Remordimiento
Ivoneth Casas
Del Seminario-Taller MASKELETRAS
Humanidades y Lengua Castellana
Universidad del Atlántico
Miembro de MASKELETRAS, Semillero-Taller de Investigación y Creación Literaria, adscrito al Grupo de Investigación Literaria del Caribe —GILKARÍ—, del Departamento de Idiomas, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad del Atlántico (Barranquilla, Colombia).
Poco a poco, los ruidos que venían de la calle empezaron a poblar la habitación mientras la luz se colaba por las persianas que habían quedado entreabiertas. Ya eran más de las seis.
A diferencia de otros días, se le empezaba a hacer tarde. Luchaba con las últimas sombras de sus pesadillas, pero la vida y las circunstancias lo obligaban a despertar. No sabía cuál opción era peor: si perderse en el laberinto sin salida de sus sueños o despertar a la infausta realidad. Decidió no abrir los ojos hasta escuchar el profético y tardío sonido del despertador. La preocupación lo envolvió al darse cuenta de que era tarde y el tiempo no le daría una segunda oportunidad. Debía llegar a su destino. Se dirigió al baño sin abrir las persianas. No le inmutó el ruiseñor posado en la ventana cantándoles a las hojas de los árboles, le daba igual. Tampoco vio danzar las minúsculas partículas de polvo suspendidas en los haces de luz que se filtraban en la sala.
Se bañó rápidamente, regresó a su habitación y, en actos casi mecánicos, logró vestirse. Pasó sus manos por la cara: necesitaba rasurarse. Volvió al baño, abrió el botiquín donde se agolpaban numerosas cajas de medicinas junto a elementos de aseo personal. Tomó la cuchilla. No podía ocultar la creciente desesperación que se apoderaba de él. La rasurada le quitaría un tiempo que parecía no tener. Al mirarse en el espejo, percibió algo diferente, casi extraño, y aunque no lograba descubrir qué era, ahí estaba.
Corrió hacia la sala, en donde sobresalía una consola atiborrada de relojes detenidos en el tiempo. A pocos centímetros del mueble, colgaba un enorme espejo ubicado junto a una de las ventanas. Abrió las persianas y la luz entró de golpe, eliminando así todo rastro de sombra. Apartó la mesita, se acercó lo más que pudo al espejo y pasó a analizar cada detalle de su rostro, pero cuanto más observaba, más le era extraña esa imagen que empezaba a deconstruirse y construirse delante de él. En cada recorrido que hacían sus ojos, se perdía más su identidad. Un movimiento, un gesto que no era suyo, aparecía de repente. El nuevo rostro comenzó a inspirarle un temor que penetraba cada fibra de sus huesos.
Apartándose lentamente, sin dejar de mirar aquella imagen, trató de hallarse, intentó disolver con la distancia aquellos rasgos grotescos que se apoderaban paulatinamente de su rostro, pero no lo logró. La deformación se agudizaba y parecía desplazarse hacia su cuerpo, que veía empequeñecerse y curvarse.
—¿Será esta otra de mis pesadillas? ¡Imposible! Desde aquí puedo percibir la atmósfera viciada de cigarrillo de mi habitación y aún siento esta presión en el pecho. Sólo son impresiones, solo eso, impresiones.
Finalmente decidió apartarse de aquel desfigurado reflejo. Miró el reloj, tomó las llaves y salió del apartamento. Resolvió bajar por las escaleras pues el ascensor estaba tapizado de espejos. Abandonó el edificio y tomó la calle principal. Caminó de prisa, levantando la mirada solo unas cuantas veces para verificar su rumbo. Volvió a mirar el reloj, ya era tarde, muy tarde.
Por el camino, pensó que tal vez sus ojos le habían jugado una mala pasada y todo era resultado de las pesadillas que esa noche no lo dejaron en paz y seguían atormentándolo aún ya despierto. Primero trató de hallar una explicación lógica, racional; luego concluyó que lo mejor era olvidar todo, no darle importancia, pero ya el temor se albergaba en su pecho y la angustia se acrecentaba a cada paso.
Pronto se halló en esa calle poblada de silencio y gente sin nombre. Tocó la puerta del edificio que, por su ruina, daba la impresión de estar al borde de una apremiante destrucción. Un hombre de mirada vacía le abrió la puerta, que desgarró el silencio con un ensordecedor quejido. Subió las escaleras en forma de caracol y llegó a una oficina. En ella, había una mesa y al fondo una gran ventana que daba hacia los altos edificios de la ciudad. Vio al hombre de espaldas a él, mirando por los cristales. Vaciló por un momento pero finalmente habló:
—Debí estar aquí mucho antes pero...
—Sí, llega demasiado tarde.
—¿Entonces...?
—Otros vinieron y cerraron el trato. No podía esperarlo más. Se lo dije, para estas cosas, no se piensa, se actúa.
Discutir no solucionaría nada, ni le haría devolver el tiempo (tampoco lo deseaba). Bajó las escaleras. El hombre que al entrar le había causado una extraña impresión al hallar en sus ojos cierta ausencia de humanidad, ya no estaba, fue así como tuvo que abrir la puerta que esta vez no produjo su chirriante lamento.
Aunque sabía lo que pasaría de ahí en adelante, el temor y la angustia parecían haber desaparecido. Miró fijamente el reloj, desafiando por primera vez, a los tres verdugos resguardados tras el pequeño círculo de vidrio que le hacían recordar, segundo a segundo, su inevitable agonía. Se lo quitó en un acto libertario y lo arrojó lejos de él.
De regreso a casa, decidió entrar por una calle donde había un almacén en cuyas vitrinas se hallaba una hilera de espejos. Dudó por un segundo, pero al fin se dio cuenta de que no tenía nada que temer. Se miró en cada uno de ellos: en uno parecía un enano gordiflón; en aquel, un ufano melancólico; en otro, un enfermo condenado a muerte de mirada plácida, en varios conservaba su forma y rasgos. Sonrió, en las imágenes distorsionadas y confusas no encontró ninguna que repitiera aquel gesto, aquel rictus casi perverso que lo había atormentado en la mañana. Era él y seguiría siendo él desde el mismo instante en que bajó las escaleras y salió de aquel edificio, sintiendo que no había perdido nada, que por el contrario, la vida (o el destino) lo había liberado. Otros se habían condenado, otros se perderían a sí mismos sin remedio, se mirarían en los espejos y sentirían que no eran ellos, que ya estaban muertos.
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© Ivoneth Casas
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 22
Julio-Agosto-Septiembre de 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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