Memoria de mis putas tristes:
Un mundo de extremos

Silvia Boekhoudt de Marenco
silviadisc@yahoo.com
Facultad de Ciencias Humanas
Universidad del Atlántico

El personaje principal, el Viejo,  de la novela Memorias de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez,  en el día de su cumpleaños número noventa, experimenta una metamorfosis mental, se siente joven y desea celebrarlo con una niña, en un lugar de lenocinio, exigiendo que sea virgen.

El Nobel, mediante esta novela, da a conocer un suceso de la vida que muestra un naturalismo de bajos fondos, donde los hombres “respetados”  pierden autenticidad en un ambiente ambivalente, con una capacidad proteica de cambiar su apariencia externa de gerentes de empresas y bancos, de políticos, para volverse "otros" en compañía de  los vagos,  sus amigos momentáneos,  que viven de las mujeres que trabajan en los lugares de lenocinio.

La actitud del Viejo  representa su pasado lujurioso; no llega a tener una comunicación dialógica con la niña, personaje pasivo, en los momentos carnavalescos y simbólicos de la paranoia y demencia senil.  Estando ella dormida, es el Viejo quien lee y se sublimiza, y en medio de su monólogo  interior, describe, toca, explora, admira y venera, con una flor, el cuerpo de la adolescente que no despierta de su sueño, en una escena de fantasía que recuerda el momento mágico-paródico de los festivales religiosos del  Caribe antillano, en los que se pone de manifiesto lo dramático al lado de lo cómico, la sangre de un sacrificio al lado de la danza, la sangre  que se ofrece al tambor para alimentar su espíritu y hacer más frenético el baile, simbolizando el dolor al lado de la alegría, como parte constitutiva del significado de la vida. 

El viejo, narrador protagonista, hasta sus setenta años fue visitante asiduo y popular  de los burdeles del Barrio Chino,  cronotopo de las zonas marginales de la ciudad de Barranquilla. Manifiesta el deseo de volver a vivir tales experiencias en ese día de su cumpleaños número noventa, presentando una dimensión de tiempo tripartita cuando rememora su pasado, habla del presente y propone cómo celebrar el año número cien de su vida.

Esta obra sitúa al Viejo, en representación de la  opulencia, al lado de la miseria, como simbiosis de una existencia superficial alegre, que en profundidad se contradice sin variación, como ocurre con la  sexualidad de los aqueos en la Grecia clásica, en la civilización micénica, donde la famosa prostituta Lais escogió a un viudo rico y muy viejo que la hiciera su heredera. Las vivencias de las hetairas (prostitutas griegas) eran apreciadas, muy diferente a lo que ocurre hoy. Por ello, viene al caso un bolero titulado "Amor de la calle", de la época de los cincuentas o los sesentas, que retrata  parte de esta existencia:

"no olvides tu pena bailando y tomando, fingiendo reír, el frío de la noche castiga tu alma y  pierdes la fe, amor de la calle, que buscando vas cariño, con tu carita pintada, con tu carita pintada, y tu corazón herido".

Esa canción confirma el logro del adjetivo “tristes”  del título, que entra en contradicción con el lado burlesco e irónico. El Viejo que busca “amar” a una niña, todavía en la pubertad, se convierte en admirador del cuerpo representativo de la promiscuidad sexual de su tiempo ya ido. Su comportamiento es irónico, y su espíritu, disoluto,  así que la separación patológica entre él y su mundo —su soledad— inspira compasión. Sus memorias  simbolizan la necrofilia, las vírgenes desfloradas, cuando  buscaba en ellas la satisfacción carnal de su apetito sexual; prueba de ello es la niña llamada Delgadina,, quien da vueltas en la cama en una noche calurosa, y él, en medio de  alucinaciones, confunde la humedad de su sudor con un charco de sangre.

La obra no  presenta luchas  entre el bien y el mal; la sensibilidad perdida de los personajes dibuja una vida homogénea y lineal en lucha consigo misma. Los eventos inspiran humor y dolor; los conflictos de no querer ser lo que se es, son subterráneos, todo parece normal en una vida anormal. No hay ruptura entre la vida rutinaria de los protagonistas y su entorno, aún cuando el mundo de los burdeles es conflictivo, crudo, agresivo, pero, socialmente legitimado. La trama produce la sensación de  una historia real; los sucesos hacen surgir  dudas entre lo  verdadero y lo  ficticio, cuando, en un momento de alucinación, el Viejo, en el despertar de sus memorias, asume un comportamiento que no concuerda con su edad.

García Márquez hace que el personaje retrate su vida paradójica. Así, el Viejo es amante de la lectura, la música clásica, los boleros; es, en cierto grado, culto, pero  tras veinte años de ausencia, desea regresar a los burdeles, llama a su amiga Rosa Cabarcas, proxeneta, para manifestarle la forma en que quiere celebrar su retorno: con una  adolescente virgen.

En el fluir de su conciencia, van pasando las experiencias de sus años juveniles y  de madurez, en los prostíbulos. Con arrogancia y falso orgullo, manifiesta que  jamás había dejado de pagarle a una mujer por haberle satisfecho su libido, fuera ésta prostituta o no; delimita este acto con una relación fisiológica  clandestina,  controla y paga por una buena mercancía desde la proyección  del  “poder mercantil”. Utiliza su rango social para que el periódico continúe publicando sus escritos insípidos, que ahora, por  adoración a la niña, adquieren un matiz colorido y causan furor en los lectores, inspirados por  el embeleso y el exagerado ardor freudiano. Estando ella dormida,  le lee Las Mil y Una Noches, El Principito,  La Bella Durmientey más cuentos de hadas, tratando de dar un ambiente poético a sus relatos, pero, sin  oyente y sin respuesta, la atmósfera, que podía haber sido bucólica y tierna, se pierde.

Nuestro afecto se dirige a la niña, destinada, mediante engaños de la proxeneta —que sabía atraerlas con diversos trucos—, a ser juguete del  viejo, quien, tras un pasado dedicado a la concupiscencia,  no da indicios de haber conocido el significado del amor entre dos seres. Pretende ser tierno con la niña comprada, pero esa fuerza, otrora viril,  no lo acompaña. 

Sabiéndola frágil, para que no se resistiera al acto impúdico, le dan el brebaje para adormecerla y que no sintiera el dolor que le causaría el rompimiento de la membrana en ese ambiente alucinante, en un acto no compartido e históricamente sin alteración, al lado del viejo, que, con insolencia y falso orgullo, parece manifestar que su su edad sexual no le preocupó nunca, porque sus poderes no dependían tanto de él como de ellas, y ellas sabían el cómo y el porqué, cuando querían.

Como no puede cumplir el acto de la violación, el Viejo mira insistentemente a la niña que no despierta de su sueño. Este momento bizarro, intertextualmente se presenta en La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata, en que la alcahueta le dice al viejo:

"Y le ruego que no intente despertarla, aunque no podría, hiciera  lo que hiciese. Está profundamente dormida y no se da cuenta de nada —la mujer lo repitió—: Continuará dormida y no se daría cuenta de nada, desde el principio hasta el fin. Ni siquiera de quien ha estado con ella. No debe usted preocuparse.

La  niña de Kawabata, de igual modo, estaba narcotizada, evitando el terror de ver un rostro feo, un cuerpo envejecido y débil ante la dureza del acto sexual. En ambas novelas, quedan claros los intereses, las relaciones y los compromisos de las proxenetas con los viejos. Entre ellos y ellas, se presenta cierta identidad cuando toman conciencia de la fealdad de su vejez en el proceso biológico del decrecimiento de la vida en espera de su finalidad.

La novela simboliza el drama y el miedo de las  hijas de padres marginados en un país injustamente subdesarrollado,  quienes, con la venta de sus cuerpos, se sacrifican en ese mundo oscuro, para ayudar a mitigar el hambre en sus hogares;  esto tétricamente se explica en:

"era verdad su miedo a las violaciones sangrientas, pero ya estaba instruida para el sacrificio".

Esa manifestación connota la aceptación resignada de una tragedia, como supuesto malévolo de una vida forzada a ser aceptada por  personas sin estatus cultural ni moral, aún cuando el Viejo tenga estatus económico.

En esta era de avance tecnológico, ante la demanda insistente de los “señores” de los países altamente desarrollados, tanto niñas como niños se exportan a los lujosos balnearios, hoteles y grandes metrópolis, para dar lo que los adinerados, en su aberración sexual extrema,  exigen en el nuevo paradigma del mercado de la esclavitud, del comercio sin fronteras,  para satisfacer el ego  falaz de unos:

"se hizo periodista empírico después de hacer una fortuna con la trata de blancas".

En esta novela, García Márquez examina el simbolismo desde otra perspectiva, se oculta detrás de su escrito, asumiendo una actitud testimonial donde el narrador es el Viejo. Explora y compara los contrastes y profundiza en los procesos violentos de la redención, en una parábola moderna, donde el Viejo no se muere, tiene futuro y espera celebrar, de la misma manera, sus cien años; es así como da a conocer el significado de ese mundo, con el horror que inspiran los hombres que compran niñas, como el Padre altivo en La casa grande, de Cepeda Samudio, que no se arrepiente como el viejo hacendado, mestizo recio, rodeado de bastones con cabezas de oro, de José María Arguedas, en Los Ríos Profundos. La condición existencialista del Viejo de García Márquez no transforma su identidad pasada, que pervive en las acciones revividas en el acto carnavalesco de querer disfrazarse de joven, y surrealista en el tiempo de su presente con ideales de futuro que asombran.

García Márquez separa  a los protagonistas patológicamente de la salud  espiritual sin acciones racionales; los utiliza  para simbolizar, a través del Viejo que habla mucho y dice poco, que dice hacer pero no hace, cómo el hombre libinidoso llega a tomar una dirección equivocada, igual que los hombres de Marvel Moreno en su novela En diciembre llegaban las brisas, que se casan con mujeres adineradas para escalar posiciones, vivir una vida parasitaria y asumir puestos gubernamentales.

Los sucesos representan un conflicto entre la mente, el tiempo y el cuerpo del Viejo, en un ambiente pornográfico, con raíces que prevalecen en la actitud típica del protagonista; es tozudo, revive su pasado, pero no lo puede vivir ni poner en acción. A este ser promiscuo, mitológico e inmaduro, no le llega cambio en su vida lineal sin derroteros;

"no aprendió a pensar como viejo".

Su orgullo y honestidad son falsos y burlescos cuando elige dos palabras disímiles para modificar el olor del cuerpo de la niña; fragancia connota lo agradable y “montuno” ignorancia e incivilización.                                                                                     
La novela es de género realista, revela a unos personajes penetrados por el freudismo, da figura a la soledad, desencanto y tedio sin sentido de  identidad ni rescate de la conciencia. No obstante, esta última trata de salir a flote, pero las condiciones circunstanciales la vuelven a ocultar en lo más hondo de las mentes cargadas de borrascas.

Es difícil que un viejo elija nuevos senderos; los del personaje perdieron sus significados desde cuando a sus catorce años,  traumática y grotescamente, conoció el acto sexual en un burdel,  hasta pretender celebrar sus noventa años con una muchachita, incidencia que William Butler Yeats, Premio Nobel, también trató en su poemario Últimos Poemas, aludiendo a un viejo desenfrenado que, como el de García Márquez, desea sentirse joven  para poder tener a una niña entre sus brazos, exigiendo el de Yeats que se “pavonee con un pendón de rasgos bonitos”, estando de palique con una vieja alcahueta.                                                             .
Lo dicho en el sentido de que es difícil que un viejo cambie, guarda similitud con un cuento de Nathaniel Hawthorne, "The Experiment of Doctor Heidegger", donde, mediante un experimento científico, unos viejos viciosos, hace tiempo fallecidos, son devueltos a la vida para ver si se corrigen, pero, para el asombro del doctor Heidegger, siguen con los mismos vicios, demostrando que el cambio y el reconocimiento de los valores son difíciles o hasta imposibles que penetren  la conciencia de un ser que no haya vivido otro mundo que el  del mandato de sus impulsos primarios.

El lenguaje  hiperbólico implementado en la novela reproduce la oralidad de  los barranquilleros,  hace que ese mundo de la juventud del autor sea más real, cuando ahora varios de esos lugares se encuentran en ruinas, han cambiado o desaparecido. El estilo con que reproduce fielmente las expresiones del grupo social es cinematográfico, como en los antiguos westerns norteamericanos, cuando la vida de los vaqueros transcurría rodeada del bandidismo y el vulgarismo.

Asombra cómo un sujeto desgastado por su larga vida, regrese a ocupar con ímpetu el escenario de una comedia, pretendiendo mostrar una fortaleza que biológicamente hace rato perdió, al lado de una adolescente muy lejana de su tiempo.

Como el coronel en El Coronel no tiene quien le escriba o la Mamá Grande en Los Funerales de la Mamá Grande, los viejos y las viejas de García Márquez simbolizan diversos momentos históricos en su estilo de ficción. Algunos son difíciles de caracterizar como el viejo sin tiempo del cuento "Un señor muy viejo con unas alas enormes", muy diferente al Viejo  que pretende ser poeta sin poesía, que, no obstante su incursión como periodista, no cambia,  siendo además, educador.

La novela, en determinado grado, es brutal; la niña no recibe apoyo del viejo ni de la proxeneta. La actitud  de embeleso poético pretendida que lo acompañó en determinado instante, era carnal; su fuerza síquica lo indujo a mirarla con fervor, como objeto de su morbosidad instintiva e irracional:

"le vendió la virginidad de la niña a alguno de los grandes cacaos".

Esta novela es por otro lado sensible, plasma una situación  que la sociedad poco tolera; sin embargo, tiene rasgo poético como la descripción de la niña manejando bicicleta en su tiempo libre, opuesto a esa noche que sería la última del ideal de su belleza y dignidad juvenil.

El viejo nunca se casó, una vez lo intentó pero dejó esperando a la novia que llegó a saber tiempo quién era él,. Las noches en que la visitaba, terminaba en el burdel donde gozaba de gran popularidad. La noticia de su matrimonio tuvo resonancia en el prostíbulo donde se sentía libre o a sus anchas:

"estalló con más fuerza en el Barrio Chino que en los clubes sociales. Los tempestuosos adioses de soltero que me hacían en el Barrio Chino iban en contravía  de las veladas opresivas del Club Social".

El escenario de la novela se limita a Barranquilla, ciudad donde se presenta el conflicto biológico de un ser en tres o cuatro generaciones, porque la niña hubiera podido ser su nieta, hasta su bisnieta. Algunos de los nombres de las personajes  que aparecen en la novela son tomados de la realidad de la ciudad, como Marcos Pérez y la Negra Eufemia.

El autor idealiza el espacio, el tiempo y el anacronismo de unos personajes sin significado, sin heroísmo ni metas; son seres agotados y atrapados en medio de la temporalidad de sus actos, que al actuar a sabiendas de haber perdido la esperanza de un cambio de vida, expresan con nostalgia:

"Y otra vez, como siempre, quedamos en las mismas de siempre después de tantos años".

El relato brota de un García Márquez atípico que genialmente se aleja del escenario para  que el Viejo narre su vida, pero se siente la presencia de un yo narrativo autobiográfico, que ha experimentado los atributos de ese submundo aberrante, silencioso,  delictivo, rodeado de secreto y misterio, como se muestra con el asesinato del banquero, que no trasciende al público, lo cual no es extraño en un mundo donde los sucesos que puedan afectar el buen nombre de ciertos personajes, se mantienen en secreto.

El narrador es el personaje autorial que controla los sucesos de la obra, igual a Hernán Migoya en Todas putas, retirada por las autoridades españolas del mercado. El autor, ante la presión y protesta del público, manifestó que no era él quien escribía la historia, sino el narrador en primera persona.

García Márquez persigue el ideal de la objetividad y pinta fiel, burlesca, racional, simbólica y jocosamente unos sucesos de tremendismo exagerado, para profundizar en unas verdades históricamente viejas y nuevas. El contenido refleja el título y el adjetivo “tristes” de los personajes sin grandeza; trata un tema de  permanente actualidad con realismo e ironía, mediante una exageración  creativa; es una temática referida con una recta visión y sin sarcasmo, que ininterrumpidamente se va dando desde la tradición,  historicidad biológica y sicoanalítica del ser humano, siempre rodeado de continuidades y retornos.

La novela muestra la alienación y la resignación de los miembros de una sociedad desclasada, cuando hasta en la escala social considerada “baja”, se les da la espalda a estas personas que hace tiempo perdieron el sentido del amor, el significado de la vida; escala en  la que los actores, en medio de su aislamiento, tienen  reglas de comportamiento y se unen, en el ejercicio de su función, a un mundo de fenómenos desconocidos para quienes experimentan otras condiciones y circunstancias de vida.  
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©   Silvia Boekhoudt de Marenco

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 22
Julio-Agosto-Septiembre de 2005

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VI - NÚMERO 22