamento de Idiomas, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad del Atlántico (Barranquilla, Colombia).
Cuento ganador del XXVI Concurso Nacional Metropolitano de cuento, 2005,
convocado por la Universidad Metropolitana, en Barranquilla.
A la memoria
de Manuel Zapata Olivilla.
Cuando Don Teófilo Francisco De las Casas y Restrepo, capataz de la hacienda La Esperanza, autorizó la expedición que iría a buscar a Tiyajane, Mbingo vio, como en un trance, el rostro de su amada marcado por hojas de navaja, el vestido gris subido hasta el vientre y el falo erecto que la castigaba con rencor, en el solitario matorral, a un costado del lago de Las Acacias. Muy pocos conocieron a la hermosa Tiyajane, sólo la princesa Orika la superaba en hermosura entre todas la jóvenes esclavas de Cartagena de Indias. Prima hermana de la princesa, llevaba en sus venas sangre real, danza de tambores en las noches sin luna y fuego central iluminando el sagrado ritual de una tierra remota. La costa libre vio atracar las carabelas en el puerto natural de Guinea, blancos feroces cazaban negros con armas de fierro en las selvas espesas. Los negros fuertes eran los más codiciados. Los rituales de guerra fueron débiles ante los plomos filosos. Tiyajane vio cómo Mbingo, su hermano mayor, resistía los puñetazos de los hombres sanguinarios. Ambos fueron embarcados en una misma nave, ambos sobrevivieron a la peste que diezmó los cautivos, ambos vieron agonizar a sus padres pisoteados por los cazadores de negros entre moscas y restos de materias fecales.
Un destello de sol resbaló por el torso mojado del negro que Mbingo tenía enfrente. Las gotas saladas le bajaban por la espalda con una lentitud asombrosa. Curioso, Mbingo siguió el recorrido de las gotas morenas mientras el capataz de la hacienda daba las instrucciones para buscar a Tiyajane, perdida hacía ya tres días. Los negros de la expedición escuchaban atentos al blanco del arcabuz. Humilde, cansada, descendía la pesada gota por el omoplato izquierdo del esclavo africano. Un poco más abajo, la cicatriz de una cuchillada se alzaba bruscamente sobre la piel brillante. Mbingo previó, en la espera del suceso, el trágico desenlace: la gota de sudor tropezó con la cicatriz vertical y fue dividida, como dos piernas abiertas, por la costura que lanzaba anatemas en una lengua extranjera. La visión cesó entonces. El ayer trepó las húmedas paredes del recuerdo y Mbingo sintió el hierro candente en el muslo derecho. El sello grabado no desaparecería jamás. La ciudad se perfilaba en la Nueva Tierra como importante mercado de fuertes esclavos. En aquellos días, Mbingo y Tiyajane aún eran chicos y los trabajos en la hacienda no resultaban tan pesados para ellos. Él atendía el establo junto a otros pequeños prisioneros y su hermana ayudaba en los quehaceres domésticos en La Esperanza. Todas las tardes, bajo el triste cielo naranja que se licuaba sobre la línea del mar, los jóvenes revivían como en un juego sus rituales sagrados. El birimbao aflojaba sus notas en las manos de Mbingo y las hermosas cautivas bailaban en torno al fuego, al compás de tambores y lamentos en una lengua que iba muriendo con el paso de los días. Más allá de la hoguera festiva, nacían las sombras y los arbustos. Detrás del limonar, Don Teófilo vigilaba el negro ritual. Espía detestable, clavaba su vista en la africana. Seguía sus tobillos desnudos agitados al son del tambor, levantando el polvo que subía agradecido para acariciar las pantorrillas. Fija la mirada en ese espectáculo apetecible, Don Teófilo acariciaba ávido las piernas de Tiyajane, rozaba sus muslos, besaba con ansiedad la sombra y se untaba de ella, lamiendo despacio el cielo canela que dibujaba la gloria anhelada, cerrando los ojos para verla más cerca, agitada, sedienta, untada de la viscosa sustancia que a él le chorreaba la mano y que limpiaba luego con hojas de limón o albahaca.
Tres años después, cuando Mbingo descubrió que el capataz de La Esperanza espiaba a Tiyajane, lo encaró sin temor y le advirtió airado que no quería sorprenderlo nuevamente en esas correrías. Tres horas de fuertes golpes con tablones y látigos le costó al negro su sublevación. Aquella noche sin luna, no hubo juegos en la hacienda. La tristeza abrazó las noches siguientes mientras Don Teófilo derramaba su espesa furia creciente en el limonar.
Nadie sabe, muchachos, desde cuándo Tiyajane cuidaba con esmero a su hermano dos años mayor, pero la noche en que cesaron los juegos en La Esperanza, la prisionera lavó las heridas del negro y le aplicó un ungüento de plantas tropicales. En el seco heno del establo, el desgastado vestido gris quedó tirado hasta la mañana siguiente. Minutos antes de que el gallo cantara, Mbingo soñó con una fiera sin nombre del color de la noche. Tuvo la imagen por primera vez, tres meses antes de que le hiciera el reclamo a Don Teófilo. En aquellas ocasiones, Mbingo corría desesperado por un desierto lluvioso y al final era despedazado por las fuertes mandíbulas, pero esta vez la bestia, tal vez un lobo o una hiena rencorosa, lo persiguió a través de las selvas espesas de su tierra natal. En el sueño, Mbingo atravesaba el corazón de la fiera con una estaca de roble. Cuando despertó con el primer canto del gallo, las piernas de Tiyajane se entrelazaban a sus muslos como serpientes de cobre. Mbingo recordó que la vida no es el reflejo de un sueño.
La sangre negra salpicó el polvo del patio. Altivo, Don Teófilo limpió la culata del arcabuz teñida de rojo e insultó a Mbingo por no atender las instrucciones dadas. Agitado, el negro se levantó con cautela, musitando una indescifrable plegaria. La roda de esclavos cercó al blanco del rifle y al negro humillado. Retumbó en el círculo el birimbao anunciando el duelo de las bestias rivales. Los negros acompañaron con palmas el lamento del calabazo y el tambor. Mbingo inició una danza olvidada, cercana al sigiloso vaivén de una pantera. Meciéndose de un lado a otro y cubriendo con las manos su rostro ancestral, infundía pavor en el capataz. En el pálido rostro de Don Teófilo, se leía su angustia de cebra. Mbingo leyó en él el rechazo de Tiyajane tres días antes, en el solitario matorral, a un costado del lago de Las Acacias. La mano abierta cruzó la cara de la negra indefensa. Tiyajane gritaba implorando en vano la ayuda de los dioses selváticos, mientras Don Teófilo la golpeaba sin compasión y la tiraba sobre la hojarasca asustada. Un torrente de maldiciones cayó sobre la esclava como un pesado cuerpo que le chupaba la grupa, le rasgaba el vestido y le laceraba la piel de la cara con una navaja de plata. En el círculo, el arcabuz adoptaba una posición de defensa. Mbingo ejecutaba su yinga con movimientos calmados. Las miradas chocaban en el aire, como de seguro chocaron los blancos nudos cerrados en las negras mejillas, penetrando con fuerza los labios hinchados, desprendiendo con furia, de las encías coloradas, los dientes perfectos hasta topar violentamente con la garganta cerrada y salir con las venas alzadas sobre la piel empapada de sangre. Mbingo vio, como en un trance, el cuerpo sin vida de Tiyajane oculto entre el limonar, y de la danza olvidada surgió el guerrero sin nombre. El movimiento suave de la yinga cambió de ritmo y las palmas aumentaron en pocos segundos el flujo de la sangre. Una patada veloz le cruzó la cara al blanco nervioso. La estaca de roble se aferró a las manos del negro guerrero. La sombra se abalanzó sobre el capataz. En tres segundos imposibles de medir en el tiempo, un sordo estallido cesó los tambores. El birimbao cayó de las manos del negro cantante como caía la estaca de roble a un costado del cuerpo moribundo que, sin fuerzas, sentía, en ele postrer aliento, la presión del disparo en el pecho desnudo.
En el centro del círculo fugitivo, los perros rodearon el charco escarlata y se ocuparon con el cuerpo tendido en el polvo mientras Don Teófilo Francisco De las Casas y Restrepo respiraba agitado, recobrando las fuerzas para celebrar su victoria con el otro cuerpo oculto entre el limonar.
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© Alberto Rascht
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 22
Julio-Agosto-Septiembre de 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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