La ordinaria vida de Tomás

Sergio Sarmiento
vincent_col@yahoo.es

Estoy harto de comerme pedazos de mi piel. La ventana no es tan entretenida como la televisión y eso me molesta. Cierro los ojos y solo veo cubos y esferas volando por todos lados, mientras un ave escapa hacia el horizonte. Escapa y me deja, me fastidia, pero no tanto como el huevo frito que ahora es el sol. Sol creado por un Dios misericordioso. A veces trato de recordar qué es lo que realmente busco y como no consigo respuesta, me frustro y después me río. Anoche traté de tener un mal sueño, uno que me tuviera todo el día quejándome, pero no lo logré. Ahora, cuando solo cierro los ojos para descansar la vista, aparece lo que no entiendo y a la vez comprendo. Solo falta un par de horas para que llegue la noche, no sé cómo se fue el día tan rápido. Hace poco vi las noticias del medio día y ya casi es de noche, creo que ya mencioné eso. Meses atrás Sandra me comentó de la impotencia de Andrés, no me importó mucho; pero tuve que mostrar afecto pues ella necesitaba consuelo. Cuando desperté, con ella a mi lado, sabía que no hacía lo correcto. Generalmente las llevo a un motel, se corre el riesgo de que la mujer sea vista entrando con uno y le cuenten al marido, aunque es mejor así porque el pobre idiota se convence de que es malo en la cama. Lo que empezó como un juego se convirtió en tedio, ella me veía como una paleta de carne y yo respondía a eso, al fin y al cabo, soy humano. Andrés, que no es un tonto, vino y me comentó de su preocupación. Mientras hablaba, pude ver cómo de su boca salían pequeñas burbujas de saliva que iban directo a mi alfombra, allí empezaban a multiplicarse y a formar lo que era un gran ejército de bacterias. Le puse el pie para que no viera lo que estaba creando, y moví la cabeza como si entendiera lo que a él le pasaba. Yo nunca he sufrido de impotencia y menos a esta edad. Cuando se fue, escudriñé la alfombra, donde ya las bacterias estaban iniciando sus tácticas para atacar la habitación. Cuando quise recomendarles prudencia, vino un cubo y se las llevó. Traté de llorar pero tenía miedo de derramar una lágrima y que viniera entonces una esfera y se la llevara, eso sí no lo soportaría. En estos meses, el sol está muy fuerte. Compré gafas oscuras pero no me las pongo porque se me resbalan. Eso siempre me pasa porque no tengo orejas y se me olvida. A veces no entiendo por qué la gente habla a solas, es como si sintieran la necesidad de escuchar lo que ellos mismos dicen, quizás, para ver qué tan ridículas suenan sus frases. Yo rara vez lo hago, especialmente porque nunca estoy solo. Cuando no estoy en el trabajo, estoy donde mis hermanos, o si no, en casa de Felipe, o con Sandra, copulando, o escuchando a Andrés, o a veces hablando por teléfono con Rodolfo. Si yo fuera escritor, valga la redundancia, escribiría un cuento sobre él. Rodolfo tan solo tiene quince años y habla como uno de dieciséis. Una amiga de Bogotá me pidió el favor de  que lo llamara de vez en cuando. Desde que su padre murió, ella ha tratado de buscar una figura que lo iguale. Lo llamo un par de veces por semana, con la excusa de preguntarle qué libros hay por allá. Yo le envío dinero y él me compra el libro, girando de más para que tenga con qué pagar el transporte y las gaseosas. Hablamos de su colegio, de sus novias, y yo le digo cómo debe penetrarlas. Después le pregunto cómo siguen los senos de su mamá y me los describe, creo que a veces se cohibe, entonces no lo presiono. Una mañana vi a una vecina hablar sola mientras barría la terraza, me causó gracia y, después de montar a Sandra, le comenté. Ella no entendió y me enfurecí, estuve penetrándola hasta las diez de la noche. Cuando se iba, le dije que si el marido le preguntaba por qué llegaba a esa hora, que le tocara el miembro y le dijera que paseando por allí. Sabía que eso perturbaría a Andrés y al día siguiente me invitaría a tomar cerveza. Sería sábado y no tendría nada que hacer. Mi mamá me fue a buscar a casa para que la acompañara al médico, después fuimos a la iglesia, a rezar por el alma de mi tía Rosa. Como estaban remodelando, cambiaron a varios santos de sus puestos habituales: San Roque estaba en el puesto de Santa Marta y el Divino Niño se hallaba al lado de San Martín de Loba, al Sagrado Corazón no lo encontramos, pero a la salida, nos enteramos de que un trabajador, sin querer, le dejó caer un martillo en la cabeza y lo destrozó todo. Mi mamá lo maldijo. Ella siempre ha sido muy justa, nos crió bien y por eso creo que va a morir en paz, aunque su neumonía la moleste de noche. Una vez le pregunté si era verdad que el niño Dios existía; me castigó toda una tarde por dudar de su existencia. Felipe varias veces me ha tratado de convencer de lo contrario pero no me dejo perturbar, ya estoy curado contra ese tipo de gente, solo basta con cerrar los ojos e imaginármelo con llagas en todo el cuerpo, tirado en una calle, pidiendo limosna y rogando a Dios que lo sane, en seguida a uno se le quita toda duda y sabe que los equivocados son ellos. Una vez, mientras Felipe hablaba de su trabajo, un huevo frito apareció en su hombro. Rodolfo me dijo que en vacaciones vendría con su mamá a visitarme, me alegra saber que volveré a ver los senos de Yesenia. Antes tenía la idea de protegerla pero no sabía de qué, así que desistí. Lo que me preocupa es cómo hago para que no se note mucho mi calvicie. No es bueno que un hombre de 36 años ya esté casi calvo. Antes no me preocupaba, ahora sí; en la mañana, cuando veo televisión, encuentro a un presentador que es calvo y se ve realmente patético, entonces me pregunto si yo también me veo así, y es cuando empiezo a comerme pedazos de mi piel. Antes me comía las uñas, en el trabajo me recriminaban por eso y dejé de hacerlo. La planta de los pies me ardía cuando me ponía los zapatos y la piel era muy difícil de quitar; en cambio, la del pecho y la barriga es más fácil, aunque no tenga buena presencia. Sandra varias veces me ha preguntado por qué tengo el pecho así. “Alergia", respondo. Rodolfo me confesó que se come los mocos, le dije que eso estaba bien, es como una especie de limpieza íntima, como lo hacen los gatos, la cuestión no es desprenderse totalmente de uno. “La próxima vez, cómete también algunas espinillas”, le sugerí. Una noche soñé que había eclipse de sol, y cuando la luna estaba próxima a tapar el sol, vino un cubo y la transformó en una sartén. Desperté asustado, miré por la ventana y el huevo frito estaba saliendo apenas, pasé tranquilo el resto del día. Volví a ver a mi vecina hablando sola mientras barría, bajé y salí a la terraza, como si tratara de arreglar algo, logré escuchar menudamente lo que decía, no sabía que mi vecino estaba acomplejado por el tamaño excesivo de sus glúteos. No pude controlar la risa, pensé en decírselo a Sandra pero no entendería, lo único que a ella le preocupa es la impotencia de su marido, por eso se acuesta conmigo, para ver cómo hace para levantarle el animo a Andrés. Una vez lo encontré tirado en un andén, vomitando; le ofrecí un cigarro, mas no quiso. Le recomendé que buscara otro lugar para vomitar, mucha gente viene al bar de José y no es un buen espectáculo. Lo cargué como pude; cuidando mi hernia, lo tiré sobre la terraza cercana y lo deje allí hasta que salí medio borracho del bar. Le hice tomar café, lo monté en un taxi y llamé a Sandra para decirle que el inservible iba para allá. Me lo agradeció, tenía el tiempo justo para sacar al vigilante de su habitación. Por la mañana me comentaría cómo llegó el pobre de Andrés. Me dio lástima y, cuando llegué a casa, busqué el significado de esa palabra para ver si no me equivocaba. El pecho me ardía un poco por el calor, me unté saliva y noté mejoría. En la televisión daban una película de Woody Allen, me aburrió, esperaba a que saliera un cubo y se lo llevara. No sucedió eso. Las aves que tiene mi abuela en el patio son entretenidas, los colibríes y los faisanes se ven bien detrás de las jaulas, un canario canta constantemente, los patos caminan por todos lados y uno tiene que ir con cuidado para no untarse los zapatos con el estiércol. Mi hermano mayor siempre se embarraba los zapatos y nosotros nos reíamos de él, mamá nos regañaba y después se reía de él, Arturo siempre fue un tonto, la tía Rosa decía que era igual a papá, a quien nunca conocí y de hecho no me importa, he aprendido a crecer sin él, solo basta criarse con seis hermanos para que a uno se le olvide que no tiene papá. Rodolfo no piensa lo mismo, es hijo único y me da pena, con los hermanos uno aprende a defenderse de las otras personas, porque si ellos son tus familiares más cercanos y te tratan como aun perro callejero, ¿qué se espera con los desconocidos? De todas las aves de mi abuela, a mí me gustaba un perico australiano, aunque no tenía la certeza de que fuera de ese país, la abuela cuidaba mucho un pavo real que, por las tardes,  extendía su cola y entonces era fascinante ver los desfiles de colores. Quedábamos hipnotizados ante la hermosura y la abuela nos contaba cómo conoció a mi abuelo, ya no recuerdo cómo fue. Lo que recuerdo es la forma como la tía Rosa murió. Las aves cantaban con gran brillo ese día, creo que era un martes, la abuela decía que cantaban así porque anunciaban fortuna, la tía Rosa salió al patio y se sentó en medio de ellas para deleitarse con sus cantos, los patos le cagaron los pies sin querer y cuando los espantó, sin saber cómo, se abalanzaron sobre ella. Incluso los que estaban en jaula volaron con ese peso y la picotearon hasta solo dejar una pila de huesos con tiras de carne tan delgadas como las cintas de los cassettes que escuchaba mi hermano Pablo, quien, a propósito, fue el que más lloró la muerte de tía Rosa, ella le había prometido enseñarle a tocar la armónica. Ese día Pablo vio tirado en la basura su futuro como músico. Desde ese día no creímos en los agüeros de la abuela. Mamá dijo que lo que le pasó a la tía no fue más que el castigo por entorpecer la creación musical de Dios, ahora nos dice que fue el diablo el que se apoderó de los pájaros, porque confundieron a la tía Rosa con la virgen del Carmen. A veces quiero creer que mi madre está un poco mal de la cabeza, pero no quiero que me castigue por dudar de su lucidez. La tía rosa después de todo no era digna de extrañar, aún veo a Pablo llorar por la promesa, me gustaría decirle que tenga cuidado con las esferas, pero él no me prestaría atención. Del resto de mi niñez no recuerdo mayores cosas, solo los pájaros y las hostias mojadas en gaseosa que nos daba el padre Abigaíl, según él, para que no nos acostumbráramos al sabor del alcohol. Sinceramente no tengo el recuerdo de cómo conocí a Andrés, de Felipe, sí, porque él vende retratos de aves y yo le compré varios, él trabaja conmigo en el circo, aunque no en la misma sección. Cuando estamos de gira, en las mañanas nos vamos a los parques a ver qué pájaros encontramos, él les toma fotos y después los pasa al lienzo. Arturo se burla de la gente, no por como son, sino por lo que piensan, a mí poco me importa lo que piensa la gente, si uno se detiene a tratar de mirar qué es lo que la gente tiene en la cabeza, se puede empezar a dudar de lo que verdaderamente tiene uno. La gente generalmente se fija en lo que los otros representan por fuera y yo me río de eso, creo. Andrés es médico o profesor de biología, la verdad, no le he preguntado, no me gusta meterme en los asuntos personales. Él conoció en el circo a Sandra, a quien yo ya conocía pues estudió con mi hermano Jesús. A los seis meses de novios, se casaron por un supuesto embarazo; desde ese tiempo, ella dejó de ir al circo, jamás pensé en acostarme con ella al igual que con el resto de mujeres que me buscan, no sé qué es lo que les atrae de mí y me da pena preguntárselo, mamá cree que aún soy virgen, la he visto llorar por eso, se maldice por tener a un hijo que mide menos de un metro y medio y que no tiene orejas, se recrimina por haber tomado muchas pastillas anticonceptivas, de copular borracha y ponerme el nombre de un apóstol. Pobre, sufre tanto por algo que aún practica. Sandra vino ayer y me dijo que su marido sospecha de lo muestro, debe estar devastado, no es fácil asimilar que un payaso enano se coma a su mujer, le pediré disculpas y lo alentaré por su impotencia. Espero que no tome represalias, la próxima semana nos vamos de gira. El circo no es lo mismo si yo falto, los niños se toman muchas fotos conmigo y eso es rentable para el negocio. Quizás más tarde llame a Arturo para invitarlo a unas cervezas en el bar, mañana llamaré a Rodolfo para felicitarlo por su cumpleaños, el domingo iré a la iglesia y le preguntaré al padre Santiago qué es de la vida del padre Abigail y si es cierto que Dios existe. Espero que no me mienta, esta noche voy a tratar de soñar que de la esfera sale un nuevo dios que me pide alabar al cubo. Después, el huevo frito brillará como nunca lo ha hecho antes.
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©   Sergio Sarmiento

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 22
Julio-Agosto-Septiembre de 2005

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
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