Sobre el poemario
Doliente piel de hombre, de Teobaldo Noriega:

Un hombre en tres momentos

Clinton Ramírez C.
clinal7@hotmail.com

Alrededores del poeta

A más de poeta, Teobaldo Noriega es ensayista y profesor de literatura hispanoamericana en Trent University, Canadá. En este país vive hace tres largas décadas, desde cuando, muy joven, sin poder librarse aún del terrible frío de Tunja, en cuya universidad Pedagógica y Tecnológica estudió Filología e Idiomas (1967), decidió salir del país a probar fortuna en las letras.

Es fácil imaginar a Teobaldo Noriega  a fines de la década de los sesenta, haciendo trámites para marchar tras un sueño de muchacho y encontrar la acogida de un país que termina siendo su vida.

Especulo que no se vive más de treinta años en un país sin pertenecer a él, sin sentirlo como una patria firme. Pero es bien cierto también que Teobaldo Noriega llevó a Canadá consigo un imaginario poderoso, aparte de la ambición de ser poeta.

La fuerte carga cultural que trasteó con él lo afirmó en su ser latino y caribeño. El propósito de ser un hombre de letras le permitió afianzar el saber del mundo y hacer más suyo el universo de los libros que producen otros libros: un cosmos del que se sintió habitante desde niño y cuya ciudadanía alcanzó en un fructífero comercio de años con la escritura.
 
Expresé que es un hombre latino y caribeño, pero es algo más concreto, un hombre del norte de Colombia y, específicamente, un hombre de los torrentes serranos, de las ardientes planicies costeras del Mar Caribe del Magdalena, en cuya capital, Santa Marta, legendaria, futbolera, turística, Teobaldo vivió una adolescencia intensa de bolas de trapo, paseos al puente de la Platina, al Morro y las playas de Taganga, Gairaca, Chengue, Cinto y Bahía Concha, experiencia fundamental que, a mi juicio, lo afinca irrevocablemente a esta tierra que Eliseo Reclus imaginó y sintió como una forma del paraíso terrestre.  

Es un poeta, por tanto, que testimonia las herencias que confluyen en él, la cultura viva del pueblo al que pertenece y la cultura académica y literaria que alcanzó en el país donde vive hace muchos años. Es un hombre que en la madurez de la expresión poética, con los ojos abiertos, el corazón firme, la razón atenta, el espíritu festivo, entrega un balance de lo que es él y de lo que tal vez ya no sea este país, en un lenguaje exacto, sereno, vivo que agracia y conmueve, que toca el terreno de la denuncia y aborda el testimonio sin incurrir en la queja lastimera, ratificando una muy especial fe en la vida que combina el juego, la reflexión, el cariño, la amistad, la alegría de lector y el irrenunciable compromiso con las palabras que pueden llegar a ser preciosas, traidoras y obscenas, según lo prueba la  experiencia directa de esta Colombia de gramáticos y simuladores.




















Momentos del hombre

Tres momentos para identificar en este valiente poemario que a más de autobiografía, de historia que se cuenta así misma, es autocrítica y reflexión abierta al firmamento de muchos interrogantes de un país que se deshace en una difusa geografía cubierta de desechos.

Un primer momento germinal que admite el origen,  reconoce el vagabundeo marino de la infancia y traza la ruta que condujo al futuro poeta a otros paisajes: Tunja y Canadá, donde asumió el partido de las letras.

Oigamos a Teobaldo Noriega conversando con un imaginario y cómplice escucha:

Yo nací junto a un río que cruzaba altanero
por una zona ardiente sembrada de bananos.

Introducción que al andar, líneas más adelante, entrega noticias del comercio juvenil que estableció, mientras estudió en el Liceo Celedón, con las rutas yodadas del mar samario. Época despreocupada de fútbol y de paseos a la Caja de Agua, un aljibe público construido en una orilla del río Manzanares, en inmediaciones del famoso puente de La Platina:

Yo no podría decirte  dónde encontrar al otro
Pero es probable que esté aún allí La Platina

El corolario de esta fase no es otro que el salto a la frescura del páramo tunjano, en donde la lejanía de la Costa es paliada por las lecturas silenciosas de Juan de Castellanos, las parrandas de fines de semanas con acordeón y el descubrimiento simultáneo de la obra austera de la Madre Josefa del Castillo y de la envolvente pasión carnal, que debió ser intensa y mucha en algún patio conventual mientras las campanas convocaban a la ciudad muerta. Fase que cierra con una sincera advertencia:

Pero, la vida, amigo, nos lleva a otras riberas.

En el caso de Teobaldo, una ribera firme, dilatada: Canadá, es decir, el estudio, los honores académicos y la asunción definitiva de la poesía como vocación de vida y muerte.

El segundo momento es de reconocimiento y salvaje nostalgia. Los años han hecho lo suyo, los honores doctos hacen parte del currículo y hay varios libros publicados. Es una vuelta al país luego de algunos años de ausencia.

Es un encuentro que supongo feroz, luminoso y revelador, del hombre maduro que reconoce, al principio o al término de un viaje, que el país de las tres cordilleras, los dos mares, de las espesas esmeraldas, de los miles de torrentes ha desaparecido, cediendo lugar al imperio de la muerte.

Quizá el más intenso dolor está dado por el hecho de admitir que la palabra que crea y comunica, igual engaña, derivando en instrumento de encubrimiento de la patria. El peor momento de este momento debió ser para el poeta aceptar que el juego del engaño se ha practicado sin cesar desde las escuelas. El testimonio lo ofrece un himno patrio de versos de catedral que proclama sin parar el fin de la horrible noche y la ruptura de la tragedia colonial, mientras el terruño continúa atrapado en el fantasmal laberinto de la violencia. El balance es estética y duramente logrado:

No hay gloria en una vida que es peor que la muerte

El tercer momento es el de la reflexión y la continuación de la búsqueda estética que produce este libro. Es igual una etapa en donde al extrañamiento de un país, al descubrimiento de las trampas infames de la palabra, el hombre suma el dolor por la pérdida de amigos y de seres entrañablemente queridos: la madre y la abuela.

Sobreviene una nostalgia que tampoco da tregua, pero la realidad, puntal como la muerte, el presente al que se referirá más tarde el poeta, impone la nueva condición: la de seguir solo el camino.

Me gustaría encontrar de nuevo aquella plaza,
El patio iluminado, la puerta y la ventana.
[…]
Pero transito solo por esta galería
de voces en silencio.

Dolor de país, dolor de amigo y dolor de hijo y nieto, pero igual, en un salto que regocija, aguarda inquebrantable la poesía, a la que habrá que atribuir la salida del bache y además la factura de un libro de la hondura humana y la contundente valentía de Doliente piel de hombre. Testimonio de un dolor que se vuelve estética merced a las voces sabias de otros hombres que lo han precedido en la vida y en el arte de la palabra. Imposible no recordar al peruano Vallejo en estos versos tan dicientes de Teobaldo Noriega:

Dolor total de huérfano
Ahora que te has ido Madre
y yo —pequeñito como siempre—
me he agarrado a él pidiéndole
que me siga contando cosas
de las que nunca supe
algo que me ayude
a  conocerte mejor
en esta  triste hora
a llenar este inmenso vacío
que tu ausencia me deja.


La palabra: arma de defensa

Muerte hambrienta que arrebata amigos y seres queridos, indestructible a toda manera humana de enfrentarla, que sólo retrocede ante el poder de la palabra vuelta poesía. Muerte artera, meticulosa, puntual, tenaz, que regresa una y otra vez para privar de sabores familiares y de los patios y jardines de la infancia. Solo que la palabra que traiciona en bocas de otros se vuelve arma de defensa, instrumento de salvación al hacerse poema y que le permite al poeta descubrir eso que todos vamos descubriendo de a poco: que la vida resta y la muerte suma, en un álgebra de letal transparencia.

Pero no te temo —fatídica Pelona—
me acompañan los muertos que me has dado
con ellos voy armando mi macabra comparsa
y al baile llegaré coqueteando contigo
charangueando irredento mi retablo de sueños
moviendo mi esqueleto frente a tu cruel guadaña

La muerte espera agazapada en alguna secreta esquina, olvida que solo es mientras arrebata la vida, porque luego, al instante, no es más la muerte para el muerto. Quizá como sospecha Xavier Villaurrutia en versos que cita Teobaldo a modo de epígrafe, la muerte muere con cada muerto.

¿qué será, Muerte, de ti
cuando al salir yo del mundo,
deshecho el nudo profundo
tengas que salir de mì?

Doliente piel de hombre es, pues, un saldo de cuenta de un hombre con la cultura del país, con la cultura familiar y con la cultura literaria que al igual que los recuerdos permanece intacta en el poeta.

Duro compromiso

Nostalgia de pulso firme, que no claudica en el llanto, que evita el pesimismo, que sobrevive al amor y la pasión y que, restablecida la razón, de nuevo en el juego, signa un doble compromiso irrenunciable con las letras y la vida.

El primero de los  compromisos en la persona de ese indoblegable Caballero de la fe, Alonso Quijano, que siempre esperará al fabulador que lo redima, que haga de él, una y otra vez, un invencible héroe en constante batalla.

El segundo de los compromisos es consigo mismo y está firmado como el Epilogo del libro. Me refiero a “Carpe Diem”, poema en el que Teobaldo le machaca al imaginario y cómplice escucha del libro —¿Acaso él mismo? —que solo el presente cuenta para el hombre finito que hay en nosotros y  también —anotó yo— para el hombre sin fin que somos.

Te lo vuelvo a decir
para que entiendas:
solo existe este hoy
mañana no es seguro
el dìa de ayer no cuenta…
    […]   
…si existe un Gran Diseño
déjaselo a los otros.
Calma tu sed en la agitada
fuente que te espera

Doliente piel de hombre: conmovedor y feroz testimonio de alguien que le apuesta al hoy, una manera muy particular de apostarle al siempre de la vida. 

Teobaldo es autor del estudio La novelística de Carlos Droguett: aventura y compromiso (1983), Novela colombiana contemporánea: incursiones y postmodernidad (2001), y los libros de poemas Candela viva (1984), Duende de noche (1988), Ars Amandi (1998), Polvo enamorado (2001) y el que ahora nos ocupa: Doliente piel de hombre (2005), editado recientemente en España por Lleonard Muntaner.

Santa Marta, Junio 2 de 2005

Para ver una selección de poemas
del libro Doliente piel de hombre, de Teobaldo Noriega, hacer clic AQUÍ.
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©   Clinton Ramíerez

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 22
Julio-Agosto-Septiembre de 2005

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN VI - NÚMERO 22